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Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 1

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1: Prologo 1: Prologo Daniel Hernández siempre dijo que su vida era como cualquier otra.

Nacido y criado en las calles de Nezahualcóyotl, en el Estado de México, sabía lo que era ganarse cada centavo, cuidar a su familia y mantenerse lejos de problemas.

Su madre trabajaba dobles turnos y su padre…

bueno, se fue cuando Daniel apenas tenía siete años.

Desde entonces, él se convirtió en el “hombre de la casa”.

A los diecisiete, ya trabajaba medio tiempo en una papelería del centro y estudiaba la preparatoria por las tardes.

Siempre se esforzaba, no por él, sino por ella.

Andrea, su hermana menor.

Diez años más joven, y con una sonrisa capaz de iluminar los días más grises.

Daniel vivía para verla feliz, para asegurarle un futuro mejor, para que no tuviera que lidiar con las mismas cosas que él.

Era un chico inteligente, algo sarcástico, y con una afición casi obsesiva por los videojuegos y el anime.

En su pequeño cuarto, entre posters de Dragon Ball y Evangelion, escapaba del mundo real cada vez que podía.

Soñaba con vivir una aventura, ser un héroe, o al menos tener un poco más de emoción que solo estudiar, trabajar y repetir.

Y como si el destino lo hubiese escuchado, la emoción llegó.

Pero no de la forma que esperaba.

Era un viernes por la tarde, justo después de recoger a Andrea de la primaria.

Caminaban juntos por una calle estrecha, a unas cuadras de su casa.

Hablaban sobre qué verían en la noche: si él lograba convencerla de ver One Piece o si ella insistiría con las películas de princesas.

Rieron.

Bromeaban.

Hasta que los pasos detrás de ellos se volvieron más rápidos.

Un hombre encapuchado, nervioso, con una pistola temblando en la mano.

—¡Dame tus cosas, cabrón!

—gritó el asaltante, apuntándolos.

Daniel levantó las manos, tratando de calmarlo.

Trató de razonar, de evitar que Andrea se asustara, de mantener la calma.

Pero cuando el asaltante la vio…

cuando bajó el arma hacia ella…

El mundo se detuvo.

Daniel no pensó.

Actuó.

Saltó frente a su hermana sin dudarlo.

El disparo retumbó por la calle, seco, violento.

El dolor fue inmediato, pero lo peor no fue el cuerpo ardiendo por la herida: fue escuchar el grito de Andrea mientras caía al suelo.

La sangre teñía su ropa.

El mundo se tornaba borroso.

Las sirenas estaban lejos, demasiado lejos.

Pero mientras se desvanecía, alcanzó a ver el rostro de su hermana.

Llorando.

A salvo.

Sonrió.

“Lo logré…” Y luego, solo oscuridad.

No había dolor.

Tampoco había cuerpo.

Solo una sensación…

como flotar en un mar sin olas, sin frío, sin calor.

Una nada tan absoluta que parecía envolverlo todo.

Daniel no sabía cuánto tiempo llevaba ahí.

Tal vez minutos.

Tal vez años.

Intentó moverse, pero no tenía piernas.

Intentó gritar, pero no tenía voz.

Solo pensaba.

Y ese pensamiento era su único ancla a lo que había sido: “¿Estoy muerto?” No había respuesta.

No había voces.

Ni ángeles, ni demonios, ni juicio.

Solo él.

Solo vacío.

Al principio, entró en pánico.

Cada segundo se alargaba como si el tiempo se burlara de su cordura.

Quiso llorar.

Gritar.

Pero no podía.

Y con el tiempo —si eso era lo que pasaba— dejó de intentarlo.

A veces soñaba.

Revivía la calle, el disparo, la mirada de Andrea.

Se aferraba a ese último instante como si fuera lo único que lo mantenía siendo alguien.

“Al menos vivió…

al menos ella vivió.” Eso era suficiente.

¿No?

Entonces…

algo cambió.

Una chispa.

Un punto lejano en la oscuridad.

Una luz.

Pequeña al principio, como una estrella moribunda.

Pero creció, palpitante, cálida, viva.

Daniel no sabía por qué, pero algo en su interior —si es que aún tenía uno— se estremeció.

No pensó, solo caminó.

O flotó.

O simplemente existió hacia ella.

La luz se hizo más intensa, envolviéndolo con cada paso que no daba.

Lo cubrió como un abrazo, como un susurro que no necesitaba palabras.

Y entonces…

Despertó.

El aire olía a pan recién horneado.

Una cortina ondeaba suavemente por la ventana abierta.

Una habitación cálida, con posters, libros, una cama desordenada…

y el sonido de una mujer llamándolo desde la cocina.

—¡Daniel!

¡El desayuno está listo!

Sus ojos se abrieron con lentitud.

Su cuerpo —sí, tenía uno— respondió como si nunca hubiera muerto.

Se incorporó, confundido, tocándose el pecho, buscando la herida que sabía debería estar ahí.

Nada.

Ni cicatriz.

Ni sangre.

Ni dolor.

Saltó de la cama y fue al espejo.

Era él.

Un poco más joven, tal vez.

Un corte de cabello más limpio, una complexión más sana.

Se veía…

mejor.

Y cuando salió de su cuarto, se encontró con ellos.

Una madre sonriente.

Un padre bromista.

Una casa modesta, pero llena de vida.

No había Andrea.

No en esta vida.

Pero parecía que aquí…

no la necesitaba.

Daniel Hernández había renacido.

En México.

En su ciudad.

En un mundo que parecía el suyo.

Pero no lo era.

Y aunque aún no lo sabía, en ese nuevo mundo lo esperaban ángeles, demonios, extraterrestres, y chicas hermosas que podían volar, pelear o hacer explotar una manzana con solo sonrojarse.

Pero por ahora…

Era solo un chico común.

Con una vida perfecta.

Demasiado perfecta.

Los días pasaron como hojas arrastradas por el viento.

Al principio, Daniel se sumergió en la rutina con cautela, como si temiera que todo fuera un sueño que se desvanecería con el mínimo error.

Pero conforme avanzaban las semanas, empezó a aceptar lo imposible: esta era su nueva vida.

Y lo estaba haciendo bien.

Demasiado bien.

En la escuela, sobresalía sin esfuerzo.

Matemáticas, historia, física…

Todo se le hacía natural, como si ya lo hubiera estudiado antes.

Los profesores lo elogiaban constantemente, y más de una vez escuchó murmullos de sus compañeros: “Ese tipo es un genio”, “Seguro es de los que estudian todo el día”, “Está loco, sacó cien sin estudiar…” Pero no era solo en lo académico.

Su cuerpo también respondía de forma inusual.

Desde su primera semana, retomó el hábito que tenía desde su vida pasada: hacer ejercicio por las mañanas.

Flexiones, abdominales, sentadillas.

Nada del otro mundo.

Pero al segundo día, ya no sentía el esfuerzo.

Al tercero, duplicó las repeticiones.

Al quinto, empezó a cargar pesas improvisadas con garrafones de agua y mochilas llenas de libros.

Y aun así, no era suficiente.

Su cuerpo se fortalecía a un ritmo antinatural.

Los músculos se marcaban sin perder agilidad.

Su resistencia aumentaba cada día, y su coordinación física, ya buena de por sí, se volvió impecable.

Era como si cada célula de su cuerpo se hubiera adaptado a exigencias que aún no conocía.

—”Esto no es normal” —murmuró un día, mientras hacía flexiones con una sola mano, sin sudar siquiera.

Pero…

tampoco se sentía mal.

Al contrario.

Era como si, por primera vez, su cuerpo y su mente estuvieran en perfecta armonía.

Como si este mundo…

hubiera estado hecho para él.

Y sin embargo, algo en el fondo de su ser no podía relajarse.

Esa sensación leve, pero constante, de que algo estaba a punto de cambiar.

De que su vida, perfecta y tranquila, no estaba destinada a quedarse así.

A veces, soñaba con luces en la oscuridad.

Con fuego.

Con alas negras.

Con ojos brillando entre sombras.

Y al despertar, sentía que algo le susurraba al oído, algo que no alcanzaba a comprender.

Pero Daniel siempre había sido paciente.

Sabía que tarde o temprano, ese algo llegaría.

Y cuando lo hiciera…

Él estaría listo.

El tiempo siguió su marcha, y con él, la vida de Daniel.

Entre estudios, ejercicio y tardes tranquilas con sus padres, los días parecían demasiado perfectos para ser reales.

Pero él no se quejaba.

Por primera vez, tenía una familia que lo amaba, una vida sin peligros, y un futuro por delante.

Y entonces, como un regalo del destino, llegó la noticia.

Una beca.

Una beca completa para estudiar en Japón.

Desde la preparatoria hasta la universidad, en cualquier carrera que eligiera.

Con hospedaje incluido, gastos cubiertos, y una sola condición: No reprobar.

Sus padres casi lloraron de alegría.

Su madre lo abrazó tan fuerte que pensó que le rompería las costillas, y su padre no dejó de presumirlo durante semanas.

—¡Mi hijo se va a Japón!

¡Nada menos que a Japón, carajo!

Daniel no lo podía creer.

Siempre le había fascinado el idioma, la cultura, el anime y todo lo relacionado.

Pero más allá de eso, sentía que el mundo, de alguna manera, lo estaba empujando en esa dirección.

Como si allá lo esperara algo.

O alguien.

Durante los meses siguientes, se enfocó en las clases intensivas de japonés, entrenó aún más fuerte y comenzó a planear su vida en un país extranjero.

A pesar del nerviosismo, estaba emocionado.

Era una oportunidad única.

Un nuevo comienzo dentro de su nuevo comienzo.

A un mes del viaje, la casa ya estaba llena de maletas, documentos y papeles que firmar.

Cada día se sentía más real.

Y la noche antes de partir, salió al patio, miró las estrellas y sonrió.

—”A donde sea que me lleve esto…

estoy listo.” El día de su partida llegó más rápido de lo esperado.

En el aeropuerto, su madre lloraba con una sonrisa, su padre le daba palmadas en la espalda con los ojos vidriosos.

Daniel los abrazó fuerte, prometiendo llamar cada que pudiera, y volver en vacaciones y fechas importantes.

—Te vamos a extrañar, hijo —dijo su madre, limpiándose las lágrimas—.

Pero sabemos que harás cosas grandes.

—Y si encuentras una japonesa guapa, ¡tráela de visita!

—agregó su padre con una carcajada.

Daniel rió con ellos.

Y al girarse para abordar su vuelo, sintió algo.

Una brisa extraña, como si algo se deslizara en el aire, algo más allá de lo normal.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Pero no se detuvo.

Con una mochila al hombro y los sueños a flor de piel, dio el primer paso hacia un mundo que, aunque parecía normal, estaba a punto de revelarse como todo lo contrario.

Y sin saberlo, su historia…

apenas comenzaba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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