Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capitulo 37: Vacaciones en Tartarus
Pasaron varios días desde la captura de Surgal, y el mundo de Daniel por fin se volvió un poco más… tranquilo.
Durante las mañanas y tardes, Daniel se dedicaba a pasear por la ciudad con sus novias: Tamamo, Reynare, Hikari, Hibiki, Alya y Sakura. Visitaban centros comerciales, parques nevados, cafeterías temáticas y cines. Entre bromas, besos furtivos y manos entrelazadas, la rutina de pareja se volvió parte de su día a día… aunque decir “pareja” quizá se quedaba corto para describir al harem oficial de Daniel Hernández.
Gracias a la cooperación en la captura de Surgal, el líder de Grigori, Azazel, no tardó en mostrar su agradecimiento. Al día siguiente del enfrentamiento, le envió a Daniel una suma de dinero considerable. Sin embargo, ese mismo día, Azazel dejó claro por mensaje:
> “Esto no es nada, muchacho. Mañana recibirás algo más… interesante. P.D.: que no te dé un infarto.”
Daniel supuso que sería una broma. Conociendo a Azazel, podía esperarse desde una caja con serpientes hasta una fiesta sorpresa con strippers disfrazadas de demonios.
Pero no fue nada de eso.
Al despertar la mañana siguiente, Daniel abrió los ojos… y no reconoció el techo.
La habitación ya no era la típica de un estudiante extranjero: ahora tenía pisos de madera pulida, una cama king-size con dosel, enormes ventanales con cortinas elegantes, un escritorio de caoba y hasta una televisión de plasma de última generación con consolas y estantes llenos de videojuegos y libros. Al mirar por la ventana, la sorpresa fue aún mayor.
Lo que antes era una casa sencilla de dos pisos, ahora era una mansión japonesa de arquitectura moderna mezclada con elementos clásicos: jardines internos, corredores amplios, cinco habitaciones, sala de entrenamiento, baño estilo onsen, cocina industrial, bodega mágica (literal), y hasta una biblioteca con su propio rincón de lectura.
Daniel se quedó inmóvil unos segundos, hasta que su celular vibró con un mensaje nuevo.
> “Bienvenido a tu nueva casa. Ya está a tu nombre. Puedes vivir ahí todo el tiempo que quieras y traer a tu familia cuando gustes. Considera esto un pago justo. —Azazel (P.D.: Te debo una parrillada)”
Daniel solo pudo soltar una risa baja, y al mirar alrededor, vio a Tamamo aún dormida a su lado, con una sonrisa satisfecha, acurrucada como una gata.
—…Definitivamente esto supera mis expectativas.
Esa mañana la pasó explorando los rincones de la mansión con sus novias, que al despertar fueron sorprendidas una por una. Hibiki y Hikari gritaban de emoción en la sala de entretenimiento, Alya ya había tomado control de la biblioteca con cara de “esto es mío”, Sakura se encargaba de organizar la cocina con su usual eficiencia, y Reynare… simplemente se le pegó a Daniel todo el día con una sonrisa brillante.
Por las noches, la rutina cambiaba. En la Hora Oscura, solo Daniel y Tamamo eran capaces de moverse libremente, sin convertirse en ataúdes. Ambos acompañaban al equipo de SEES en la exploración de Tartarus. Hasta ahora, solo Mitsuru, Yukari y Akihiko eran miembros activos; Junpei aún no se había unido.
Aunque Daniel y Tamamo no podían usar Personas, sus habilidades sobrenaturales los hacían temibles en combate. Las Shadows no eran más que obstáculos pasajeros en su camino, y Daniel ya se había acostumbrado al entorno opresivo de Tartarus. Tamamo, por ser una Servant, parecía disfrutar la acción incluso en ese lugar.
SEES, por su parte, se adaptaba poco a poco. Usaban la estrategia por encima de la fuerza bruta, cubriéndose mutuamente mientras Tamamo y Daniel abrían camino con eficacia. Después de una semana de expediciones diarias, ya se encontraban en el piso 67, un logro impresionante considerando que apenas empezaban.
Y aunque en combate Mitsuru seguía siendo la comandante firme y centrada, durante los descansos… algo en ella comenzaba a cambiar.
—Daniel, ¿quieres té? Lo traje de casa —preguntó con tono suave una noche, ofreciéndole una taza térmica.
—Ah, gracias Mitsuru. Qué detallazo.
—Si tienes frío… puedo prestarte mi abrigo. —añadió en otra ocasión, justo cuando Daniel se sentaba a revisar el mapa de los pisos explorados.
Yukari frunció el ceño al verla sentarse junto a Daniel.
—¿Qué está haciendo? —susurró para sí.
Tamamo, sentada del otro lado de Daniel, simplemente bebía su propio té con una sonrisa en los labios.
—Ufufu~, la comandante Kirijo ha caído. Otra flor para el jardín.
Y así, sin darse cuenta, Daniel seguía robando corazones mientras caminaba por los pisos infinitos de Tartarus… sin imaginarse que esa misma mansión que le dieron, con sus pasillos amplios y habitaciones múltiples, se iba a quedar muy, muy pequeña si seguía acumulando admiradoras.
Una tarde tranquila cayó sobre los dormitorios del SEES. El ambiente era sereno, apenas alterado por los sonidos de libros al pasar y el ocasional murmullo lejano de pasos en los pasillos. En una de las habitaciones, Yukari se encontraba sentada en su cama, hojeando una revista, pero en realidad su mente estaba lejos de ahí.
Desde hacía varios días, no dejaba de notar el comportamiento extraño de Mitsuru. Durante las expediciones al Tartarus, era la misma comandante fría y precisa de siempre. Pero fuera de combate… era otra persona. Más suave. Más atenta. Especialmente con Daniel.
Yukari no era alguien particularmente chismosa, pero la curiosidad comenzaba a quemarle por dentro.
Así que, respirando profundo, decidió preguntar directamente.
—Oye, Mitsuru… —dijo desde su cama, llamando su atención.
La pelirroja alzó la vista desde el libro que leía y arqueó una ceja con elegancia.
—¿Sí?
—He notado… que has estado actuando diferente. Especialmente con Daniel. —Yukari cerró la revista y la dejó a un lado—. ¿Pasó algo que no nos hayas contado?
Por un momento, Mitsuru pareció dispuesta a negarlo. Sus labios se apretaron, y el silencio se hizo espeso. Pero entonces recordó las palabras de su padre, Takeharu Kirijo, después de todo lo sucedido: “Deberías confiar más en tus compañeros. Abre tu corazón, aunque sea un poco.”
Y en ese momento, por primera vez en mucho tiempo, Mitsuru decidió confiar.
—Sí… pasó algo. —dijo al fin, cerrando su libro y dejando escapar un pequeño suspiro—. Algo que cambió muchas cosas.
Y sin rodeos, Mitsuru empezó a contar.
Habló sobre cómo su padre descubrió infiltrados dentro del Grupo Kirijo, personas sin pasado, sin registros reales… miembros encubiertos del mundo sobrenatural. Explicó cómo, con la ayuda de Daniel y Reynare, revelaron que muchos de ellos estaban vinculados con Kokabiel, un ángel caído obsesionado con revivir la guerra sagrada y provocar la Caída para enfrentar a Nyx.
—¿Nyx…? —murmuró Yukari, escalofríos recorriéndole la espalda.
Mitsuru asintió, seria.
Luego explicó que su prometido, aquel al que estaba comprometida por acuerdo familiar, resultó ser nada menos que la mano derecha de Kokabiel, un infiltrado que buscaba casarse con ella para tomar poder dentro del Grupo Kirijo. Y también contó cómo fue Daniel quien, junto a Tamamo, Hikari, Hibiki y Reynare, organizó una trampa para hacerlo confesar… y luego enfrentarlo en batalla.
—¿Daniel peleó contra él? —preguntó Yukari, ya francamente incrédula.
—Sí. Y lo superó. —Mitsuru sonrió con una mezcla de respeto y admiración—. Pero lo que más me impactó no fue su fuerza… sino su decisión.
Y entonces relató cómo, después de todo eso, su padre le ofreció la mano de Mitsuru en matrimonio a Daniel como muestra de gratitud.
Y como Daniel… la rechazó.
—Dijo que no me amaba, que no quería forzarme a un compromiso sin amor, que yo merecía elegir. —Mitsuru bajó un poco la mirada, como si esa simple frase aún le hiciera latir el corazón con fuerza.
Yukari se quedó helada.
En su cabeza, Daniel era un mujeriego de primera. Sí, claramente no forzaba nada, y sus relaciones con Tamamo, Reynare, Alya, Sakura, Hikari y Hibiki eran consentidas y armoniosas… pero aún así, Yukari lo había encasillado.
—…Nunca pensé que alguien como tú… se enamoraría de alguien como él. —murmuró Yukari con honestidad.
Mitsuru soltó una risa suave, cerrada, pero con calidez.
—Yo tampoco. —admitió—. Pero después de ver su forma de pensar, de actuar… de respetarme incluso cuando pudo haberme ganado como trofeo… No pude evitarlo.
Yukari guardó silencio. El rostro de Daniel apareció en su mente, junto a sus bromas tontas, su actitud relajada, y esa seguridad con la que trataba a todos… incluso a las Sombras.
—¿De verdad… es normal tener tantos romances en el mundo sobrenatural?
—Sí. —Mitsuru asintió con calma—. Los harems son parte de la cultura sobrenatural. Son consensuales, y en muchos casos, estratégicos. No es como en nuestro mundo, donde se ve como una infidelidad o un pecado. Aquí… es parte de su estructura social.
—Entonces… ¿una mujer también puede tener harem?
—Claro que sí. Aunque es más común que los hombres lo hagan. Pero hay casos de mujeres con varios esposos o parejas. Todo depende del poder, el respeto mutuo… y los sentimientos.
Yukari apretó los labios. Aún le costaba aceptar esa realidad. Aunque entendía que eran normas distintas, aún tenía la mentalidad humana incrustada en su corazón.
—Supongo… que tendré que acostumbrarme. Aunque no me gusta.
Mitsuru la miró con una leve sonrisa.
—No tienes que aceptarlo de inmediato. Solo entiende que el mundo ya no es como antes. Estamos conviviendo con seres que rompen nuestras reglas. Y si queremos sobrevivir… debemos adaptarnos.
Yukari asintió lentamente, aún en conflicto, pero entendiendo algo que antes no veía: Daniel no era simplemente un mujeriego. Era alguien que valoraba a las personas, que no forzaba a nadie, y que incluso… podía renunciar a algo si sentía que no era lo correcto.
Y en el fondo, algo en Yukari también comenzó a cambiar.
Otro día amanecía en Kuoh, y mientras la ciudad respiraba tranquilidad en medio de las vacaciones invernales, una habitación en particular era un campo de batalla… emocional.
Allí estaba ella: Tohsaka Rin, maga de renombre, genio de las artes místicas, antigua participante de la guerra del Santo Grial… y ahora mismo, una zombi con ojeras.
—¡¿Por qué no puedo dormir?! —gritó mientras se revolcaba en su futón, rodeada de libros abiertos, tazas de té medio vacías, y un peluche de Kyubey con agujas clavadas.
Había intentado TODO: hechizos de relajación, runas de sueño, meditación zen, yoga mágico, contar corderos, contar Prismas Místicos… ¡Nada funcionaba!
Cada vez que cerraba los ojos…
Su cara aparecía.
La cara de ese idiota.
Daniel.
—¡Ughhh, mujeriego estúpido con sonrisa estúpida y ojos estúpidos y cabello perfectamente despeinado! —gritó lanzando una almohada al techo. La almohada rebotó y le cayó encima—. ¡¿Y por qué demonios huele bien en medio de una pelea?! ¡Eso es antinatural!
Rin se tiró de la coleta en desesperación, luego se abrazó a sí misma y se hundió bajo las cobijas.
La casa era un desastre. Sin Sona ni Rias —quienes estaban visitando el Inframundo—, Rin pensó que al fin tendría paz. Tiempo para estudiar, practicar magia, tal vez ponerse al día con algún videojuego o novela ligera…
Pero no.
Ahora estaba atrapada en una prisión mental romántica.
A veces, se encontraba sonriendo como tonta mientras tomaba té y recordaba las veces que Daniel la defendió, o cuando le guiñaba el ojo después de un entrenamiento. Luego se daba cuenta y…
—¡¡NO, NO, NO, NOOO!! ¡Yo no estoy interesada! ¡Yo soy Tohsaka Rin! ¡Una de las magas más talentosas de la Asociación! ¡NO voy a caer ante un maldito mujeriego con más novias que sentido común!
Y aun así, ahí estaba.
Pensando en él. Soñando con él.
A veces incluso se sorprendía escribiendo su nombre en los márgenes de sus notas. ¡Como una colegiala!
—¡Esto no puede estar pasándome a mí! —exclamó dramáticamente, cayendo de rodillas frente al espejo—. ¡Soy una Tohsaka! ¡No una chica secundaria de anime romántico!
El resto de los días de vacaciones continuaron de manera similar.
Por la mañana, Rin caminaba por Kuoh con cara de pocos amigos y gafas de sol gigantes.
Por la tarde, miraba por la ventana con una taza de té mientras suspiraba como personaje de telenovela.
Por la noche… revivía mentalmente sus interacciones con Daniel y chillaba entre sus almohadas como si fuera una adolescente normal.
Incluso su familiar, un pequeño zorro espiritual, la miraba desde una esquina con expresión resignada.
—¿Tú también vas a juzgarme?
El zorro asintió lentamente.
Y así, entre negaciones, chillidos, momentos de ternura involuntaria y una creciente colección de tazas de té rotas por frustración… Tohsaka Rin pasó sus vacaciones, prisionera del peor hechizo de todos:
Estar enamorada de un mujeriego incorregible.
El fin de las vacaciones de invierno se acercaba, y Daniel, junto a todas sus novias, planeaban un cierre digno del año. Cada una había organizado una cita especial, íntima y única, algo que representara su vínculo con él.
Alya lo llevó a un parque de luces invernales, donde lo sorprendió con su ternura y sensibilidad.
Sakura optó por un picnic privado en la cima de una colina, bajo un cielo lleno de estrellas.
Tamamo, siempre coqueta y encantadora, lo llevó a un templo sintoísta donde rezaron por el futuro… antes de robarle un beso frente a todas las estatuas.
Reynare lo llevó a un paseo nocturno por la ciudad iluminada, recordando su pasado y agradeciendo por su presente.
Hikari y Hibiki, inseparables, compartieron su día juntas con él en un karaoke privado, lleno de risas, desafíos musicales y abrazos compartidos.
Durante todas estas citas, Daniel fue auténtico, atento, cariñoso, demostrando a cada una que sus sentimientos eran reales. No era solo deseo, era amor, conexión, complicidad.
Y así llegó el 31 de diciembre.
Él pensaba que sería una noche tranquila. Pero no contaba con lo que las chicas habían planeado.
Ese día, todas se reunieron en su cuarto. Cada una vestía un atuendo elegido especialmente para él: seductores, elegantes, sensuales… demasiado como para ignorarlos. Lo rodearon, sus risas traviesas llenando el ambiente mientras le lanzaban miradas sugerentes.
Ddraig, en su cabeza, lanzó una advertencia cargada de humor:
—¡Socio, tu castidad peligra! Esto es una emboscada nivel dragón ancestral, te lo digo yo… y eso que estoy muerto.
Daniel solo sonrió. No iba a huir.
Cuando las caricias suaves comenzaron, cuando las miradas se volvieron intensas y los susurros le hablaban directamente al alma… su instinto despertó.
El poder de su linaje, el de un dragón que ama con el cuerpo y el corazón, surgió con fuerza. Su aura cambió. Su mirada se volvió profunda, su voz grave, sus movimientos seguros. Y ellas lo sintieron.
Aun en grupo, ninguna fue rival para el ímpetu de un dragón enamorado.
Las risas se convirtieron en gemidos ahogados, los cuerpos cayeron uno a uno rendidos entre sus brazos, exhaustas pero felices, con sonrisas plenas, marcadas por un cariño feroz y genuino.
Reynare, por su naturaleza de ángel caído, resistió más que las demás, pero incluso ella sucumbió ante el deseo desbordante de su amado.
Y solo cuando todas estaban dormidas, entrelazadas entre sábanas, sus cuerpos cubiertos apenas por la penumbra y el calor de la habitación, Daniel volvió en sí.
—Exageré un poco… —murmuró mientras suspiraba y acomodaba con suavidad los mechones de cabello que cubrían el rostro de Tamamo.
Ddraig resopló.
—Un poco, dice… Estás más loco que Albion. Pero al menos las hiciste sonreír.
Daniel miró a su alrededor. A todas. Y sonrió.
Era el fin del año, pero el inicio de algo aún más poderoso.
El primer día del nuevo año amaneció con una paz casi celestial… aunque el cuarto de Daniel parecía más una zona de guerra post-apocalíptica que una habitación romántica.
Las sábanas estaban por todos lados, algunas prendas colgaban de la lámpara, y el aire aún estaba cargado de un leve aroma dulce y cálido. Pero las verdaderas víctimas de la noche anterior yacían esparcidas en la cama como muñecas de trapo: Reynare, Tamamo, Alya, Sakura, Hikari y Hibiki, todas dormidas profundamente, con sonrisas soñadoras y marcas visibles del esfuerzo… y del cariño recibido.
No despertaron sino hasta pasado el mediodía.
—Nghh… ¿Qué hora es…? —balbuceó Hibiki, apenas levantando la cabeza.
—Mi espalda… mis alas… todo duele… —Reynare gimió, cubriéndose con la sábana.
Fue entonces que notaron algo más: Daniel no estaba en la cama.
Pero no tardó en aparecer. La puerta se abrió con suavidad, y Daniel entró con una bandeja en cada mano y una sonrisa radiante en el rostro. En las bandejas había comida recién hecha: tamagoyaki, arroz, frutas, panecillos dulces, jugos naturales y té caliente.
—¡Buenos días, dormilonas! ¿O debería decir “buenas tardes”? —dijo, con tono burlón y tierno a la vez.
—¡Daniel! —varias gritaron al unísono, algunas con un sonrojo de vergüenza y otras con indignación fingida.
Tamamo fue la primera en reprocharle.
—¡Te dije que no te descontrolaras tanto! ¡Nos dejaste a todas fuera de combate!
—¡No puedo caminar! —protestó Alya, cruzada de brazos, haciendo puchero.
Daniel dejó las bandejas con cuidado y cruzó los brazos con una ceja alzada.
—Perdón, ¿yo fui el culpable? ¡Fueron ustedes las que me tendieron una trampa! Vestidos, miradas, susurros, caricias… ¡Ni siquiera Ddraig pudo salvarme!
Ddraig, desde su prisión en el guante, habló de fondo con tono dramático:
—Yo lo advertí. Nadie me escuchó. Este es el resultado de subestimar un dragón con emociones acumuladas…
Las chicas soltaron una risa entre jadeos y quejas, y terminaron haciendo pucheros al unísono, exigiendo cariños como compensación.
—Mimos.
—Besos.
—Cargarnos como princesas, aunque no podamos movernos.
—¡Y un masaje!
Daniel rió, derrotado ante su pequeño ejército de novias mimadas, y comenzó a besarlas una por una, acariciándolas con ternura, acomodando almohadas y sirviendo jugo con cuidado. Incluso se aseguró de hacerle cosquillas suaves a Hibiki para animarla, cosa que provocó una carcajada débil pero feliz.
Luego de un rato de mimos, comida y descanso en brazos de su amado, el ambiente volvió a la calma.
—Nos queda una semana más de vacaciones —murmuró Daniel mientras acariciaba el cabello de Tamamo—. Hay que aprovecharla bien.
Las chicas asintieron. Tenían que prepararse para el regreso a la escuela, claro… pero también, para seguir explorando Tartarus cada noche.
El nuevo año había comenzado. Y con él, nuevas batallas, nuevos misterios… y nuevos momentos de amor.
La última semana de vacaciones fue una mezcla perfecta de calma, intensidad y emociones contradictorias. Un tiempo de descanso… y de descubrimiento.
Las novias de Daniel estaban más unidas que nunca. Reynare, Tamamo, Alya, Sakura, Hikari y Hibiki no solo lo rodeaban constantemente, sino que cada gesto suyo hacia ellas parecía llevar más cariño que antes. Después de aquella noche tan íntima, los lazos entre ellas se habían estrechado aún más, y la atmósfera entre el grupo era de complicidad absoluta.
Mientras el sol iluminaba Kuoh y los días transcurrían con citas, paseos y comidas compartidas, las noches pertenecían a la oscuridad del Tartarus.
Cada noche, Daniel y Tamamo se unían a SEES para adentrarse en las profundidades del laberinto, explorando piso tras piso sin descanso. Con Akihiko, Yukari y Mitsuru como los únicos miembros activos del grupo hasta ahora, el equipo estaba limitado, pero la sinergia entre Daniel y Tamamo, sumado a la fuerza de Mitsuru y el espíritu combativo de Akihiko, les permitió avanzar a paso firme.
A medida que los días pasaban, Mitsuru se mostraba cada vez más abierta con Daniel. No solo por gratitud, sino por un interés genuino: deseaba conocerlo mejor. Quería entender su fuerza, su historia, su forma de pensar… y sin darse cuenta, empezó a sonreír más cuando él hablaba. Preguntaba por sus intereses, sus gustos, incluso lo invitaba a tomar té entre expediciones, gesto que no pasó desapercibido para nadie.
Yukari, por su parte, observaba todo con creciente curiosidad. No entendía por qué alguien como Daniel —con su aire relajado, su actitud desvergonzada y su vida rodeada de chicas— podía tener a tantas mujeres tan leales a su lado. Intentaba analizar cada acción, cada palabra, cada expresión del chico… sin aceptar aún que había empezado a interesarse más de lo que creía.
Cada noche en Tartarus, Daniel no solo peleaba contra Sombras, sino también contra los misterios de ese lugar. Ya habían alcanzado el piso 89. Las Sombras eran más agresivas, los desafíos más complejos, y la presión más intensa.
—Solo once pisos más para el 100 —murmuró Mitsuru una noche mientras se apoyaba en su espada—. Lo que sea que esté allá… se acerca.
Daniel asintió. Él también lo sentía.
El fin de las vacaciones estaba a la vuelta de la esquina, pero nadie bajaba la guardia. A pesar de los momentos románticos, de las risas y los dulces días, la oscuridad del Tartarus nunca descansaba.
Y tampoco lo harían ellos.
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