Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 36
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Capítulo 36: Capitulo 35: Corrupcion
El día después de aquella tensa reunión en la sala del consejo estudiantil, Yukari Takeba no había dormido del todo bien. La revelación sobre la existencia de demonios, seres sobrenaturales y organizaciones ocultas que convivían con los humanos en secreto había desmoronado su visión del mundo.
Y para colmo… ahora estaba involucrada en el equipo que debía enfrentar las consecuencias del error de los Kirijo.
Su padre había muerto por esa causa.
Y ella ahora cargaba ese legado.
Mientras caminaba por el pasillo de la preparatoria, con su mochila al hombro y cara cansada, una idea se le clavó en la cabeza como una espina: Daniel.
El chico que parecía saber más de lo que decía. El mismo que estaba rodeado por chicas atractivas todo el maldito tiempo.
—”¡Ugh! ¡Mujeriego!” —refunfuñó mentalmente, aunque sabía que su relación era consensuada. Eso no lo hacía menos irritante.
Durante el receso, vio a Daniel riendo con Alya, Sakura, Reynare, Hikari, Hibiki y Tamamo, quien se estaba comiendo un bento de forma elegante en el regazo de su amado.
Yukari apretó los dientes. Respiró hondo. Y caminó directo hacia él.
—¿Podemos hablar? En privado —dijo sin rodeos.
Las chicas se tensaron.
Hikari y Hibiki la miraron con ojos entrecerrados.
Tamamo solo sonrió con esa calma que daba miedo.
Reynare, de brazos cruzados, la fulminó con la mirada.
—Tranquilas, no estoy interesada en él. Solo quiero información.
Todas la observaron un momento más. Luego se relajaron… más o menos.
Daniel se levantó con una ceja alzada.
—Claro. Vamos.
Fueron a un salón vacío y Yukari cerró la puerta tras ellos. Se cruzó de brazos.
—Quiero saber. Todo lo que puedas contarme sobre el mundo sobrenatural… sin rodeos.
Daniel la miró fijamente unos segundos, y luego suspiró.
—Está bien. Pero solo lo que pueda decir sin comprometer secretos que no me pertenecen.
Y así, Daniel relató cómo fue atacado por ángeles caídos, específicamente por Reynare, quien en ese momento era su enemiga. Le contó cómo ella había sido engañada por los altos mandos de Grigori y que, tras descubrir la verdad, abandonó su camino y eligió estar con él. Cómo ese evento lo arrastró al mundo oculto y terminó por abrirle las puertas a una vida completamente nueva.
Yukari lo escuchó todo en silencio.
—Así que… Reynare era tu enemiga y ahora es tu novia —murmuró finalmente, incrédula.
—Lo sé, suena raro. Pero es más común de lo que parece en este mundo —respondió Daniel con una sonrisa leve.
—¿Y los demonios? ¿Algo que deba saber?
—La mayoría son buenas personas. Sona y Rias pueden parecer frías o intensas, pero son responsables. Si alguna vez te ofrecen ser parte de su séquito, no lo harán a la fuerza. Respetarán tu decisión.
Yukari bajó un poco la cabeza, pensativa.
—Gracias, Daniel. En serio. Creo que necesitaba entender al menos una parte de esto para no volverme loca.
—Cuando quieras hablar, aquí estaré.
Ambos sonrieron brevemente. El ambiente era… tranquilo. Serio. Maduro.
Hasta que abrieron la puerta para salir.
—¡¡No estaba espiando, lo juro!! ¡¡Esto no es lo que parece!! ¡¡Fue una coincidencia!! —gritó Tohsaka Rin, que cayó de espaldas por estar pegada a la puerta escuchando todo.
Yukari parpadeó.
—¿Eh?
Rin se levantó como un resorte, la cara roja como un tomate, su largo cabello agitándose al girarse rápidamente.
—¡¡¡Esto no tiene nada que ver con Daniel!!! ¡¡Yo solo… estaba buscando tiza!! ¡¡Sí, eso!! ¡¡Bye!! —y salió corriendo por el pasillo como si le hubieran echado agua hirviendo.
Daniel solo se rascó la nuca con una sonrisa incómoda.
Yukari, con una gota de sudor bajando por su sien, suspiró.
—…Definitivamente este mundo se volvió más raro de lo que imaginé.
Mientras todo el drama estudiantil y sobrenatural se desarrollaba en diversos rincones de la Academia Kuoh, en un aula privada del edificio principal, una conversación mucho más seria y dolorosa estaba teniendo lugar.
Rias Gremory, la heredera de una de las casas más influyentes del inframundo, tenía los brazos cruzados, el ceño fruncido y la mirada clavada en la figura estoica que estaba frente a ella.
Grayfia Lucifuge, la Reina del Rey Demonio Sirzechs, y cuñada de Rias, había llegado con un mensaje que no podía esperar más.
—Así que… ya está decidido. —La voz de Rias apenas era un susurro, pero en sus palabras se podía sentir el temblor de la frustración contenida.
Grayfia asintió con calma, aunque sus ojos mostraban un deje de empatía.
—Tu compromiso con Riser Phenex ha sido reactivado oficialmente. Será efectivo al terminar tu último año en la Academia. Tu familia espera que uses el tiempo restante para prepararte.
Rias se giró, su larga cabellera carmesí agitándose con fuerza. Cerró los ojos con fuerza, apretando los puños.
—¡Eso es solo un año y medio! ¡Ni siquiera tengo un grupo completo…! —susurró con rabia, más hacia sí misma que hacia su interlocutora.
—Entiendo tu frustración, Rias-sama. Pero este acuerdo fue sellado hace años entre tu padre y la familia Phenex. La única salida sigue siendo la misma: un Rating Game… y una victoria aplastante sobre Riser.
La heredera Gremory se dejó caer en el sofá de la sala como si el peso de su linaje le cayera de golpe encima. Su mirada se dirigió hacia la ventana, viendo a lo lejos la silueta de Daniel, riendo con sus amigas, sin saber el huracán emocional que ella enfrentaba.
—Cuatro piezas… —murmuró con amargura—. Solo tengo a Akeno, Kiba, Koneko… y Gasper. Mientras que él tiene quince. ¿Cómo se supone que gane así?
Grayfia se quedó en silencio. Sabía que cualquier palabra que dijera podría sonar vacía. Ella misma estaba atrapada en una estructura rígida que dictaba cómo debía comportarse, a quién servir, qué representar. Ser la Reina de Sirzechs venía con un precio. Y ahora, ese mismo precio caía sobre Rias.
—No me malinterpretes, Grayfia. Sé que no tienes la culpa. Tú solo… transmites los mensajes. Pero… —Rias apretó los dientes— estoy harta. Harta de ser una marioneta. ¡Harta de que mi destino ya esté escrito!
Grayfia dio un paso atrás. Su voz fue suave, casi maternal.
—Entonces reescribe tu historia, Rias-sama. Haz lo que tu hermano jamás pudo hacer: lucha por tu libertad. Convierte a quienes te rodean en verdaderos aliados. Tal vez ahí esté tu victoria.
Rias la miró. Por un segundo, la nobleza impasible de Grayfia pareció desvanecerse, mostrando a una mujer que alguna vez también soñó con elegir su camino.
—Gracias… Grayfia.
Grayfia hizo una reverencia elegante antes de marcharse.
Cuando la puerta se cerró, Rias bajó la mirada.
—Daniel… —susurró con un dejo de esperanza—. Si te unes a mi séquito, tal vez… solo tal vez… pueda cambiar mi destino.
Su mirada se endureció. Lo que antes era un deseo se estaba convirtiendo en una necesidad.
No solo por su causa.
Sino por su libertad.
En una de las oficinas privadas del edificio Kirijo, Mitsuru se encontraba frente a un escritorio elegante, cargado de documentos y pantallas que mostraban datos recolectados del Tartarus. Al otro lado, sentado con una expresión seria y los dedos entrelazados, su padre, Takeharu Kirijo, la observaba en silencio.
—¿Estás diciéndome que existen demonios… ángeles caídos… e incluso dioses que caminan entre nosotros con formas humanas?
La voz de Takeharu cargaba incredulidad, pero también una creciente inquietud. Mitsuru asintió, firme y sin vacilar.
—Así es. Ya no puedo dudar de ello. Lo he visto con mis propios ojos, padre. Conocí a Rias Gremory y a Sona Shitori… o mejor dicho, Rias Gremory del Clan Gremory y Serafall Leviathan, la hermana de Sona, una de las Maou. Gobiernan Kuoh desde las sombras, manteniendo el equilibrio entre las razas.
Takeharu se levantó lentamente, caminando hacia la ventana. Desde el piso superior podía verse la ciudad, tranquila, sin señales del caos que parecía cernirse en los bordes de la realidad.
—Entonces… todos estos años… —susurró—. La empresa Kirijo ha estado actuando a ciegas, creyendo que el Tartarus era un fenómeno aislado… cuando en realidad, es solo una parte de algo mucho más grande.
Mitsuru asintió otra vez, bajando la mirada por un momento.
—Y hay más. Daniel, el joven recién transferido, parece tener conocimiento avanzado sobre todo esto. No me ha revelado cómo lo sabe, pero sus acciones y advertencias nos han salvado en más de una ocasión.
—¿Crees que podamos confiar en él?
—No lo sé aún. Pero sí sé que no es nuestro enemigo.
Hubo un momento de silencio tenso. Takeharu finalmente volvió a su asiento, tomando nota mental de todo lo que su hija acababa de decirle. Aunque dudaba, el tono en la voz de Mitsuru era tan inquebrantable como siempre. Si alguien más hubiese traído estas palabras, las habría desestimado sin pensarlo.
—Entonces… me queda una sola opción. —dijo el patriarca Kirijo, con una mirada oscura y decidida—. Voy a investigar. Si hay razas sobrenaturales involucradas, si estas… criaturas han estado entre nosotros todo este tiempo, entonces es posible que ya estén dentro de nuestra propia organización.
Mitsuru lo miró, sorprendida.
—¿Dentro… del grupo Kirijo?
Takeharu asintió con una expresión amarga.
—No sería la primera vez que nuestro apellido se mancha por la ambición. —Cerró los ojos con pesar—. Tu abuelo… era un hombre brillante, pero obsesionado. Su deseo de obtener poder absoluto lo llevó a abrir las puertas del infierno. Tal vez esa obsesión no vino solo de él… sino de quienes lo incitaron.
Un escalofrío recorrió la espalda de Mitsuru. La posibilidad de que su abuelo hubiese sido manipulado por seres sobrenaturales desde dentro de la organización era una idea que no se le había cruzado.
—¿Crees que… lo estaban guiando? —preguntó en voz baja.
—Es posible. Y si es así… Mitsuru, lo que enfrentamos ahora no es solo un fenómeno espiritual o dimensional. Es una conspiración, una que lleva años tejiéndose desde dentro de nuestras propias filas.
Takeharu se levantó con decisión.
—Voy a escarbar en los archivos clasificados. Veré los proyectos en los que tu abuelo trabajó, quiénes eran sus colaboradores. Si hay seres sobrenaturales infiltrados, los voy a encontrar.
Mitsuru asintió, pero la preocupación seguía en su rostro.
—Padre… por favor, ten cuidado. Si estás en lo correcto, no estamos hablando de simples traidores… sino de entidades con siglos de experiencia en manipulación y poder.
Takeharu se detuvo antes de salir del despacho y la miró con orgullo.
—Hija, tú ya cargaste con el peso de nuestros pecados. Es hora de que yo cargue con los míos.
Y con eso, desapareció tras la puerta. Mitsuru se quedó allí sola, mirando las pantallas con los datos del Tartarus parpadeando débilmente. Sabía que una nueva verdad estaba por salir a la luz… y temía lo que esa verdad implicaría.
En la biblioteca de la academia Kuoh, el ambiente era cálido y tranquilo. Daniel y sus novias trabajaban en silencio, escribiendo los últimos trabajos del semestre antes del receso invernal. Alya leía en voz baja un ensayo en francés, Hikari y Hibiki discutían la conclusión de su reporte, y Sakura aprovechaba para copiar algunas notas con su caligrafía impecable.
Daniel sonreía. Había algo reconfortante en estos momentos simples.
Pero entonces, el silencio fue interrumpido por una figura alta y elegante que se acercó con paso decidido.
—Daniel —dijo Mitsuru, seria como siempre—. Necesito hablar contigo… en privado.
Las chicas de inmediato alzaron la mirada, algunas con expresiones preocupadas, otras ligeramente celosas. Alya incluso frunció el ceño con desconfianza.
—¿Qué quieres con él? —preguntó Hibiki sin rodeos.
Mitsuru alzó las manos con calma.
—No vengo con intenciones románticas. Tengo un prometido desde hace años… y no, no me interesa su novio —aclaró con voz neutra.
El grupo se relajó un poco, y Daniel suspiró divertido antes de ponerse de pie.
—Vamos —le dijo a Mitsuru.
Una vez fuera de la biblioteca, caminaron por los pasillos silenciosos, aún iluminados por los últimos rayos de sol. Mitsuru le explicó lo que su padre había descubierto: nombres sin identidad, historias imposibles de comprobar, empleados del grupo Kirijo que podrían no ser lo que parecen.
—Él quiere hablar contigo… y quiere que traigas a alguien del mundo sobrenatural. Quiere confirmar lo que ha empezado a sospechar.
Daniel asintió, tomándolo con calma. Ya no le sorprendían estas cosas.
—Entiendo. Llevaré a Reynare. Ella ha estado más tiempo en ese mundo que cualquier otro. Sabrá identificar si hay algo raro en esas personas… incluso si se ocultan tras una apariencia humana.
—Perfecto. Te esperaré en la entrada este mismo atardecer —dijo Mitsuru antes de marcharse.
Daniel volvió a la biblioteca, explicó la situación a sus novias y recibió abrazos de despedida —y una advertencia silenciosa de no tardar mucho de parte de Alya— antes de marcharse.
Ya en casa, encontró a Reynare en el salón, hojeando una revista. Al verla, sonrió.
—¿Hora de trabajar? —dijo ella, dejando la revista a un lado.
—Así es. Ponte algo formal, nos reuniremos con el padre de Mitsuru.
Reynare alzó una ceja, pero no dijo nada. Solo asintió con una sonrisa tranquila.
—Vamos entonces.
Juntos, partieron al anochecer, sabiendo que esa reunión podía destapar secretos ocultos bajo generaciones de engaños dentro del grupo Kirijo.
La noche había caído cuando Mitsuru abrió las puertas de la enorme residencia Kirijo. Imponente, elegante y silenciosa, la casa parecía más una mansión que un hogar familiar. Los pasillos eran largos y adornados con retratos de generaciones pasadas, y a cada paso, el eco de sus zapatos resonaba con solemnidad.
Detrás de ella, Daniel y Reynare caminaban de la mano, ella abrazada a su brazo derecho con una sonrisa serena y confianza en cada paso. Mitsuru, fiel a su carácter reservado, no decía nada durante el trayecto. No hacía falta.
Finalmente, llegaron a una gran puerta doble de madera tallada. Mitsuru se detuvo un segundo antes de abrirla y les hizo una seña.
—Mi padre los espera adentro.
La sala que los recibió era un amplio estudio, con una chimenea encendida y estanterías llenas de libros antiguos. En el centro, Takeharu Kirijo, elegante y con expresión cansada pero firme, los saludó con una inclinación de cabeza.
—Gracias por venir tan rápido —dijo con voz grave—. Por favor, tomen asiento.
Reynare y Daniel lo hicieron sin soltar las manos. Takeharu se sentó frente a ellos y, sin rodeos, extendió un grupo de carpetas sobre la mesa. Cada una tenía fotografías, nombres y datos de ciertos empleados del grupo Kirijo.
—He detectado anomalías en sus historiales —explicó—. Algunos no tienen pasado, otros aparecen repentinamente en el sistema sin ningún rastro previo. Sospecho que son algo más de lo que aparentan… y necesito saber si tienen conexión con el mundo sobrenatural.
Daniel asintió sin dudar, y Reynare tomó con delicadeza la mitad de los perfiles. Sus ojos rojos escanearon cada rostro con precisión y experiencia. Daniel revisó la otra mitad en silencio.
Poco a poco, Reynare fue colocando los documentos identificados a un lado.
—Este trabajó bajo las órdenes de Kokabiel… también este, y este. Ángeles caídos desertores —comentó con naturalidad—. Algunos de estos otros… —señaló otros documentos—…pertenecen a séquitos de demonios ambiciosos. Y estos últimos… son yokai, probablemente espías de Tokio. Son conocidos por su habilidad para obtener información. Pero la mayoría…
Alzó la vista, seria.
—Están conectados con Kokabiel.
Takeharu frunció el ceño.
—¿Quién es ese Kokabiel? No he escuchado ese nombre antes.
Reynare se recostó en la silla, cruzó una pierna con elegancia y habló con calma:
—Uno de los Cuatro Grandes Ángeles Caídos originales. Es adicto a la guerra, al caos. Está obsesionado con revivir el conflicto entre el Cielo, el Infierno y la Tierra. Se dice que ahora mismo está en rebeldía, separado del control de Azazel, el líder de Grigori.
—¿Y sigue teniendo poder? —preguntó Takeharu con tensión en la voz.
—Tiene seguidores. Algunos fieles. Otros manipulados, como yo lo fui —admitió sin vacilar—. Fui enviada a matar a Daniel. Pero cuando descubrí la verdad, me rebelé. Como castigo y redención… ahora sirvo en su hogar y soy parte de su vida.
Takeharu se escandalizó, tosiendo ligeramente.
—¿Eres su… pareja?
—Así es —respondió Reynare con una pequeña sonrisa—. Es común en el mundo sobrenatural que personas de alto poder o influencia tengan relaciones consensuadas múltiples. Daniel tiene un harem. Yo no tengo problema con eso… y las otras tampoco.
Takeharu llevó una mano a la frente.
—…Debo acostumbrarme a demasiadas cosas, parece.
Pero su expresión se tornó más seria. Guardó silencio unos segundos antes de abrir un nuevo expediente. De este sacó una sola fotografía: la de un joven de cabello oscuro, mirada aguda y sonrisa apenas perceptible.
—Este es el prometido de Mitsuru. Nunca me convenció. Siempre sentí que ocultaba algo. ¿Lo reconocen?
Reynare apenas necesitó mirar. Su rostro se endureció al instante.
—Sí. Ese es el segundo al mando de Kokabiel. No se sabe mucho de él… es sigiloso, manipulador, y cruel. Se le atribuyen múltiples asesinatos, no solo de humanos, sino también de demonios, ángeles y yokai. Es un camaleón social. Un monstruo con piel humana.
Takeharu cerró los ojos. Respiró hondo y habló con voz grave.
—Entonces necesito tu ayuda, Daniel. No solo para romper ese compromiso, sino para capturar a ese bastardo antes de que haga algo que lamentemos todos. Mitsuru no puede saber esto aún. Si llega a saber con quién estuvo comprometida…
Daniel apretó el puño suavemente, pero su mirada era firme.
—Lo haremos. Pero necesitaremos planearlo bien. No puede sospechar que vamos tras él… y necesitaremos apoyo del mundo sobrenatural para capturarlo sin que huya o cause caos.
—Te lo dejo a ti. Confío más en ti de lo que jamás confié en ese hombre.
Reynare sonrió con malicia.
—Hora de cazar a un traidor.
Takeharu asintió y se recostó en su asiento. Por fin tenía aliados reales… y una luz al final de un túnel que se oscurecía desde hacía años.
La noche avanzaba con lentitud mientras Mitsuru Kirijo permanecía de pie en el pasillo frente a la puerta del estudio, brazos cruzados, rostro serio y mirada fija en el suelo. No era una mujer impaciente, pero la reunión llevaba más tiempo del previsto, y aunque su expresión era serena, su mente estaba llena de preguntas.
¿De qué están hablando tanto tiempo? ¿Acaso Daniel ocultaba algo importante… o quizás Reynare?
La idea de acercarse a escuchar cruzó su mente más de una vez, pero la educación y el respeto por su padre eran más fuertes. Así que suspiró, se apoyó levemente en la pared y siguió esperando, en completo silencio.
Del otro lado de la puerta, el ambiente era denso y estratégico.
Daniel, Takeharu y Reynare estaban sentados alrededor del escritorio, los documentos ya habían sido dejados a un lado, reemplazados por un mapa de conexiones y posibles rutas de acción.
—Tenemos que hacerlo sin que Mitsuru sospeche, al menos hasta que tengamos a ese desgraciado bajo custodia —decía Daniel con tono firme.
—Eso será complicado —comentó Takeharu, masajeando su sien—. Si algo puedo decir con certeza, es que mi hija es perspicaz. Pero tienes razón, debe verlo con sus propios ojos para que no lo niegue.
Reynare apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, su mirada se volvió fría.
—El problema es que el tipo no es ningún idiota. Si él es de verdad quien creo que es… entonces ha estado infiltrado desde hace años. Ha sobrevivido al lado de Kokabiel, y eso no lo hace cualquiera.
Daniel asintió.
—Entonces no podemos simplemente ponerle una trampa y esperar que caiga como novato.
—Exacto —respondió Reynare—. Debemos hacer que él mismo se delate, pero no como un intento de exponerlo. Más bien… hacer que crea que puede avanzar en sus planes sin obstáculos. Hay que empujarlo sutilmente.
Takeharu los miró en silencio unos segundos antes de hablar.
—¿Y si usamos algo que lo tiente a moverse? Algo que lo haga mostrar su verdadera cara…
—Podría funcionar —respondió Reynare—. Es probable que haya mantenido su identidad oculta para mantener acceso a los recursos Kirijo o incluso a Mitsuru como ficha de influencia. Si le hacemos creer que alguno de esos recursos está en riesgo… podría reaccionar.
Daniel se quedó pensando unos segundos.
—Tal vez si fingimos que Mitsuru se entera de los documentos y empieza a hacer preguntas, él se pondrá nervioso. Entonces… yo me acerco a él, le gano algo de confianza, me muestro “interesado” en ayudarlo a proteger su posición… y lo empujo a cometer un error.
Reynare asintió lentamente.
—Pero debes ser cuidadoso, Daniel. Si sospecha que sabes quién es en realidad, no dudará en matarte. Este tipo… ha asesinado incluso a miembros de su propia facción para mantener su encubrimiento.
Takeharu, serio, los observó.
—Entonces debemos proceder con la máxima precaución. Por ahora, la operación es confidencial. Mitsuru no debe saberlo aún. Cuando tengamos pruebas sólidas… le mostraré todo personalmente.
Daniel apretó los labios en una línea recta, y luego asintió.
—Entonces… empecemos a construir el escenario.
En el pasillo, Mitsuru seguía esperando. Una criada pasó cerca y le ofreció algo de té, que ella rechazó con un leve movimiento de cabeza. Finalmente, suspiró con discreción y murmuró:
—Espero que no estén metiéndolo en algo peligroso…
A pocos metros detrás de la puerta, la verdadera batalla acababa de comenzar… no con espadas, sino con mentiras, estrategia y máscaras por caer.
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