Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capitulo 22 Matou Zouken
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23: Capitulo 22: Matou Zouken 23: Capitulo 22: Matou Zouken Mientras en Kuoh la reunión entre Daniel, Sona y Rin avanzaba con tensiones controladas y acuerdos tentativos, al otro lado del mundo, en una de las estructuras mágicas más antiguas y arrogantes del planeta, la Torre del Reloj, se preparaba una reunión de proporciones históricas.
El ambiente dentro de la sala principal era denso.
Los cuatro Maou del Inframundo caminaban por los pasillos de mármol mágico con paso firme, liderados por Serafall Leviathan, cuyos ojos normalmente juguetones estaban teñidos de determinación helada.
A su lado marchaban: Sirzechs Lucifer, el rey demonio más conocido por su carácter amable y pacífico, ahora con un aura severa, cargando una carpeta sellada con runas mágicas: un compendio con información sensible sobre las anteriores guerras del Santo Grial.
Ajuka Beelzebub, el genio entre los Maou, caminaba con expresión neutra, pero sus ojos analizaban cada rincón de la Torre como si ya estuviera calculando 300 escenarios de guerra y paz.
Falbium Asmodeus, el perezoso general militar, cuyo poder era tal que ni siquiera necesitaba aparentar autoridad para que todos en la sala supieran que bastaba una palabra suya para desencadenar una tragedia global.
Los cuatro ingresaron a la sala de reuniones, donde representantes de las familias mágicas de la Asociación de Magos ya los esperaban.
La cabecilla, una mujer de apariencia imponente, ataviada con túnicas rituales y un bastón ornamentado, se levantó de su asiento.
—Bienvenidos, Maou-sama.
Es un honor para la Torre del Reloj recibi— —Omite las formalidades —interrumpió Serafall con un tono gélido, tan distinto a su fama de idol diabólica—.
Hemos venido por respuestas, no por cortesías vacías.
La mujer parpadeó, confundida por el cambio de tono.
Serafall alzó una carpeta mágica y la colocó sobre la mesa.
Se desplegó sola, mostrando diagramas, registros energéticos, transcripciones de hechizos prohibidos y mapas de energía convergente.
Todo apuntando a un solo hecho: —La Guerra del Santo Grial ha sido activada sin autorización en territorio controlado por demonios —dijo Serafall sin rodeos—.
Y según nuestras investigaciones, los participantes pertenecen a clanes mágicos afiliados a esta organización.
Un murmullo recorrió la sala.
Sirzechs dio un paso adelante.
—Hemos confirmado al menos cinco Servants invocados, múltiples enfrentamientos entre másters, y lo más grave, el uso de un artefacto capaz de distorsionar la realidad y alterar el orden natural de las almas.
Todo sin aprobación ni consulta a las autoridades sobrenaturales.
Ajuka se incorporó con voz serena, pero peligrosa.
—Y más allá de eso…
tenemos razones para creer que la supervisora enviada, Rin Tohsaka, fue dejada completamente desinformada.
Lo cual nos da a entender que esto fue intencional.
Falbium cruzó los brazos, exhalando con cierta pereza.
—¿Fue un descuido?
¿Una traición política?
¿O acaso creyeron que los demonios no actuaríamos?
—preguntó, dejando que el eco mágico amplificara su voz por la cámara.
La representante de la Torre del Reloj intentó componer su postura.
—Esto…
es grave, desde luego.
Pero hay protocolos.
La Guerra del Grial ha sido parte de nuestra historia ancestral.
Creímos que— —¡Creyeron mal!
—interrumpió Serafall, con una presencia tan intensa que toda la sala pareció temblar.
Ella se levantó de su silla y golpeó con fuerza la mesa, provocando una onda mágica que dejó a varios de los magos presentes paralizados.
—Sus decisiones pusieron en peligro a civiles humanos, expusieron los secretos mágicos en una ciudad bajo nuestra soberanía, e involucraron a criaturas de otras dimensiones.
Si esto hubiera explotado…
las consecuencias diplomáticas serían desastrosas.
Sirzechs cerró su carpeta lentamente.
—Nosotros vinimos por cortesía.
Pero que no les quepa duda: tenemos la autoridad y el poder para cerrar esta organización si así lo dictamos en defensa del equilibrio entre las facciones.
Ajuka finalmente sonrió, aunque sin rastro de humor.
—Sin mencionar que sus propias reglas internas fueron violadas.
Participantes no autorizados, supervisión deficiente, manipulación de sellos de comando, y peor aún, la reaparición de la base de un Grial corrupto.
La mujer se tambaleó un poco al escuchar eso último.
—¿Qu…
qué quieren de nosotros?
—preguntó, finalmente bajando la cabeza.
Serafall cruzó los brazos.
—Un registro completo de todas las familias involucradas.
Queremos saber quién diseñó este ritual, quién fue informado, quién no lo fue, y por qué.
También deberán cooperar con nuestros supervisores infernales, a quienes se les otorgará libertad diplomática para investigar a fondo cada rincón de esta torre.
Falbium soltó una carcajada seca.
—Y si nos mienten…
—dejó la frase al aire, pero el silencio fue más amenazante que cualquier palabra.
Finalmente, Serafall cerró la carpeta, satisfecha.
—Por último, toda esta guerra será contenida y monitoreada por nosotros, y su resultado no será reconocido por el Inframundo como válido bajo ninguna circunstancia.
Los magos no podían oponerse.
No cuando cuatro Maou estaban presentes…
y cuando sabían que si lo intentaban, la Torre del Reloj no vería otro amanecer.
Luego de su reunión con Sona Shitori y Tohsaka Rin, Daniel caminaba tranquilo por el sendero que lo llevaría de regreso a su casa.
El aire aún tenía ese frescor matinal mezclado con la brisa templada del mediodía, y por un momento, Daniel sintió que al fin había algo de equilibrio en medio del caos que representaba la Guerra del Santo Grial.
“Al menos ahora Rin entiende el terreno en el que está jugando…”, pensó, recordando cómo Sona comenzó a explicarle con meticulosidad todo lo relacionado a las razas sobrenaturales, los tratados de paz, la política interdimensional y las reglas que el Inframundo impuso para evitar conflictos como el que ahora enfrentaban.
Sona le había dado la opción de retirarse tras ver que Daniel ya estaba versado en todos esos temas, y él, agradecido por la consideración y sabiendo que podía confiar en ella, aceptó irse para no entorpecer la lección con su presencia innecesaria.
Sin embargo, la tranquilidad no duró mucho.
Apenas había cruzado el último tramo que separaba el distrito escolar del barrio donde vivía, cuando el ambiente cambió.
Una ráfaga de viento fétido se filtró por las rendijas de la realidad, seguida de un zumbido casi imperceptible…
hasta que se hizo abrumador.
—¿…Qué demonios?
—susurró Daniel mientras sus instintos le gritaban “¡es una emboscada!” De las sombras, grietas en el pavimento, alcantarillas y troncos de árboles, una horda de insectos negros, del tamaño de ratas, emergió en oleadas, cargados de energía mágica corrupta.
¡Estaban siendo controlados!
El Haki de observación de Daniel reaccionó con violencia.
Sintió la presencia de un ente detrás del enjambre, lejana pero inconfundible: malicia antigua, retorcida, y deshumanizada.
—Zouken Matou…
—murmuró con un brillo asesino en la mirada—.
Así que fuiste tú, viejo desgraciado…
En ese momento, una brisa etérea trajo consigo una figura familiar.
—¡Daniel-sama!
—exclamó Tamamo-no-Mae, materializándose a su lado en un destello de luz azulada.
Su expresión, habitualmente coqueta y juguetona, ahora estaba seria, sus orejas temblando por la tensión.
—¡Estos insectos tienen rastros de una magia que huele a…
carne podrida!
Son familiares.
¡Alguien los está controlando a distancia!
Daniel apretó el puño y activó su Boosted Gear, su brazo cubriéndose de escamas rojas y verdes, mientras Ddraig hablaba en su mente.
> “¡Boost!
…Boost!
…Boost!” —Perfecto, no he tenido un calentamiento hoy.
Tamamo, quédate cerca.
No sabemos si esto es sólo una distracción —ordenó con frialdad.
Tamamo asintió y se colocó a su espalda.
Con un rápido gesto de manos, conjuró un barrera de fuego espiritual para contener la propagación del enjambre mientras Daniel daba un paso adelante.
Los insectos no esperaron.
Como una ola negra viva, se lanzaron contra él, dispuestos a devorarlo por completo.
Pero Daniel estaba listo.
Con precisión quirúrgica, comenzó a eliminarlos a decenas con cada golpe.
Su Sacred Gear brillaba con potencia: cada Boost incrementaba su poder físico a niveles sobrehumanos, y su Haki de observación le permitía leer la trayectoria de los ataques, esquivando por milímetros y contraatacando con precisión quirúrgica.
—¡Boost!
…Boost!
…Boost!
—¡Ahora, Tamamo!
¡Purifica la zona!
Tamamo entonó un antiguo encantamiento en un idioma ancestral.
Una enorme llama azul en forma de zorro descendió desde el cielo y envolvió a los insectos restantes, incinerándolos en un rugido sagrado.
Lo que quedó fue un campo calcinado…
y un silencio espeso.
Daniel bajó lentamente el brazo.
Su respiración estaba algo agitada, pero no exhausta.
—Esto no fue un ataque al azar.
Me estaban probando…
o enviando un mensaje —dijo con seriedad.
Tamamo asintió, preocupada.
—Esa energía…
no fue algo improvisado.
Fue magia ritual…
y tiene la firma de Zouken Matou.
Daniel frunció el ceño.
Se quedó en silencio unos segundos, contemplando el horizonte.
—Ya no es suficiente con solo defenderme…
Si ese viejo cree que puede usarme como pieza de ajedrez, está muy equivocado.
Miró a Tamamo, quien le devolvió la mirada con solemnidad.
—Lo voy a encontrar…
y lo voy a erradicar.
No importa si está en la sombra.
Ya no me interesa su historia, su familia ni su tradición.
Esta guerra…
será su fin.
Tras haber calcinado el último de los insectos controlados, Daniel permaneció de pie en medio del campo chamuscado, la brisa sacudiendo suavemente su ropa mientras bajaba lentamente su brazo aún envuelto por la energía residual de su Boosted Gear.
La amenaza había sido neutralizada, pero la tensión en su pecho no se había disipado del todo.
—Esto no fue cualquier cosa…
si hubiese sido un estudiante normal, estaría muerto.
Suspirando profundamente, desactivó su Sacred Gear.
La energía que lo rodeaba se desvaneció, aunque su cuerpo aún vibraba con la adrenalina de la batalla.
Miró a Tamamo, quien mantenía su forma espiritual flotando elegantemente a su lado.
—Voy a hacer unas llamadas, necesito que alguien sepa que estaré ocupado.
Tamamo asintió con suavidad.
—Haré guardia mientras tanto, esposo mío~ —susurró con un tono dulcemente posesivo.
Daniel sonrió, sacó su celular y marcó el número de casa.
La llamada no tardó en ser contestada.
Hikari fue la primera en responder, con su tono siempre tranquilo.
—¿Daniel?
¿Estás bien?
Sentimos una perturbación mágica hace unos minutos.
—Estoy bien.
Tuve una pequeña…
“encerrona” con unos insectos mágicos.
Nada serio.
En el fondo se escuchó a Hibiki gritar: —¡¿¡Nada serio!?
¡Sentimos como si un campo de batalla hubiese estallado cerca de la ciudad!
Daniel soltó una risa nerviosa.
—De verdad, estoy bien.
Solo quería avisarles que llegaré tarde.
Voy a investigar de dónde vino el ataque.
De pronto, Reynare tomó el teléfono, su voz sonaba entre preocupada…
y molesta.
—¿Y piensas ir solo así como así?
¿¡Después de que te atacaron como si fueras un maldito buffet de carne fresca!?
Daniel, paciente, usó un tono suave pero firme.
—No estaré solo.
Tamamo está conmigo.
Además, necesito entender qué está pasando.
Si dejo esto pasar, podrían atacar de nuevo, y quizá no me ataquen solo a mí la próxima vez.
Un breve silencio.
Luego, Reynare bufó, y se notaba que cruzaba los brazos del otro lado del teléfono.
—Tch…
No es que me preocupe por ti ni nada…
¡Haz lo que quieras, estúpido humano con cara de héroe de shonen!
—Gracias, Reynare —dijo él con una sonrisa cálida—.
Aprecio que te preocupes, aunque lo niegues con tanta fuerza.
—¡No me importas!
¡Para nada!
¡Ni lo pienses!
—y colgó de golpe.
Tamamo soltó una pequeña risita.
—Ufufufu~ Qué linda competencia tenemos…
aunque no tan encantadora como yo, claro.
—Aún no he acabado —dijo Daniel, marcando el número de Alya.
No tardó mucho en contestar.
—¿Daniel?
¿Todo bien?
—Sí, estoy bien —dijo rápidamente—.
Me atacaron hace poco, pero Tamamo y yo resolvimos el problema.
Solo quería informarte que estaré un rato más fuera, iré a buscar al responsable.
El silencio de Alya fue breve, pero cargado.
—¿Estás loco?
¡Podrías haber muerto!
Daniel…
—su voz bajó un poco, más preocupada—.
Por favor, cuídate.
—Lo haré, lo prometo —respondió él con sinceridad.
—Más te vale, porque si no regresas sano y salvo…
¡voy a buscarte en cada rincón del cielo, el infierno y el purgatorio!
¡Y cuando te encuentre, te mataré yo misma!
¡¿Entendiste!?
Daniel soltó una carcajada honesta y suave.
—Entendido, princesa.
Te prometo volver.
No pienso dejar a nadie atrás.
—Mejor que no lo hagas…
idiota —añadió con voz baja y temblorosa, colgando después.
Tamamo, quien había escuchado todo gracias al vínculo mental, entrecerró los ojos con un leve puchero en los labios.
—Mmm~ Qué dulce…
esas chicas tuyas sí que tienen carácter.
Pero yo también soy tu Servant, y además de protegerte…
¡también quiero amor!
¡Quiero un trato igual!
¡Mimos, caricias, besos!
¡Quiero todo!
¡No es justo!
Daniel la miró, algo sorprendido, pero divertido.
Su voz se volvió suave.
—¿Así que también quieres eso?
—¡Lo exijo!
—respondió ella inflando las mejillas como una niña, aunque sus ojos brillaban con un deseo adulto.
Daniel se acercó y acarició su cabeza con ternura, peinando sus cabellos entre sus dedos.
Tamamo cerró los ojos con una expresión de paz y satisfacción.
—Eso es un buen comienzo…
pero aún falta…
Antes de que él pudiera responder, Tamamo se inclinó hacia él.
Lo que comenzó como un beso puro, casi inocente, pronto se transformó.
La necesidad de conexión, el deseo contenido, el lazo profundo entre amo y Servant, entre hombre y mujer, explotó en ese instante.
Fue un beso lleno de emociones: deseo, ternura, pasión y promesas no dichas.
Cuando se separaron, ambos respiraban entrecortadamente, y Tamamo tenía las mejillas completamente sonrojadas.
—Eso fue…
—murmuró él.
—…apenas el primer pago de los muchos que me debes, querido esposo~ —dijo ella, con una sonrisa embriagadora.
Daniel solo pudo reír suavemente, mientras su determinación se afianzaba aún más.
Zouken Matou no sabía con quién se había metido.
La noche había caído sobre Kuoh, pero no era una noche tranquila.
En el corazón de un barrio olvidado por el tiempo y la luz, una casa antigua y podrida se alzaba como una herida abierta en el mundo: la residencia Matou.
Su arquitectura era de otra época.
Los muros respiraban humedad, los pisos crujían incluso sin pisarlos, y la presencia mágica que la envolvía parecía hecha de pútrida desesperación.
Era una casa que gritaba, en silencio, “vete”.
Y ahí estaba Daniel, parado frente al portón oxidado.
A su lado, flotando con gracia sobrenatural, Tamamo no Mae.
—Esta casa…
—murmuró él— huele a maldad.
A muerte lenta.
—No solo lo huele, amor mío —dijo Tamamo con seriedad, muy distinta a su tono coqueto habitual—.
Este lugar está plagado de magia negra.
Ritos antiguos, trampas, maldiciones…
y esas asquerosas aberraciones que Zouken llama insectos.
Es un nido.
Daniel asintió.
No se permitió dudar.
—Entonces…
es hora de fumigar.
Tamamo sonrió con un aire feroz.
—Y yo seré tu exterminadora personal, querido.
Cuando cruzaron el portón, las trampas comenzaron a activarse.
Sellos de dispersión, invocaciones defensivas, campos ilusorios.
Cualquier otro mago habría sido hecho pedazos antes de llegar a la puerta principal.
Pero no contaban con una Caster legendaria.
Tamamo levantó su abanico.
Un gesto elegante, una palabra suave, y las trampas comenzaron a descomponerse como hojas quemadas.
—Esto es pan comido~.
¿Estos eran los “grandes secretos de los Matou”?
Bah, apenas si me hacen cosquillas.
A cada paso, el terreno que se creía impenetrable era limpiado, reescrito, y absorbido por la magia divina de la zorro mística.
—Sigue avanzando, Daniel.
Yo cubriré el perímetro y anularé cualquier ritual activo.
Tienes una chica que salvar y un cadáver andante que purgar.
Daniel asintió.
Con su Boosted Gear ya activada, su Haki extendido y su determinación a flor de piel, se adentró en la oscuridad.
Dentro, la casa era peor.
El aire estaba cargado con el hedor de sangre vieja y podredumbre espiritual.
Los pisos parecían respirar, como si algo debajo se moviera…
y no era imaginación.
Zouken Matou lo esperaba en la penumbra del sótano, su cuerpo más larva que hombre, sonriendo con desprecio absoluto.
—Vaya, vaya…
¿el niñato enamorado vino a rescatar a la muñeca rota?
Qué valiente…
y qué estúpido.
—No vine a hablar —dijo Daniel con voz helada—.
Vine a limpiar esta plaga del mundo.
Zouken chasqueó los dedos y decenas de insectos mágicos salieron de las paredes.
Criaturas retorcidas, voraces, cada una una abominación.
Pero Daniel ya estaba en movimiento.
—Boost!
Boost!
Boost!
Boost!
Boost!
—su Sacred Gear rugía con poder.
Sus movimientos eran precisos, brutales.
Cada golpe destruía oleadas de insectos, sus puños eran martillos de fuego y acero carmesí.
Zouken no podía creerlo.
Sus trampas eran inútiles, sus criaturas devoradas por la energía del Emperador Rojo.
Mientras tanto, Tamamo se adentraba por otra ruta oculta en la mansión.
Su misión era clara: encontrar a Sakura Matou y liberarla.
Cuando abrió la puerta de la habitación subterránea, el olor a desesperación casi la hizo fruncir el ceño.
Sakura yacía en una cama, su piel pálida, su respiración errática.
Pequeñas marcas en su cuerpo indicaban la invasión parasitaria de los insectos de Zouken.
—Pobrecita…
ya no más.
Tamamo invocó un círculo de purificación.
Una técnica divina olvidada por los humanos.
Una llama azul cubrió el cuerpo de Sakura, envolviéndola con una luz suave.
Sakura gritó…
pero no de dolor.
Era como si su cuerpo por primera vez en años supiera lo que era estar libre.
—Resiste un poco más, pequeña.
Tu caballero de armadura roja está pateando traseros justo ahora por ti.
Finalmente, Daniel y Tamamo se reunieron.
Zouken yacía destruido en el suelo, sus restos quemándose con fuego mágico, su espíritu reducido a cenizas.
Sakura, aunque aún inconsciente, estaba libre.
Tamamo miró a Daniel y sonrió con orgullo.
—Sabía que eras un héroe.
Aunque seas un poco bruto.
Daniel se arrodilló junto a Sakura, le tomó la mano suavemente.
—Nadie más va a sufrir por culpa de esta guerra…
no mientras yo pueda evitarlo.
El cielo comenzaba a clarear.
La residencia Matou había sido purificada.
Y el verdadero comienzo del fin de la Guerra del Santo Grial acababa de encenderse con el fuego de una decisión inquebrantable.
El sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte cuando los primeros rayos se filtraban a través de las cortinas de la habitación.
Una suave brisa entraba por la ventana entreabierta, trayendo consigo el aroma de un nuevo día…
uno que para Sakura Matou nunca creyó posible.
Despertó lentamente, con su cuerpo aún débil.
Al principio, todo le parecía una cruel ilusión: la cama era suave, las sábanas limpias, el aire no olía a humedad ni putrefacción.
No había cadenas, no había susurros espeluznantes, no había dolor.
Parpadeó un par de veces y entonces lo vio.
Sentado junto a su cama, con expresión tranquila y una sonrisa serena, estaba Daniel.
Sakura retrocedió instintivamente, como si su mente no pudiera aceptar que no estaba en peligro.
Su mirada temblorosa reflejaba años de trauma.
Sus labios apenas podían pronunciar: —¿Dónde…
estoy?
Daniel no se movió.
No hizo ningún gesto brusco.
Solo inclinó un poco la cabeza y le habló con suavidad: —Estás a salvo…
Sakura.
Su voz era cálida, sincera.
No había rastro de autoridad ni superioridad.
No era un amo, no era un carcelero.
Era…
un humano.
Uno de verdad.
—No tienes que temerme.
Nadie aquí quiere hacerte daño.
Sakura tragó saliva.
¿Cuántas veces había oído eso antes, solo para que la siguiente noche volviera el infierno?
Dudó, mirándolo de reojo.
Entonces, muy lentamente, llevó su mano al brazo…
y se pellizcó.
Nada.
Se volvió a pellizcar.
Más fuerte esta vez.
Nada.
—No puede ser…
—murmuró, la voz quebrada.
Una lágrima escapó.
Luego otra.
Y otra más.
Hasta que su cuerpo ya no pudo contenerlo.
Sakura lloró como nunca antes lo había hecho.
No de miedo.
No de dolor.
Lloró de alivio.
De felicidad.
De incredulidad.
Daniel se acercó con calma y se sentó en el borde de la cama.
No dijo nada.
No intentó consolarla con palabras vacías.
Solo le ofreció sus brazos abiertos.
Una invitación, no una orden.
Ella vaciló…
pero se dejó caer en ellos.
Se acurrucó contra su pecho y lloró hasta quedarse dormida.
Sus lágrimas mojaron la camisa de Daniel, pero él no se inmutó.
Solo la sostuvo, en silencio.
El peso de su cuerpo en los brazos de Daniel era como sostener algo frágil, quebrado, pero finalmente libre.
—Pasaste por tanto…
y aún sigues aquí —murmuró él en voz baja, acariciándole el cabello con cuidado.
En su mente, los recuerdos de su vida pasada como espectador de la historia de Sakura volvían con fuerza.
Sabía lo que ella había sufrido, pero verlo en carne y hueso, ver la huella de ese dolor grabado en su alma, era otra cosa.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Daniel.
—Eres fuerte…
más de lo que nadie sabrá jamás.
Y entonces, con su tono burlón característico, Ddraig habló en su mente: —¿Qué pasó, compañero?
¿El héroe llora?
Pensé que eras de los que golpeaban primero y preguntaban después.
Daniel sonrió ligeramente, incluso entre lágrimas.
—Cállate, lagarto.
No arruines el momento.
—Bah, solo digo…
qué suerte la de esta chica.
Tenerte a ti y no a un idiota como Shinji.
Aunque claro…
seguro ahora te la ganas para el harem, ¿eh?
Daniel soltó una pequeña risa, sin responder.
La habitación volvió al silencio.
Tamamo observaba desde la puerta, con una mirada suave.
No había celos en sus ojos, solo respeto.
Y así, en esa mañana templada, una flor marchita comenzó a florecer otra vez.
No gracias a milagros, ni magia, ni hechizos.
Sino gracias a algo que Sakura Matou nunca creyó tener…
Esperanza.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para mas de estas histotrias y para generacion de imagenes.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com