MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 105
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Capítulo 105: CAPÍTULO 5 El apoyo del pueblo
Habían pasado cuatro semanas.
Cuatro semanas desde que los herederos del reino de Dravendel y del archiducado de Silvaris habían sido encerrados en sus propios palacios.
Durante ese tiempo, la vida de las cortes continuó… o al menos, eso parecía.
Consejos.
Audiencias.
Firmas de decretos.
Decisiones políticas que debían tomarse cada día.
Pero todo parecía funcionar con un vacío silencioso, como si las manos que movían los hilos de la administración notaran la ausencia de los verdaderos líderes, los príncipes que inspiraban respeto y temor a partes iguales.
El poder seguía en movimiento, pero sin alma.
Los ministros discutían con formalidad, los escribas trabajaban diligentemente, y los guardias patrullaban los pasillos con el rigor acostumbrado.
Todo continuaba… pero algo en el aire había cambiado.
Dravendel
Aquella mañana, Roderic el Rey de Dravendel estaba revisando documentos junto a sus consejeros en el gran salón del trono.
La luz del sol entraba con fuerza por los ventanales tallados, iluminando los tapices y los relieves de la madera oscura. Cada pergamino y cada sello parecía brillar con la rutina de un reino que debía continuar, pese a la ausencia de su heredero.
De repente… algo interrumpió el silencio del palacio.
Un sonido lejano.
Primero débil.
Luego más fuerte.
El rey levantó la cabeza, frunciendo el ceño.
—¿Qué es eso?
Uno de los consejeros, un hombre mayor con barba canosa, se acercó con cautela a las ventanas y miró hacia la avenida principal.
—Majestad… parece… gente.
El sonido crecía con cada segundo que pasaba.
Voces.
Cantos.
Miles de voces que llenaban el aire de una energía que ninguna sala de consejo podía igualar.
El rey caminó rápidamente hacia el balcón del palacio, sus pasos resonando en la madera pulida. Cuando salió, quedó inmóvil.
Una marea humana avanzaba por la avenida principal, desbordando las calles, llenando plazas y pasajes.
Miles de personas, quizás decenas de miles.
Pero lo que más sorprendió al rey no fue la multitud.
Fue lo que llevaban en sus manos.
Pañuelos verdes.
El verde era el color del archiducado de Silvaris, su peor enemigo.
Los ciudadanos del reino de Dravendel caminaban hacia el palacio… mostrando los colores del país al que supuestamente debían temer.
El rey contuvo la respiración mientras la multitud se acercaba.
Y entonces comenzaron a cantar.
No era un canto cualquiera.
Era el himno del reino, pero con una modificación implícita: no hablaba del rey, sino de su hijo, el príncipe Magnus.
“Alza el cetro, nuestro Príncipe,
guardián de nuestra ley.
¡Venga el honor!
Bajo tu firme luz,
brilla la santa cruz,
guía de rectitud,
nuestro Magnus.
Que tu trono sea paz,
y tu voz sea veraz,
¡Viva el Príncipe!
Sólido corazón,
escudo de la unión,
canta la gran nación:
¡Viva el Príncipe!”
El rey observaba en silencio, con los labios apretados.
Miles de personas cantando por su hijo.
Miles de voces que llenaban la plaza con un fervor que ninguna autoridad podía silenciar.
Y en cada mirada que cruzaba con la multitud, el monarca veía respeto, esperanza, lealtad… y una certeza que lo estremecía: su hijo no estaba solo.
Silvaris
Al mismo tiempo, en el Archiducado de Silvaris, ocurría lo mismo.
El Archiduque Marcio de Silvaris trabajaba junto a sus ministros en el salón del trono.
La sala estaba iluminada por la luz de la mañana filtrándose entre cortinas pesadas de terciopelo, y los mapas estratégicos del archiducado cubrían las paredes, recordando cada frontera, cada ciudad, cada paso del poder.
Entonces escuchó el ruido.
Primero distante.
Después más fuerte.
Cantos.
Gritos.
Frunció el ceño y se levantó de inmediato.
—¿Qué sucede?
Un guardia se acercó con pasos rápidos y se inclinó ante él.
—Mi señor… debería ver esto.
Cuando salió al balcón del palacio, la escena era casi idéntica a la del reino de Dravendel.
Miles de personas avanzaban hacia la plaza central.
Pero en Silvaris, los pañuelos llevaban los colores del reino de Dravendel. Rojo.
El antiguo enemigo convertido en un símbolo de apoyo.
La multitud comenzó a cantar el himno del archiducado, pero de nuevo, las palabras no hablaban del archiduque ni de la soberanía del territorio.
Hablaban del heredero.
“Salve, amado Príncipe,
de estirpe y gran valor,
¡Luz del ayer!
En tu sangre el deber,
en tu mano el poder,
haznos siempre vencer,
¡Caius Guardián!
Por las tierras del sol,
bajo nuestro crisol,
¡Vibra el clamor!
Que tu linaje fiel,
sea nuestro laurel,
dulce como la miel,
¡Caius Guardián!”
El Archiduque observaba la plaza, incapaz de apartar la vista.
Miles de personas cantando por su hijo.
Miles de voces que ignoraban las órdenes de la corona.
Miles de corazones que reconocían el liderazgo natural de un heredero.
Ravengal
Incluso en el Principado de Ravengal, la escena se repetía.
Aunque en menor escala, la plaza central estaba llena de ciudadanos que cantaban el mismo himno.
El nombre del príncipe resonaba entre los muros del palacio, viajando por los corredores y patios como un eco que desafiaba la autoridad de los gobernantes.
El eco dentro de los muros
Dentro del ala del príncipe en Dravendel, Magnus levantó lentamente la cabeza.
Había escuchado algo… un sonido que lo hizo quedarse inmóvil.
Su guardia personal también lo notó.
La escriba caminó hacia la ventana, dejando que la luz del sol iluminara su rostro preocupado.
—Alteza…
Magnus se acercó, apoyando las manos sobre el marco de la ventana.
A lo lejos, claramente, se escuchaba el canto.
Miles de voces.
Cantando el himno, pero para él.
Magnus cerró los ojos por un momento, respirando hondo.
Un calor desconocido se abrió paso en su pecho: alivio, orgullo y una sensación de pertenencia.
En Silvaris, Caius también escuchó el canto.
Su guardia abrió ligeramente la ventana y dejó que el aire fresco entrara, trayendo consigo las voces de miles de ciudadanos.
Cada verso llevaba su nombre.
Cada palabra estaba impregnada de lealtad y afecto.
Caius permaneció en silencio, comprendiendo que algo se había roto: la ilusión de control absoluto ya no existía.
Comprensión
En los balcones de ambos palacios, los gobernantes observaban la misma escena.
El Rey de Dravendel.
El Archiduque de Silvaris.
Ambos comprendieron algo en ese momento.
Algo que nunca habían querido aceptar:
El odio que seguían cargando…
no existía en sus pueblos.
La guerra entre los dos países había terminado hacía más de cuarenta años.
Los pueblos ya se habían perdonado.
Habían comerciado.
Habían viajado.
Habían convivido.
El rencor…
solo existía entre ellos dos.
Y ahora…
todo el continente podía verlo.
La marea humana, con sus pañuelos verdes y rojos ondeando, con sus cantos que llenaban plazas, calles y avenidas, era un recordatorio silencioso pero implacable: los herederos tenían el apoyo del pueblo.
La autoridad de los reyes y archiduques podía imponer castigos, sellos y confinamientos… pero no podía contener la lealtad de quienes reconocían la verdadera justicia.
Los dos gobernantes permanecieron inmóviles, cada uno comprendiendo que sus hijos tenían algo que ellos nunca podrían quitarles: la fe del pueblo.
El verdadero poder no está en las coronas ni en los ejércitos, sino en la lealtad silenciosa de quienes creen en ti.
El día después de las manifestaciones, el palacio de Dravendel estaba más silencioso que de costumbre.
Los corredores amplios, que normalmente resonaban con pasos de ministros, guardias y sirvientes, parecían vacíos.
El eco de las botas sobre el mármol recordaba que el poder seguía allí, pero algo esencial se había desvanecido.
El peso de la corona no era solo un símbolo: era una carga tangible que ahora se sentía en el aire.
Roderic Zarvendel, el rey del reino de Dravendel, había decidido salir del palacio.
No era una visita ceremonial ni un recorrido protocolar.
Era una inspección.
La ciudad industrial del reino necesitaba supervisión directa, y el rey había insistido en verlo con sus propios ojos.
Los guardias lo acompañaban, armados y atentos a cada movimiento.
El paso del monarca era firme, pero en su rostro se percibía algo diferente: un cansancio profundo, como si el eco de los días anteriores le pesara en los hombros.
Los trabajadores, al verlo avanzar, lo miraban de manera distinta.
Ya no había gritos de bienvenida ni gestos de entusiasmo.
Nadie celebraba.
Nadie protestaba.
Solo miraban.
Miraban a su rey como si esperaran algo que aún no se había manifestado: una respuesta, una decisión, una señal de dirección.
El rey continuó su recorrido en silencio.
Cada fábrica parecía más grande y vacía que antes, cada máquina más imponente y monótona.
Habló con algunos administradores, firmó documentos, revisó informes.
Pero la presión seguía allí, invisible, pesada.
Cada mirada de los trabajadores parecía acusatoria y expectante a la vez.
Roderic sabía que no podía fallar.
No ahora.
Cuando finalmente regresó al palacio, el sol comenzaba a descender lentamente, tiñendo las torres de tonos anaranjados y dorados.
El aire estaba fresco, casi cortante.
El rey desmontó frente a la entrada principal, apoyando el pie sobre el estribo.
Uno de los guardias sostuvo el caballo con firmeza, mientras Roderic daba el primer paso hacia la escalinata.
Pero entonces… algo ocurrió.
Su pie bajó mal del estribo.
El equilibrio se perdió.
El cuerpo se inclinó hacia adelante, y la gravedad hizo su trabajo sin piedad.
Cayó.
El golpe contra el mármol fue seco y contundente.
El sonido reverberó por la entrada, un eco que heló la sangre de quienes lo presenciaban.
Durante un segundo… nadie reaccionó.
Luego comenzaron los gritos, un clamor inmediato y desesperado:
—¡El rey!
—¡Su Majestad!
Los guardias corrieron, algunos tropezando entre ellos mismos, intentando levantar el cuerpo del monarca con cuidado y rapidez.
ciudadanos que caminaban cerca del palacio también gritaron, llenos de horror y sorpresa.
Una pequeña gota de sangre comenzó a extenderse sobre el mármol frío, un recordatorio brutal de la fragilidad humana, incluso para quienes llevan la corona.
En ese momento, la Reina Seraphine apareció corriendo.
Su vestido se agitaba con cada paso, sus manos temblorosas se extendieron hacia su esposo.
—¡RODERIC!
Los guardias ya estaban levantando al monarca con cuidado, sujetándolo mientras cada movimiento parecía pesar toneladas.
—¡Llamen al médico real!
—¡Rápido!
El rey fue llevado inmediatamente a sus aposentos, cada paso una danza delicada entre cuidado y urgencia.
El médico llegó minutos después, revisando con rapidez pero sin perder la precisión en cada movimiento.
Su voz era grave:
—Su Majestad está inconsciente.
Seraphine se quedó inmóvil, paralizada por el miedo que nunca antes había sentido con tal intensidad.
El médico continuó, con un tono que no dejaba lugar a dudas:
—El golpe en la cabeza fue fuerte… y también sufrió un impacto en la cadera al caer.
La reina cerró los ojos y respiró hondo, intentando mantener la compostura.
—¿Está en peligro?
El médico respiró profundamente antes de hablar de nuevo:
—Debe permanecer en reposo absoluto.
El silencio se volvió casi tangible.
Cada segundo parecía alargarse infinitamente.
Seraphine observaba la sangre en el mármol y el pálido rostro de su esposo, consciente de que incluso los reyes son vulnerables a la fragilidad de la carne.
Silvaris
Mientras tanto, en el archiducado de Silvaris, la situación no era mejor.
El Archiduque trabajaba en su despacho, rodeado de papeles, cartas diplomáticas e informes.
Intentaba concentrarse, pero la presión de las últimas semanas se sentía en cada músculo, en cada respiración.
El estrés acumulado, los confinamientos de su hijo y los movimientos políticos recientes pesaban más que los pergaminos y sellos frente a él.
De repente, comenzó a toser.
Primero leve.
Luego más fuerte.
El archiduque llevó el pañuelo a la boca, pero cuando lo retiró, la mancha de rojo era evidente.
En ese instante, la Archiduquesa Selena entró apresuradamente:
—¿Qué sucede?
El archiduque intentó responder, pero otra tos interrumpió sus palabras.
Selena vio el pañuelo manchado de sangre y su rostro cambió de inmediato.
—¡Guardias!
—¡Llamen al médico real ahora!
El médico llegó en cuestión de minutos, examinando al archiduque con rapidez y precisión.
Luego suspiró y habló con franqueza:
—Alteza… debo hablar con sinceridad.
Selena lo miró con preocupación, intentando adivinar lo que vendría.
—Su pulmón izquierdo ya estaba debilitado —continuó el médico—. El estrés de las últimas semanas ha agravado su condición.
El archiduque intentó levantarse, con la determinación que siempre lo caracterizó:
—Estoy bien.
Pero el médico negó con firmeza:
—Debe descansar.
Selena se acercó, preocupada, intentando transmitir calma.
—Debo seguir gobernando.
El archiduque apretó la mandíbula, con los ojos llenos de resistencia.
Pero incluso su fuerza no podía ignorar la realidad: el cuerpo tiene límites que la corona no puede superar.
El despertar
Horas más tarde, en Dravendel, Roderic finalmente abrió los ojos.
La luz de la habitación era tenue, filtrándose entre las cortinas de terciopelo pesado.
Lo primero que vio fue a Seraphine sentada junto a su cama, su rostro una mezcla de miedo, cansancio y alivio.
—¿Qué… ocurrió? —preguntó con voz débil.
La reina tomó su mano y la apretó suavemente, intentando transmitir fuerza y calma:
—Te caíste frente al palacio.
El rey intentó incorporarse, pero inmediatamente sintió el dolor recorriendo su cuerpo.
Seraphine lo detuvo con firmeza.
—No. Debes quedarte acostado.
El silencio llenó la habitación.
Afuera, el reino seguía esperando una respuesta, una señal de liderazgo, pero por ahora… su rey no podía levantarse.
El peso de la corona se hacía tangible, no solo como símbolo de poder, sino como recordatorio brutal de la fragilidad de quien la porta.
Roderic miró las paredes de su habitación, los tapices, los retratos de antiguos monarcas y comprendió que, incluso cuando gobiernas un reino, no estás exento de caer.
Cada decisión, cada conflicto, cada error o desafío, pesa sobre los hombros del soberano.
Y, por primera vez en su vida, Roderic sintió el verdadero peso de la corona: no era solo política ni estrategia; era responsabilidad sobre la vida, la lealtad y el futuro de todos los que miraban hacia él en busca de guía.
La corona no pesa por el oro que la sostiene, sino por las decisiones que cada día nos obligan a cargar.¿Te gusta? ¡Añade a biblioteca!
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