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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 102

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Capítulo 102: CAPÍTULO 2 Convocatoria Real

La verdad había sido pronunciada.

Las palabras de la reina aún flotaban en el aire del despacho real como una tormenta que todavía no había descargado su rayo.

—Que tu hijo está enamorado del heredero de Silvaris.

El silencio se volvió pesado.

Muy pesado.

El hombre que gobernaba el Reino de Dravendel, Roderic, permaneció inmóvil durante varios segundos.

Sus ojos no abandonaron el rostro de su esposa.

No gritó.

No golpeó la mesa.

Pero algo en su mirada cambió.

Algo frío.

Algo peligroso.

—¿Estás completamente segura de lo que estás diciendo? —preguntó finalmente.

La Reina de Dravendel no apartó la mirada.

—Lo estoy.

El rey caminó lentamente por la habitación.

Una vez.

Luego otra.

Su mente no estaba procesando un escándalo sentimental.

Estaba procesando algo mucho más grave.

Mí hijo mí heredero.

Relación.

Un enemigo histórico.

—Silvaris… —murmuró.

Luego se detuvo.

—¿El archiduque ya lo sabe?

La Reina de Dravendel no dudó en responder.

—Sí.

El rey frunció ligeramente el ceño.

—¿Estás segura?

—Completamente.

La reina apoyó las manos sobre el escritorio con calma.

—Mi espía me informó algo antes de que José regresara. El agente que la archiduquesa envió a Aquilón también partió esa misma noche… y ya fue recibido en Silvaris.

El silencio cayó entre ambos.

La conclusión era evidente.

El Rey de Dravendel soltó una breve risa seca.

—Entonces estamos exactamente en la misma situación.

Se volvió hacia la puerta.

—Prepárate.

La reina frunció ligeramente el ceño.

—¿Para qué?

El rey respondió con una sola frase.

—Para una conversación que ninguno de nosotros quería tener.

Luego levantó la voz.

—¡Guardias!

La puerta se abrió inmediatamente.

Dos soldados entraron y se inclinaron.

—Majestad.

El rey habló con firmeza.

—Llamen a la escriba de la corte.

—Sí, Majestad.

Los guardias salieron y regresaron pocos minutos después acompañados por una mujer vestida con los colores oficiales real.

Era la escriba personal del rey.

Se inclinó profundamente.

—Majestad.

El rey caminó hasta la mesa.

—Tome pluma.

La mujer preparó el pergamino y la tinta.

—Estoy lista.

El rey comenzó a dictar.

Su voz era clara y lenta.

—Mensaje oficial del trono de Dravendel dirigido al príncipe heredero Magnus.

La pluma comenzó a moverse sobre el pergamino.

—Por orden directa de su majestad, el heredero del reino debe regresar inmediatamente al palacio real.

La escriba no levantó la vista mientras escribía.

—El regreso no admite retrasos.

El rey se detuvo un segundo.

Luego añadió una última frase.

—Este mensaje lleva mi sello personal.

La escriba terminó la última línea.

Sopló suavemente la tinta para secarla.

Luego enrolló el pergamino.

Un guardia acercó el sello real.

La cera roja cayó sobre el papel.

El sello del reino quedó marcado.

El rey miró a los soldados.

—Encuentren al mensajero más rápido del palacio.

—Sí, Majestad.

—Este mensaje debe salir inmediatamente hacia Aquilón.

Los soldados inclinaron la cabeza.

—De inmediato.

A cientos de kilómetros de distancia, en el Archiducado de Silvaris, una escena casi idéntica ocurría en el despacho del Archiduque de Silvaris.

La Archiduquesa de Silvaris acababa de contar exactamente la misma historia.

El archiduque escuchó todo.

En silencio.

Su expresión no cambió durante el relato.

Solo cuando la explicación terminó, llevó una mano a su pecho.

Y tosió.

Una tos seca.

Profunda.

Duró varios segundos.

Luego respiró lentamente.

—Así que era verdad…

Sus ojos se dirigieron hacia la ventana.

—Caius…

La archiduquesa lo observó con atención.

—No podemos ignorarlo.

El archiduque permaneció en silencio unos segundos más.

Finalmente habló.

—No.

Luego levantó la voz.

—¡Guardias!

La puerta se abrió.

Dos soldados entraron inmediatamente.

—Mi señor.

—Llamen al escriba de la corte.

—De inmediato.

Minutos después, el escriba personal del archiduque llegó al despacho.

Se inclinó profundamente.

Mí señor

El archiduque señaló el escritorio.

—Prepare un pergamino.

El hombre colocó la hoja y la tinta.

—Estoy listo.

El archiduque comenzó a dictar.

—Mensaje oficial del archiducado dirigido al príncipe heredero Caius.

La pluma comenzó a moverse.

—Por orden directa del archiduque de Silvaris, el heredero debe regresar al archiducado de inmediato.

El escriba continuó escribiendo.

—El retorno no admite demora.

El archiduque hizo una pausa.

Luego añadió con voz firme:

—El mensaje será sellado con tinta roja y mi sello personal.

El escriba terminó el documento.

El pergamino fue enrollado.

La cera roja fue colocada.

Y el sello del archiducado quedó marcado sobre la carta.

El archiduque miró a los guardias.

—Busquen al mensajero más rápido.

—Sí, Eminentisima.

—Este mensaje debe salir ahora mismo hacia Aquilón.

Los soldados inclinaron la cabeza.

—De inmediato.

Dos mensajeros partieron esa misma tarde.

Uno desde Dravendel.

Otro desde Silvaris.

Ambos cabalgaban con órdenes directas de sus gobernantes.

Y ambos se dirigían al mismo destino.

Aquilón city La capital del Principado de Aquilón.

El Alaric Valdemar, soberano del Principado de Aquilón, se encontraba en el gran salón del trono cuando los guardias anunciaron la llegada de dos mensajeros extranjeros.

El salón era amplio y majestuoso.

Las paredes estaban cubiertas con antiguos tapices que representaban generaciones de gobernantes de Aquilón.

Retratos de batallas.

Retratos de coronaciones.

Retratos de alianzas.

En el extremo del salón se elevaba una plataforma de mármol.

Sobre ella se encontraban tres tronos.

El primero, el más alto, pertenecía al soberano.

A su lado izquierdo estaba el trono de Josefina la princesa consorte, madre de Emma.

Y a la derecha, ligeramente más pequeño, el trono de la heredera del principado.

La princesa Emma Valdemar.

Esa tarde, sin embargo, Emma no estaba sentada en su trono.

Se encontraba junto a sus invitados.

Cerca de las columnas orientales del salón.

Allí estaban también:

El príncipe heredero Magnus,

El heredero de Silvaris, Caius,

Y el príncipe Mattia.

Los cuatro conversaban tranquilamente.

Hasta que los guardias anunciaron:

—¡Mensajeros de Dravendel y Silvaris!

El murmullo en la sala disminuyó.

Las grandes puertas del salón se abrieron.

Dos hombres entraron.

Cubiertos de polvo del camino.

Ambos caminaron hasta el centro del salón.

Y se arrodillaron al mismo tiempo frente al trono de Alaric.

El soberano observó la escena con atención.

Era raro.

Muy raro.

Que dos mensajeros de dos potencias diferentes llegaran al mismo tiempo.

—Hablen —ordenó.

Uno de los mensajeros levantó un pergamino sellado con cera roja.

—Mensaje oficial del Reino de Dravendel para el soberano de Aquilón.

El otro hizo lo mismo.

—Mensaje oficial del Archiducado de Silvaris.

Los sellos eran inconfundibles.

Firmas personales.

No simples comunicados diplomáticos.

El Alaric Valdemar frunció ligeramente el ceño.

Algo no estaba bien.

Tomó primero el mensaje de Dravendel.

Rompió el sello.

Leyó.

Su expresión cambió.

Luego tomó el segundo pergamino.

Lo leyó también.

Esta vez el silencio del salón fue absoluto.

Porque el soberano entendió inmediatamente lo que significaban esas palabras.

Levantó lentamente la mirada.

Sus ojos se dirigieron hacia el lugar donde estaban los cuatro jóvenes.

Especialmente hacia dos de ellos.

Magnus.

Caius.

En ese momento…

Los príncipes aún no sabían que sus padres ya conocían la verdad.

Pero estaban a punto de descubrirlo.

Porque ambos mensajes decían exactamente lo mismo.

Una sola orden.

Clara.

Directa.

Inmediata.

Los herederos debían regresar a casa.

Ahora.

¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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