MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 101
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Capítulo 101: CAPÍTULO 1 Los Ojos que Observan
Y por primera vez, Magnus y Caius comprendieron algo fundamental:
No estaban solos.
No frente a la política.
No frente al poder.
Y quizá… tampoco frente al futuro.
La noche en Aquilón era tranquila.
El jardín del palacio, iluminado por lámparas de aceite y la luz suave de la luna, parecía ajeno al peso de las coronas y a los juegos peligrosos de la diplomacia. Las hojas de los árboles se movían lentamente con el viento, como si el mundo entero respirara con calma.
Frente a ellos estaban Emma y Mattia, aún con la expresión de quienes acaban de presenciar algo que cambiará su percepción del mundo.
El silencio entre los cuatro no era incómodo.
Era un silencio lleno de comprensión.
Emma fue la primera en hablar.
—Entonces… —dijo con una pequeña sonrisa— supongo que ahora somos cómplices.
Mattia soltó una breve risa.
—O testigos —añadió—. Dependiendo de cómo lo mire la historia.
Magnus negó con la cabeza, divertido.
—Prefiero cómplices.
Caius cruzó los brazos con una tranquilidad que solo aparecía cuando estaba con él.
—Los testigos escriben crónicas —dijo—.
Los cómplices cambian el mundo.
Mattia levantó una ceja.
—Ambicioso.
—Realista —corrigió Caius.
Emma observó a los dos príncipes durante un momento más largo del necesario.
Había algo en la forma en que se miraban.
No era solo afecto.
Era una confianza absoluta.
Como si ambos hubieran tomado decisiones que aún no estaban listos para revelar al mundo.
Finalmente, la princesa suspiró.
—Bueno —dijo—, creo que hemos tenido suficiente política por una noche.
—Sorprendente viniendo de ti —comentó Mattia.
Emma se encogió de hombros.
—Incluso las futuras gobernantes necesitan descansar y hoy es mí cumple.
Magnus soltó una pequeña risa.
—En eso estoy completamente de acuerdo.
Durante unos segundos más, el grupo permaneció allí, disfrutando de una calma rara en la vida de quienes nacen cerca de los tronos.
Luego comenzaron a caminar de regreso hacia el interior del palacio.
Sus pasos se alejaron lentamente del jardín.
Las luces se cerraron detrás de ellos.
El silencio regresó.
Pero no estaban solos.
Nunca lo habían estado.
Entre las sombras de los árboles, donde la luz de las lámparas no alcanzaba completamente, dos figuras permanecían inmóviles.
Habían estado allí todo el tiempo.
Observando.
Escuchando.
Tomando nota.
Una de ellas cerró lentamente un pequeño cuaderno.
La otra guardó una pluma dentro de su abrigo.
Sus rostros permanecían en sombra, pero sus ojos reflejaban una mezcla de atención profesional y comprensión silenciosa.
—Así que era verdad —murmuró una voz femenina.
El otro asintió.
—Todo.
El beso.
Las palabras.
Las decisiones.
Nada había sido malinterpretado.
Los dos espías intercambiaron una breve mirada.
Ellos no eran cortesanas.
Eran agentes.
Espías profesionales
El primer voz trabajaba para Seraphine la reina consorte del Reino de Dravendel.
Su nombre era José.
La segunda servía a Selena la archiduquesa consorte del Archiducado de Silvaris.
Se llamaba Andrea.
Durante meses habían seguido discretamente cada movimiento de Magnus y Caius.
Cartas.
Miradas.
Encuentros aparentemente casuales.
Viajes diplomáticos.
Pero hasta esta noche… siempre había existido una pequeña duda.
Una posibilidad de error.
Ahora no.
Ahora lo habían escuchado todo.
Desde la primera palabra hasta la última.
Andrea fue la primera en hablar.
—Tenemos que regresar.
José asintió.
—De inmediato.
Ambas sabían que lo que habían presenciado no era solo un secreto personal.
Era un asunto de Estado.
Porque Magnus no era simplemente un príncipe.
Era el heredero del Reino de Dravendel.
Y Caius no era simplemente su amigo.
Era el heredero del Archiducado de Silvaris.
Dos potencias.
Dos coronas.
Dos futuros gobernantes.
Y acababan de declarar algo que podría cambiar el equilibrio político de todo el continente.
Las dos espías abandonaron el jardín en silencio.
Se movían con la eficiencia de quienes han sido entrenadas para no dejar rastro.
Detrás de ellos, el jardín volvió a quedar vacío.
La luna seguía iluminando los caminos de piedra.
Como si nada hubiera ocurrido.
Pero algo sí había ocurrido.
Algo que ya no podía detenerse.
Porque esa misma noche, dos informes comenzarían su viaje hacia dos capitales distintas.
Hacia dos madres que habían estado esperando respuestas durante demasiado tiempo.
Y muy pronto…
También llegarían a oídos de dos hombres que gobernaban reinos enteros.
4 días.
El viaje desde Aquilón hasta las grandes capitales del continente no era corto. Las carreteras cruzaban montañas, ríos y territorios diplomáticamente sensibles. Incluso para agentes entrenados, el trayecto exigía rapidez… y discreción.
Las dos espías viajaron por rutas distintas.
No por desconfianza.
Por protocolo.
Cuando finalmente alcanzaron sus destinos, ambas hicieron exactamente lo mismo.
No entraron por la puerta principal del palacio.
No atravesaron los grandes patios donde los nobles y oficiales iban y venían.
Entraron por detrás.
Por las puertas que solo conocían los sirvientes, los guardias de confianza… y los agentes de la corona.
En el Reino de Dravendel, el hombre conocido como José atravesó un corredor estrecho que conectaba directamente con el pabellón reservado a la familia real.
Los guardias lo reconocieron inmediatamente.
No hicieron preguntas.
Solo abrieron la puerta.
José caminó con paso firme hasta el despacho privado de la reina.
Dentro de la sala, Seraphine Reina consorte de Dravendel revisaba varios documentos diplomáticos cuando el guardia anunció su presencia.
—Majestad… el agente José solicita audiencia.
La reina levantó la mirada.
Durante un segundo.
Solo un segundo.
Luego dijo con calma:
—Hazlo pasar.
La puerta se abrió.
José entró.
Se inclinó profundamente.
—Majestad.
La reina lo observó en silencio.
No era la primera vez que ese hombre regresaba de una misión.
Pero había algo diferente.
Algo en la forma en que sostenía la mirada.
Algo en la tensión de sus hombros.
La reina dejó lentamente la pluma sobre la mesa.
—Habla.
José respiró una vez antes de responder.
—Majestad… el informe está confirmado.
El silencio se volvió más pesado.
—¿Confirmado? —preguntó ella.
José asintió.
—Desde la primera palabra hasta la última.
La reina no dijo nada.
—Lo escuchamos todo —continuó él—.
Las conversaciones.
Las decisiones.
Las confesiones.
Incluso…
José dudó un instante.
—El beso.
La reina cerró los ojos.
Solo por un momento.
No era sorpresa.
Era confirmación.
Cuando volvió a abrirlos, su mirada era firme.
—¿Quién más lo sabe?
—de este lado solo usted y yo.
_ y del lado del Archiducado Andrea
—¿La espia de Silvaris?
—Sí, Majestad.
La reina permaneció en silencio unos segundos más.
Luego preguntó algo más.
—¿Y los otros dos príncipes?
José entendió inmediatamente.
—También lo saben.
Mientras tanto…
En el Archiducado de Silvaris, la escena era casi idéntica.
La espía llamada Andrea acababa de entrar al despacho privado de Selena Archiduquesa consorte de Silvaris.
La archiduquesa consorte escuchó el informe completo.
Sin interrumpir.
Sin reaccionar.
Solo cuando Andrea terminó, la mujer apoyó lentamente las manos sobre el escritorio.
—Así que finalmente ocurrió.
Andrea inclinó la cabeza.
—Sí, mi señora.
—¿Lo dijeron claramente?
—No usaron la palabra… pero el significado fue inequívoco.
La archiduquesa suspiró suavemente.
—Mi hijo…
En ambos palacios, casi al mismo tiempo, las dos madres escuchaban exactamente la misma historia.
Las miradas.
Las cartas.
Los encuentros.
La conversación en el jardín.
El beso.
Y la decisión que ambos príncipes ya habían tomado.
Durante meses, las sospechas habían crecido lentamente.
Ahora tenían la verdad.
Pero no estaban solas en esas habitaciones.
En el despacho de la reina consorte de Dravendel, una joven sirvienta había entrado minutos antes para dejar una bandeja de té.
Nadie le prestó demasiada atención.
Era normal.
Los sirvientes eran parte invisible del palacio.
Pero cuando escuchó las palabras:
“Magnus…”
“…y el príncipe Caius…”
“…un beso…”
La joven se quedó completamente inmóvil.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
No estaba escuchando una simple conversación.
Estaba escuchando algo que podía cambiar el destino del reino.
Y en ese mismo momento tomó una decisión.
Con cuidado…
Sin hacer ruido…
Salió de la habitación.
Y comenzó a caminar rápidamente por los pasillos del palacio.
En el ala opuesta del palacio, el despacho del rey permanecía abierto.
Dentro se encontraba Roderic Rey de Dravendel, revisando informes militares junto a dos oficiales.
La puerta se abrió de golpe.
Los guardias se tensaron.
La joven sirvienta entró sin aliento.
—¡Majestad!
Los oficiales se quedaron paralizados.
Nadie interrumpía al rey de esa forma.
El rey levantó la mirada lentamente.
—¿Qué significa esto?
La sirvienta se inclinó rápidamente.
—Majestad… perdone… pero… creo que debería escuchar esto.
La expresión del rey se endureció.
—Habla.
—La reina… está hablando con un agente… sobre el príncipe Magnus… y el heredero de Silvaris.
El rey se quedó completamente quieto.
—¿Sobre qué?
La joven tragó saliva.
—Sobre… un secreto.
Menos de cinco minutos después…
El rey caminaba por el corredor que llevaba al despacho de la reina.
Su expresión era fría.
Peligrosamente fría.
Abrió la puerta sin anunciarse.
La reina levantó la mirada.
José también.
Durante un segundo nadie habló.
El rey cerró la puerta detrás de él.
Luego dijo una sola frase.
—Quiero saber exactamente qué está pasando.
El silencio se volvió absoluto.
La reina lo observó.
Sabía que ese momento llegaría.
Sabía que no podría ocultarlo para siempre.
Finalmente suspiró.
—Entonces siéntate.
El rey no se sentó.
—Habla.
La reina miró a José.
—Puedes retirarte.
El agente se inclinó profundamente y abandonó la habitación.
Cuando la puerta se cerró…
Solo quedaron ellos dos.
Rey y reina.
Marido y esposa.
Gobernantes de una potencia.
La reina apoyó las manos sobre el escritorio.
—Hace meses —dijo con calma— empecé a sospechar que algo ocurría entre Magnus y el príncipe Caius.
El rey no reaccionó.
—Al principio pensé que era una simple amistad política —continuó ella—. Pero los informes comenzaron a mostrar patrones.
Se levantó.
Caminó lentamente hacia una mesa lateral donde había varios documentos.
—Cartas demasiado frecuentes.
—Decisiones idénticas en situaciones distintas.
—Y una sincronía política que ningún consejo podría haber coordinado.
El rey la observaba sin moverse.
—Así que envié a alguien a investigar.
El silencio cayó otra vez.
—Y ahora —dijo la reina— ya no es una sospecha.
El rey habló por fin.
—¿Qué estás diciendo exactamente?
La reina sostuvo su mirada.
Y dijo la verdad.
—Que tu hijo está enamorado del heredero de Silvaris y no solo eso son parejas.
El silencio que siguió fue tan profundo que parecía devorar la habitación.
En ese mismo instante…
A cientos de kilómetros de distancia…
Una conversación casi idéntica estaba ocurriendo en el palacio de Silvaris.
Porque la verdad…
Ya había llegado a ambos tronos.
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La verdad había sido pronunciada.
Las palabras de la reina aún flotaban en el aire del despacho real como una tormenta que todavía no había descargado su rayo.
—Que tu hijo está enamorado del heredero de Silvaris.
El silencio se volvió pesado.
Muy pesado.
El hombre que gobernaba el Reino de Dravendel, Roderic, permaneció inmóvil durante varios segundos.
Sus ojos no abandonaron el rostro de su esposa.
No gritó.
No golpeó la mesa.
Pero algo en su mirada cambió.
Algo frío.
Algo peligroso.
—¿Estás completamente segura de lo que estás diciendo? —preguntó finalmente.
La Reina de Dravendel no apartó la mirada.
—Lo estoy.
El rey caminó lentamente por la habitación.
Una vez.
Luego otra.
Su mente no estaba procesando un escándalo sentimental.
Estaba procesando algo mucho más grave.
Mí hijo mí heredero.
Relación.
Un enemigo histórico.
—Silvaris… —murmuró.
Luego se detuvo.
—¿El archiduque ya lo sabe?
La Reina de Dravendel no dudó en responder.
—Sí.
El rey frunció ligeramente el ceño.
—¿Estás segura?
—Completamente.
La reina apoyó las manos sobre el escritorio con calma.
—Mi espía me informó algo antes de que José regresara. El agente que la archiduquesa envió a Aquilón también partió esa misma noche… y ya fue recibido en Silvaris.
El silencio cayó entre ambos.
La conclusión era evidente.
El Rey de Dravendel soltó una breve risa seca.
—Entonces estamos exactamente en la misma situación.
Se volvió hacia la puerta.
—Prepárate.
La reina frunció ligeramente el ceño.
—¿Para qué?
El rey respondió con una sola frase.
—Para una conversación que ninguno de nosotros quería tener.
Luego levantó la voz.
—¡Guardias!
La puerta se abrió inmediatamente.
Dos soldados entraron y se inclinaron.
—Majestad.
El rey habló con firmeza.
—Llamen a la escriba de la corte.
—Sí, Majestad.
Los guardias salieron y regresaron pocos minutos después acompañados por una mujer vestida con los colores oficiales real.
Era la escriba personal del rey.
Se inclinó profundamente.
—Majestad.
El rey caminó hasta la mesa.
—Tome pluma.
La mujer preparó el pergamino y la tinta.
—Estoy lista.
El rey comenzó a dictar.
Su voz era clara y lenta.
—Mensaje oficial del trono de Dravendel dirigido al príncipe heredero Magnus.
La pluma comenzó a moverse sobre el pergamino.
—Por orden directa de su majestad, el heredero del reino debe regresar inmediatamente al palacio real.
La escriba no levantó la vista mientras escribía.
—El regreso no admite retrasos.
El rey se detuvo un segundo.
Luego añadió una última frase.
—Este mensaje lleva mi sello personal.
La escriba terminó la última línea.
Sopló suavemente la tinta para secarla.
Luego enrolló el pergamino.
Un guardia acercó el sello real.
La cera roja cayó sobre el papel.
El sello del reino quedó marcado.
El rey miró a los soldados.
—Encuentren al mensajero más rápido del palacio.
—Sí, Majestad.
—Este mensaje debe salir inmediatamente hacia Aquilón.
Los soldados inclinaron la cabeza.
—De inmediato.
A cientos de kilómetros de distancia, en el Archiducado de Silvaris, una escena casi idéntica ocurría en el despacho del Archiduque de Silvaris.
La Archiduquesa de Silvaris acababa de contar exactamente la misma historia.
El archiduque escuchó todo.
En silencio.
Su expresión no cambió durante el relato.
Solo cuando la explicación terminó, llevó una mano a su pecho.
Y tosió.
Una tos seca.
Profunda.
Duró varios segundos.
Luego respiró lentamente.
—Así que era verdad…
Sus ojos se dirigieron hacia la ventana.
—Caius…
La archiduquesa lo observó con atención.
—No podemos ignorarlo.
El archiduque permaneció en silencio unos segundos más.
Finalmente habló.
—No.
Luego levantó la voz.
—¡Guardias!
La puerta se abrió.
Dos soldados entraron inmediatamente.
—Mi señor.
—Llamen al escriba de la corte.
—De inmediato.
Minutos después, el escriba personal del archiduque llegó al despacho.
Se inclinó profundamente.
Mí señor
El archiduque señaló el escritorio.
—Prepare un pergamino.
El hombre colocó la hoja y la tinta.
—Estoy listo.
El archiduque comenzó a dictar.
—Mensaje oficial del archiducado dirigido al príncipe heredero Caius.
La pluma comenzó a moverse.
—Por orden directa del archiduque de Silvaris, el heredero debe regresar al archiducado de inmediato.
El escriba continuó escribiendo.
—El retorno no admite demora.
El archiduque hizo una pausa.
Luego añadió con voz firme:
—El mensaje será sellado con tinta roja y mi sello personal.
El escriba terminó el documento.
El pergamino fue enrollado.
La cera roja fue colocada.
Y el sello del archiducado quedó marcado sobre la carta.
El archiduque miró a los guardias.
—Busquen al mensajero más rápido.
—Sí, Eminentisima.
—Este mensaje debe salir ahora mismo hacia Aquilón.
Los soldados inclinaron la cabeza.
—De inmediato.
Dos mensajeros partieron esa misma tarde.
Uno desde Dravendel.
Otro desde Silvaris.
Ambos cabalgaban con órdenes directas de sus gobernantes.
Y ambos se dirigían al mismo destino.
Aquilón city La capital del Principado de Aquilón.
El Alaric Valdemar, soberano del Principado de Aquilón, se encontraba en el gran salón del trono cuando los guardias anunciaron la llegada de dos mensajeros extranjeros.
El salón era amplio y majestuoso.
Las paredes estaban cubiertas con antiguos tapices que representaban generaciones de gobernantes de Aquilón.
Retratos de batallas.
Retratos de coronaciones.
Retratos de alianzas.
En el extremo del salón se elevaba una plataforma de mármol.
Sobre ella se encontraban tres tronos.
El primero, el más alto, pertenecía al soberano.
A su lado izquierdo estaba el trono de Josefina la princesa consorte, madre de Emma.
Y a la derecha, ligeramente más pequeño, el trono de la heredera del principado.
La princesa Emma Valdemar.
Esa tarde, sin embargo, Emma no estaba sentada en su trono.
Se encontraba junto a sus invitados.
Cerca de las columnas orientales del salón.
Allí estaban también:
El príncipe heredero Magnus,
El heredero de Silvaris, Caius,
Y el príncipe Mattia.
Los cuatro conversaban tranquilamente.
Hasta que los guardias anunciaron:
—¡Mensajeros de Dravendel y Silvaris!
El murmullo en la sala disminuyó.
Las grandes puertas del salón se abrieron.
Dos hombres entraron.
Cubiertos de polvo del camino.
Ambos caminaron hasta el centro del salón.
Y se arrodillaron al mismo tiempo frente al trono de Alaric.
El soberano observó la escena con atención.
Era raro.
Muy raro.
Que dos mensajeros de dos potencias diferentes llegaran al mismo tiempo.
—Hablen —ordenó.
Uno de los mensajeros levantó un pergamino sellado con cera roja.
—Mensaje oficial del Reino de Dravendel para el soberano de Aquilón.
El otro hizo lo mismo.
—Mensaje oficial del Archiducado de Silvaris.
Los sellos eran inconfundibles.
Firmas personales.
No simples comunicados diplomáticos.
El Alaric Valdemar frunció ligeramente el ceño.
Algo no estaba bien.
Tomó primero el mensaje de Dravendel.
Rompió el sello.
Leyó.
Su expresión cambió.
Luego tomó el segundo pergamino.
Lo leyó también.
Esta vez el silencio del salón fue absoluto.
Porque el soberano entendió inmediatamente lo que significaban esas palabras.
Levantó lentamente la mirada.
Sus ojos se dirigieron hacia el lugar donde estaban los cuatro jóvenes.
Especialmente hacia dos de ellos.
Magnus.
Caius.
En ese momento…
Los príncipes aún no sabían que sus padres ya conocían la verdad.
Pero estaban a punto de descubrirlo.
Porque ambos mensajes decían exactamente lo mismo.
Una sola orden.
Clara.
Directa.
Inmediata.
Los herederos debían regresar a casa.
Ahora.
¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!
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