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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 103

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Capítulo 103: CAPÍTULO 3Traición

El viaje de regreso había sido silencioso.

Demasiado silencioso.

Las ruedas de los carruajes avanzaban sobre los caminos empedrados mientras el paisaje cambiaba lentamente: bosques densos, campos abiertos, pequeños pueblos que observaban el paso de las comitivas reales con respeto.

Pero dentro de los carruajes no había conversación.

Ni Magnus ni Caius habían recibido explicación alguna en los mensajes enviados por sus padres.

Solo una orden.

Regresar inmediatamente.

Ni saludo formal.

Ni explicación diplomática.

Ni siquiera una línea que justificara la urgencia.

Solo esas dos palabras que, en boca de un soberano, no admitían discusión.

Regresar.

Inmediatamente.

Eso, por sí solo, ya era extraño.

Pero lo que ocurrió al llegar a sus palacios fue aún más inquietante.

Dravendel

El príncipe Magnus cruzó las enormes puertas del palacio real de Dravendel con la seguridad de quien conocía cada pasillo de aquel lugar desde la infancia.

Las banderas del reino colgaban inmóviles en las paredes de piedra, iluminadas por la luz que entraba desde los ventanales altos.

Los guardias del palacio se alinearon a su paso.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Magnus esperaba ser conducido directamente al despacho privado de su padre.

Así había sido siempre.

Era el protocolo habitual cuando el rey requería su presencia para asuntos de Estado.

Pero esta vez no ocurrió.

Un capitán de la guardia dio un paso al frente y se inclinó con respeto.

—Alteza… su majestad pide que espere aquí.

Magnus frunció el ceño.

La habitación donde lo dejaron era una antesala del salón del trono.

Una sala amplia, decorada con tapices antiguos y bancos de madera oscura.

Un lugar donde diplomáticos, nobles o enviados aguardaban audiencia.

Un lugar donde se esperaba.

La familia real jamás esperaba allí.

Nunca.

El príncipe permaneció de pie.

No se sentó.

No lo haría.

A su lado estaban su guardia personal y su escriba personal.

Ambos también permanecieron en silencio, como correspondía.

Pasaron cinco minutos.

Luego diez.

Quince.

El sonido lejano de los pasos de los sirvientes resonaba en los pasillos, pero nadie entraba en la sala.

Nadie decía nada.

Magnus comprendió algo en ese momento.

Aquello no era una simple reunión.

Era una señal.

Una señal muy clara.

Silvaris

En el Archiducado, la escena era casi idéntica.

Caius había regresado esperando ser recibido en el despacho de su padre, donde normalmente discutían asuntos administrativos y decisiones políticas.

Pero en lugar de eso, los guardias lo condujeron a la antesala del salón del trono.

Una sala alta y solemne, con columnas de mármol y vitrales que proyectaban luces de colores sobre el suelo.

Una sala donde los visitantes aguardaban audiencia.

Nunca los herederos.

Jamás.

Caius permaneció en silencio.

No preguntó nada.

No protestó.

Pero su mirada recorrió la sala con calma analítica.

A su lado estaban su guardia personal y su escriba.

Los tres entendían el lenguaje del protocolo.

Quince minutos.

Quince minutos completos de espera.

Una espera que no era casual.

El mensaje era claro.

Demasiado claro.

Finalmente, en ambos palacios, un heraldo apareció en la puerta.

Su voz resonó con solemnidad ceremonial.

—Su majestad convoca al príncipe heredero ante el salón del trono.

Dravendel

Las puertas del salón del trono se abrieron lentamente.

El sonido de la madera pesada moviéndose resonó en toda la sala.

El Rey Roderic de Dravendel estaba sentado en el trono.

La corona descansaba sobre su cabeza con la misma autoridad que siempre había proyectado.

A su lado estaba la Reina Consorte de Dravendel.

Su postura era perfecta.

Pero su expresión no.

Magnus caminó hasta el centro del salón con paso firme.

Cada paso resonaba sobre el suelo de piedra.

Su guardia personal y su escriba se detuvieron varios pasos detrás de él, como dictaba el protocolo.

El príncipe hizo una reverencia formal.

Cuando levantó la mirada…

vio algo que nunca había visto antes.

Rabia en los ojos de su padre.

Y tristeza en los de su madre.

El silencio duró varios segundos.

Finalmente Magnus habló.

—Majestad… nos habéis mandado llamar.

El rey no respondió.

Solo lo miró.

Una mirada larga.

Fría.

Luego habló.

—¿Por qué?

Magnus frunció el ceño.

—¿Por qué qué, padre?

La voz del rey se volvió dura.

—¿Por qué me traicionaste?

Silvaris

En el Archiducado, la escena se repetía.

El Archiduque de Silvaris observaba a su hijo desde el trono con una expresión tan rígida que parecía tallada en piedra.

A su lado estaba la Archiduquesa de Silvaris.

Sus manos estaban entrelazadas sobre su regazo.

Caius hizo la reverencia correspondiente.

Cuando levantó la mirada…

vio la misma escena.

Rabia en su padre.

Dolor en su madre.

—Padre… nos habéis mandado llamar —dijo Caius.

El Archiduque lo observó en silencio durante varios segundos.

Luego preguntó:

—¿Por qué me traicionaste?

Los dos príncipes quedaron en silencio.

Confundidos.

Entonces las madres hablaron.

Primero la Reina Consorte de Dravendel.

Luego la Archiduquesa Consorte de Silvaris.

Ambas contaron la misma historia.

Los espías.

La conversación en Aquilón.

El beso.

Las palabras.

La confesión.

Todo.

Absolutamente todo.

Los príncipes escucharon en silencio.

Magnus apretó ligeramente los puños.

Caius bajó la mirada por un momento.

El secreto había terminado.

El miedo estaba allí.

Pero también algo inesperado.

Alivio.

El secreto había terminado.

El silencio se volvió pesado dentro de los dos salones del trono.

Entonces ocurrió.

El Rey de Dravendel se levantó de golpe del trono.

Su voz estalló como un trueno.

—¡SE ACABÓ!

El eco golpeó las paredes del salón.

Los guardias se tensaron inmediatamente.

El rey señaló a su hijo con rabia.

—¡Desde este momento tienes prohibido volver a verlo!

El silencio fue total.

Pero el rey aún no había terminado.

Su voz se volvió aún más dura.

—¡Tienes prohibido verlo, hablarle, escribirle o comunicarte con él de cualquier forma!

Al mismo tiempo, en el Archiducado de Silvaris, el Archiduque también se levantó de su trono.

Su grito llenó el salón.

—¡BASTA!

Los soldados dieron un paso firme.

El archiduque miró a su hijo con una mezcla de rabia y decepción.

—¡Te prohíbo verlo!

Caius no se movió.

El archiduque continuó.

—¡No volverás a verlo, ni a hablar con él, ni a enviarle mensajes!

Las dos órdenes habían sido pronunciadas.

En dos palacios distintos.

Pero con el mismo peso.

La misma furia.

La misma autoridad.

Los príncipes permanecieron en silencio unos segundos.

Magnus levantó lentamente la mirada hacia su padre.

En Silvaris, Caius hizo lo mismo.

Entonces hablaron.

Casi al mismo tiempo.

Primero Magnus.

Su voz no tembló.

—Si no aceptáis nuestro amor…

Respiró profundamente.

—Entonces renuncio a mi derecho al trono de Dravendel.

En Silvaris, Caius pronunció su respuesta.

Con la misma calma.

—Si no aceptáis nuestro amor…

Hizo una breve pausa.

—Entonces renuncio a mis derechos a ambos tronos.

El archiduque frunció el ceño.

Caius continuó.

—Al trono del Archiducado de Silvaris…

Luego añadió la segunda corona.

—Y al trono del Principado de Ravengal.

El silencio fue absoluto.

Cinco segundos.

Cinco segundos donde nadie respiró.

Cinco segundos donde la historia de dos reinos parecía detenerse.

El Rey de Dravendel no dijo nada.

Pero su mente viajó a otro momento.

Otro tiempo.

Un recuerdo.

Se vio a sí mismo años atrás.

De pie.

Frente a otro hombre que estaba en una plataforma elevada.

El hombre lo miraba con rabia.

Y dijo una frase que había quedado grabada para siempre en su memoria.

—Un día… tu hijo te hará lo mismo que tú me hiciste.

El recuerdo desapareció.

El rey volvió al presente.

Miró a su hijo.

Luego habló con voz helada.

—Ustedes han traicionado al Estado.

En Silvaris, el Archiduque pronunció exactamente las mismas palabras.

—Han traicionado al Estado.

Luego ambos gobernantes dieron la misma orden.

—Guardias.

Los soldados entraron inmediatamente.

—El príncipe heredero queda confinado en el ala del príncipe.

Magnus no reaccionó.

Caius tampoco.

La orden continuó.

—Su guardia personal y su escriba también quedarán bajo confinamiento.

El silencio del salón era total.

El rey terminó con una última advertencia.

—Ninguno de los tres abandonará el palacio.

El Archiduque repitió lo mismo en Silvaris.

Y luego llegó la amenaza final.

La más dura.

—Si alguno abandona el palacio…

Los ojos del rey no parpadearon.

—Quien lo permita será ejecutado.

En Silvaris, el archiduque dijo lo mismo.

—La pena será decapitación.

Las puertas del salón del trono se cerraron lentamente.

Y por primera vez en sus vidas…

los herederos del reino y del archiducado dejaron de ser libres.

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Las puertas del ala del príncipe se cerraron con un sonido seco.

El eco del metal contra la madera resonó en el pasillo y luego desapareció en el silencio del palacio.

Por primera vez en su vida, el heredero del reino de Dravendel estaba encerrado dentro de su propio hogar.

Magnus permanecía de pie en medio de la habitación.

La estancia era amplia, decorada con tapices del reino y muebles de madera oscura. Una ventana alta dejaba entrar la luz gris de la tarde, pero incluso esa luz parecía más fría que de costumbre.

A su lado estaban las únicas dos personas que habían quedado con él.

Su guardia personal.

Y su escriba personal.

Los tres guardaban silencio.

No había órdenes.

No había instrucciones.

Solo el peso de lo que acababa de ocurrir.

Finalmente Magnus habló.

—Lo siento.

Los dos lo miraron confundidos.

El príncipe respiró profundo antes de continuar.

—No deberían estar aquí por mi culpa.

El guardia frunció el ceño.

—Alteza…

Pero Magnus continuó.

—Los metí en este problema.

Miró primero al soldado.

Luego a la escriba.

—Podrían perder sus cargos… o algo peor.

La escriba negó con la cabeza inmediatamente.

—No.

El guardia dio un paso adelante.

—Estamos con usted.

Magnus lo miró.

El soldado habló con absoluta seriedad, sin una sola duda en su voz.

—Hasta la muerte si es necesario.

La escriba asintió con la misma convicción.

—No está solo, Alteza.

El silencio volvió a la habitación.

Pero esta vez no era un silencio incómodo.

Era un silencio lleno de lealtad.

Después de unos segundos Magnus murmuró algo más.

—¿Qué creen que estará pasando con él?

El guardia entendió inmediatamente.

—¿El príncipe Caius?

Magnus asintió lentamente.

—Sí…

Sus ojos se dirigieron hacia la ventana cerrada.

Más allá de esos muros estaba el mundo.

Y en algún lugar de ese mundo estaba la persona que amaba.

—¿Cómo creen que estará?

Silvaris

En el Archiducado de Silvaris ocurría exactamente lo mismo.

Las puertas de los aposentos del heredero se habían cerrado con la misma firmeza.

Caius estaba encerrado en sus propios aposentos.

Una habitación elegante, llena de libros, mapas y documentos administrativos que normalmente ocupaban sus días.

Pero esa noche nadie estaba trabajando.

Solo había silencio.

Solo con dos personas.

Su guardia personal.

Y su escriba.

Caius se apoyó contra la mesa de trabajo.

Pasó una mano por el borde de la madera antes de hablar.

—Quiero pedirles perdón.

Ambos lo miraron sorprendidos.

—Por meterlos en este problema.

El guardia negó con la cabeza de inmediato.

—No diga eso, Alteza.

La escriba habló con firmeza.

—Estamos con usted.

El soldado añadió:

—Hasta el final.

Caius bajó la mirada unos segundos.

Sus pensamientos estaban lejos de aquella habitación.

Luego preguntó lo mismo.

—¿Cómo creen que estará Magnus?

El silencio fue inmediato.

Dravendel

El guardia personal de Magnus miró la ventana.

La observó durante unos segundos, como si estuviera calculando algo.

Luego dijo algo que sorprendió al príncipe.

—Si lo desea… puedo salir.

Magnus levantó la mirada.

—¿Salir?

El soldado señaló la ventana alta.

—Podría romper el vidrio… bajar por el muro… encontrar a alguien que lleve un mensaje.

La escriba miró al guardia con sorpresa.

El soldado continuó hablando con calma, como si estuviera describiendo una simple maniobra militar.

—Podríamos saber cómo está.

Magnus lo miró fijamente.

El guardia añadió, casi con naturalidad:

—Si me atrapan… no importa.

Sonrió apenas.

—Solo perdería la cabeza.

Magnus se puso serio inmediatamente.

—No.

El guardia insistió.

—Alteza—

—No.

Magnus negó con la cabeza varias veces.

—No quiero meterte en más problemas de los que ya te metí.

Luego añadió algo más.

Más bajo.

Más honesto.

—Y además te quiero vivo.

El soldado quedó en silencio.

Magnus miró a los dos.

—Ahora mismo… ustedes dos son lo único que tengo aquí.

Silvaris

En Silvaris ocurría la misma conversación.

El guardia de Caius también observó la ventana durante unos segundos antes de hablar.

—Podría salir.

Caius lo miró.

—Romper la ventana… encontrar un mensajero… enviar una carta.

El soldado añadió con calma:

—Podría perder la cabeza por eso.

Caius respondió de inmediato.

—No.

El guardia intentó insistir.

Pero Caius negó con firmeza.

—No quiero que mueras por mí.

La escriba observaba en silencio.

Caius añadió algo más.

—Además…

Miró a los dos.

—Ahora mismo ustedes son los únicos que tengo.

Detrás de la puerta

Lo que ninguno de los tres sabía…

Era que no estaban solos.

Al otro lado de la puerta, en silencio absoluto, estaban escuchando dos personas.

En Dravendel, el Rey de Dravendel.

Y la Reina de Dravendel.

En Silvaris, el Archiduque de Silvaris.

Y la Archiduquesa de Silvaris.

Habían escuchado toda la conversación.

Cada palabra.

Cada disculpa.

Cada gesto de lealtad.

Los gobernantes no dijeron nada.

Pero como padres…

aquellas palabras dolían más de lo que estaban dispuestos a admitir.

La noticia se expande

Mientras tanto, fuera de los palacios, la noticia ya había comenzado a expandirse.

Primero entre los nobles.

Luego entre los funcionarios.

Después entre los comerciantes.

Finalmente…

entre el pueblo.

En pocos días, todo el continente sabía lo ocurrido.

Los herederos de dos grandes potencias habían sido encerrados en sus propios palacios.

La noticia cruzó fronteras.

Llegó a cortes.

Llegó a ciudades.

Llegó a los mercados.

Y finalmente llegó a los otros principados.

El Principado de Aquilón

En el Principado de Aquilón, la noticia llegó durante la cena familiar.

Emma estaba sentada frente a su padre.

Las velas iluminaban la mesa del comedor del palacio.

Un mensajero había llegado minutos antes.

El silencio en la mesa era pesado.

Emma fue la primera en hablar.

—Tenemos que ir.

Su padre levantó la mirada lentamente.

—No.

Emma frunció el ceño.

—Padre—

Pero él negó con la cabeza.

—No podemos intervenir.

Emma apoyó las manos sobre la mesa.

—Pero están encerrados.

El gobernante respondió con calma.

—Son asuntos internos del reino de Dravendel y del archiducado de Silvaris.

Luego añadió algo más.

—Si intervenimos, sería una violación directa de su soberanía.

Emma apretó los labios.

—Entonces al menos enviemos un mensaje.

La respuesta fue inmediata.

—No.

Emma lo miró sorprendida.

—Ni siquiera lo recibirían.

El gobernante suspiró.

—Lo mejor que podemos hacer… es mantenernos fuera de esta disputa familiar.

Emma bajó la mirada.

—Entonces…

Su voz se volvió apenas un susurro.

—No podemos hacer nada.

El Principado de Cantón Ferrum

En el Principado de Cantón Ferrum, la escena era diferente.

La familia gobernante estaba tomando el té en los jardines del palacio.

El heredero Mattia conversaba tranquilamente con su hermano menor, Eduardo.

A pocos metros estaban sus padres.

La soberana del principado, la Princesa Lucía, y su esposo, Maximiliano.

Un guardia apareció en el sendero del jardín.

Se inclinó profundamente.

—Alteza… ha llegado un mensaje urgente.

Lucía dejó la taza lentamente.

—Adelante.

El guardia entregó el pergamino.

La princesa lo leyó en silencio.

Su expresión cambió de inmediato.

Mattia lo notó.

—Madre… ¿qué ocurre?

Lucía levantó la mirada.

—Los herederos de Dravendel y Silvaris han sido encerrados por orden de sus padres.

El jardín quedó en silencio.

Mattia se levantó de inmediato.

—Tenemos que ir.

Maximiliano negó con la cabeza.

—No.

Mattia lo miró.

—Padre—

Maximiliano respondió con calma.

—No podemos intervenir.

Lucía añadió con serenidad política.

—Sería considerado una violación de la soberanía de esos estados.

Mattia bajó la mirada.

—Entonces enviemos un mensaje.

Lucía negó lentamente.

—Tampoco lo aceptarían.

El silencio volvió al jardín.

El joven príncipe miró hacia el horizonte.

—Entonces…

Su voz se volvió más baja.

—No podemos ayudarlos.

Un gesto silencioso

En las calles comenzó algo inesperado.

Algo silencioso.

En el reino de Dravendel, algunas casas comenzaron a colgar pañuelos verdes en sus ventanas.

El verde era uno de los colores del archiducado de Silvaris.

Un gesto simple.

Un gesto de apoyo.

En Silvaris ocurrió lo mismo.

Pero allí colgaban pañuelos con los colores del reino de Dravendel.

Rojo.

Ventanas.

Puertas.

Balcones.

Poco a poco…

las ciudades comenzaron a llenarse de esos colores cruzados.

Sin discursos.

Sin marchas.

Sin proclamaciones.

Solo un mensaje silencioso.

El pueblo había entendido algo…

que los tronos aún se negaban a aceptar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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