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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 106

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  4. Capítulo 106 - Capítulo 106: CAPÍTULO 6 El peso de la corona
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Capítulo 106: CAPÍTULO 6 El peso de la corona

El día después de las manifestaciones, el palacio de Dravendel estaba más silencioso que de costumbre.

Los corredores amplios, que normalmente resonaban con pasos de ministros, guardias y sirvientes, parecían vacíos.

El eco de las botas sobre el mármol recordaba que el poder seguía allí, pero algo esencial se había desvanecido.

El peso de la corona no era solo un símbolo: era una carga tangible que ahora se sentía en el aire.

Roderic Zarvendel, el rey del reino de Dravendel, había decidido salir del palacio.

No era una visita ceremonial ni un recorrido protocolar.

Era una inspección.

La ciudad industrial del reino necesitaba supervisión directa, y el rey había insistido en verlo con sus propios ojos.

Los guardias lo acompañaban, armados y atentos a cada movimiento.

El paso del monarca era firme, pero en su rostro se percibía algo diferente: un cansancio profundo, como si el eco de los días anteriores le pesara en los hombros.

Los trabajadores, al verlo avanzar, lo miraban de manera distinta.

Ya no había gritos de bienvenida ni gestos de entusiasmo.

Nadie celebraba.

Nadie protestaba.

Solo miraban.

Miraban a su rey como si esperaran algo que aún no se había manifestado: una respuesta, una decisión, una señal de dirección.

El rey continuó su recorrido en silencio.

Cada fábrica parecía más grande y vacía que antes, cada máquina más imponente y monótona.

Habló con algunos administradores, firmó documentos, revisó informes.

Pero la presión seguía allí, invisible, pesada.

Cada mirada de los trabajadores parecía acusatoria y expectante a la vez.

Roderic sabía que no podía fallar.

No ahora.

Cuando finalmente regresó al palacio, el sol comenzaba a descender lentamente, tiñendo las torres de tonos anaranjados y dorados.

El aire estaba fresco, casi cortante.

El rey desmontó frente a la entrada principal, apoyando el pie sobre el estribo.

Uno de los guardias sostuvo el caballo con firmeza, mientras Roderic daba el primer paso hacia la escalinata.

Pero entonces… algo ocurrió.

Su pie bajó mal del estribo.

El equilibrio se perdió.

El cuerpo se inclinó hacia adelante, y la gravedad hizo su trabajo sin piedad.

Cayó.

El golpe contra el mármol fue seco y contundente.

El sonido reverberó por la entrada, un eco que heló la sangre de quienes lo presenciaban.

Durante un segundo… nadie reaccionó.

Luego comenzaron los gritos, un clamor inmediato y desesperado:

—¡El rey!

—¡Su Majestad!

Los guardias corrieron, algunos tropezando entre ellos mismos, intentando levantar el cuerpo del monarca con cuidado y rapidez.

ciudadanos que caminaban cerca del palacio también gritaron, llenos de horror y sorpresa.

Una pequeña gota de sangre comenzó a extenderse sobre el mármol frío, un recordatorio brutal de la fragilidad humana, incluso para quienes llevan la corona.

En ese momento, la Reina Seraphine apareció corriendo.

Su vestido se agitaba con cada paso, sus manos temblorosas se extendieron hacia su esposo.

—¡RODERIC!

Los guardias ya estaban levantando al monarca con cuidado, sujetándolo mientras cada movimiento parecía pesar toneladas.

—¡Llamen al médico real!

—¡Rápido!

El rey fue llevado inmediatamente a sus aposentos, cada paso una danza delicada entre cuidado y urgencia.

El médico llegó minutos después, revisando con rapidez pero sin perder la precisión en cada movimiento.

Su voz era grave:

—Su Majestad está inconsciente.

Seraphine se quedó inmóvil, paralizada por el miedo que nunca antes había sentido con tal intensidad.

El médico continuó, con un tono que no dejaba lugar a dudas:

—El golpe en la cabeza fue fuerte… y también sufrió un impacto en la cadera al caer.

La reina cerró los ojos y respiró hondo, intentando mantener la compostura.

—¿Está en peligro?

El médico respiró profundamente antes de hablar de nuevo:

—Debe permanecer en reposo absoluto.

El silencio se volvió casi tangible.

Cada segundo parecía alargarse infinitamente.

Seraphine observaba la sangre en el mármol y el pálido rostro de su esposo, consciente de que incluso los reyes son vulnerables a la fragilidad de la carne.

Silvaris

Mientras tanto, en el archiducado de Silvaris, la situación no era mejor.

El Archiduque trabajaba en su despacho, rodeado de papeles, cartas diplomáticas e informes.

Intentaba concentrarse, pero la presión de las últimas semanas se sentía en cada músculo, en cada respiración.

El estrés acumulado, los confinamientos de su hijo y los movimientos políticos recientes pesaban más que los pergaminos y sellos frente a él.

De repente, comenzó a toser.

Primero leve.

Luego más fuerte.

El archiduque llevó el pañuelo a la boca, pero cuando lo retiró, la mancha de rojo era evidente.

En ese instante, la Archiduquesa Selena entró apresuradamente:

—¿Qué sucede?

El archiduque intentó responder, pero otra tos interrumpió sus palabras.

Selena vio el pañuelo manchado de sangre y su rostro cambió de inmediato.

—¡Guardias!

—¡Llamen al médico real ahora!

El médico llegó en cuestión de minutos, examinando al archiduque con rapidez y precisión.

Luego suspiró y habló con franqueza:

—Alteza… debo hablar con sinceridad.

Selena lo miró con preocupación, intentando adivinar lo que vendría.

—Su pulmón izquierdo ya estaba debilitado —continuó el médico—. El estrés de las últimas semanas ha agravado su condición.

El archiduque intentó levantarse, con la determinación que siempre lo caracterizó:

—Estoy bien.

Pero el médico negó con firmeza:

—Debe descansar.

Selena se acercó, preocupada, intentando transmitir calma.

—Debo seguir gobernando.

El archiduque apretó la mandíbula, con los ojos llenos de resistencia.

Pero incluso su fuerza no podía ignorar la realidad: el cuerpo tiene límites que la corona no puede superar.

El despertar

Horas más tarde, en Dravendel, Roderic finalmente abrió los ojos.

La luz de la habitación era tenue, filtrándose entre las cortinas de terciopelo pesado.

Lo primero que vio fue a Seraphine sentada junto a su cama, su rostro una mezcla de miedo, cansancio y alivio.

—¿Qué… ocurrió? —preguntó con voz débil.

La reina tomó su mano y la apretó suavemente, intentando transmitir fuerza y calma:

—Te caíste frente al palacio.

El rey intentó incorporarse, pero inmediatamente sintió el dolor recorriendo su cuerpo.

Seraphine lo detuvo con firmeza.

—No. Debes quedarte acostado.

El silencio llenó la habitación.

Afuera, el reino seguía esperando una respuesta, una señal de liderazgo, pero por ahora… su rey no podía levantarse.

El peso de la corona se hacía tangible, no solo como símbolo de poder, sino como recordatorio brutal de la fragilidad de quien la porta.

Roderic miró las paredes de su habitación, los tapices, los retratos de antiguos monarcas y comprendió que, incluso cuando gobiernas un reino, no estás exento de caer.

Cada decisión, cada conflicto, cada error o desafío, pesa sobre los hombros del soberano.

Y, por primera vez en su vida, Roderic sintió el verdadero peso de la corona: no era solo política ni estrategia; era responsabilidad sobre la vida, la lealtad y el futuro de todos los que miraban hacia él en busca de guía.

La corona no pesa por el oro que la sostiene, sino por las decisiones que cada día nos obligan a cargar.¿Te gusta? ¡Añade a biblioteca!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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