Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 26
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Capítulo 26: Capitulo 25: Angra Mainyu
El frío de Alemania se volvió insoportable por un instante. No por el clima… sino por la magia.
En lo profundo del bosque encantado que ocultaba el Castillo Einsbern, los cuatro Maou observaban desde las alturas cómo el asedio avanzaba. Golems destruidos, homúnculos abatidos, barreras rotas… el combate estaba casi terminado.
Hasta que el aire se partió.
Una onda mágica oscura, pútrida y densa, se expandió desde el corazón del castillo, en un estallido que hizo retumbar el suelo y congeló la sangre de los presentes.
Ajuka levantó la vista con los ojos entrecerrados.
—¿Sintieron eso…?
—Imposible… —murmuró Sirzechs, con el ceño fruncido—. Eso no es solo magia… eso es una presencia divina… y profanada.
Una columna de energía negra con tonos carmesí se elevó desde el centro del castillo, estrellándose contra el cielo como si el mundo intentara escupir su existencia. La barrera mágica que rodeaba la mansión Einsbern colapsó como vidrio estallando, y los restos de su arquitectura comenzaron a temblar, desmoronándose pedazo a pedazo.
En el salón central, oculto en un laboratorio subterráneo, el Jefe de la Casa Einsbern, con sus dedos temblorosos y sus ojos inyectados en sangre, reía como un demente mientras observaba un cáliz flotando sobre un altar, sostenido por una figura femenina de cabello plateado: una homúnculo.
—¡Sí! ¡He esperado toda mi vida por esto! ¡La Tercera Magia! ¡El camino hacia el alma! ¡El Heavens Feel es mío!
Pero no fue así.
La homúnculo abrió los ojos. No había luz en ellos, solo vacío.
La magia corrompida brotó de su cuerpo. El cáliz comenzó a derretirse desde dentro, su energía tomando una forma inestable, caótica, como si se resistiera a contener lo que albergaba.
El Jefe Einsbern cayó de rodillas.
—¿Q-qué… es esta… energía? ¡No! ¡Esto no es… lo que planeamos…!
Comenzó a toser sangre, su cuerpo envejeciendo aceleradamente como si la magia oscura lo devorara desde dentro. Sus huesos crujieron, sus venas se rompieron, y finalmente cayó al suelo con espuma carmesí en los labios. El legado de su familia se extinguió en un charco de su propia ambición.
La homúnculo gritó. Pero no con su voz.
Una carcajada resonó desde dentro del cáliz.
Un sonido gutural, distorsionado, inhumano.
—¡Más… sangre! ¡Más dolor! ¡Más desesperación! ¡Pronto… seré libre!
Los Maou observaron desde lejos cómo una parte del castillo colapsaba. La magia oscura se acumulaba en el cielo como un tornado etéreo, y los árboles alrededor se marchitaban, incapaces de resistir la maldición que se liberaba.
Serafall apretó los dientes.
—Esto no era parte del ritual original. Este grial… ha sido corrompido.
Ajuka desplegó una barrera de emergencia.
—No es un simple cáliz. Hay algo más. Una voluntad. Una maldición personificada.
Sirzechs se giró hacia sus compañeros, su aura oscura liberándose con seriedad.
—Prepárense. Si esto sigue su curso, el Grial nos declarará la guerra a todos.
Falbium, por una vez, dejó su aire perezoso.
—¿Quién hubiera pensado que la estupidez de unos ancianos podría convocar el mal absoluto…?
El Grial se había activado.
Y Angra Mainyu había despertado.
Las ruinas del otrora orgulloso castillo Einsbern estaban sumidas en una atmósfera sofocante. La magia residual se arremolinaba como un huracán invisible. Incluso para los Maou, la presión mágica era casi irrespirable.
Una grieta en la realidad se abrió entre los escombros carbonizados. De ella emergió algo. No era un hombre, ni un espíritu. Era un concepto con forma.
Una silueta humanoide, sin rostro, hecha de oscuridad líquida y pura malicia. De su espalda brotaban alas deformes como hechas de humo y gritos antiguos, y su mera presencia distorsionaba el aire a su alrededor.
El cielo ennegreció. Los árboles murieron. El suelo crujió como si la tierra misma temiera a aquello que se alzaba.
—Eso… no puede ser —susurró Serafall, con el rostro desencajado.
—Esto no es un servant —dijo Ajuka, escaneando con sus hechizos—. Esto es… un concepto.
Una maldición viviente.
La figura flotó unos centímetros del suelo. No emitía calor, ni frío, ni aura mágica reconocible. Lo que transmitía era más primitivo… una desesperanza pura, absoluta, que parecía rasgar el alma.
—Finalmente… el mundo me llama de nuevo…
—La humanidad y sus pecados deben pagar su precio. Yo soy la deuda acumulada. El odio no olvidado.
—¡Yo soy Angra Mainyu!
Sus palabras, más que hablarse, fueron escuchadas en la mente de todos, como cuchillas psíquicas.
Sirzechs, Falbium y Serafall desplegaron su poder. Ajuka conjuró múltiples círculos mágicos. La energía se acumulaba.
—¡No dejaremos que amenaces a este mundo! —gritó Falbium, su voz resonando como un trueno.
Pero justo antes de que el primer ataque fuese lanzado, Angra Mainyu detuvo todo con un gesto. Su cuerpo pareció sacudirse como si algo, en otro lugar, hubiese llamado su atención.
Se quedó en silencio.
Luego… sonrió.
—… Interesante.
—Todavía queda algo útil en esta podrida existencia…
—Un receptáculo imperfecto… pero familiar…
—He esperado demasiado. No perderé tiempo aquí.
Antes de que los Maou pudieran reaccionar, Angra Mainyu desapareció. No se teletransportó de la forma convencional. No dejó rastro de su presencia mágica, ni firma, ni dirección. Simplemente… dejó de estar allí.
Un silencio sepulcral cubrió el campo de ruinas.
Sirzechs bajó el brazo, aún con la energía acumulada.
—¿Adónde… se fue?
—No lo sé —respondió Ajuka, notablemente frustrado—. No hubo distorsión mágica detectable. No dejó ningún rastro.
Serafall apretó los dientes.
—Eso significa que… podría estar en cualquier parte del mundo.
—Y peor —añadió Sirzechs con gravedad—, podría estar en cualquier plano de existencia…
El temor se extendió entre ellos. Por primera vez en siglos, los cuatro Maou habían sentido una amenaza a la altura del fin de los tiempos, y ahora… no sabían dónde estaba.
Ajuka cerró los ojos, pensando.
—Debemos alertar a todas las facciones aliadas. Ángeles, grigori, Asgard, y también a las fuerzas humanas. Esto… podría afectar todo el equilibrio sobrenatural.
Y así, sin saberlo, mientras el mundo se preparaba para una guerra, el enemigo ya caminaba entre ellos.
La tarde en Kuoh era tranquila… demasiado tranquila.
Daniel y Tamamo se encontraban fuera de la casa, descansando luego de días llenos de conflictos, decisiones políticas y emociones revueltas. Tamamo, de pie junto a él con una expresión curiosamente relajada, hablaba sobre lo bien que le vendría un baño termal con él. Daniel sonrió levemente… pero entonces, todo se detuvo.
Sus ojos se abrieron de golpe.
El aire cambió. Su Haki de Observación se disparó como una alarma. Una presencia, oscura como la noche misma, malvada hasta la médula, se materializó cerca de su hogar.
—Tamamo… —murmuró Daniel, su tono cayendo en gravedad absoluta.
—Lo sentí… —respondió ella, su cola erizándose, sus orejas tiesas—. Eso no es magia normal… eso es corrupción pura.
Pero Daniel ya no la escuchaba. Había salido corriendo. Su mente solo pensaba en su familia. En su hogar.
En Sakura.
Al llegar, la escena frente a sus ojos fue devastadora.
Su casa estaba en llamas.
Los muebles destruidos, ventanas rotas, el jardín reducido a cenizas, y entre la negrura y el humo… una figura estaba de pie.
Sakura.
Su cabello ondeaba como si un viento invisible la rodeara. Su aura ya no era humana. Oscura, púrpura, envuelta en sombras líquidas que se adherían a su piel. Sus ojos eran un pozo sin fondo… vacíos, inhumanos. Una sonrisa torcida adornaba su rostro, y su voz, distorsionada, profunda y ajena, reía con un eco antinatural.
—Este cuerpo… sí… es perfecto… tanto dolor, tanto odio reprimido… ¡Tan fácil de corromper!
Daniel sintió un puñal en el corazón. Justo frente a Sakura, Hikari y Hibiki estaban de pie, heridas pero firmes, protegiendo a Alya, quien estaba en el suelo, sangrando y con parte de su ropa quemada.
—¡DANIEL! —gritó Hibiki al verlo—. ¡CUIDADO!
Sakura —o mejor dicho, Angra Mainyu— levantó la mano. Sombras salieron disparadas hacia él como lanzas de oscuridad pura, pero Tamamo apareció con un salto, interceptando con una barrera de fuego espiritual que neutralizó el ataque.
—¡Conque eso eres tú, bastardo maldito! —gruñó Tamamo, su expresión feroz.
Daniel no podía moverse. La culpa, el dolor, el terror lo apretaban.
Angra Mainyu estaba ahí. Dentro de Sakura.
Ahora entendía. El cuerpo de Sakura, ya acostumbrado al tormento, al dolor, al veneno constante de los insectos mágicos, era el receptáculo perfecto. Su alma estaba quebrada, su corazón endurecido… era el terreno fértil para que esa maldición viviente echara raíces.
—¿Ves, Daniel? —dijo Angra Mainyu con la voz de Sakura, sin dejar de sonreír—
Ella me abrió la puerta. No tuve que forzarla. Sólo tuve que prometerle algo que tú no cumpliste…
Libertad. Amor. Propósito. Tú la tuviste cerca… y aún así… fue fácil entrar.
—¡Mientes! —gritó Daniel, apretando los puños—. ¡Sakura no aceptaría algo así!
—¿Y cómo puedes estar tan seguro… si ni siquiera sabes lo rota que estaba?
La burla dolía. Pero Daniel no se dejaría vencer.
Se acercó, paso a paso, mientras Tamamo protegía a sus compañeras, lanzando hechizos de contención para evitar que la corrupción se expandiera por el vecindario.
—No dejaré… que la controles. No permitiré que uses a ella para tus planes —dijo Daniel, su voz temblando de ira contenida.
Ddraig, en su mente, hablaba por primera vez en un tono serio:
—Daniel… si no lo detienes ahora, esa cosa se fusionará por completo con su alma. Y no habrá marcha atrás.
Daniel apretó los dientes.
Iba a salvar a Sakura.
O morir en el intento.
El duelo por Sakura comienza… y llegan refuerzos inesperados.
Las llamas danzaban en el aire como serpientes rojas hambrientas. El hogar de Daniel, antes cálido y lleno de risas, ahora estaba en ruinas, devorado por el fuego mágico. En el centro del desastre, se erguía Sakura Matou, o más bien, lo que quedaba de ella.
Su cuerpo temblaba, envuelto en una aura negra con destellos carmesí. Su voz distorsionada era la mezcla de un susurro demoníaco y el grito de una niña rota.
—Ahhh… qué libertad… Qué deleite… Qué destrucción tan dulce nos espera…
Daniel respiraba agitadamente. Su puño cerrado temblaba. No podía perder la compostura, no cuando Sakura estaba siendo consumida por Angra Mainyu.
A su lado, Tamamo-no-Mae se preparaba para el combate, su báculo flotando y una barrera protectora formándose alrededor de ambos.
—Daniel… si no detenemos esto rápido, ella desaparecerá —murmuró con tristeza en los ojos.
Daniel asintió.
—No pienso rendirme. No voy a dejar que otra persona muera frente a mí si puedo evitarlo.
Giró rápidamente hacia Hikari y Hibiki, que protegían a una herida Alya.
—¡Llévenla con Sona y Rin! ¡Ahora! ¡Díganles que Angra Mainyu está aquí y que necesita ser detenido ya!
Las gemelas dudaron un instante, pero al ver la gravedad en los ojos de su Ashikabi, asintieron y se marcharon a toda velocidad.
Ahora, solo quedaban dos contra una entidad capaz de destruir mundos.
La batalla comenzó sin compasión.
Sombras en forma de lanzas, maldiciones que podrías oír gritar, fuego purificador, sellos de dispersión y ráfagas físicas. Tamamo y Daniel daban todo lo que tenían, pero Angra Mainyu, a través del cuerpo de Sakura, era simplemente… abrumador.
Entonces, una figura cortó el humo con un tajo que disolvió la oscuridad. Una línea perfecta, limpia, pura.
—¡¿Q-qué…?! —exclamó Tamamo.
Desde la distancia, un joven de cabello castaño y expresión nerviosa salió corriendo del bosque, jadeando.
—¡Muramasaaa! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Nos metiste en otro lío sin avisarme!
El espadachín a su lado, de cabello blanco con ojos agudos como cuchillas, se detuvo al frente de la batalla.
—¿Acaso no sientes esa energía? Esta criatura… corrompe todo lo que toca. No podíamos simplemente ignorarla.
Yuuta, el joven Master, se detuvo junto a Daniel, casi tropezando con la intensidad del calor y la magia en el aire.
—E-Esto no es como en los libros… ¿Esto es una guerra o el apocalipsis?
Daniel apenas tuvo tiempo para mirarlo.
—¿Quién eres tú?
—Yuuta… soy Yuuta. Él es mi Servant, Muramasa. No sabía que esto era… así —dijo el chico con un tono de arrepentimiento genuino.
Muramasa, mientras tanto, desenvainó su hoja con solemnidad.
—No teman. No he venido a matar.
He venido a cortar lo que no pertenece.
—¡Entonces ayúdanos! ¡Pero recuerda, Sakura sigue ahí dentro! —gritó Daniel.
Muramasa asintió.
—Lo entiendo. Una espada no debe destruir lo que puede ser salvado.
Con eso, los tres combatientes —Daniel, Tamamo y Muramasa— se lanzaron juntos al combate. Yuuta, aunque nervioso, comenzó a realizar el soporte mágico que podía desde la retaguardia, enfocando su energía en sostener a su Servant.
Chispas. Malicia. Luz y oscuridad. Esperanza y desesperación.
Cada golpe era una declaración. Cada barrera rota, una súplica.
Y en medio de todo, Daniel gritaba internamente:
—Aguanta, Sakura… solo un poco más…
Mientras los destellos de hechizos y las explosiones de energía maldita sacudían los cimientos del hogar de Daniel, Hikari y Hibiki se movían con toda la velocidad que sus cuerpos reforzados les permitían, corriendo por las calles en dirección a la Academia Kuoh. Cada paso que daban era una súplica por ayuda, un grito silencioso que solo podía ser comprendido por aquellos que entendían el caos que se avecinaba.
En sus brazos, Alya, herida y semiinconsciente, respiraba con dificultad. Su sangre manchaba las ropas de sus compañeras, pero aun así, Hibiki sostenía firme su cuerpo, y Hikari apartaba con fuerza a cualquier obstáculo del camino.
En ese mismo instante, Sona Shitori, presidenta del consejo estudiantil y dama de hielo de Kuoh, se encontraba en su oficina, rodeada de documentos, barreras mágicas de detección y comunicaciones abiertas con el inframundo. Su mirada, normalmente firme, ahora estaba cargada de una tensión latente.
Lo sintió.
No solo una alteración mágica cualquiera. No era un servant.
Era algo más antiguo, más puro… y a la vez más impuro que todo lo que había sentido antes.
Poco después, otra figura entraba a su oficina con una expresión igual de tensa: Rias Gremory. Su largo cabello carmesí se movía con elegancia, pero sus ojos mostraban preocupación.
—¿Tú también lo sentiste, Sona? —preguntó, sin molestarse en saludar.
Sona asintió con seriedad.
—Como si una deidad corrupta hubiera despertado. Algo… está mal.
Pero había más en la mente de Rias. Aunque su corazón estaba con sus amigas y la seguridad de Kuoh, su mundo personal también se desmoronaba: su familia había decidido acelerar la boda con Riser Phoenix.
Ya no sería al graduarse. No.
Ahora ocurriría justo al terminar el ciclo escolar actual.
—No solo la magia se está saliendo de control —susurró Rias—. Todo a mi alrededor se desmorona.
Sona apretó los labios. Había poco que pudiera decir. Ambas estaban atrapadas por los deberes de sus casas, incluso cuando el mundo sobrenatural comenzaba a agrietarse.
En ese instante, las puertas del consejo estudiantil se abrieron de golpe. Hikari y Hibiki irrumpieron con Alya herida en brazos. Sona y Rias se pusieron de pie al instante.
—¡Daniel está luchando contra un monstruo en su casa! ¡Sakura fue poseída por algo horrible! —gritó Hikari.
—¡Ese ser… esa cosa… quiere destruirlo todo! ¡Está dentro de ella! —añadió Hibiki con los ojos desbordados de preocupación.
Sona no necesitó más.
Sacó su comunicador mágico y lo activó al instante.
—Serafall, tenemos una emergencia de nivel uno. Se trata de energía divina corrompida… y no viene de un ángel caído ni de los cielos. Es otra cosa. Voy a necesitar refuerzos. Ya.
Del otro lado, la voz de su hermana se tornó seria de inmediato.
—Entendido. Voy para allá.
Rias, sin perder tiempo, también se comunicó con su hermano.
—Onii-sama… el caos llegó a Kuoh. Daniel está en combate. Algo llamado Angra Mainyu ha tomado posesión de una chica llamada Sakura. Tenemos heridos.
Del otro lado, Sirzechs respondió con una calma tensa:
—Reúne a los tuyos. Yo me encargaré de movilizar a los míos.
A kilómetros de distancia, Tohsaka Rin y Archer se preparaban para salir. Rin había sentido el mismo torrente oscuro de energía que todos los demás.
—¿Eso es… la fuente del grial? —preguntó, alarmada.
—Eso… es algo que no debería existir en este mundo —respondió Archer con gravedad.
Ambos se lanzaron en dirección a la batalla sin perder tiempo, cruzando calles, techos y sombras, impulsados por la urgencia y la amenaza que crecía con cada segundo.
Porque ya no era una guerra por un deseo.
Era una guerra por la supervivencia del mundo.
El cielo sobre Kuoh estaba cubierto por un manto oscuro de nubes, no por causas naturales, sino por la energía oscura que emanaba de una sola persona: Sakura Matou. Su cuerpo, cubierto por una aura púrpura densa y corrupta, temblaba por el inmenso poder de Angra Mainyu, el mal absoluto que la poseía.
Frente a ella, la batalla se intensificaba.
Daniel, sudando y jadeando, usaba su Haki de observación y el impulso mágico inicial del Boosted Gear, sin llegar a liberarlo del todo. Se movía con fluidez, esquivando con gracia los proyectiles oscuros que corrompían todo lo que tocaban.
—¡No puedo acercarme lo suficiente! ¡Ni siquiera puedo hablarle! —gritó, frustrado, mientras sus botas raspaban el suelo al detenerse por inercia.
Tamamo no Mae, su compañera y Servant Caster, ejecutaba hechizos y contrahechizos con una velocidad sobrehumana, borrando corrupción, bloqueando energía maldita, y manteniendo un campo de protección alrededor de su maestro.
—¡Daniel-kun, no podemos seguir así! No la puedes salvar mientras siga despierta. ¡Angra Mainyu se aferra demasiado fuerte a su conciencia! —gritó ella, mientras un círculo mágico dorado se activaba frente a ella para bloquear una lanza de oscuridad.
A un lado, Muramasa, el Servant Saber, ejecutaba tajos limpios con su katana espiritual. Era un guerrero de mirada severa, con la expresión fría de un veterano.
—No puedo evitar pensar que este enemigo… no debería existir. Esta presencia… es antinatural —murmuró mientras destruía una ráfaga de tentáculos oscuros con un corte horizontal que partía el aire.
Daniel, al escuchar a Tamamo, comprendió el plan. Tenían que noquear a Sakura, aunque fuera solo por un momento. Entonces, él podría entrar en su subconsciente gracias a su vínculo emocional con ella y, con su voluntad, arrancar a Angra Mainyu desde adentro.
—¡Entonces lo haremos! Pero necesito una apertura… —dijo Daniel.
Justo cuando la tensión parecía insostenible, un sonido metálico cortó el aire.
—¡Kanshou… Bakuya! —gritó Archer, lanzando sus espadas gemelas hacia el flanco izquierdo de Sakura. Las armas no causaron daño, pero desviaron su atención.
—¡Rin! ¡Llegaron justo a tiempo! —gritó Tamamo.
Tohsaka Rin, jadeando tras el viaje apresurado, apuntó su gema cargada y lanzó un hechizo de contención.
—¡No dejaré que pierdas contra ese monstruo, Sakura! ¡No otra vez!
Sakura, o más bien Angra Mainyu, respondió con una carcajada distorsionada.
—¿De verdad crees que puedes salvarla? Ya es mía…
Un rayo oscuro estalló desde el cuerpo de Sakura, deshaciendo árboles, parte del suelo y lo que quedaba de la entrada de la casa.
En ese momento, un portal se abrió y Sona Shitori y Rias Gremory emergieron, cada una rodeada de sus respectivos séquitos y poder demoníaco activo.
—¡Eso es… energía divina corrupta! —murmuró Sona, activando un hechizo de análisis con sus gafas mágicas.
—Es como si la esencia del mal estuviera viva… —agregó Rias, transformándose al instante y dejando que su poder demoníaco estallara a su alrededor.
Ambas asintieron al plan de Tamamo.
—Capturar, neutralizar, liberar. No matar. —resumió Sona, con calma.
—Salvaremos a Sakura. —confirmó Rias con decisión.
Todos tomaron posiciones.
Archer cubrió el flanco izquierdo con fuego de proyección.
Muramasa cargó desde el derecho, buscando una brecha con cortes precisos.
Sona creó campos de restricción mágicos.
Rias concentró su poder destructivo para presionar y mantener a Angra Mainyu ocupado.
Y Tamamo canalizó toda su magia en un solo sello espiritual de purificación.
En el centro de todo, Daniel esperó… su oportunidad.
El momento llegó cuando Muramasa logró un tajo preciso en la pierna de Sakura, forzándola a arrodillarse. Rias y Sona actuaron al instante, cerrando el espacio y restringiendo los movimientos de la entidad oscura por un instante.
—¡Ahora! —gritó Tamamo, liberando su hechizo con un grito de guerra místico.
El aura oscura se contrajo, y por un solo y precioso segundo, Sakura colapsó, inconsciente.
Daniel cerró los ojos.
Sintió el hilo de su conexión emocional con ella, lo sostuvo…
…y saltó al subconsciente de Sakura, guiado por Tamamo a través de un ritual espiritual.
El mundo físico quedó atrás.
La verdadera batalla estaba por comenzar…
…dentro de la mente de una joven quebrada por el dolor, y ahora, poseída por el mal absoluto.
El mundo que Daniel pisó al entrar en la mente de Sakura no era un simple paisaje mental.
Era una pesadilla viviente.
Niebla densa. Gritos apagados.
Paredes formadas de memorias rotas, manchadas de sangre y oscuridad.
Todo se sentía… enfermo.
Cada paso dolía. No físicamente, sino en lo más profundo del alma.
Era como si el sufrimiento impregnara cada rincón de ese espacio.
Y ahí, entre las sombras, vio los recuerdos.
Una niña de cabello púrpura llorando, arrastrada hacia una mansión oscura.
Su familia despidiéndose fríamente, sin mirar atrás.
El anciano Zouken acercándose, sonriendo con podredumbre en sus ojos.
Después, las jaulas.
Los insectos.
Los gritos en la oscuridad.
Las noches sin consuelo.
Los días sin esperanza.
Daniel sintió que le faltaba el aire.
“¿Cómo… cómo pudo alguien vivir así?”
Y entonces, la risa.
Una carcajada hueca, distorsionada, resonando desde todas direcciones.
La niebla se arremolinó, y Angra Mainyu surgió, como una entidad informe, con mil ojos y bocas, envuelta en un aura pútrida.
—¿Te conmueve su dolor, humano? —ronroneó la criatura—. ¿Acaso no entiendes? Ella me llamó. Yo soy su salvación. Su justicia. Su venganza.
Daniel respiró hondo.
—No… tú eres la corrupción que se alimenta del sufrimiento. Lo único que hiciste fue aprovecharte de una niña rota.
Angra Mainyu rió, agitando el aire como un trueno.
—¿Y tú qué eres? ¿Un héroe improvisado? ¿Un mortal más con complejo de salvador?
Daniel dio un paso firme.
—Puede ser… pero aún así, yo elegí estar aquí. Ella no.
De entre las sombras, surgió una imagen: Sakura, flotando en posición fetal, como dormida, rodeada de cadenas oscuras.
Daniel sintió una presión enorme sobre su cuerpo, como si todo el peso del mundo lo estuviera aplastando.
La risa de Angra Mainyu creció… sus zarcillos de oscuridad lo atacaron sin descanso.
Y entonces, sucedió.
En lo más profundo de sí mismo, en lo más primitivo de su alma, algo estalló.
Un rugido invisible.
Un latido más fuerte que un trueno.
Una voluntad indomable… gritó para ser liberada.
Daniel cerró los ojos.
Y cuando los abrió…
El aire tembló.
Una ola de energía invisible estalló desde él en todas direcciones.
Las sombras se contrajeron.
Angra Mainyu se encogió, sorprendido.
—¡¿Qué… es esto?! —exclamó con furia.
Los ojos de Daniel brillaban con un fulgor dorado.
Su aura ardía como fuego azul.
—¡Este… es mi poder!
¡No voy a dejar que nadie más sufra como ella!
¡NO EN MI MALDITA PRESENCIA!
Haki del Rey.
Haoshoku Haki.
El poder del alma dominante.
El grito del alma de un rey.
Toda la dimensión mental se estremeció.
Las cadenas que ataban a Sakura se resquebrajaron.
El mundo mental gimió.
Las ilusiones se rompieron.
Angra Mainyu chilló, tambaleándose por la fuerza bruta de voluntad que lo golpeaba directamente en el alma.
—¡IMPOSIBLE! ¡No eres más que un humano!
Daniel caminó lentamente hacia Sakura, cada paso dejando una onda de choque a su alrededor.
—Soy muchas cosas… pero más que nada… soy el idiota que te va a sacar de esta oscuridad. ¡AGUANTA, SAKURA!
Extendió la mano.
Sakura, aún temblorosa, abrió los ojos.
El brillo cálido que la rodeaba comenzó a crecer.
Su aura se tiñó de luz pura.
Ella… sonrió.
Y tomó la mano de Daniel.
En ese momento, una explosión de energía pura y luminosa se expandió por toda la mente de Sakura.
Angra Mainyu fue rechazado, expulsado, desgarrado de aquel lugar.
La pesadilla colapsó.
Y Daniel cayó hacia atrás, arrastrado fuera del subconsciente.
Despertó con un fuerte jadeo.
El humo de la batalla aún estaba en el aire, pero frente a él…
Sakura, arrodillada, con lágrimas en los ojos, libre.
Su aura oscura había desaparecido.
Tamamo y los demás respiraban con alivio.
Sakura murmuró débilmente:
—Daniel… ¿soy libre…?
Él asintió, una lágrima cayendo por su mejilla.
—Sí… ya eres libre, Sakura.
Y entonces, ella cayó hacia él, llorando, con la cabeza contra su pecho.
El mundo podía arder a su alrededor…
Pero en ese instante, todo lo que importaba era que una vida se había salvado.
Y una nueva llama había despertado en el alma de Daniel.
El aire se volvió denso.
La temperatura cayó.
Frente a ellos, donde antes se encontraba Sakura poseída, Angra Mainyu se levantaba…
…ahora con forma humana.
Era irónico.
Un cuerpo esbelto, piel pálida, cabello oscuro y ojos sin brillo… parecía un joven cualquiera.
Y, sin embargo, cada paso que daba, hacía que el mundo temblara.
—Tch… —murmuró con desdén, mirando sus propias manos—. Aun sin ella como receptáculo, puedo existir. Pero tú… —miró directo a Daniel con ojos que no eran de este mundo—. Me quitaste mi anfitriona. Tú… me quitaste mi renacimiento.
Ahora, serás el primero en caer.
Daniel no respondió.
Ya lo había hecho todo dentro de Sakura.
Pero ahora tenía que detener esta amenaza real… solo.
Tamamo estaba de pie a su lado, jadeando.
Rin, Archer, Muramasa, Sona, Rias, Yuuta… todos peleaban con él.
Al principio, la lucha fue pareja. Coordinada. Fuerte.
Pero Angra Mainyu resistía todo.
Cada golpe era inútil. Cada hechizo, contrarrestado.
Con cada segundo que pasaba, sus aliados caían uno por uno.
Sona y su séquito fueron los primeros.
Usaron todo su poder para sellarlo, pero cayeron por el esfuerzo.
Rias y sus compañeros, incluso con la Queen y el Knight dando su mejor esfuerzo, fueron vencidos.
Rias cayó de rodillas, maldiciendo su impotencia antes de desmayarse.
Yuuta, ya sin energía, cayó mientras Muramasa intentaba protegerlo…
…pero sin fuente de mana, Muramasa se debilitaba a cada instante.
Rin y Archer aguantaron hasta el final, lanzando ataques de precisión, hasta que el mana de Rin se agotó y Archer fue forzado a dispersarse.
Tamamo, desgastada por haber mantenido los hechizos de apoyo y defensas, cayó a los brazos de Daniel, quien la sostuvo un momento antes de dejarla suavemente en el suelo.
Solo él quedaba en pie.
Y Angra Mainyu aún sonreía.
—Mírate… solo. Frágil. ¿Aun crees que puedes cambiar algo?
Daniel temblaba. No de miedo.
De rabia.
Vio a todos.
Sus amigos.
Sus aliados.
Gente que luchó por proteger este mundo.
Gente que creyó en él.
“No puedo dejarlos… no ahora.”
La presión creció en su pecho.
“¡No puedo perder!”
Fue entonces que, sin más opción…
—BOOSTED GEAR —susurró con fuerza.
El guante rojo de escamas apareció en su brazo izquierdo.
Los zafiros brillaron con energía contenida.
「BOOST!」
Una voz resonó desde la Sacred Gear.
Y con ella, Daniel empezó a liberar su poder.
Uno.
Dos.
Tres.
「BOOST!」
「BOOST!」
「BOOST!」
La energía se acumulaba.
Su cuerpo ardía.
El aire a su alrededor chispeaba.
Sus músculos temblaban.
La realidad misma comenzaba a distorsionarse por la fuerza del dragón dormido.
Angra Mainyu levantó una ceja.
—¿Eso es lo que escondías…? ¿El poder del dragón carmesí…? Curioso. No lo esperaba tan pronto.
Daniel gritó, su energía empujando hacia atrás el aura del ser oscuro.
Sus ojos se encendieron con determinación.
Sus pies se afirmaron en la tierra.
Y entonces…
“¡Ddraig… préstame tu poder! ¡No hay más tiempo!”
La voz del dragón resonó en su mente, seria por primera vez.
—Como desees, socio. ¡Muéstrales lo que significa oponerse a un emperador dragón!
Y así, el mundo pareció estallar en luz carmesí.
「BALANCE BREAK!」
El guante ardió.
Cristales rojos se extendieron.
La armadura escarlata cubrió su cuerpo por completo, con alas dracónicas desplegadas detrás.
Sus ojos, brillando con energía sin límite.
Y su voz… resonando como un rugido.
—¡BOOSTED GEAR SCALE MAIL!
La tierra tembló.
El cielo se volvió rojo.
Y Angra Mainyu… retrocedió por primera vez.
Daniel caminó hacia él.
Paso a paso.
—Ya no estoy peleando solo…
Cada uno de los que cayó… me dio esta fuerza.
Y tú… vas a pagar por todo lo que hiciste.
Angra Mainyu sonrió, por primera vez sin arrogancia.
—Interesante… ¡ENTONCES MUÉSTRAME EL PODER DE TU VOLUNTAD, HUMANO!
Y la batalla definitiva comenzó.
El rugido del dragón… contra la sombra de toda la maldad humana.
Una explosión de aire sacudió todo Kuoh.
La onda expansiva del choque entre Daniel y Angra Mainyu se expandió como una tormenta.
Los árboles se inclinaron violentamente.
Las ventanas estallaron.
Y los cuerpos inconscientes que yacían en el suelo fueron arrastrados y despertaron abruptamente.
Rias se levantó aturdida.
—¿Q-qué fue eso…?
A su lado, Sona abrió los ojos con esfuerzo, y sus lentes estaban rotos.
Miró al cielo…
Y lo vio.
Un hombre con una armadura escarlata de dragón, con alas de energía roja y un brillo carmesí que ardía como un sol.
—No puede ser… —murmuró Akeno—. ¿El Emperador Dragón Rojo?
Muramasa, aún arrodillado, reconoció la presión del aura.
—Ese poder… lo había sentido antes. En leyendas.
Es el Boosted Gear…
Yuuta, el master de Muramasa, recuperaba la conciencia gracias al impulso mágico.
—¿Dónde está Daniel? ¿Quién es ese?
Pero la respuesta fue obvia.
Daniel ya no estaba entre ellos.
Daniel era el guerrero que se enfrentaba al mal mismo.
Rin y Archer se miraron con confusión.
La maga no entendía del todo, pero reconocía el poder.
—Eso no es magia común… eso es otra cosa. Algo más allá de lo humano.
Mientras tanto, el mundo temblaba bajo los pies de los combatientes.
—¡Ddraig! ¡Boost, otra vez!
「BOOST!」
Daniel, envuelto en su Scale Mail, cargó de frente.
Angra Mainyu lo recibió con un puñetazo oscuro.
El choque creó una onda expansiva que partió el suelo.
El fuego del infierno y la esencia corrupta de Angra Mainyu se enfrentaban con el poder del dragón y la determinación de un humano.
Daniel respiraba con fuerza.
Sentía el agotamiento.
No podía mezclar todavía el Haki del Rey con el Haki de Armadura…
Pero su Haki de Observación se agudizaba.
Cada ataque que antes era difícil de seguir…
ahora era más claro, más definido, más lento.
Lo siento. Lo veo venir. Lo anticipo.
Empezó a esquivar con más precisión, contraatacar mejor, encontrar aperturas.
Su Haki de Armadura, aunque básico, se fortalecía.
Cada vez que Angra Mainyu conectaba un golpe, Daniel resistía mejor.
Los brazos vibraban con el impacto, pero no se rompían.
—¡Me estás haciendo más fuerte… cada segundo que pasa! —rugió Daniel.
Angra Mainyu se detuvo por un instante.
—¿Qué…?
Daniel se lanzó con un nuevo impulso.
「BOOST!」
Un puñetazo potenciado golpeó el abdomen de Angra Mainyu, haciéndolo retroceder por primera vez desde que tomó forma física.
Desde abajo, todos observaban con asombro.
—Ese poder no es solo magia… —dijo Sona—. Ese es el verdadero potencial del Boosted Gear. Cada 10 segundos… su poder se duplica.
—Pero eso es solo el principio… —dijo Rias en voz baja.
Rin, aún confundida, preguntó:
—¿Quién… es realmente Daniel?
Alya, herida, pero sonriendo débilmente desde una camilla improvisada, respondió:
—Es un idiota… pero es nuestro idiota.
Y nunca deja de avanzar.
En el aire, Daniel seguía presionando.
Cortes, fuego, maldiciones, gritos.
Y aun así… se mantenía en pie.
Cada grito de rabia de Angra Mainyu era recibido con una mirada decidida.
Cada golpe, respondido.
Cada caída, convertida en impulso.
Y Daniel sabía por qué.
No solo por Ddraig.
No solo por su poder.
Sino porque tenía un motivo.
Salvar a todos. Salvar a Sakura. Salvar el mundo.
Su mirada ardía.
Su alma rugía.
Y Angra Mainyu…
empezaba a retroceder.
El campo de batalla estaba en ruinas.
La tierra estaba quemada, la energía mágica aún flotaba en el aire como un miasma espeso.
Los cuerpos de sus aliados estaban tirados por todo el lugar, inconscientes, heridos, drenados de todo lo que les quedaba.
Sona, Rias, Muramasa, Yuuta, Archer, Rin, Tamamo…
Todos estaban fuera de combate.
Solo quedaba él.
Daniel.
Cubierto de cortes y sangre, jadeando con dificultad, con la armadura carmesí del Boosted Gear hecha trizas en varias partes.
Pero sus ojos, brillaban con furia contenida.
Frente a él…
Angra Mainyu, con su forma humanoide y ojos de infinito odio, flotaba sobre el suelo con un aura de oscuridad absoluta.
—¿Por qué no caes? ¿Por qué no te quiebras como los demás? —gruñó el espíritu maldito.
Daniel se quedó en silencio.
No tenía fuerzas de sobra.
Ni planes elaborados.
Solo… voluntad.
—No entiendes lo que significa pelear por otros, ¿verdad? —murmuró, levantando su puño cubierto de energía negra brillante.
Una energía que parecía fuego sólido.
Densa, vibrante, que se adhería a su brazo como una armadura.
Nadie más podría entenderlo.
Nadie sabía qué era.
Pero él sí.
—”Haki de armadura…”
Una técnica que no pertenecía a este mundo, que no existía en ningún grimorio, ni en la historia mágica de este plano.
Solo él la conocía.
Solo él podía usarla.
Y ahora, estaba llevándola más allá.
—Vamos… solo un poco más —dijo entre dientes.
Angra Mainyu se lanzó, su cuerpo envolviéndose en oscuridad total.
Pero Daniel, con la mirada fija, susurró:
—…Avanza.
—…Protege.
—…Golpea con todo lo que eres.
En ese instante, una onda de choque invisible barrió el campo.
Los árboles se partieron.
Las nubes se disolvieron.
Y los cuerpos inconscientes fueron arrastrados unos metros como si una ráfaga de pura presión los hubiera golpeado.
Varios despertaron abruptamente.
—¡¿Qué fue eso…?! —exclamó Rin, atónita.
—No es magia… ¿entonces qué es…? —preguntó Muramasa, entre jadeos.
—Ese poder… jamás lo he sentido en ningún ser sobrenatural… —murmuró Sona, en shock.
Pero nadie tenía respuestas.
Solo Daniel sabía.
Era el despertar de su otro poder.
Uno aún más profundo.
El Haki del Conquistador.
Una habilidad que no se puede aprender.
Una manifestación pura del espíritu de un verdadero rey.
Daniel dio un paso al frente, y por primera vez, unió ese poder con su Haki de armadura.
Un aura brutal estalló desde su cuerpo, resonando como un rugido silencioso.
Angra Mainyu retrocedió, sintiendo algo que ni siquiera él podía comprender…
Temor.
Y entonces… Daniel atacó.
Un solo puñetazo.
No con magia.
No con energía infernal, ni con poder divino.
Solo… voluntad pura.
El impacto fue tan devastador, que una explosión de energía escarlata y negra lo consumió todo.
Angra Mainyu gritó, su cuerpo desmoronándose en partículas oscuras.
Su esencia maldita fue aniquilada.
Y con él… el Santo Grial colapsó.
La conexión mágica que ataba a Muramasa se rompió.
El ciclo de la guerra… finalmente había terminado.
Daniel cayó de rodillas, respirando pesadamente.
El campo estaba en silencio.
Tamamo, aunque apenas consciente, usó lo último de su energía para formar un contrato mágico especial, un sello que la vincularía permanentemente a Daniel para evitar desaparecer.
—Te dije que me quedaré… hasta tu último aliento —susurró, antes de desmayarse.
Daniel sonrió con suavidad, mirando el cielo.
Todos estaban a salvo.
Nadie entendía qué clase de poder había usado.
Y él… no tenía intención de explicarlo.
Después de todo, el Haki no era de este mundo.
Era su secreto.
Su ventaja.
Y tal vez… su maldición.
Pero por ahora, lo único que importaba…
Es que habían ganado.
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