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Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 Capitulo 31 Llamada a casa
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32: Capitulo 31: Llamada a casa 32: Capitulo 31: Llamada a casa Pasaron algunos días y luego semanas donde la rutina escolar en Kuoh se había vuelto algo predecible.

Las clases, las tareas, los recesos con sus amigos y novias…

todo transcurría como cualquier estudiante normal.

Sin embargo, las noches eran otra historia.

Cada madrugada durante la Hora Oscura, Daniel y Tamamo salían a enfrentar a las Shadows que emergían del Tartarus, cuidando silenciosamente a los demás, quienes aún estaban inconscientes en sus ataúdes.

Era una lucha constante, pero para ellos dos ya se había vuelto una especie de costumbre…

una que los unía aún más.

Ahora, con el mes de octubre a la mitad, Daniel se encontraba recostado en su habitación, en silencio, reflexionando.

En tan solo unos meses, su vida había cambiado radicalmente.

Las batallas, los descubrimientos, el mundo sobrenatural…

y sus novias.

Alya, Hikari, Hibiki, Sakura, Raynare y Tamamo.

Todas tan distintas y especiales, y sin embargo, cada una de ellas había logrado conquistar una parte de su corazón.

—Nunca imaginé que todo esto pasaría…

—murmuró con una sonrisa mientras veía el techo.

Entonces, su celular sonó.

Viendo el identificador, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—¿Papá?

¿Mamá?

—¡Hijooo!

—exclamó la alegre voz de su madre—.

¿Cómo estás?

Ya nos toca nuestra llamada de quincena, ¿eh?

—¡Mamá!

Estoy bien, de verdad…

todo va bien.

La conversación fluyó con risas y bromas, como solía ser con sus padres.

No les había contado todavía nada sobre sus novias, y ciertamente no planeaba hacerlo hoy.

Pero entonces, Tamamo, que estaba cerca escuchando, frunció una oreja con picardía.

Con su sonrisa más traviesa, se acercó por detrás de Daniel, se sentó a su lado y se inclinó cerca del micrófono.

—Mi amor…

¿ya les contaste cómo me haces gritar por las noches?

Daniel se quedó paralizado.

Del otro lado del teléfono, hubo un silencio.

Luego: —¿Quién…

es…

esa?

—preguntó su madre con tono inquisitivo…

pero lleno de emoción contenida.

—¡E-Es una amiga!

¡Una amiga MUY bromista!

¡No le hagan caso!

Pero Tamamo no tenía piedad.

—Oh, vamos, no seas tímido.

Ya que estamos…

¿no deberías decirles también que no soy la única novia?

Daniel se quedó blanco como papel.

—¿…Qué?

—dijeron sus padres al unísono.

—Mamá, papá, yo…

puedo explic— —¡Daniel Alejandro Hernández Rivera!

—tronó la voz de su madre con fuerza—.

Querido, te queremos mucho, pero más te vale estar en casa la próxima semana para el Día de Muertos.

—S-sí, claro…

¿solamente para eso?

—No te hagas, escuinclito, ya te conocemos.

Traes a todas tus pretendientes, ¡no vas a ocultar a ninguna!

Si lo haces, el castigo va a ser digno de leyenda.

Click.

La llamada se cortó.

Daniel bajó el teléfono lentamente, mirando al vacío, sin poder procesar del todo lo que acababa de pasar.

—…Estoy muerto —murmuró.

Tamamo, en cambio, estaba doblada de la risa en el piso.

—¡Eso fue glorioso!

¡Sus voces, tu cara!

¡Aaahhh, me muero!

Daniel la miró con frialdad dramática.

—Tamamo…

—¿Eh?

—Por el resto de la semana…

estás castigada.

No puedes dormir en mi cama.

El silencio cayó de golpe.

Tamamo parpadeó.

—…¿Qué?

—Escuchaste bien.

Colitas fuera de la cama.

—¡¡N-Nooo!!

¡Eso es inhumano!

¡Cruel!

¡Daniel, por favor!

¡¡Perdón!!

¡Fue solo una broma inocente!

¡No me dejes sola en la otra cama helada!

Tamamo se aferraba a él como una niñita castigada, con lágrimas dramáticas en los ojos, mientras Daniel la ignoraba con una pequeña sonrisa satisfecha.

—Ya veremos cuánto aguantas rogando…

Los días pasaban rápido, como una ráfaga de viento antes de una tormenta.

Y para Daniel, esa tormenta tenía nombre y apellido: su mamá y su papá.

La fecha fatídica se acercaba, el viaje a México estaba a la vuelta de la esquina y con él…

la temida presentación oficial de su harem.

—Maldita sea, ¿por qué no dije que solo tenía una novia?

—pensaba Daniel mientras caminaba por los pasillos de la preparatoria Kuoh.

El recuerdo de la llamada lo perseguía como una sombra sin forma, pero con la voz burlona de Tamamo resonando en su cabeza.

Consciente de que no podía desaparecer mágicamente (aunque le gustaría), tomó el paso correcto: pedir permiso formal para ausentarse.

Sabiendo que no solo él asistiría a ese viaje, sino también Alya, Sakura, Hikari, Hibiki, Tamamo y hasta Raynare (que aunque no lo admitía, ya había empacado), necesitaba cubrir las formalidades.

Entró al consejo estudiantil y fue recibido por la siempre elegante y analítica Sona Shitori, quien alzó una ceja al ver el rostro tenso de Daniel.

—¿Pasa algo, Hernández-kun?

Daniel respiró hondo.

—Vengo a pedir un permiso de ausencia de una semana…

para mí y mis novias.

Sona parpadeó una vez.

Luego, otra.

Alyssa, su reina, que estaba junto a ella, ladeó la cabeza con interés.

—¿Algún problema?

—…Mis padres quieren conocer a todas mis novias.

—dijo Daniel, con una voz seca, como si cada palabra doliera.

—Será durante la celebración del Día de Muertos.

Ya sabes, tradición, altar, ofrendas, comida, y ahora…

interrogatorio mortal.

Sona bajó los lentes con una mano, claramente procesando la escena que se estaba formando en su mente.

—Ya veo…

es una ocasión importante, tanto cultural como…

personal.

—Te otorgo el permiso, Hernández-kun.

Pero quiero mantener contacto si ocurre cualquier fenómeno sobrenatural.

Sacó un sello mágico circular, adornado con símbolos infernales grabados con un toque de elegancia.

—Con este podrás comunicarte directamente conmigo o con Rias.

Funciona aún fuera de Japón.

—¡Gracias, presidenta!

En serio, me salvas.

—Buena suerte…

—dijo Sona, aunque en su mirada había un atisbo de curiosidad morbosa—.

Ojalá vuelvas entero.

Al salir de la oficina del consejo, Daniel solo murmuró: —Eso no me suena a apoyo…

me suena a sentencia de muerte.

Esa tarde, después de clases, Daniel y sus novias se reunieron a las afueras de la escuela.

Maletas preparadas, pasaportes falsificados gentilmente por conexiones demoníacas (cortesía de Grayfia), y mucha tensión flotando en el aire.

—¡Estoy tan emocionada!

¡México suena como un país lleno de romance, fuego y comida picante!

—decía Tamamo con entusiasmo desbordado.

—Yo quiero probar los tacos…

—murmuró Hibiki con ojos brillantes.

—Espero que tus padres no nos odien…

—dijo Sakura, nerviosa.

—¿Qué pasa si quieren separarte de nosotras?

—cuestionó Alya, frunciendo el ceño.

Daniel solo tragó saliva, sudando frío.

—Chicas…

de todas las batallas que he peleado hasta ahora…

esta será la más difícil.

Y así, con nervios de acero fingidos y una sonrisa obligada, Daniel Hernández emprendía el camino hacia su país natal, sin saber si regresaría vivo…

o casado por obligación.

El avión surcaba los cielos a velocidad constante, dejando atrás Japón para adentrarse en tierras latinoamericanas.

El destino: México.

El motivo: un juicio familiar que pondría nervioso hasta a un dios.

Pero durante esas horas de viaje, Daniel tuvo algo que rara vez tenía: tiempo para estar en paz con sus novias.

El asiento triple donde él estaba se volvió un campo de ternura.

Alya se acomodó junto a su hombro derecho, sus ojos cerrados, disfrutando del calor de su pareja.

Hikari y Hibiki se turnaban para jugar con su cabello o recostarse sobre su regazo.

Tamamo, en modo kitsune juguetona, se había envuelto en su abrigo como si fuera una mantita y ronroneaba suavemente.

Y en el asiento frente a ellos, fingiendo no estar al tanto de lo que sucedía, Raynare hojeaba una revista con tanto enojo que la pobre revista temblaba.

—¿Celosa?

—susurró Tamamo con una sonrisilla traviesa desde el otro asiento.

Raynare bufó sin girarse.

—Claro que no.

Me da igual si ese idiota se deja apachurrar por todas.

¡No me importa!

Daniel solo sonrió.

Ya conocía esa actitud.

Raynare ya estaba más dentro del grupo de lo que ella misma quería aceptar.

Pero entre todas las interacciones cariñosas, hubo un pequeño grupo reunido en la parte trasera del avión: Sakura, acompañada por Hikari, Hibiki y Alya.

Sakura respiraba agitadamente.

Tenía el rostro sonrojado, las manos apretadas contra su pecho, y el corazón palpitándole como tambor de guerra.

—¿Estás segura?

—preguntó Hibiki.

—¡Sí!

Ya es hora…

no quiero seguir callando lo que siento.

—¡Te apoyamos!

—dijo Hikari con una sonrisa alentadora.

—Es ahora o nunca, Sakura.

—añadió Alya, tomando su mano para transmitirle valor—.

Esta es tu oportunidad.

Sakura asintió y se puso de pie, caminando hacia Daniel con pasos nerviosos.

Él la vio acercarse, y aunque intentó sonreír, notó la tensión en su mirada.

—¿Todo bien, Sakura?

—preguntó, curioso.

La chica asintió…

y sin esperar más, se inclinó hacia él, tomó su rostro entre sus manos y, con la voz temblorosa pero decidida, dijo: —Daniel…

¡yo también te amo!

¡No quiero seguir fingiendo que solo somos amigas o aliadas!

¡Quiero ser parte de tu vida, como las demás…

como tu pareja!

El avión pareció congelarse.

Tamamo levantó una ceja con sorpresa.

Hikari, Hibiki y Alya contenían la respiración desde atrás.

Raynare se giró apenas, con un destello de expectativa en los ojos.

Daniel la miró en silencio…

y entonces sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Cálida.

Auténtica.

—Sakura…

gracias por confiar en mí.

—Y sí.

Quiero que formes parte de esto.

De nosotros.

De mí.

Sakura se quedó inmóvil por un segundo…

y luego rompió en lágrimas de felicidad, lanzándose a sus brazos y besándolo con fuerza, con dulzura, con emoción contenida.

El beso fue largo, sellando su promesa.

Los aplausos tímidos de las demás se mezclaban con las risitas y lágrimas.

Al separarse, Sakura soltó una risa nerviosa.

—Perdón…

no quería llorar.

Daniel acarició su cabello con cariño.

—No llores.

Ya eres parte del desastre que soy…

y no te pienso soltar.

Tamamo suspiró con ternura.

—Ay, qué lindo…

aunque todavía estás castigada —le recordó con un guiño travieso.

Y así, el viaje avanzaba.

Con un nuevo miembro oficial en el harem.

Con un amor fortalecido entre risas y lágrimas.

Y con una tormenta…

esperando al aterrizar.

El avión tocó tierra con suavidad en el aeropuerto internacional de Ciudad de México.

El sol brillaba con fuerza, y una brisa cálida recibió a los viajeros.

Daniel respiró hondo.

Estaba en casa…

aunque eso no significaba que se sintiera seguro.

—”¿Última cena, último respiro?” —murmuró para sí, con una gota de sudor en la frente mientras descendía del avión.

A su alrededor, sus novias bajaban del avión como si estuvieran entrando a una pasarela: elegantes, sonrientes y emocionadas por lo que les esperaba.

—¡Es tan distinto a Japón!

—comentó Hikari, maravillada.

—¡Hay tanta luz y energía aquí!

—añadió Alya, con los ojos brillando de entusiasmo.

Tamamo, vestida con un vestido veraniego y lentes de sol, caminaba con una expresión tranquila…

aunque en realidad, estaba memorizando cada parte del aeropuerto como si se tratara de un campo de batalla.

—¿Entonces…

tus padres son así de intensos?

—preguntó Sakura mientras se acomodaba su gorra.

—Van a amarnos, ya verás —dijo Hibiki sonriendo confiada—.

¿Qué podrían tener en contra de unas chicas lindas y adorables como nosotras?

Daniel no respondió.

En lugar de eso, cargó todo el equipaje de las chicas él solo, usando su Haki de armadura para soportar el peso y un poco de magia básica de refuerzo físico.

Parecía una mula de carga, pero más elegante.

—”Mis hombros gritan, pero mi alma teme más la reacción de mamá…” —pensó.

Y entonces…

la señal apareció.

Una voz fuerte y familiar resonó en la sala de espera: —¡¡DANIEL, MIJO, AQUÍ ESTAMOS!!

—¡Te ves más alto en video, chamaco!

Los padres de Daniel estaban allí.

Su madre, con una sonrisa dulce pero ojos afilados como cuchillas, y su padre, con los brazos cruzados y una ceja alzada, como quien ya está preparado para leerle la cartilla a alguien.

Daniel tragó saliva.

—”Y empezó el fin.” Se giró hacia sus novias y, con un tono resignado, señaló hacia donde estaban sus padres.

—Ahí están…

vayan primero.

Yo los alcanzo.

Estoy…

lidiando con la logística —dijo, agitando ligeramente una maleta con la fuerza de un titán cansado.

Una a una, las chicas se adelantaron, presentándose con una sonrisa encantadora…

y una frase letal: —Mucho gusto, soy Hikari, novia de su hijo.

—Yo soy Alya, también su novia.

—Hibiki, un placer…

novia de Daniel.

—Sakura, encantada, soy novia de Daniel.

—Raynare…

novia de Daniel —dijo con un tono neutro, aunque sus mejillas se sonrojaban levemente.

—Tamamo no Mae, futura esposa divina del alma de su hijo, encantada de conocerlos —añadió Tamamo con su habitual mezcla de seriedad mística y picardía sobrenatural.

Por cada presentación, una pequeña vena se marcaba en la frente de los padres de Daniel.

La sonrisa de la madre se fue volviendo más tensa…

…y el padre ya había sacado su celular, aparentemente para “agendar una junta de emergencia familiar con chancla incluida.” Daniel llegó al final del desfile, cargando las maletas con una sonrisa nerviosa.

—Hola…

papá…

mamá…

¡qué gusto verlos!

Silencio.

—Mijo —dijo su madre, sonriendo de forma inquietantemente cálida—.

Qué bueno que llegaste con bien.

—Sí —añadió su padre, con voz grave—.

Vamos a casa…

tenemos mucho de qué hablar.

Daniel solo pudo asentir.

La sentencia había sido dictada.

La ejecución sería lenta.

Y las testigos eran todas sus novias.

—”Esto es peor que enfrentar a Angra Mainyu…” —pensó mientras subía al coche con resignación.

El camino desde el aeropuerto hasta la casa de Daniel fue, para la mayoría, una travesía divertida, llena de risas, preguntas curiosas, historias de cómo se conocieron y miradas cómplices entre las chicas.

Para Daniel, sin embargo, fue el viaje más largo de su vida.

Sentado entre Raynare y Tamamo, mientras Hikari, Hibiki, Alya y Sakura reían en la parte trasera con la madre de Daniel, y su padre manejaba en silencio, Daniel solo podía sudar frío cada vez que una de ellas abría la boca.

—Yo conocí a Daniel en la escuela, estaba todo serio, pero tan lindo~ —comentó Hikari, sonriendo.

—¡Yo me enamoré cuando me defendió de unos idiotas que querían molestarme!

—añadió Sakura emocionada.

—Ah, pero yo fui la primera en compartir cama con él —presumió Tamamo con una sonrisa peligrosa.

Los ojos de los padres de Daniel se afilaban lentamente con cada historia.

—”Dios…

perdóname por mis pecados.

En especial por mis éxitos…” —pensaba Daniel, pegado a la puerta del coche como si pudiera escapar por ella.

Finalmente, llegaron a su destino: una casa grande, hermosa y con un amplio terreno.

El esfuerzo de los padres de Daniel había rendido frutos: su hogar era cálido, espacioso y construido con amor y esfuerzo.

—¡Bienvenidas!

—dijo la madre de Daniel, ya con una sonrisa más calmada—.

Pónganse cómodas, chicas.

Sus habitaciones están listas, hay suficientes cuartos para todas.

Las chicas se emocionaron y comenzaron a repartir sus maletas mientras Daniel ayudaba a organizarlas.

Pero justo cuando Daniel pensó que ya se había salvado…

—Daniel —dijo su padre con una voz calmada, demasiado calmada—.

Ven con nosotros un momento, hijo.

—Sí, campeón.

Vamos a tener…

una plática —añadió su madre, ya tomándolo por la oreja.

Daniel fue arrastrado cómicamente por sus dos padres a una habitación cerrada, mientras Tamamo agitaba la mano con una sonrisa maliciosa.

—¡Ánimo, amor mío!

¡No olvides mencionar lo bueno en la cama!

—gritó Tamamo con picardía.

Puerta cerrada.

Silencio.

Y luego…

¡sonidos de pelea exagerados, golpes caricaturescos, gritos cómicos y frases dramáticas!

—¡¿¡SIETE NOVIAS, DANIEL!?!

—¡¿Y UNA DE ELLAS ES UNA EX-CAÍDA!?!

—¡¿¡Y LA OTRA ES UNA ZORRA MÍSTICA MILENARIA!?!

—¡TAMBIÉN HAY ÁNGELES, CLONES Y QUIÉN SABE QUÉ MÁS!

Daniel, medio arrastrado por el piso, levantaba la mano como pidiendo una última voluntad.

—¡S-Son consensuadas!

¡T-Todas me aman, de verdad!

¡Y yo planeo casarme con todas…

algún día…!

El silencio fue inmediato.

Los padres se miraron.

Suspiraron.

—¿Planeas casarte con todas?

—Sí —dijo Daniel con convicción, ya sentado de forma formal en el piso, algo magullado—.

Eso siempre ha sido la meta.

No quiero jugar con sus sentimientos.

No puedo.

Los padres de Daniel se quedaron en silencio unos segundos…

y luego, ambos asintieron.

—Bueno —dijo su padre, cruzándose de brazos—.

Si vas a hacerlo, hazlo bien.

Nada de andar jugando con el corazón de las niñas.

—Y recuerda que ahora, no solo es amor…

también es responsabilidad.

Si alguna vez les haces daño…

ya sabes qué pasa —añadió su madre, con un aura oscura tras ella.

—Lo sé…

lo sé…

—respondió Daniel mientras suspiraba con alivio, sintiendo que al menos había sobrevivido al primer round.

Al salir de la habitación, las chicas lo recibieron con emoción, preguntando qué había pasado.

—Digamos que…

sobreviví a la junta directiva —dijo Daniel con una sonrisa débil.

Tamamo, sin remordimientos, le guiñó el ojo.

—Te ves más guapo después de una batalla.

Daniel solo suspiró mientras todas lo abrazaban cariñosamente.

El juicio había terminado…

pero el Día de Muertos apenas comenzaba.

Los días previos al Día de Muertos fueron tranquilos y entrañables.

Daniel, en compañía de sus novias y su familia, se tomó el tiempo para fortalecer los lazos con cada una de ellas.

Ayudaron a limpiar la casa, prepararon los altares, colocaron flores de cempasúchil y compartieron historias junto a los padres de Daniel, que cada vez se encariñaban más con sus futuras nueras, aunque aún se les escapaba una vena en la frente cuando se besaban frente a ellos.

Cada noche, las chicas se turnaban para pasar tiempo con Daniel a solas, aprovechando la calma de esos días.

Sin embargo, había alguien que, a pesar de estar siempre cerca, no había tenido su momento con él…

y ese sentimiento crecía como un nudo ardiente en su pecho.

Reynare.

La caída reformada llevaba días viendo cómo todas recibían besos, abrazos y palabras dulces de parte de Daniel, mientras ella…

solo observaba desde las sombras de la sala, o fingía que leía, o que dormía antes que los demás.

Pero por dentro, cada gesto de cariño que no iba hacia ella…

dolía.

Y ya no podía más.

Esa noche, mientras Daniel estaba sentado en el patio trasero, contemplando las velas del altar familiar, Reynare se le acercó en silencio.

Tenía el rostro serio, pero sus mejillas estaban ligeramente encendidas.

—Daniel…

—dijo, capturando su atención.

—¿Eh?

¿Qué pasa, Reynare?

Ella se cruzó de brazos, pero su mirada temblaba con algo más que orgullo.

Era deseo contenido, celos acumulados, y una determinación que no podía seguir reprimiendo.

—Voy a ser directa…

estoy harta de solo ver cómo besas a las demás.

Estoy cansada de fingir que no me importa.

Yo también quiero ser tu novia.

Daniel abrió los ojos sorprendido.

No había esperado una confesión así, tan frontal, tan intensa…

pero antes de que pudiera articular una palabra, Reynare lo sujetó de la camisa y lo besó con fuerza.

Fue un beso salvaje, apasionado, lleno de emociones retenidas por demasiado tiempo.

Daniel quedó paralizado al inicio, pero poco a poco sus brazos se movieron, abrazándola con suavidad, correspondiendo.

El beso duró lo que a Reynare le pareció una eternidad deliciosa.

Cuando se separaron, ella tenía los labios levemente temblorosos y su aliento agitado.

—Ahora soy parte de tu harem, Daniel.

Y no aceptaré un “no” como respuesta.

Hubo un silencio…

y luego, Daniel sonrió suavemente.

—Sabes que nunca fue un “no” —dijo mientras la envolvía en un abrazo cálido y profundo—.

Solo esperaba que tú estuvieras lista para decirlo.

Reynare se sonrojó intensamente, ocultando su rostro en el pecho de Daniel mientras lo abrazaba de vuelta, sintiendo por fin ese calor que tanto había deseado.

En ese instante, ya no fue solo una caída redimida…

era una novia más.

Una más que él amaba.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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