Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capitulo 16 Sellos de comando
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17: Capitulo 16: Sellos de comando 17: Capitulo 16: Sellos de comando La casa estaba más tranquila de lo usual tras la inesperada visita de Azazel.
Daniel se encontraba sentado en el sofá, reflexionando en silencio mientras Reynare, ahora con un uniforme de maid, limpiaba con diligencia.
Su expresión era distante, su mirada apagada.
Las gemelas, Hikari y Hibiki, la observaban con desconfianza desde la cocina, mientras Alya cruzaba los brazos, aún con reservas.
—…Supongo que no tengo muchas opciones —murmuró Daniel con un suspiro—.
Pero no pienso tratarla como una esclava.
Mientras esté aquí, será tratada como una persona.
Gánate su perdón, Reynare, si eso es lo que quieres.
Ella alzó ligeramente la cabeza, sorprendida.
Esa bondad genuina…
la descolocaba.
—Gracias…
lo intentaré.
Las chicas no dijeron nada al principio.
Finalmente, fue Alya quien habló.
—No esperes que te aceptemos tan fácilmente.
Pero si él dice que lo intentarás, entonces trabaja duro.
—Lo haré —prometió Reynare, bajando la cabeza.
— Más tarde esa tarde…
El ambiente se volvió más ligero con una maratón de películas que incluyó acción, romance y fantasía.
Daniel, Hikari, Hibiki y Alya compartieron risas, comentarios sarcásticos y abrazos, disfrutando un descanso merecido.
Cuando llegó la noche, Alya se despidió con un beso en los labios de Daniel, algo tímida, pero determinada.
—Gracias por el día, Dani…
—le dijo dulcemente—.
Soñemos juntos, ¿sí?
—Siempre —respondió él con una sonrisa.
Ella se fue a casa mientras Hikari y Hibiki arrastraban a Daniel a la habitación para dormir juntos, abrazándolo por ambos lados.
Esa noche, Daniel por fin descansó…
o al menos, eso creyó.
— Esa noche…
El silencio reinaba en la casa.
Daniel dormía profundamente, rodeado por sus Sekirei, la respiración pausada, su cuerpo relajado.
Pero en la quietud de la habitación, algo comenzó a brillar débilmente en su mano derecha.
Líneas rojas, complejas y elegantes, empezaron a dibujarse en su piel como si una pluma invisible estuviera trazando con sangre viva.
La forma final era inconfundible para cualquier fan de cierto universo: Tres marcas conectadas por un diseño que parecía un tridente invertido o una flor abstracta.
Un Sello de Comando.
Un Command Seal auténtico.
Latía con energía mágica, apenas contenida, como si respondiera a un llamado lejano.
Su brillo se estabilizó tras unos segundos, dejando el símbolo marcado permanentemente en su piel.
Daniel frunció el ceño en sueños…
pero no despertó.
Una nueva guerra, un nuevo contrato, o quizás…
el Santo Grial mismo acababa de mirar hacia este mundo.
Y el primero en ser llamado…
fue él.
La mañana comenzó como cualquier otra.
El sol se colaba por la ventana, y el olor del desayuno preparado por Hibiki llenaba la casa.
Daniel bostezó, estirándose ligeramente mientras se incorporaba en la cama, aún con el cuerpo relajado por el descanso.
A su lado, Hikari se frotaba los ojos y Hibiki ya estaba saliendo del cuarto, lista para ir a la cocina.
Nada parecía fuera de lo común…
hasta que, mientras Daniel se ponía la camisa, Hikari frunció el ceño.
—¿Eh?
Daniel, ¿qué tienes ahí?
—¿Dónde?
—preguntó él, mientras terminaba de abotonarse.
—En la mano…
tu mano derecha —añadió Hibiki, quien se acercó con una expresión de preocupación.
Daniel levantó su mano, algo confundido…
y entonces lo vio.
El símbolo rojo estaba marcado con claridad en el dorso de su mano.
Tres líneas entrelazadas, perfectamente simétricas, formando una especie de flor o tridente.
Su color carmesí brillaba apenas con un resplandor mágico.
Y en ese momento, Daniel palideció.
—No…
no puede ser…
El corazón se le aceleró.
Aquella forma la conocía demasiado bien.
Un Command Seal.
—¡No, no, no!
—susurró, poniéndose de pie con rapidez—.
Esto no estaba en el canon…
—¿Daniel?
¿Qué es eso?
—preguntó Hikari, alarmada.
Daniel no respondió de inmediato.
Corrió hacia su escritorio, sacando un mapa de Japón, uno bastante detallado.
Su vista se posó en el área donde debería estar…
—¿Fuyuki…?
—murmuró—.
No está…
no existe…
El silencio se volvió denso.
Las gemelas lo miraban confundidas.
—¿Qué pasa?
—insistió Hibiki—.
¿Por qué estás tan tenso?
Daniel tragó saliva.
Luego se giró hacia ellas, su expresión seria, sombría.
—Chicas…
esto…
esto podría ser grave.
Este símbolo en mi mano no es cualquier cosa.
Es un “Command Seal”, un contrato mágico que aparece en los Maestros seleccionados para participar en una guerra muy peligrosa.
Una Guerra por el Santo Grial.
—¿Guerra?
¿Santo Grial?
¿Eso no es una leyenda cristiana?
—preguntó Hikari.
—No esa versión —respondió Daniel, tomando asiento lentamente—.
En el mundo de donde proviene esto, hay algo llamado el Santo Grial, un artefacto mágico capaz de conceder cualquier deseo…
pero no sin un precio.
Para conseguirlo, siete Magos son elegidos como “Maestros”, y cada uno invoca a un espíritu heroico del pasado conocido como “Servant”.
Luchan hasta que solo uno queda.
Y el sobreviviente recibe el derecho a usar el Grial.
—¿Espíritus heroicos…?
—Hibiki murmuró—.
¿Como tú con Ddraig?
Daniel asintió ligeramente.
—Algo parecido, pero más…
directo.
Cada uno de ellos representa una clase: Saber, Lancer, Archer, Rider, Caster, Berserker y Assassin.
Son poderosos…
muy poderosos.
Y la guerra que desatan destruye todo a su paso si no se mantiene bajo control.
—¿Y tú…
estás obligado a participar?
—preguntó Hikari con miedo en su voz.
Daniel cerró los ojos y asintió.
—Si el sello apareció…
entonces sí.
Estoy marcado.
Y si intento no participar, tarde o temprano seré rastreado y eliminado por los otros Maestros o incluso por el sistema del Grial.
Para evitar que la información se filtre o el equilibrio se rompa, los desertores mueren.
Así de simple.
Ambas chicas se quedaron en silencio por varios segundos.
—¿Qué planeas hacer?
—preguntó Hibiki al fin.
Daniel miró de nuevo el sello en su mano, ahora con un brillo apagado.
—Primero, investigar si esta Guerra del Grial ya empezó o si aún está en preparación.
Segundo, averiguar si los otros Maestros ya fueron elegidos…
y tercero…
Se quedó pensativo.
—…rezar para que no esté compitiendo contra monstruos como Gilgamesh.
Las gemelas no entendieron del todo esa última parte, pero por la cara de Daniel, sabían que no era un chiste.
Daniel no podía dejar de ver su mano.
Aunque los Command Seals ahora estaban ocultos bajo una ilusión mágica que Ddraig le enseñó a aplicar, él sentía su peso.
No físicamente, sino en el alma.
Una marca que había sellado su destino.
Y si iba a sobrevivir…
necesitaba respuestas.
Esa mañana, después de desayunar con Hikari y Hibiki, y besar a Alya en la mejilla cuando se encontraron camino a la escuela, Daniel solo tenía una cosa en mente: encontrar pistas sobre la Guerra del Santo Grial.
—¿Qué es lo primero?
—le preguntó Ddraig mentalmente.
“Ver si hay familias mágicas relacionadas con la guerra en esta ciudad.
Si los Tohsaka o los Matou están aquí…
es casi seguro que la guerra será en Kuoh.” Con eso en mente, durante sus clases libres y la hora del almuerzo, Daniel se escabulló discretamente a la sala de archivos de la escuela.
Usando un simple hechizo de silencio y percepción borrosa, rebuscó entre los registros de familias importantes.
Y entonces…
los encontró.
Dos nombres: Tohsaka.
Matou.
Ambos habitan en Kuoh.
Daniel sintió un escalofrío.
Su sospecha se confirmaba.
La guerra sería en Kuoh.
Ahora, su siguiente objetivo era saber cuál guerra estaba por comenzar.
Si era la cuarta…
no tenía escapatoria.
Kirei, Gilgamesh, Berserker…
todo eso.
Era un nivel al que aún no podía ni soñar llegar.
Pero si era la quinta guerra, había una oportunidad.
Con preparación, estrategia, y el conocimiento que tenía, tal vez…
solo tal vez, podría sobrevivir.
Y había una forma sencilla de comprobarlo.
Tohsaka Rin.
Si ella ya estaba en la escuela…
era la Quinta Guerra.
Sin duda.
Daniel regresó al salón como si nada.
Durante el receso, con sus tres chicas a su lado, comenzó a observar el patio y los pasillos con atención.
—¿Buscas a alguien, cariño?
—le preguntó Hibiki.
—¿Alguna chica nueva y misteriosa?
—añadió Hikari con una risita.
—No, no, solo…
algo me llamó la atención esta mañana —respondió, tratando de sonar natural.
Fue entonces que la vio.
Caminando con porte elegante, cabello largo atado en dos coletas bajas, uniforme perfectamente arreglado, y una expresión ligeramente arrogante mientras hablaba con una compañera.
Tohsaka Rin.
Daniel sintió como su garganta se secaba.
No solo existía…
era exactamente como la recordaba del anime.
Y su uniforme…
el más caro del colegio.
Todo encajaba.
—Es ella —susurró.
—¿Quién?
—preguntó Alya.
—Una bomba de tiempo.
Una muy peligrosa —respondió Daniel en voz baja, lo justo para que solo Ddraig lo escuchara.
“Entonces…
esto es real.
Estás en la Quinta Guerra del Santo Grial, socio.” Daniel asintió apenas.
Y mientras Rin pasaba por su lado sin notar su presencia, él entendió algo más importante: si estaba en esta guerra…
entonces el resto también lo estaría.
Gilgamesh.
Caster.
Berserker.
Shirou Emiya.
Archer.
Estaban en camino.
Y él, Daniel, estaba en medio de todo ello.
Las clases finalmente terminaron.
A pesar de estar rodeado de sus amigas y novias, Daniel había pasado el día con el estómago apretado.
Sabía que no podía seguir ocultándolo.
No después de ver con sus propios ojos a Tohsaka Rin caminando por los pasillos como si fuera cualquier otra estudiante.
El camino a casa fue silencioso.
Alya caminaba de la mano de Daniel, sonriendo con timidez, feliz de estar con él, mientras Hikari y Hibiki caminaban a su lado, intercambiando miradas de preocupación.
Ellas ya sabían que algo no estaba bien.
Lo habían sentido desde esa mañana…
y lo sabían desde que vieron ese sello mágico en la mano de Daniel.
Cuando llegaron a casa, y tras asegurarse de que Reynare no estaba espiando desde la cocina, Daniel se sentó en la sala con las tres chicas frente a él.
No podía postergarlo más.
—Chicas…
necesito contarles algo importante.
Algo serio.
Y necesito que me escuchen sin interrumpirme, ¿sí?
Las tres asintieron.
Alya lo miraba con inquietud.
Daniel tomó aire, cerró los ojos por un segundo…
y luego lo soltó todo.
—Hoy confirmé lo que temía desde que apareció este símbolo en mi mano.
Mostró su mano derecha, desactivando el hechizo que lo ocultaba por un momento.
Tres marcas rojas brillaron como fuego vivo, dibujadas como cicatrices que no podían borrarse.
Alya se quedó boquiabierta.
—¿Eso es…
un tatuaje?
—No.
Es un Sello de Comando…
un símbolo que indica que he sido elegido como un Maestro en una Guerra del Santo Grial.
El silencio se volvió absoluto.
Solo se oía el tic-tac del reloj de pared.
—¿Guerra…
del qué?
—preguntó Alya con voz temblorosa.
Hikari se adelantó, tomándola suavemente de los hombros.
—La Guerra del Santo Grial, Alya…
es una competencia mágica mortal.
Siete magos…
llamados “Maestros”, invocan a siete héroes legendarios, llamados “Servants”.
El objetivo: obtener el Grial.
Un artefacto capaz de cumplir cualquier deseo.
—Pero solo uno puede ganarlo —añadió Hibiki con seriedad—.
Y todos los demás…
deben morir.
Alya palideció.
—¿Y tú estás…?
—Sí —respondió Daniel, firme pero con tristeza—.
Yo soy uno de esos siete Maestros.
Y no lo pedí.
No lo quise.
Pero la marca apareció igual…
como si el Grial me eligiera por alguna razón.
—¿Por tu aura?
—preguntó Alya, aún sin comprender del todo.
Daniel asintió con pesar.
—Sí.
Ddraig y yo creemos que…
fue por mi aura de dragón.
Es demasiado poderosa.
Atrae lo sobrenatural como imán.
Incluso si yo no quiero, el mundo parece decidido a arrastrarme al centro de todo.
Ddraig habló en su mente, su voz grave resonando: “Un dragón verdadero no puede esconderse eternamente.
Tu destino no es caminar en las sombras, es arder en el cielo, rugiendo con todo tu poder.” Daniel tragó saliva.
Y entonces, miró directamente a Alya.
—No quiero mentirte.
Lo que viene…
no será fácil.
Estaré en peligro.
Y si estás a mi lado, tú también podrías estarlo.
Alya se quedó callada por unos segundos.
Después de lo que parecieron minutos de silencio, se acercó a él.
Lo miró con los ojos ligeramente brillosos…
y lo abrazó.
—¿De verdad creíste…
que te dejaría solo por esto?
—susurró—.
Idiota.
Daniel se quedó quieto.
Ella lo abrazaba fuerte.
—Si me preocupo por ti, es porque te quiero.
Y si estás en peligro…
yo quiero estar contigo.
No me importa si hay magia, héroes legendarios o guerras por deseos.
Te elegí, Daniel.
Así como tú me elegiste a mí.
Las gemelas se unieron al abrazo grupal sin decir palabra.
Era un momento demasiado íntimo.
—Gracias…
a las tres —dijo Daniel, con una sonrisa agotada, pero sincera—.
No sé cómo será lo que viene.
Pero al menos…
no lo enfrentaré solo.
Y en el fondo de su mente, una nueva certeza se asentaba: El tiempo del descanso había terminado.
La Guerra del Santo Grial había comenzado.
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