MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 100
- Inicio
- Todas las novelas
- MI AMADO PRÍNCIPE
- Capítulo 100 - Capítulo 100: Capítulo 10 — “Lo Que Ya Sabíamos”
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 100: Capítulo 10 — “Lo Que Ya Sabíamos”
Llegadas Separadas
El Palacio Real de Aquilón brillaba bajo el sol del atardecer como si toda la piedra blanca de sus torres hubiera sido pulida especialmente para aquella ocasión.
Las terrazas superiores estaban decoradas con estandartes de colores que representaban a las casas nobles del principado. El viento del mar hacía ondear las telas lentamente, mientras las campanas del puerto cercano anunciaban la llegada de nuevas embarcaciones.
Era un día de celebración.
Pero también de observación.
Porque cuando un cumpleaños real reunía a los herederos más poderosos del continente, cada gesto tenía significado.
Cada mirada podía interpretarse.
Cada paso era registrado.
Primero llegó la comitiva de Magnus.
Las puertas principales del palacio se abrieron con precisión ceremonial cuando los carruajes de Dravendel cruzaron el patio central.
Los caballos avanzaban con paso firme sobre las losas de piedra, y los guardias reales formaron una línea perfecta mientras el heredero descendía del carruaje.
Magnus caminó con su habitual serenidad.
Uniforme rojo impecable.
Espada ceremonial al costado.
Mirada firme, sin prisa.
Los nobles presentes inclinaron ligeramente la cabeza al verlo pasar.
No era solo respeto.
Era reconocimiento.
Horas después, con igual formalidad, arribó Caius.
La comitiva del Archiducado no era menos elegante, aunque su estilo era distinto.
Más sobrio.
Más administrativo que militar.
Caius descendió del carruaje con movimientos tranquilos, observando el palacio con la atención de alguien acostumbrado a analizar estructuras de poder tanto como edificios.
Algunos consejeros intercambiaron miradas discretas al verlo.
Sabían quién era.
Sabían lo que representaba.
Más tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras el horizonte, el estandarte azul y amarillo de Cantón Ferrum apareció en la entrada del palacio.
El metal en los uniformes de su guardia reflejaba la luz dorada del atardecer.
Así llegó Mattia y Edoardo hermano menor de Mattia.
Con la confianza relajada de alguien que conocía bien este tipo de reuniones.
Todo protocolar.
Todo correcto.
Todo observado.
El Salón Principal
El salón principal del palacio estaba iluminado por enormes candelabros de cristal que colgaban desde un techo alto decorado con frescos antiguos.
Las paredes estaban cubiertas de tapices que narraban momentos históricos del Principado de Aquilón.
Victorias diplomáticas.
Tratados firmados.
Alianzas selladas.
En el centro del salón, la anfitriona de la noche recibía a los invitados.
La princesa Emma.
Vestía un vestido azul profundo bordado con hilos plateados que reflejaban la luz de las velas.
Su postura era elegante.
Su sonrisa perfectamente calculada.
Emma entendía exactamente su posición en el tablero continental.
Y sabía que esa noche no era solo una celebración.
Era también política.
—Bienvenidos a Aquilón —dijo con una sonrisa diplomática.
Saludó primero a Magnus.
Luego a Caius.
Después a Mattia y Edoardo.
Cada saludo era medido.
Cada palabra cuidadosamente elegida.
Felicidades públicas.
Brindis ante la corte.
Copas de cristal alzándose bajo la luz cálida de los candelabros.
Nada fuera de lugar.
Nada que pudiera interpretarse como tensión.
Pero los observadores más atentos podían notar algo más sutil.
Las miradas.
La distancia calculada entre Magnus y Caius.
La forma en que evitaban coincidir demasiado tiempo en el mismo lugar del salón.
La política no solo se hablaba.
También se interpretaba.
La Fiesta
La música comenzó cuando la noche terminó de caer sobre el palacio.
Un conjunto de músicos ocupó el balcón superior del salón, y los primeros acordes de violines comenzaron a llenar el aire con melodías elegantes.
Los nobles comenzaron a moverse por el salón.
Conversaciones discretas.
Risas educadas.
Intercambios diplomáticos disfrazados de comentarios casuales.
Los candelabros iluminaban el salón con una luz dorada que se reflejaba en los cristales de las copas y en las joyas de los invitados.
Magnus caminaba por el salón conversando con distintos embajadores y consejeros.
Escuchaba más de lo que hablaba.
Observaba más de lo que mostraba.
Mientras tanto, Caius mantenía su propio ritmo entre grupos de comerciantes y representantes económicos.
Intercambiaba comentarios sobre comercio marítimo.
Sobre cosechas.
Sobre estabilidad regional.
Mattia, por su parte, parecía moverse con naturalidad entre todos ellos.
Como si las tensiones invisibles del salón fueran simplemente otra conversación más.
Magnus y Caius se movían con prudencia entrenada.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Exactamente como debía ser.
Pero cuando la música cambió y la atención del salón se dispersó entre los bailarines que comenzaron a ocupar el centro de la sala…
Ambos se retiraron discretamente hacia una de las puertas laterales que conducían a los jardines exteriores.
Nadie lo notó.
O eso creyeron.
El Jardín
El aire nocturno era más frío que en Eridia.
El jardín del palacio se extendía en terrazas descendentes hacia el mar, decorado con caminos de piedra clara y setos perfectamente recortados.
Faroles bajos iluminaban los senderos con una luz suave.
La luna, casi llena, reflejaba su brillo sobre las fuentes del jardín.
El sonido lejano de la música llegaba amortiguado desde el interior del palacio.
Magnus y Caius caminaron por el sendero sin hablar demasiado.
No hacía falta.
El silencio entre ellos no era incómodo.
Era familiar.
La distancia entre ellos comenzó a disminuir de manera natural.
Un paso.
Otro.
Hasta que, bajo un árbol antiguo cuyas ramas proyectaban sombras suaves sobre el suelo, se detuvieron.
Fue un gesto suave.
Un momento que parecía suspendido fuera del tiempo.
Un beso contenido.
Breve.
Pero innegable.
Lo Que Ya Sabíamos
—Lo sabía.
La voz hizo que ambos se separaran de inmediato.
No con pánico.
Sino con la rapidez de quienes saben que han sido descubiertos.
A unos metros de distancia, avanzando entre las sombras del jardín con pasos firmes, estaba Emma.
No parecía furiosa.
Ni sorprendida.
Su expresión era tranquila.
Serena.
Como si simplemente hubiera confirmado algo que ya sospechaba desde hacía tiempo.
Se acercó lo suficiente para mirarlos directamente.
—Sabía que había algo entre ustedes.
El silencio se extendió unos segundos.
Magnus mantuvo la compostura.
Caius no retrocedió.
Emma suspiró apenas, con una mezcla de paciencia y comprensión.
—No sabíamos si era una alianza demasiado sólida… o algo más.
Su mirada pasó de uno a otro.
—Pero era evidente.
Entonces una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Y no soy la única que lo notó.
Desde la sombra de los setos cercanos apareció otra figura.
Mattia.
Caminó hacia ellos con la tranquilidad de alguien que había estado observando la escena desde hacía varios segundos.
—Era cuestión de tiempo —dijo con naturalidad.
No había burla en su voz.
No había amenaza.
Solo certeza.
Emma cruzó los brazos con elegancia.
—No se preocupen. Esto no cambia nada… al menos no para nosotros.
Miró a ambos con la seriedad de alguien que entendía perfectamente el peso político de la situación.
—Pero entiendan algo: cuando cuatro herederos se reúnen, todo lo que ocurre tiene consecuencias.
Una pausa breve.
Luego su voz se volvió un poco más suave.
—Si van a hacerlo… háganlo con inteligencia.
Mattia asintió con calma.
—El mundo puede cambiar lentamente.
Sus ojos se movieron entre Magnus y Caius.
—Pero no si ustedes son imprudentes.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue maduro.
Era el silencio de cuatro personas que comprendían perfectamente el mundo en el que vivían.
No estaban siendo juzgados.
Estaban siendo advertidos.
Y también protegidos.
Regreso al Salón
Cuando regresaron al interior del palacio, la música continuaba.
Los bailarines seguían moviéndose en el centro del salón.
Las conversaciones diplomáticas seguían fluyendo.
La fiesta seguía viva.
La princesa Emma celebraba sus veintidós años rodeada de nobles y embajadores.
Pero ahora había algo distinto.
Cuatro futuros soberanos bajo el mismo techo.
Cuatro mentes brillantes.
Un secreto compartido.
Y por primera vez, Magnus y Caius comprendieron algo fundamental.
No estaban solos.
No frente a la política.
No frente al poder.
Y quizá…
Tampoco frente al futuro.
¿Te gusta? ¡Añade a biblioteca!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com