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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 – Las Tierras de Eridia
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1: Capítulo 1 – Las Tierras de Eridia 1: Capítulo 1 – Las Tierras de Eridia Dicen las antiguas crónicas que el amanecer de Eridia no pertenece a ningún reino.

No es reclamado por coronas ni protegido por estandartes, porque su luz no nace en palacios ni en templos.

Brota, silenciosa y eterna, desde el centro mismo del mundo, y al alzarse se refleja en todos los corazones que aún recuerdan lo que significa vivir en equilibrio.

Eridia… tierra dividida y bendita.

Un vasto territorio donde el viento canta entre montes dorados y llanuras ondulantes, donde los ríos recorren la tierra con la fuerza de los dioses antiguos, como venas de agua que sostienen la vida del continente.

Sus campos son fértiles, sus cielos amplios, y sus noches tan profundas que parecen guardar secretos más viejos que la historia.

Pero no es solo su belleza lo que la hace codiciada.

En lo más profundo de su suelo duerme un poder ancestral: la Solvenia.

Un cristal líquido, nacido cuando el mundo aún no tenía nombre, que emite destellos de oro y azul como si contuviera fragmentos del alba eterna.

No arde ni quema, pero vibra con una energía viva, casi consciente.

De la Solvenia se alimentan las ciudades.

Ilumina las torres de vigilancia, impulsa las forjas, fortalece los muros y alarga la vida de los artefactos creados por manos humanas.

Allí donde fluye su energía, la tierra florece con mayor fuerza… y las ambiciones crecen con igual intensidad.

Los campesinos de Eridia cuentan que, cuando la Solvenia es extraída sin respeto, el suelo tiembla y el viento se vuelve errático.

Algunos juran haber visto ríos cambiar su curso o cielos oscurecerse sin razón.

Los ancianos lo llaman advertencia.

Los poderosos, simple superstición.

Al este, se alza el poderoso Reino de Dravendel.

Un país forjado en hierro, honor y disciplina.

Sus murallas grises reflejan la fortaleza de generaciones que nacieron para gobernar y proteger, hombres y mujeres educados bajo la certeza de que el orden es el único escudo contra el caos.

Las banderas de Dravendel ondean con orgullo, marcadas por el emblema del león y el unicornio, símbolos de fuerza y lealtad.

Allí, cada piedra colocada recuerda una batalla ganada, cada torre alzada, un sacrificio asumido.

Su heredero, el príncipe Magnus Zarvendel, se alza como el orgullo de su pueblo: firme, racional, valiente.

Un príncipe moldeado por la espada y la estrategia, con una mirada que promete estabilidad incluso en los días más oscuros.

Para Dravendel, Magnus no es solo un hijo del rey: es el futuro mismo.

Al oeste, más allá de colinas cubiertas de verde profundo, se extiende el enigmático Archiducado de Silvaris.

Una tierra de sabiduría y arte, donde los bosques antiguos susurran historias a quienes saben escuchar, y donde el conocimiento se guarda con el mismo celo que las armas en otros reinos.

Silvaris no levanta muros para intimidar, sino bibliotecas para preservar.

Sus ciudades conviven con la naturaleza, y sus líderes creen que el verdadero poder reside en comprender antes de dominar.

Su príncipe heredero, Caius Sylvarion, es la voz del intelecto y la sutileza.

Un joven de mirada atenta, que observa antes de hablar y siente antes de juzgar.

Donde otros ven debilidad, Silvaris ve equilibrio; donde otros buscan conquista, Caius busca sentido.

Entre ambos reinos yace Eridia, el corazón del conflicto.

Una extensión fértil bañada por el río Lirion, cuyas aguas reflejan el cielo con una claridad inquietante.

En sus orillas crecen pueblos, mercados y antiguos santuarios olvidados.

Su cielo parece más claro, su aire más vivo… y sus noches, más cargadas de presagios.

Durante generaciones, Dravendel y Silvaris han reclamado Eridia como propia.

Tratados firmados y rotos, alianzas fallidas, escaramuzas ocultas bajo la apariencia de paz.

La guerra siempre estuvo a un paso, contenida solo por el temor a destruir aquello que ambos necesitaban para sobrevivir.

Fue en una de esas noches de incertidumbre cuando los ancianos comenzaron a repetir una antigua profecía, escrita en lenguas ya olvidadas: “El día que dos soles se reflejen en el mismo río de Eridia, el mundo conocerá un solo amanecer.” Nadie supo jamás su verdadero significado.

Algunos creyeron que anunciaba una era de paz.

Otros, el fin de los reinos tal como se conocían.

Para muchos gobernantes, no fue más que un verso incómodo que preferían ignorar.

Hasta ahora.

Porque ese año, marcado por cielos extrañamente claros y una Solvenia más brillante que nunca, los gobernantes de Dravendel y Silvaris tomaron una decisión que cambiaría la historia.

Enviarían a sus hijos a la frontera de Eridia.

No como enemigos.

No como conquistadores.

Sino como representantes del honor, la diplomacia y la última esperanza de evitar la Guerra.

Esa palabra no fue pronunciada en voz alta en los salones reales, pero flotaba en el aire como una sombra imposible de ignorar.

Vivía en los silencios prolongados de los consejeros, en las miradas tensas de los generales, en las manos cerradas de los pueblos que habitaban las fronteras.

Todos sabían que un solo error bastaría para que la sangre volviera a regar las tierras de Eridia.

Por eso, la decisión no fue solo política.

Fue humana.

Una prueba de madurez.

Para dos herederos que habían sido criados como símbolos, no como hombres.

Una apuesta peligrosa.

Porque poner el destino de reinos enteros en manos jóvenes era desafiar tanto a la historia como a los dioses.

Una última oportunidad.

Quizás la última que Eridia concedería antes de quebrarse para siempre.

Y así, mientras el sol se alzaba lentamente sobre las colinas doradas de Eridia, tiñendo los campos de un brillo casi sagrado, dos caravanas partieron desde extremos opuestos del continente.

Los cascos de los caballos golpearon la tierra al mismo ritmo, como si un pulso invisible marcara el inicio de algo irrevocable.

Las ruedas de madera dejaron huellas profundas en el suelo fértil, marcas que el viento no se apresuró a borrar.

Cada sendero parecía distinto, cada paisaje ajeno… y sin embargo, ambos caminos conducían al mismo punto, como ríos separados destinados a encontrarse.

Ninguno de los viajeros sabía aún que aquellos pasos no solo los alejaban de sus hogares, sino también de las certezas con las que habían crecido.

No lo sabían los escoltas que marchaban atentos, ni los consejeros que observaban en silencio, ni siquiera los propios herederos que avanzaban con la convicción del deber.

Cada kilómetro recorrido era una frontera invisible que se cruzaba sin darse cuenta: una idea abandonada, una creencia puesta en duda, una verdad aprendida que comenzaba a resquebrajarse.

El camino no solo transformaba el paisaje, también comenzaba a moldear el espíritu de quienes lo transitaban.

Las noches lejos de los muros familiares, los silencios prolongados alrededor del fuego, la ausencia de voces conocidas… todo conspiraba para preparar algo que ninguno podía nombrar aún.

Desde ese amanecer, Eridia dejó de ser solo una tierra disputada.

Dejó de ser un mapa marcado con líneas rojas trazadas por manos que nunca habían sentido su suelo bajo los pies.

Dejó de ser un botín de guerra enumerado en tratados fríos o una fuente de riqueza codiciada por quienes solo veían en ella la promesa de poder.

Eridia comenzó a revelarse como lo que siempre había sido: un territorio vivo, consciente, expectante.

Como si la propia tierra contuviera la respiración.

Los ríos parecían correr con una claridad inusual, reflejando el cielo como espejos atentos.

Las aves migraban en patrones extraños, deteniéndose en lugares donde antes no lo hacían.

Al caer la tarde, los cielos se teñían de tonalidades nuevas, mezclas de oro suave y azul profundo que ningún cronista recordaba haber descrito antes.

Incluso los más escépticos sintieron que algo antiguo despertaba lentamente.

En lo profundo del suelo, la Solvenia vibraba.

No como una amenaza, sino como un llamado.

Su energía se expandía en pulsos suaves, casi imperceptibles, como si respondiera a la cercanía de aquellos destinados a cambiar el curso de la historia.

Los mineros lo notaron en el temblor de sus herramientas; los sabios, en los antiguos instrumentos de medición; los pueblos, en una inquietud serena que recorría el pecho sin explicación.

Eridia ya no esperaba ser conquistada.

Esperaba ser comprendida.

Pasó entonces a ser el lugar donde el destino decidió entrelazar dos corazones.

No por casualidad.

No por capricho.

Sino porque, a veces, el mundo no se salva con ejércitos ni con tratados firmados bajo presión.

No se transforma con amenazas ni con coronas alzadas sobre campos arrasados.

A veces, el equilibrio nace de encuentros que nadie puede prever, de miradas que desafían siglos de enemistad, de sentimientos que ninguna ley ni ninguna espada puede controlar.

Allí, en ese punto exacto del mundo, dos voluntades serían puestas a prueba no como herederos, sino como seres humanos.

Y en esa prueba, el deber y el deseo comenzarían a entrelazarse de formas imposibles de separar.

Con esos dos corazones —aún inconscientes del peso que cargaban— también quedó atado el futuro de dos naciones.

Lo que ocurriera en Eridia no se limitaría a sus fronteras.

Resonaría en los salones de Dravendel, en los bosques de Silvaris, en los puertos lejanos y en los reinos que observaban desde la distancia, esperando el desenlace.

Cambiaría la manera en que el poder era entendido.

Transformaría la forma en que la historia sería contada.

Porque los cronistas del futuro ya no hablarían solo de batallas y conquistas, sino de decisiones silenciosas, de alianzas inesperadas y de un amanecer que obligó al mundo a replantearse su propio destino.

Bajo el resplandor vivo de la Solvenia, dorado y azul como un juramento antiguo pronunciado antes del tiempo, comenzó la historia que no solo uniría al mundo… Sino la que lo obligaría a mirarse a sí mismo y elegir, por fin, entre la guerra eterna que lo había definido durante siglos, o un nuevo amanecer nacido del entendimiento, la valentía y el amor REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, el destino no comienza con una batalla, sino con un paso dado en silencio.

Eridia no esperaba ser conquistada, sino comprendida.

Y en ese instante frágil —antes de la guerra, antes del amor— el mundo aún tenía una elección.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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