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Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 37

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Capítulo 37: Capitulo 36: Mentiras

El estudio de la casa Kirijo se había quedado en silencio tras la salida de Takeharu, quien se retiró para descansar después de cerrar los últimos detalles del plan. En la sala contigua, Daniel y Reynare permanecían revisando por última vez los documentos, repasando mentalmente los pasos del operativo que se pondría en marcha al día siguiente.

Las luces cálidas del salón contrastaban con la creciente tensión en el rostro de Reynare. Su mirada, normalmente altiva o coqueta, estaba sombría, concentrada. Los perfiles estaban extendidos en la mesa frente a ellos, pero sus ojos ya no los leían: estaban clavados en Daniel.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó en voz baja, con un tono que temblaba apenas perceptiblemente.

Daniel desvió la vista de los papeles y la miró directamente. Sabía que ella no dudaba del plan, sino del riesgo que implicaba. Y no por ella, sino por él.

—Lo estoy. Tenemos a Takeharu, a ti, a mí… y si todo sale como debe, lo atraparemos antes de que pueda reaccionar.

Reynare negó lentamente con la cabeza.

—No entiendes… Este hombre no es como los enemigos que has enfrentado hasta ahora. Es el segundo al mando de Kokabiel, Daniel. No sólo es fuerte… es cruel, inteligente, y capaz de destruir ciudades enteras con tal de encubrirse. Si nota algo raro, si sospecha algo, irá a matar sin pensarlo.

Daniel no dijo nada. Se acercó, la tomó de las manos y la atrajo hacia él. Reynare, como si de pronto se quebrara una pared que la contenía, lo abrazó con fuerza, enterrando su rostro en su hombro. Su Sacred Gear resplandeció levemente en el espacio mental de Daniel, como si Ddraig también sintiera el peso del momento.

—Prométeme que volverás… con vida —murmuró, la voz amortiguada contra su pecho—. No me importa si el plan sale mal. Solo prométeme que vas a volver.

Daniel apoyó su mentón sobre la cabeza de ella y la estrechó suavemente entre sus brazos.

—Te lo prometo, Rey. Siempre vuelvo contigo.

Reynare levantó la vista, con lágrimas contenidas que no llegaron a salir. Daniel le sonrió con esa mezcla de confianza y calidez que la había conquistado desde que lo conoció. Entonces la besó, despacio, como si sellara esa promesa con algo más poderoso que las palabras.

Cuando el beso terminó, Reynare cerró los ojos un instante, inspirando hondo.

—Mañana… cuando todo pase, te debo una cita a solas. Sin trampas ni conspiraciones ni documentos del inframundo.

Daniel soltó una breve risa, aliviando un poco la tensión.

—Trato hecho.

Ambos recogieron los papeles con más ligereza ahora. El plan estaba en marcha, el peligro era real… pero también lo era el lazo entre ellos. La trampa estaba tendida. Mañana, el enemigo se sentaría en la misma habitación que ellos, creyéndose invencible.

Pero no sabía con quién se estaba metiendo.

El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales de la enorme residencia Kirijo, tiñendo de dorado los pasillos llenos de actividad. Mitsuru, impecablemente vestida desde temprano, sostenía el teléfono con firmeza mientras la línea sonaba.

—Sí… Soy yo. Mi padre desea tener una reunión contigo esta tarde. Dice que es importante, y preferiría que fuera en persona.

La voz del otro lado aceptó de inmediato, con un tono suave y educado. Mitsuru colgó.

Por unos segundos, permaneció en silencio, mirando el teléfono como si las palabras acabaran de dejar una ligera inquietud grabada en el aire. No sabía exactamente por qué, pero la solicitud de su padre le parecía… fuera de lugar. Demasiado repentina.

Aún así, él sabrá lo que hace, pensó. Quizá simplemente quiere hablar del mundo sobrenatural y del futuro del compromiso…

La mañana transcurrió con los preparativos para una cena de lujo. Manteles de encaje, velas altas y delicadas, vajilla ceremonial, y una selección de platillos que normalmente sólo se veían en cenas diplomáticas. La servidumbre trabajaba con precisión suiza, decorando el comedor como si fuera a celebrarse un compromiso oficial.

Y Mitsuru, a pesar de todo, no podía quitarse de encima una ligera opresión en el pecho.

—

Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Daniel caminaba por el jardín de su casa con gesto sereno, pero su mente se encontraba en otro lado. Internamente, había entrado en contacto con Ddraig, el Dragón Emperador Rojo.

—¿Qué opinas, viejo amigo? ¿Cuánto peligro representa realmente este tipo?

La voz profunda y poderosa del dragón resonó en su mente con confianza.

—Menos del que crees. Angra Mainyu era un monstruo alimentado por el odio y la corrupción pura. Kokabiel en su mejor momento quizás te habría hecho sudar… pero su segundo al mando? Tsk. Esos malditos ángeles caídos se confían demasiado. Nunca entrenan. Se creen invencibles con lo que tienen.

—¿Y si tiene un as bajo la manga?

—Y tú tienes varios. Balance Breaker. Experiencia. Y más importante, tienes un propósito. Él solo tiene arrogancia.

Daniel sonrió levemente. Era cierto. No peleaba por orgullo, ni por venganza, ni siquiera por gloria. Peleaba por proteger lo que había construido en este mundo… y por una chica de cabello carmesí que aún no sabía que estaba en peligro.

—Entonces que venga. Esta vez no me tomarán por sorpresa.

Desde su hombro, Tamamo —convertida en su forma espiritual por ahora— sonrió con complicidad. Había estado escuchando sin interrumpir.

—No olvides que no estás solo, mi amado. Sea cual sea el resultado… estaré a tu lado para destruir a quien se atreva a ponerte un dedo encima.

Daniel solo asintió. Ya todo estaba listo. Ahora, solo faltaba que el invitado especial se presentara en el tablero.

La tarde avanzó lenta hasta teñir el cielo de tonos ámbar. La mansión Kirijo estaba impecable: las luces tenues, los candelabros encendidos, el aroma de una cena fina flotando en el aire. Todo parecía parte de un cuadro perfecto.

Poco después de las seis, Soutarou Kurobane hizo su aparición. De cabello oscuro, traje perfectamente ajustado, sonrisa educada y modales refinados. A primera vista, era el yerno ideal. Pero detrás de esa máscara, Daniel lo sabía bien, se ocultaba uno de los rostros más peligrosos de Grigori.

—Demonios disfrazados de caballeros… —pensó Daniel desde la esquina de la sala contigua, oculto junto a Reynare, observando desde una pequeña rendija con un hechizo de ocultamiento.

Mitsuru, siempre estoica, lo recibió como dictaba la etiqueta.

—Soutarou, bienvenido. Mi padre ya te espera.

—Mitsuru, como siempre, radiante. Gracias por invitarme —respondió con suavidad, besando su mano con toda la teatralidad de un aristócrata.

Caminaron hacia el comedor. Takeharu Kirijo se encontraba en la cabecera de la mesa, erguido y con una copa de vino en mano. La atmósfera era cordial… al menos por fuera.

Soutarou tomó asiento frente a él. Intercambiaron saludos formales, charlaron del clima, de política y de economía. La primera fase del plan iba viento en popa.

Mitsuru regresó con una bandeja de copas y la botella de vino, sirviendo con gracia para los tres. Justo como lo habían planeado.

Con una sonrisa leve, Takeharu alzó su copa y brindó.

—Por las futuras generaciones… y porque nunca olvidemos de dónde venimos.

—Por el futuro —respondió Soutarou, chocando suavemente su copa.

La cena inició con una entrada ligera. Entre bocado y bocado, Takeharu ejecutó la segunda fase: tantear las aguas.

—He estado revisando antiguos registros del Grupo Kirijo —comenzó con tono casual—. Algunos perfiles de empleados me parecieron… interesantes.

Soutarou alzó la ceja con curiosidad falsa.

—¿A qué se refiere?

Takeharu entrecerró los ojos, como si buscara una reacción específica.

—Algunos empleados no tienen pasado registrado. Otros tienen documentos que no coinciden con sus rostros. Me encontré con nombres como Kurosaki Ren, Makiba Yuuta, Ena Hoshigami…

El tenedor de Soutarou se detuvo por un instante antes de retomar su camino a la boca. Una leve mueca, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Sus ojos, que siempre parecían tranquilos, temblaron un segundo.

—Oh… ¿No serán errores del sistema?

Takeharu fingió asentir.

—Puede ser. Aunque extraño que todos esos nombres estuvieran bajo un mismo supervisor. Un tal… K.K.. Iniciales curiosas, ¿no crees?

Soutarou ahora forzó una risa.

—Curiosas, sin duda. Aunque en un conglomerado tan grande… es difícil no encontrar coincidencias.

Daniel y Reynare se miraron desde su escondite. Reynare susurró:

—Eso fue nerviosismo. Lo está sintiendo. Ya sabe que sospechamos.

Daniel asintió. Y eso nos lleva a la tercera fase…

Takeharu dejó el tenedor y cruzó los dedos frente a él.

—Dime, Soutarou… ¿qué opinas de los rumores sobre la existencia de razas sobrenaturales infiltradas en empresas humanas?

Mitsuru alzó la mirada, confundida. Esa línea no estaba en el plan.

Pero Soutarou se congeló.

Y por un segundo, la máscara cayó.

—¿A qué viene esa pregunta, Takeharu-dono?

—Curiosidad. Últimamente me han llegado… informes. De que tal vez, solo tal vez, Grigori no se ha retirado del todo del mundo humano.

Silencio.

Un tic nervioso en el ojo derecho de Soutarou fue todo lo que Daniel necesitaba ver.

El hombre frente a Takeharu ya no parecía tan pulcro, tan perfecto. Se estaba desmoronando.

Daniel apretó los puños.

Ya casi cae.

La tensión en el comedor podía cortarse con un cuchillo. Soutarou Kurobane mantenía la sonrisa diplomática, pero su mandíbula estaba tensa. Takeharu lo observaba con una calma medida, una mirada que había usado cientos de veces para desarmar a inversionistas, políticos… y ahora, a un traidor con alas negras.

—Así que… no tienes nada más que decir —murmuró Takeharu, recostándose contra el respaldo de su silla, cruzando los brazos.

Soutarou entrecerró los ojos.

—He sido paciente, respetuoso y leal, Takeharu-dono. No entiendo a qué quiere llegar con todo esto.

—Oh, yo creo que sí entiendes. Lo entiendes perfectamente. Solo quiero que dejes de jugar —dijo el patriarca Kirijo con dureza—. Suelta la maldita farsa y dime qué hace un ángel caído en mi compañía… y en el compromiso con mi hija.

Soutarou sonrió… pero ya no era la sonrisa pulcra de antes. Era una sonrisa fría, torcida, con una pizca de superioridad.

—Tch. Supongo que no tiene sentido seguir con esto.

De su espalda, un estruendo de oscuridad. Tres pares de alas negras se desplegaron con fuerza, llenando el aire de una presión brutal. Los candelabros temblaron. Las luces titilaron. Mitsuru dio un paso atrás, sus ojos abiertos por la conmoción.

—¡Soutarou…! —susurró con la voz quebrada.

—Mi nombre real es Surgal, segundo al mando de Kokabiel, el legítimo señor de la guerra. —Su voz se volvió más profunda, más agresiva—. Fui enviado aquí con una misión clara: obtener influencia dentro de la familia Kirijo… y luego, guiar sus recursos hacia nuestro objetivo final.

—¿Y cuál es ese objetivo? —espetó Takeharu con rabia contenida.

—¡Revivir la Caída! ¡Desatar el poder prohibido, y usarlo como arma contra Nyx, esa abominación que aguarda más allá de la noche eterna! —gritó con una mirada llena de locura—. ¡Kokabiel vio lo que los humanos no pueden ver! ¡Vio que la verdadera amenaza no es el cielo, ni el infierno… sino esa diosa de muerte y vacío que ya ha comenzado a influenciar este mundo!

Takeharu palideció. Mitsuru retrocedió un paso más. Daniel, desde su escondite mágico, simplemente apretó el puente de su nariz.

—¿Nyx? ¿En serio? Qué idiota más grande… —murmuró para sí—. Ni el puto Angra Mainyu fue tan arrogante.

Surgal se giró hacia Mitsuru con una sonrisa retorcida.

—Iba a esperar hasta que heredaras el control de Kirijo. Pero ahora que sabes la verdad… tu padre debe morir. Tú, quizás, aún puedas ser útil. Si no, siempre existe la opción de borrarte la memoria.

—¡Tú…! ¡Maldito…! —gritó Mitsuru con impotencia.

Pero justo cuando Surgal avanzó, confiado, un rayo estalló desde la sombra.

—¡¡RAIKOU!! —gritó una voz femenina.

Dos figuras emergieron de la penumbra del salón: Hikari y Hibiki, los brazos envueltos en electricidad, sus ojos ardiendo en determinación. Rayos azules y violetas envolvieron a Surgal, paralizándolo por unos segundos.

—¡¡Ahora, Daniel!! —gritó Hibiki.

Desde otra sombra, Daniel emergió como un proyectil. Tamamo saltó junto a él, su cola encendida de energía espiritual. Daniel concentró su energía, activando el Boosted Gear, con un brillo escarlata en su brazo derecho.

—BOOST! BOOST! BOOST! BOOST! BOOST! —el Sacred Gear rugía.

—¡Haki… Full Armament! —dijo con decisión, su brazo cubriéndose de negro brillante.

—¡Fox Fire Barrage! —exclamó Tamamo, lanzando una ráfaga de flamas espirituales junto a él.

El ataque combinado impactó de lleno en el pecho de Surgal, lanzándolo contra la pared de mármol. Una explosión de luz y sombras sacudió el comedor. Una de las ventanas estalló. El silencio reinó por un instante.

Pero no duró mucho.

De entre el humo, Surgal emergió. Su elegante traje hecho trizas, el torso sangrando, pero aún de pie. Sus alas abiertas, la mirada ahora encendida por pura furia.

—Ustedes… humanos miserables. Voy a arrancarles el alma con mis propias manos.

Daniel retrocedió levemente, ajustando su postura.

—Y nosotros vamos a hacerte tragar cada una de tus palabras.

Takeharu, por su parte, se mantenía detrás, observando todo con una mezcla de asombro, orgullo… y una pizca de satisfacción.

—Así que este es el chico del que todos hablan…

El aire vibraba con electricidad. Rayos de Hikari y Hibiki surcaban la sala destrozada, impactando contra el suelo y paredes a medida que trataban de mantener a raya al desquiciado Surgal, quien apenas podía mantenerse en pie.

Del otro lado, Daniel avanzaba paso a paso, su brazo envuelto en el Haki de armadura, endurecido como obsidiana viva, y el Boosted Gear rugiendo incesantemente.

—BOOST! BOOST! BOOST! BOOST! BOOST!

Cada impulso era una detonación de poder puro en sus venas. Su velocidad y fuerza aumentaban de forma escalonada, como una avalancha imparable. A su lado, Tamamo, con su vestido ceremonial rasgado por el combate, invocaba círculos mágicos que envolvían a Daniel, fortaleciéndolo con energía espiritual, aceleración mágica y refuerzo físico.

—¡Sigue empujando, mi amado! ¡No dejes que ese gusano respire!

Los ataques de Daniel caían como relámpagos sobre el cuerpo de Surgal. El ángel caído se defendía apenas, las alas negras rasgadas, sus movimientos lentos, su respiración agitada. Ya no quedaba rastro del arrogante infiltrado.

Desde un rincón, Takeharu Kirijo observaba todo con una mirada calculadora. La tensión en su cuerpo había desaparecido.

—Entonces este es el poder que Daniel guarda… impresionante. Más allá de cualquier ficha militar que haya conocido.

A su lado, Mitsuru solo podía mirar con asombro. Nada de lo que había visto en sus batallas contra las Sombras se comparaba con esto. No había espacio para errores, no había pausas; era un ballet violento entre titanes.

Entonces, en un movimiento inesperado, Daniel frenó en seco.

—¡Reynare, ahora! —gritó, levantando el brazo izquierdo con el Boosted Gear resplandeciendo.

La energía acumulada fluyó como un río ardiente hacia Reynare, quien apareció en un relámpago azul, con sus alas negras desplegadas.

—¿E-eh? ¿Yo…?

—Es tu momento. Tú te mereces este cierre —dijo Daniel con una sonrisa cálida.

Los Boosts se transfirieron a Reynare, su cuerpo temblando mientras asimilaba el poder. Sus ojos brillaron con un fuego que no había tenido desde su caída.

Surgal levantó la mirada, herido, jadeante… y por primera vez, temeroso.

—Tch… tú… tú eras una basura inútil…

—¡Y tú eras mi pesadilla! —gritó Reynare, con lágrimas ardiendo en los ojos mientras avanzaba—. ¡Años soportando tu desprecio… tus amenazas… tus palabras que me decían que nunca sería nada!

Golpeó.

Una, dos, tres veces.

Cada puñetazo llevaba años de frustración.

Cada patada, una parte de su dignidad recuperada.

—¡Y mírame ahora! ¡MÍRAME!

Surgal no pudo ni defenderse. Su rostro era un desastre de sangre y huesos rotos. Cada impacto dejaba una pequeña ráfaga en el aire. Los muebles ya destruidos temblaban con cada sacudida de poder. Y entonces, con un último grito de liberación…

—¡¡¡ESTO ES POR TODO LO QUE ME HICISTE PASAR!!! —gritó Reynare, lanzando un puñetazo final que estampó a Surgal contra el suelo con una fuerza demoledora.

Silencio.

Surgal ya no se movía. Desmayado, irreconocible. Su cuerpo derrotado, su presencia… humillada.

Reynare jadeaba. El poder de los Boosts comenzaba a disiparse de su cuerpo, pero su pecho latía con fuerza, no por el esfuerzo… sino por la emoción.

Se giró, y corrió hacia Daniel, quien la esperaba con los brazos abiertos.

—¡Lo hice… lo hice…! —sollozó mientras lo abrazaba con todas sus fuerzas, su rostro enterrado en su pecho.

—Sí, lo hiciste, Rey. Fuiste increíble —dijo Daniel, acariciándole el cabello suavemente.

Y entonces, ocurrió.

Una luz oscura envolvió a Reynare. Un nuevo par de alas brotó de su espalda.

Ahora tenía cuatro alas negras.

Había evolucionado.

Takeharu lo notó de inmediato. Mitsuru también.

—¿Eso fue… una ascensión de rango? —preguntó la joven Kirijo, impresionada.

—Sí —dijo Reynare con una sonrisa entre lágrimas—. Al fin… soy alguien.

Daniel la abrazó más fuerte.

—Siempre lo fuiste.

La victoria era suya. Pero también lo era la liberación.

La mansión Kirijo aún olía a ozono y energía mágica tras la brutal batalla. El cuerpo de Surgal, atado y derrotado, yacía en el suelo frío, con su rostro tan desfigurado que apenas podía reconocerse como humano.

Daniel, con un suspiro, sacó su teléfono y marcó un número que tenía reservado solo para emergencias.

—Aquí Daniel. Tengo un paquete para ti… —hizo una pausa breve y sonrió—. Se llama Surgal.

Del otro lado de la línea, Azazel, líder de Grigori, se quedó en silencio… solo por un segundo.

—¿¡Surgal!? —su voz sonó a medio camino entre la incredulidad y el entusiasmo.

Un parpadeo después, una ráfaga de energía estalló en medio de la sala. Azazel apareció en persona, de pie en medio del salón Kirijo con una copa de sake en una mano y una chaqueta negra desaliñada en la otra. Takeharu y Mitsuru se pusieron en guardia, la presencia de un ser tan poderoso haciendo temblar sus instintos.

—Tranquilos, solo vengo por basura reciclable —bromeó Azazel, levantando una mano amistosa.

Daniel se acercó y señaló a Surgal, aún inconsciente y cubierto de moretones. Azazel lo miró… y soltó una carcajada.

—¡Pero si parece que lo atropelló un tren! ¿Quién lo dejó así? ¿Tú?

—No exactamente —dijo Daniel con una sonrisa ladeada, señalando a su lado.

Reynare, sonrojada, levantó tímidamente una mano. Azazel la miró… y notó las cuatro alas negras extendidas en su espalda. Por un momento, el líder de Grigori se quedó en silencio.

—¿Reynare? ¿Con cuatro alas? —su tono fue entre asombro y orgullo—. ¿Tú hiciste esto?

Ella asintió, apretando la mano de Daniel. Azazel rió con fuerza.

—Bueno, bueno… esto sí que no me lo esperaba. ¡Felicidades, niña! Has subido un escalón. Y no solo eso… te levanto el castigo. Ya no necesitas ser maid.

Reynare parpadeó un par de veces… y luego sonrió con dulzura.

—Gracias, Azazel… pero me gusta ser la maid de Daniel. Es mi forma de demostrarle mi cariño —dijo, abrazando a Daniel con ternura y besando su mejilla.

Azazel alzó una ceja y sonrió con picardía.

—Hah… supongo que cada quien tiene sus maneras. Solo no lo consientas demasiado, ¿eh? Que este muchacho ya tiene cara de rey de harén.

Las chicas presentes —Hikari, Hibiki, Tamamo y Mitsuru— reaccionaron de inmediato con miradas significativas.

Azazel tomó a Surgal con una mano como si fuese un costal de arroz y se volvió hacia Daniel.

—Buen trabajo, chico. Me salvaste una enorme cantidad de problemas políticos. Te debo una. —Y con un chasquido de dedos, ambos desaparecieron en un destello de energía oscura.

El silencio volvió por unos segundos. Hasta que Takeharu, con una expresión serena pero solemne, se dirigió a Daniel:

—Joven Daniel… su valor, poder y lealtad han salvado no solo a mi hija… sino al legado de los Kirijo. Por eso, le ofrezco lo más valioso que tengo: la mano de Mitsuru en matrimonio.

Mitsuru, que ya estaba agradecida, casi se cae de la impresión. Sus mejillas se volvieron escarlata al instante.

—¡Otō-sama, por favor…! —susurró entre dientes, visiblemente incómoda.

Daniel se quedó en silencio por un momento. Luego, con una sonrisa amable, negó con la cabeza.

—Le agradezco su oferta, Takeharu-san. Pero… Mitsuru no me ama. No planeo amarrarla a un matrimonio que ella no desea.

El silencio se hizo profundo… pero no tenso. Era un silencio de revelación.

Mitsuru lo miró con los ojos muy abiertos, y en su corazón, algo crujió y se reacomodó. Nadie jamás había dicho algo así por ella… por lo que ella quería.

Takeharu lo observó… y sonrió.

—Tiene razón, joven. Disculpe mi atrevimiento. Fue solo el impulso de un padre agradecido.

Daniel asintió, mientras detrás de él, las chicas intercambiaban miradas con sonrisas maliciosas.

—Ya cayó —dijo Hikari, casi en un susurro.

—Totalmente —añadió Hibiki con brillo en los ojos.

—Ya está en el radar… —canturreó Tamamo.

—Una rival más que no lo sabe aún… —suspiró Reynare, abrazando más fuerte a Daniel.

Y así, sin querer, sin proponérselo, Daniel se había ganado el corazón de la heredera de los Kirijo… con solo decirle que merecía ser libre.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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