Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Capitulo 29 La realidad tras la hora oscura
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30: Capitulo 29: La realidad tras la hora oscura 30: Capitulo 29: La realidad tras la hora oscura La oscuridad aún dominaba el cielo bajo la pálida luna verde.
Tamamo, con su largo cabello ondeando al ritmo del viento estático de la Hora Oscura, observaba con ojos muy abiertos la estructura titánica que se alzaba donde alguna vez estuvo la Preparatoria Kuoh.
Tartarus.
Una torre que desafiaba la lógica.
Una amalgama de arquitectura viva, deformada, y alimentada por algo mucho más antiguo que cualquier magia que Tamamo hubiera sentido antes.
Sus orejas se erizaron.
—Daniel-sama…
esa torre…
—murmuró—.
Está viva.
Y la magia que emana…
¡es como la del Santo Grial, pero más oscura!
Más profunda…
más maligna…
¡es como si toda la malicia del mundo estuviera concentrada allí!
Sus palabras temblaban.
Tamamo retrocedió un paso, pero apretó los puños con decisión.
—¡No podemos dejar que esto siga!
¡Debemos eliminarla antes de que libere algo peor!
¡Puedo lanzar un hechizo de sellado de área si me acerco lo suficiente a su núcleo!
—¡No!
—Daniel se interpuso de inmediato, firme, decidido.
Tamamo lo miró, confundida y herida.
—¡¿Por qué me detienes?!
¡¿Acaso no ves que esa cosa es una maldición sobre este mundo?!
¡Puede ser peor que el Grial!
Daniel asintió, su expresión sombría.
—Lo sé.
Justamente por eso no podemos entrar así como estamos.
Tartarus no es solo una torre.
Es…
un catalizador.
Un preludio al fin.
Tamamo se quedó en silencio al escuchar el tono de Daniel.
—Sé lo que es, Tamamo.
He visto esto antes.
En otro mundo.
En otro juego…
—levantó la mirada hacia la torre—.
Dentro de Tartarus hay sombras…
criaturas nacidas del inconsciente.
Y en su cima…
…nos espera la encarnación del fin.
Nyx.
Tamamo abrió los ojos, paralizada.
—E-esa entidad…
—murmuró, llevándose una mano a los labios—.
¡Eso…
eso es una deidad primordial de la noche en muchas culturas!
¡¿Eso está allí?!
—No aún.
Pero si no hacemos algo, vendrá.
Y no podremos detenerla.
Nadie podrá.
Tamamo tembló.
Su cola se envolvió a sí misma.
Estaba asustada.
—Entonces…
estamos malditos, ¿no?
Si entramos, aceleramos la llegada de esa cosa…
pero si no hacemos nada…
¡el mundo se perderá igual!
Daniel se acercó y le sostuvo la mano con firmeza.
Sus ojos eran decididos.
—Hay una forma.
En el otro mundo…
hubo una persona.
Alguien que lo detuvo.
Un verdadero héroe.
Makoto Yuki.
El Wild Card.
Él selló a Nyx…
sacrificando todo.
Tamamo lo miró, con esperanza.
—¿Y…
está aquí?
Daniel bajó la mirada.
—…No.
Tamamo retrocedió.
Como si le hubieran dado una puñalada emocional.
—¿Q-qué…?
¿Cómo que no está?
Daniel apretó los dientes.
—Este mundo es una mezcla.
DxD, Fate, otros mundos…
pero él…
no existe aquí.
No hay señales de su alma.
No está ni reencarnado, ni invocado, ni oculto.
Simplemente, no existe.
Tamamo cayó de rodillas.
Su rostro pálido.
—Entonces…
¿quién sellará a Nyx esta vez?
Daniel se arrodilló frente a ella, colocando sus manos sobre sus hombros.
—No lo sé aún…
pero si nadie más puede…
—cerró los ojos un momento y exhaló—.
Entonces lo haré yo.
Tamamo lo miró con los ojos cristalinos.
—Daniel-sama…
Él sonrió con tristeza.
—Pero primero, necesitamos aliados.
Usuarios de Persona.
Gente con el potencial para resistir la Hora Oscura.
Y aún no sabemos quiénes podrían ser.
Hay que buscar…
con cuidado.
Tamamo asintió lentamente, su confianza recuperándose gracias a él.
Se abrazó a su brazo con fuerza, decidida a no separarse más.
—Entonces empecemos.
Antes de que el tiempo se agote.
Y así, bajo la siniestra luna verde, Daniel y Tamamo dieron el primer paso hacia la tragedia que se avecinaba.
El reloj de la Caída, finalmente, había comenzado a correr.
El mundo volvió a moverse.
Con un sonido sutil, como el crujir de un reloj antiguo reiniciando su marcha, la Hora Oscura llegó a su fin.
La pálida luna verde se desvaneció lentamente, siendo sustituida por el cielo nocturno habitual.
Ante los ojos de Daniel y Tamamo, Tartarus comenzó a desmoronarse como humo atrapado en una corriente de viento.
Sus columnas distorsionadas, su arquitectura viva y antinatural, sus paredes plagadas de símbolos imposibles, se deshicieron en partículas de oscuridad, desvaneciéndose en el aire sin dejar rastro alguno.
—…Así que por ahora, solo fue un aviso —murmuró Daniel, con el ceño fruncido.
Tamamo apretó los puños, su respiración aún agitada.
—Pero uno que no podemos ignorar.
Esa torre…
ese fenómeno…
no fue una ilusión.
Fue real.
—Sí —Daniel asintió con gravedad—.
Muy real.
Ambos quedaron en silencio unos segundos, hasta que Daniel giró su vista hacia su casa.
—Vamos.
Debemos verificar si todos están bien.
En la habitación de Daniel, el tiempo también volvió a fluir.
Los ataúdes oscuros que yacían sobre la cama comenzaron a desmoronarse como si nunca hubieran existido.
Hikari, Hibiki, Alya y Sakura, quienes hasta hacía un instante eran prisioneras en esa prisión sobrenatural, recuperaron sus formas humanas, sus cuerpos cayendo suavemente sobre el colchón.
Justo en ese instante, Raynare, aún con los ojos entrecerrados por el sueño, reanudó su camino por el pasillo rumbo al baño, murmurando cosas como si nada hubiese pasado.
—¿…Eh?
¿No estaba yo ya en el baño…?
Qué raro…
—dijo, frotándose los ojos mientras avanzaba.
En la habitación, el impacto repentino hizo que las chicas despertaran confundidas.
—¡¿Eh?!
¿Q-qué…
pasó…?
—¿Dónde estamos…?
¿Qué fue eso?
Alya se llevó la mano a la cabeza mientras Sakura parpadeaba con expresión perdida.
Hikari y Hibiki se miraban entre ellas, notando que no recordaban haberse dormido.
—…¿No estábamos charlando…?
—susurró Hikari.
—Yo…
recuerdo querer abrazar a Daniel antes de dormir —dijo Hibiki, confundida.
Mientras tanto, en el exterior, Daniel y Tamamo podían ver cómo las luces de la ciudad volvían a encenderse, los autos en pausa retomaban su marcha, y el viento volvía a soplar con naturalidad.
—Todo volvió a la normalidad —dijo Tamamo, dejando escapar un suspiro que mezclaba alivio y tensión.
—Sí…
pero ya sabemos la verdad —añadió Daniel, cerrando los ojos un momento—.
Esta fue solo la primera vez.
Y no será la última.
Tamamo se acercó y tomó su mano.
—Entonces nos prepararemos.
Juntos.
Daniel asintió con una sonrisa leve, sin soltar su mirada del cielo, donde la luna ya había recuperado su color natural.
La noche había vuelto…
pero algo en ella había cambiado para siempre.
El sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte cuando Daniel y Tamamo regresaron a casa, cruzando la puerta principal con paso cansado pero firme.
Ambos traían el cuerpo agotado y el alma aún cargada de tensión por lo vivido.
Sin embargo, antes de que pudieran siquiera quitarse los zapatos…
—¡¡¿¿DÓNDE ESTABAN??!!
—tronó la voz de Hikari desde el segundo piso.
A los pocos segundos, Alya, Hibiki, Hikari y Sakura bajaban corriendo por las escaleras, con expresión alarmada…
y celosa.
—¡¿Por qué Tamamo está toda despeinada?!
—¡Y su kimono está mal cerrado!
—¡Daniel, explícate!
—¡¿SE ESCAPARON PARA HACER COSAS INDECENTES SIN NOSOTRAS?!
Daniel abrió los ojos con terror puro.
—¡¿Qué?!
¡¡No, no, no es nada de eso!!
Pero antes de que pudiera defenderse…
Tamamo sonrió con malicia y lo abrazó por el brazo, apretando su pecho contra él mientras dejaba escapar una risa traviesa.
—Ara~ Ara~ ¿De verdad quieres ocultarlo, Daniel~?
—Anoche fue la mejor noche que he tenido desde que fui invocada~.
El alma de Daniel casi abandona su cuerpo ahí mismo.
—¡¡¡TAMAMO NO DIGAS ESOOOOOO!!!
—gritó con desesperación.
La habitación se volvió helada.
Las chicas lo miraron con una aura asesina nunca antes vista.
Hibiki ya estaba convocando su naginata, Hikari resplandecía con electricidad, Alya encendía un hechizo en su palma y Sakura…
ya tenía una katana a medio desenvainar.
—Así que la mejor noche, ¿eh?
—murmuró Alya con una sonrisa oscura.
Tamamo, por supuesto, seguía divirtiéndose con el caos.
—¡Ara ara~!
Qué apasionadas rivales tengo~ ¡Deberían animarse ustedes también!
—¡TAMAMO, DETENTE, VOY A MORIR AQUÍ MISMO!
Finalmente, después de un mar de gritos, expresiones celosas y amenazas poco discretas, Daniel logró calmar el caos explicando con seriedad lo ocurrido: Lo de los ataúdes, la desaparición de Tartarus, el fenómeno de la Hora Oscura y cómo solo él y Tamamo permanecieron conscientes para enfrentarse a las criaturas llamadas Shadows.
Las chicas, aún molestas, entendieron la gravedad del asunto…
aunque no dejaron pasar lo que pensaban era una “oportunidad robada”.
—…Entonces no pasó nada —dijo Hibiki, cruzándose de brazos.
—¡Claro que no!
¡Estábamos luchando por nuestras vidas!
—Daniel exclamó, con sudor frío.
Tamamo chasqueó la lengua con decepción.
—Una lástima…
habría sido lindo que sí pasara~.
Las chicas lo miraron en silencio…
y luego, se acercaron una por una.
—Aun así —empezó Alya, con una expresión seria—.
Esto nos hizo pensar en algo.
—No sabemos cuándo puede pasar algo como esto otra vez —dijo Hikari.
—O si habrá un mañana —añadió Sakura.
—Así que…
—continuó Hibiki—.
Cuando todo se calme…
queremos que cumplas una promesa, Daniel.
—¿Una promesa?
—preguntó él, tragando saliva.
Alya fue la primera en acercarse y acariciarle el rostro.
—Prométenos que, cuando estemos listas…
y no estemos rodeados de caos sobrenatural…
—…harás el amor con todas nosotras —dijeron al unísono.
Daniel enrojeció hasta las orejas, pero al ver la sinceridad en sus ojos, asintió con suavidad.
—Lo prometo.
Cuando sea el momento…
y ustedes estén seguras…
será algo especial.
Las chicas sonrieron, y una por una, se acercaron a él para besarlo con dulzura.
Un beso por amor.
Un beso por promesa.
Tamamo, por supuesto, también se unió con una sonrisa divertida.
—Yo solo espero que ese momento llegue pronto, mi dulce maestro~.
Daniel suspiró, sabiendo que la batalla contra las Shadows apenas comenzaba…
…pero también, que su vida se había vuelto más luminosa gracias a ellas.
Mientras en la casa de Daniel se vivía un momento romántico lleno de afecto, risas y promesas entre él y las chicas que lo rodeaban, en una sala oculta y austera, alejada de la luz del día, la tensión se sentía en cada rincón.
Takeharu Kirijo, con el ceño fruncido, revisaba varios monitores y documentos desplegados frente a él.
Los últimos informes eran preocupantes: el grupo de jóvenes sujetos a experimentos con potencial para despertar Personas…
se había revelado y escapado.
—Inaceptable…
—murmuró, entrecerrando los ojos.
El proyecto había sido riesgoso desde el inicio, pero era una carta desesperada frente a la creciente amenaza de las Shadows.
Y ahora, con la Hora Oscura manifestándose por primera vez…
el tiempo se había acabado.
Solo quedaba una opción: buscar usuarios naturales de Persona.
El problema era que, hasta ese momento, solo conocía a uno.
—Mitsuru…
Su mirada se dirigió a un expediente que mostraba a su hija: Mitsuru Kirijo, joven brillante, fuerte, entrenada en múltiples campos…
y portadora natural de una Persona.
Hasta ahora, la había mantenido fuera de todo esto, intentando protegerla del legado oscuro de su familia.
Pero la muerte de Eiichiro Takeba…
y su mensaje final…
lo habían dejado sin margen.
“La Caída es real.” “Las Shadows no pueden ser destruidas sin consecuencias.” “Los usuarios de Persona son la única esperanza.” El peso de la responsabilidad lo aplastaba.
Él mismo no podía invocar una Persona, aunque era resistente a la Hora Oscura.
Era un líder, no un guerrero.
Su hija, en cambio…
—…es nuestra única carta.
Tomó el teléfono y pulsó una línea directa.
La voz de Mitsuru no tardó en responder, firme como siempre.
—¿Padre?
—Mitsuru…
necesito que vengas al laboratorio central.
Hay algo que necesito decirte.
—¿Tiene que ver con lo que ocurrió anoche?
¿Con…
esa torre?
—preguntó, con un dejo de sospecha.
Takeharu cerró los ojos.
Ella ya lo había notado.
—Sí.
Y va más allá de eso.
Ha llegado el momento de que sepas todo…
sobre las Shadows.
Sobre nuestro verdadero enemigo…
y sobre tu poder.
Silencio por unos segundos.
Luego: —Entendido.
Estoy en camino.
Takeharu colgó, dejando escapar un suspiro pesado.
El tablero se había puesto en movimiento.
Y aunque Daniel aún no lo sabía, en otra parte de Kuoh se preparaban los primeros pasos de un grupo que algún día sería vital…
SEES estaba por comenzar a tomar forma.
La noche había caído sobre la ciudad de Kuoh, pero para Mitsuru Kirijo, la oscuridad era más que la ausencia de luz.
Al llegar al estudio personal de su padre, encontró la atmósfera cargada de una tensión silenciosa.
Las luces bajas iluminaban apenas los libros antiguos, los papeles clasificados y las pantallas apagadas.
El aroma a té olvidado aún flotaba en el aire.
Takeharu Kirijo la esperaba de pie, de espaldas a la puerta, mirando por la ventana hacia el horizonte donde, hacía apenas unas noches, una torre imposible se había alzado durante un tiempo que no debía existir.
—Has venido —dijo con voz grave.
—No pude ignorar lo que ocurrió —respondió Mitsuru, avanzando con paso firme—.
Fue real, ¿cierto?
La torre…
la Hora Oscura.
Takeharu asintió.
Luego, se giró hacia ella y con un gesto le indicó que se sentara.
—Mitsuru…
es momento de que conozcas la verdad sobre la familia Kirijo.
Y lo que hemos desatado en nuestra arrogancia.
Durante la siguiente hora, Mitsuru escuchó en completo silencio.
Las revelaciones cayeron como martillos: el proyecto con las Shadows, el propósito oscuro de Kouetsu Kirijo, el mensaje desesperado de Eiichiro Takeba justo antes de su muerte…
Y lo más importante: el poder que ella poseía desde nacimiento.
—Tienes el don, Mitsuru —dijo Takeharu finalmente—.
Eres una usuaria de Persona.
La única confirmada…
hasta ahora.
—¿Una Persona…?
—murmuró, ya habiendo experimentado algo en la Hora Oscura, pero sin entenderlo del todo—.
Entonces…
¿mi deber es luchar?
—Más que luchar.
Debes reunir a otros como tú.
Aquellos que puedan resistir la Hora Oscura —explicó su padre, entregándole una carpeta con documentos confidenciales—.
Estas personas…
tienen potencial.
Pero sólo podrás confirmarlo durante la Hora Oscura.
—Porque los que tienen potencial…
no se convierten en ataúdes —reflexionó Mitsuru, atando cabos.
—Exacto.
Y de entre ellos, no todos podrán invocar una Persona.
Pero necesitamos a cada uno de ellos.
Para detener lo que se avecina.
Mitsuru tomó los documentos con ambas manos, firme, decidida.
En la primera página destacaba un nombre que le resultaba vagamente familiar: Yukari Takeba, primer año, buena condición física, notas promedio, hija del difunto Eiichiro Takeba.
—Ella…
—susurró.
—Sí.
Puede ser la clave.
Pero hay más —añadió Takeharu, señalando otros nombres—.
Un joven de segundo año llamado Akihiko Sanada, huérfano, con historial de peleas callejeras y gran fuerza física.
Otro: Junpei Iori, distraído pero emocionalmente fuerte.
Y otros tantos…
no confirmados.
Mitsuru cerró el expediente.
Comprendía la magnitud de lo que su padre le estaba pidiendo.
—Buscaré a los que tienen el potencial.
Observaré.
Evaluaré.
Y cuando llegue la próxima Hora Oscura…
estaré lista para actuar.
Takeharu asintió, con un deje de tristeza en la mirada.
—Confío en ti, Mitsuru.
No por ser mi hija…
sino porque el mundo no tiene otra opción.
Esa noche, Mitsuru volvió a su habitación sin decir palabra.
Mientras hojeaba los archivos, su mirada volvía una y otra vez a Yukari Takeba.
“Él confió en ti, incluso hasta su último aliento, padre de ella…
No dejaré que tu sacrificio sea en vano.” La heredera del Grupo Kirijo se había convertido en algo más esa noche: La primera pieza del equipo que enfrentaría la oscuridad.
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