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Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Capitulo 28 El error de Kirijo
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29: Capitulo 28: El error de Kirijo 29: Capitulo 28: El error de Kirijo Mientras los engranajes de la política sobrenatural se movían lentamente en la superficie de Kuoh, algo mucho más oscuro se agitaba en las profundidades.

A cientos de metros bajo tierra, oculto del ojo público, un laboratorio subterráneo perteneciente al Grupo Kirijo operaba en completo secreto.

Las luces frías iluminaban los pasillos estériles y metálicos, donde científicos vestían trajes blancos y gafas oscuras.

Cámaras de contención llenaban las habitaciones, albergando criaturas retorcidas, distorsionadas…

las Shadow.

En el centro de todo esto, se encontraba un hombre anciano, de rostro severo, ojos vacíos y una calvicie casi total: Kouetsu Kirijo.

Fundador y líder de este proyecto olvidado, Kouetsu había dedicado su vida a una sola cosa: traer al mundo un evento profetizado como La Caída.

—No más contención —gruñó esa mañana frente a su grupo de investigadores—.

Hoy…

avanzamos al siguiente paso.

Hoy…

la humanidad empieza su juicio.

A su alrededor, la mayoría de los científicos asintieron sin cuestionar.

Algunos por miedo, otros por fe.

Pero no todos.

Oculto entre los técnicos y supervisores, un hombre de mediana edad con gafas cuadradas y rostro cansado observaba en silencio.

Eiichiro Takeba.

Científico veterano, brillante investigador…

y uno de los pocos dentro del proyecto que sabía que estaban jugando con algo que no debía tocarse.

Sabía que no podía hablar.

Cualquier señal de oposición lo pondría en la mira.

Pero también sabía que el fin estaba cerca.

Ese día, sin embargo, algo salió terriblemente mal.

Una de las cámaras, la más profunda, que contenía una Shadow de gran tamaño, empezó a emitir una resonancia mágica anormal.

Las alarmas se encendieron.

El sistema colapsó.

Las criaturas se alteraron violentamente.

Kouetsu, lejos de asustarse, sonrió.

—¡Es esto!

¡El catalizador!

¡La Caída comienza ahora!

Pero su euforia duró poco.

La contención falló.

La presión mágica se volvió inestable y una explosión devastadora atravesó las alas centrales del laboratorio.

BOOOM Todo el sector donde Kouetsu y su equipo trabajaban fue destruido en segundos.

Muertos al instante.

A unos pasillos de distancia, Takeharu Kirijo, hijo de Kouetsu y líder del laboratorio externo, sintió la sacudida mientras revisaba informes.

Una onda de choque lo empujó contra la pared y las luces parpadearon.

El humo comenzó a filtrarse por las compuertas automáticas, y sin perder el tiempo, Takeharu huyó, sabiendo que algo había salido terriblemente mal.

Pero en uno de los laboratorios afectados, atrapado por los escombros, se encontraba Eiichiro Takeba.

Con un brazo roto, respiración pesada, y sangre corriendo por su frente, Eiichiro encendió una terminal de emergencia.

Sabía que no saldría de allí.

Sabía que la explosión se extendería.

Pero aún podía hacer algo.

Frente a la cámara, apretando la mandíbula, comenzó a hablar.

—Takeharu…

si estás viendo esto, es porque no logré salir.

Escucha bien.

—Kouetsu…

estaba equivocado.

Las Shadow…

no deben ser destruidas sin control.

Las más grandes…

están conectadas a un fenómeno que él buscaba: “La Caída”.

—Pero si se eliminan sin cuidado…

eso es lo que la provoca.

No es la invocación de las Sombras…

es su erradicación total lo que abre el camino a ese desastre.

El humo comenzaba a llenar la habitación.

El sistema parpadeaba.

—Por favor, cuida de mi hija.

Yukari…

ella no sabe nada.

No permitas que se vea envuelta en esto…

Envió el archivo con una clave privada a la computadora de Takeharu.

Una vez enviado, Eiichiro apoyó la cabeza contra el banco de trabajo y cerró los ojos con resignación.

Un último destello iluminó el laboratorio.

BOOM El resto del complejo se vino abajo.

Horas más tarde, en la mansión Kirijo, Takeharu recibió la notificación en su dispositivo.

Al ver el mensaje de Eiichiro, su rostro se tensó.

Se puso de pie de inmediato, su expresión cargada de determinación.

—¿La Caída…?

—susurró—.

No…

El estudio de Takeharu Kirijo estaba en completo silencio.

Solo el leve zumbido de los ventiladores de los monitores y el constante parpadeo de luces sobre los equipos mantenían el ambiente vivo.

Las persianas estaban cerradas, y el aire olía a papel viejo, tinta y tensión contenida.

Frente a él, se proyectaban los reportes de los últimos días: movimientos anómalos en el subsuelo de Kuoh, malfunciones eléctricas, picos de energía psiónica y, lo más importante, la destrucción parcial del laboratorio oculto en el que Kouetsu Kirijo realizaba experimentos con las criaturas conocidas como “Shadow”.

Eiichiro Takeba, uno de los pocos que no estaba de acuerdo con el Proyecto, había muerto en la explosión.

Pero antes de ello, logró enviar un último mensaje.

Takeharu lo había reproducido varias veces, escuchando con atención cada palabra: “No deben matar a las más grandes…

algo cambia en la estructura…

las cosas…

se salen de control.

Takeharu…

estas criaturas…

no son lo que creemos.

No sabemos qué provocará un error más.” Takeharu apagó el mensaje.

Se quitó los lentes y se frotó el rostro con ambas manos.

La palabra “Caída” no aparecía en el mensaje, pero lo que Eiichiro decía…

hacía pensar en algo más grande, más peligroso que simples experimentos fallidos.

—Esto…

no es sostenible —dijo en voz baja—.

Si las Shadow pueden desestabilizar el mundo…

entonces necesito respuestas.

Y guerreros.

Encendió otro monitor.

Una gráfica mostraba fluctuaciones cerebrales de ciertos sujetos monitoreados en secreto, entre ellos estudiantes de la Preparatoria Kuoh.

Un patrón común comenzaba a emerger: ciertos individuos mostraban actividad neural atípica durante la medianoche.

Algo que solo podía tener una explicación.

Takeharu se recostó en su silla.

Sus pensamientos giraban en torno a una teoría que Kouetsu había mencionado vagamente: una hora perdida…

entre el final de un día y el comienzo del siguiente.

Una hora donde solo ciertos seres permanecían conscientes.

—¿Y si esa teoría es cierta…?

¿Y si esa “Hora Oscura” está por manifestarse?

—susurró para sí.

Ese pensamiento bastó para tomar una decisión.

Se levantó con determinación y caminó hacia su caja fuerte oculta tras un panel de madera.

Dentro, sacó un antiguo portafolio con el símbolo del Grupo Kirijo y un sello que había permanecido intacto durante años.

Lo abrió con un código biométrico.

Dentro había solo dos cosas: un Evoker experimental y una lista incompleta de posibles candidatos con “potencial de Persona”.

—Ya no podemos darnos el lujo de observar.

Es hora de actuar —dijo con firmeza, apretando los dedos alrededor del Evoker.

Esa misma noche, mientras los cielos de Kuoh se cubrían de nubes pesadas y un extraño silencio se apoderaba de las calles…

Ocurrió.

Las manecillas de todos los relojes se detuvieron en el mismo punto.

El mundo se tornó en un tono verdoso y muerto.

Las sombras se alargaron.

Las Personas comunes cayeron en cápsulas como ataúdes.

Y aquellos que poseían algo especial —una chispa aún no despertada— quedaron de pie, confundidos, atrapados entre realidades.

La Hora Oscura había comenzado.

Y en lo profundo, las Shadow despertaron…

por primera vez fuera del laboratorio.

La noche transcurría con tranquilidad en casa de Daniel…

hasta que algo cambió.

Un grito mental despertó a Daniel con violencia.

—¡Daniel, despierta!

¡Algo está mal!— Era Ddraig, su tono impregnado de una urgencia que rara vez usaba.

Daniel abrió los ojos con rapidez…

pero lo que vio lo hizo helarse.

Hikari, Hibiki, Alya y Sakura no estaban acostadas a su lado.

En su lugar, cuatro ataúdes oscuros, de piedra rugosa con reflejos metálicos, flotaban levemente sobre el futón.

Su corazón se paralizó.

Dio un salto hacia atrás, cayendo al suelo, su respiración se volvió errática.

—¿Q-qué…

es esto?

—murmuró con la voz temblorosa.

El aire estaba más denso, cargado de una energía pesada y fría.

Era como si el tiempo mismo se hubiera detenido.

Se volvió bruscamente y vio a Tamamo, profundamente dormida, ajena al fenómeno.

Rápidamente gateó hacia ella y la agitó con fuerza.

—¡Tamamo!

¡Despierta!

¡Tamamo, despierta!

Sus ojos se abrieron de golpe y sus orejas se alzaron como resortes.

—¿Eh?

¿Qué…

qué sucede…

Daniel-sama?

—su voz temblaba.

Apenas procesó el entorno y su instinto sobrenatural hizo el resto: sus colas se erizaron y su cuerpo tembló.

—¡Esto no es normal!

¡¿Qué está pasando…?!

Daniel la sostuvo entre sus brazos mientras trataba de mantener la calma.

Su mirada se volvió a los ataúdes.

Luego al entorno.

Luego a su mano.

Sin heridas.

Sin signos mágicos activos.

Todo…

estaba detenido.

—No puede ser…

—murmuró mientras se levantaba lentamente.

—¿Daniel-sama?

¿Qué pasa?

¿Qué sabes?

Daniel apretó los dientes.

—Hay algo…

algo que había leído…

un fenómeno…

—¿Qué fenómeno?

Daniel no respondió.

Aún quería negarlo.

Pero necesitaba pruebas.

Tomó una linterna del cajón…

nada.

No funcionaba.

Intentó prender la luz…

nada.

Miró su celular…

sin señal, sin energía, sin vida.

Todo…

muerto.

En el pasillo rumbo al baño, otro ataúd.

Raynare, probablemente, la había alcanzado justo antes de ser atrapada por este…

“estado”.

Tamamo, temblando, lo seguía de cerca, sus manos firmemente aferradas a su brazo.

—Daniel-sama…

¿esto es magia?

¿Es un hechizo…?

—No —respondió con voz baja—.

Es algo más antiguo…

algo…

aterrador.

Abrió la puerta principal.

Lo que encontró afuera, selló su conclusión.

El cielo era verde oscuro, como sumido en una neblina.

La luna, llena, tenía un brillo antinatural.

Todo estaba detenido.

Ningún sonido, ningún movimiento.

Las calles estaban vacías, los autos detenidos, las farolas congeladas.

Pero lo más perturbador era el silencio.

No uno común, sino uno profundo, como si el mundo entero hubiera dejado de respirar.

Daniel sintió un escalofrío recorrerle la columna.

Sus ojos se abrieron con reconocimiento, horror…

y una dosis peligrosa de certeza.

—La Hora Oscura —susurró al fin.

Tamamo parpadeó.

—¿La qué?

Daniel apretó los puños.

—No sé cómo es posible…

pero si esto es lo que creo, estamos en serios problemas.

Nadie más puede moverse…

solo nosotros.

Y si esto es como lo recuerdo…

—¿Qué pasa?

—No estamos solos.

El viento helado sopló con fuerza.

Muy, muy lejos, un ruido extraño resonó.

Un eco antinatural.

Como el rugido de algo que no debería existir.

La Hora Oscura había comenzado en Kuoh.

Y Daniel y Tamamo eran sus únicos testigos.

La Hora Oscura no perdonaba.

El aire era pesado.

El mundo, detenido.

Y Daniel y Tamamo eran los únicos que se movían en ese mar de tiempo congelado…

o eso pensaban.

Un ruido viscoso, húmedo, que no pertenecía a ningún ser vivo conocido, los sacó de su momento de contemplación.

De los rincones oscuros de la calle, de entre las sombras proyectadas por edificios distorsionados bajo la luna esmeralda, comenzaron a surgir ellos.

Shadows.

Figuras grotescas, con cuerpos amorfos y máscaras blancas como únicas facciones reconocibles.

Se arrastraban, reptaban, flotaban…

Eran decenas.

—Daniel-sama…

—Tamamo se pegó a él con una mezcla de terror e instinto combativo—.

¡Eso no es magia!

¡Son criaturas…

de puro odio!

Daniel frunció el ceño, flexionando los dedos.

Ddraig habló con calma desde su interior.

—No son demonios, ni seres mágicos.

Son más viejos.

Representan el inconsciente.

Ten cuidado, compañero.

Una de las Shadows se lanzó hacia ellos.

Daniel no lo dudó.

Avanzó con decisión y, en un solo movimiento, canalizó su Haki de armadura en su puño y golpeó directo el rostro enmascarado de la criatura.

El impacto fue brutal, la Shadow retrocedió chillando mientras su cuerpo se fragmentaba y evaporaba en oscuridad pura.

—¡Son vulnerables!

¡Mis ataques funcionan!

—gritó Daniel.

Tamamo, asintiendo, conjuró una serie de talismanes y lanzó una ráfaga de fuego espiritual azul celeste.

Varias Shadows se retorcieron y cayeron, reducidas a polvo de oscuridad.

—¡Mi magia también les afecta!

¡No son inmunes!

Ambos lucharon espalda contra espalda, Tamamo creando barreras, disparando hechizos de fuego y luz, mientras Daniel, potenciando su cuerpo con Haki, destruía Shadows con golpes precisos y violentos.

La sincronía entre ambos era casi natural.

Como si hubieran entrenado juntos toda la vida.

Y entonces, el último enemigo cayó, disuelto en el aire.

El silencio volvió.

Daniel respiraba agitado, Tamamo jadeaba mientras observaba su alrededor.

Y de pronto, Tamamo se quedó quieta.

—¿Tamamo?

¿Qué pasa?

Ella no respondió, solo alzó una mano temblorosa, apuntando a lo lejos, hacia el horizonte.

Daniel, aún recobrando el aliento, siguió su mirada.

Y entonces lo vio.

Donde debía estar la Preparatoria Kuoh, ahora había una torre…

una monstruosa espiral de acero, piedra y oscuridad.

Torcida, viva…

como si hubiese nacido del mismísimo inconsciente colectivo.

Tartarus.

Daniel dio un paso atrás.

—No…

no puede ser…

Ddraig guardó silencio.

Tamamo tampoco dijo nada.

Solo los ecos del viento etéreo parecían querer decir algo…

Algo como un susurro lejano, frío y lleno de desesperanza.

“Nyx…” Daniel sintió un escalofrío mortal recorrer su espalda.

Ese nombre no lo había dicho nadie.

Y, sin embargo…

ahora estaba más cerca que nunca.

La Caída…

Había comenzado.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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