MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 107
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Capítulo 107: CAPÍTULO 7 La voz del rey
La noche había caído sobre el palacio de Dravendel.
Las enormes torres de piedra proyectaban sombras largas sobre la ciudad, y las antorchas de los muros apenas lograban iluminar las murallas que rodeaban el corazón del poder del reino.
Pero la plaza frente al palacio no estaba vacía.
Miles de personas permanecían allí.
Hombres.
Mujeres.
Ancianos.
Niños.
Ciudadanos comunes.
Cada uno sostenía una vela encendida.
La luz de las pequeñas llamas iluminaba los rostros de la multitud, creando un mar de luces temblorosas que se extendía por toda la plaza como si fueran estrellas caídas del cielo.
No había gritos.
No había cantos.
Solo silencio.
Un silencio pesado.
Respetuoso.
Un silencio que hablaba más que cualquier discurso.
El pueblo había venido a vigilar la noche de su rey.
La noticia del accidente se había extendido por todo el reino como un incendio. Nadie sabía exactamente qué había ocurrido. Solo sabían lo esencial: el rey había caído frente al palacio.
Y el rey estaba herido.
En una de las ventanas altas del palacio, la reina consorte Seraphine observaba la escena.
Las cortinas estaban abiertas, y desde allí podía ver toda la plaza.
Miles de luces.
Miles de velas.
Miles de personas que no se habían ido a sus casas.
Personas que habían decidido quedarse.
Esperar.
Vigilar.
Seraphine respiró lentamente.
Nunca había visto algo así.
Ni siquiera en celebraciones.
Ni siquiera en coronaciones.
Aquello no era una fiesta.
Era algo más profundo.
Era lealtad.
Era preocupación.
Era el pueblo recordando que, más allá del trono, su rey era un hombre.
La reina apoyó una mano contra el marco de la ventana.
Sabía que su esposo no podía ver aquello.
Roderic Zarvendel seguía acostado en su cama, obligado por el médico a no moverse.
La herida en la cabeza había sido peligrosa.
La caída había sido brutal.
Pero el pueblo estaba allí.
Esperando.
Y ese silencio… era más poderoso que cualquier multitud gritando.
Seraphine cerró los ojos por un momento.
Luego tomó una decisión.
Minutos después, la reina consorte salió al balcón principal del palacio.
Las enormes puertas de madera se abrieron lentamente.
El sonido de las bisagras resonó suavemente en la plaza.
Cuando el pueblo la vio aparecer, nadie gritó.
Nadie habló.
Las velas siguieron encendidas en silencio.
Pero miles de rostros se levantaron al mismo tiempo.
La reina consorte levantó la mano.
El gesto fue simple.
Pero bastó.
La plaza entera se quedó completamente inmóvil.
—Pueblo de Dravendel…
Su voz se escuchó con claridad en la plaza.
No necesitó gritar.
El silencio hacía que cada palabra viajara lejos.
—Vengo a hablarles en nombre de mi esposo, vuestro rey.
Miles de ojos la observaban con atención absoluta.
Había preocupación en esos rostros.
Había miedo.
Pero también esperanza.
Seraphine respiró antes de continuar.
—Su Majestad está vivo.
Un suspiro colectivo recorrió la plaza.
Fue casi como una ola.
Un sonido suave, profundo, humano.
Muchos bajaron la cabeza.
Otros cerraron los ojos con alivio.
La reina continuó.
—El golpe ha sido fuerte… pero los médicos aseguran que se recuperará.
Las velas continuaban brillando.
El viento nocturno movía las llamas, pero ninguna se apagaba.
—Mi esposo me pidió que les diera las gracias.
Seraphine miró la plaza iluminada.
Aquel mar de luces parecía infinito.
—Gracias por su lealtad.
Hizo una pausa.
—Gracias por su paciencia.
Otra pausa.
—Y gracias por no abandonar a su rey.
Durante un momento, nadie se movió.
El silencio continuó dominando la plaza.
Pero ahora era un silencio distinto.
Un silencio de alivio.
La reina inclinó la cabeza levemente.
Luego dio un paso atrás.
En ese momento apareció el portavoz real.
Y junto a él, el médico del palacio.
El médico habló primero.
—Pueblo de Dravendel.
Su voz era firme.
Segura.
—Su Majestad está fuera de peligro.
Un murmullo recorrió la multitud.
Algunos se abrazaron.
Otros levantaron las velas hacia el cielo.
Pero el silencio regresó rápidamente.
—Pero debe permanecer en reposo absoluto durante varios días.
El portavoz dio un paso adelante.
Era un hombre acostumbrado a hablar ante multitudes, pero incluso él parecía impresionado por la escena frente al palacio.
—El palacio agradece vuestra presencia.
Miró el mar de velas.
—Podéis regresar a vuestros hogares con tranquilidad.
El viento movía las llamas.
—Vuestro rey vive.
Eso era lo que todos necesitaban escuchar.
Las velas comenzaron a moverse lentamente mientras la multitud se dispersaba.
No hubo desorden.
No hubo empujones.
Solo pasos tranquilos alejándose del palacio.
Poco a poco, la plaza comenzó a vaciarse.
Las luces se alejaban por las calles de la ciudad.
Como un río de estrellas regresando a sus hogares.
La noche terminó en calma.
Pero el mensaje había sido claro.
El pueblo de Dravendel no había abandonado a su rey.
La mañana siguiente
El sol comenzó a elevarse sobre la capital.
Los primeros rayos de luz tocaron las torres del palacio.
Las campanas de la ciudad marcaban las ocho de la mañana.
El sonido metálico viajó por calles y plazas.
Un nuevo día comenzaba.
En ese momento, una orden salió del palacio.
El rey había mandado llamar a su hijo.
Magnus Zarvendel.
El heredero.
El príncipe.
El futuro del reino.
Magnus entró en la habitación de su padre.
La puerta se cerró detrás de él.
La habitación estaba en silencio.
El rey seguía acostado.
Su rostro mostraba señales de cansancio.
Pero sus ojos estaban abiertos.
Y su mirada seguía siendo la de un rey.
La Reina Seraphine estaba sentada junto a la cama.
Magnus hizo una leve reverencia.
—Padre.
Roderic lo miró durante unos segundos.
Había orgullo en su mirada.
Pero también gravedad.
—Acércate.
Magnus obedeció.
El príncipe se acercó al lecho.
El rey respiró lentamente antes de hablar.
—Mientras mi cuerpo se recupera…
Hizo una breve pausa.
Sus ojos se fijaron en los de su hijo.
—Necesito que gobiernes en mi lugar.
Magnus lo miró sorprendido.
—Padre…
Pero Roderic continuó.
—El reino no puede esperar.
Su voz era más baja de lo habitual, pero la autoridad seguía intacta.
—Las decisiones deben seguir tomándose.
El rey sostuvo la mirada de su hijo.
—Desde este momento tomarás el control del reino.
Magnus guardó silencio unos segundos.
Aquellas palabras eran más que una orden.
Eran una responsabilidad inmensa.
Gobernar un reino.
Hablar con la voz del rey.
Tomar decisiones que afectarían a millones.
Luego inclinó la cabeza.
—Acepto.
Seraphine observó la escena en silencio.
Sabía que ese momento quedaría grabado en la historia del reino.
El día en que el heredero comenzó a gobernar.
El decreto
Horas después, en los aposentos reales, Roderic Zarvendel pidió la presencia de su escriba personal.
El anciano escriba entró en la habitación con pergamino y tinta.
Había servido a la corona durante décadas.
Sus manos temblaban ligeramente por la edad, pero su caligrafía seguía siendo perfecta.
El rey seguía acostado.
Pero su voz mantenía la autoridad de siempre.
—Escribe.
La pluma tocó el pergamino.
Durante varios minutos, el rey dictó cada palabra del decreto.
Cada frase fue pronunciada con cuidado.
Cada orden con precisión.
Cuando terminó, el escriba levantó la mirada.
—¿Algo más, Majestad?
El rey negó lentamente.
—No.
El pergamino fue sellado con el sello real.
La cera roja marcó la autoridad absoluta del documento.
Poco después, el decreto llegó a manos del heredero.
Magnus Zarvendel lo leyó en silencio.
Sus ojos recorrieron cada línea.
Cada palabra pesaba como una espada.
Luego levantó la mirada hacia el portavoz del palacio.
—Que este decreto sea proclamado en la capital.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Y que copias selladas sean enviadas inmediatamente a todos los gobernadores, ciudades y fortalezas del reino.
El portavoz inclinó la cabeza.
—Sí, Alteza.
Ese mismo día, los mensajeros reales partieron desde el palacio.
Caballos galoparon por caminos reales.
El decreto comenzó a viajar por todo Dravendel.
Ciudad tras ciudad.
Pueblo tras pueblo.
Fortaleza tras fortaleza.
Y pronto…
Más allá de sus fronteras.
Porque cuando un rey habla…
Todo el mundo escucha.
EDICTO SUPREMO DE RODERIC ZARVENDEL
YO, RODERIC ZARVENDEL, único y absoluto Rey de Dravendel, por mi propia autoridad y derecho inalienable,
ORDENO Y MANDO:
Que debido al accidente que ha sufrido mi cuerpo, y mientras recupero la fuerza que mi trono exige, mi hijo MAGNUS ZARVENDEL asuma desde este instante mi lugar.
Él hablará con mi voz, castigará con mi mano y decidirá con mi mente.
Le entrego el control total de mis ejércitos, de mis tierras y de la vida de cada súbdito.
Nadie, ni noble ni plebeyo, tiene permiso para cuestionar sus órdenes, pues desobedecer a Magnus es desobedecerme a mí.
Mi voluntad no se discute.
Mi poder no se divide.
Solo delego mi mando en mi heredero hasta que yo decida levantarme de este lecho para reclamar lo que es mío.
Que todo aquel que respire en Dravendel se arrodille ante el Regente como se arrodilla ante su Rey.
Firmado por mi mano,
RODERIC ZARVENDEL
Rey Absoluto Del Reino Dravendel
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El decreto real no había sido una simple hoja de papel; era un trueno silencioso que había viajado por cada arteria del reino. Desde las chimeneas humeantes de las ciudades industriales, donde el hollín manchaba el cielo, hasta los puertos del norte azotados por el salitre y los vientos gélidos. Desde los silenciosos pasillos de los centros de investigación, donde se gestaba el futuro, hasta las fortalezas de piedra negra en la frontera, donde los soldados vigilaban el horizonte con la mano en la espada.
Todos, sin excepción, habían recibido el mismo pergamino sellado con cera escarlata. La orden era absoluta: presentarse en la capital. En la mítica Aurethia City, la ciudad de las agujas de oro y los puentes de mármol.
Días después, el gran salón del trono del palacio bullía con una energía eléctrica. El aire era pesado, saturado por el aroma a incienso, madera antigua y el sudor frío de los hombres que saben que el mundo está a punto de cambiar.
Gobernadores de provincias lejanas, con sus túnicas de seda bordada, y generales de alto rango, con sus corazas pulidas al espejo y medallas que tintineaban a cada paso, habían acudido tras la convocatoria del palacio. Los murmullos eran como un enjambre de abejas; se especulaba sobre la salud del monarca y el destino de la corona.
Pero cuando las pesadas puertas de roble y bronce se abrieron y la comitiva entró al salón del trono… algo detuvo sus corazones de inmediato.
El trono real estaba allí, imponente, elevado sobre siete escalones de mármol blanco que parecían brillar con luz propia. Sobre el respaldo de oro tallado, descansaba la corona del rey Roderic, un círculo de diamantes y rubíes que capturaba la luz de los vitrales.
Pero el trono estaba vacío. Una ausencia que gritaba más fuerte que cualquier discurso.
Un escalón más abajo, justo frente a la presencia fantasmal del trono, se había colocado una silla formal de respaldo alto y terciopelo azul oscuro. No tenía la altura del asiento del rey, ni sus adornos divinos. Era el asiento del regente; un recordatorio de que quien se sentara allí no era el dueño del poder, sino su guardián.
Las puertas laterales se abrieron con un estruendo ceremonial. Entró Magnus Zarvendel. Su porte era rígido, su rostro una máscara de determinación que ocultaba el peso que sentía sobre sus hombros. Su capa ondeaba ligeramente con cada paso firme. Detrás de él, con la elegancia de una pantera de nieve, caminaba su madre, la Reina Seraphine. Su vestido negro con detalles en plata arrastraba por el suelo, produciendo un siseo que cortaba el silencio sepulcral.
Magnus avanzó sin desviar la mirada, ignorando las filas de nobles y militares, hasta llegar a la silla situada frente al trono. Se detuvo. El trono de su padre quedaba a su espalda. Visible. Intocable. Un mensaje claro grabado en la retina de todos los presentes: el rey seguía siendo el rey. Solo estaba descansando, y su sombra seguía proyectándose sobre la nación.
Seraphine dio un paso al frente, situándose al lado de su hijo. En sus manos, enguantadas en encaje fino, sostenía una almohadilla de terciopelo que portaba dos objetos que definían el destino de millones.
El primero era el sello real, una pieza de jade y oro con la que se legalizaba la vida y la muerte. El segundo… el anillo del poder. Un anillo pesado de oro macizo, cuya superficie mostraba el desgaste de siglos de uso. En su sello estaban grabadas con precisión milimétrica dos figuras heráldicas: un león rampante y un unicornio indómito. Los símbolos de la casa Dravendel, la fuerza y la pureza unidas en un solo linaje.
La reina habló. Su voz no era fuerte, pero poseía esa calma gélida que demandaba una obediencia absoluta.
—Por orden de Su Majestad, el rey Roderic Zarvendel, entrego estos símbolos de autoridad a su hijo.
Seraphine tomó el anillo y, con una solemnidad casi religiosa, lo colocó en la mano de Magnus. Sus dedos se rozaron por un instante, un paso de antorcha de una generación a otra. Luego le entregó el sello real, cuyas aristas frías Magnus apretó con fuerza.
—Desde este momento gobernarás en su nombre —sentenció ella.
Magnus inclinó la cabeza, un gesto de respeto hacia la corona que tenía a sus espaldas antes de sentarse en la silla del regente.
Entonces ocurrió algo que no se veía desde hacía décadas. El sonido de las armaduras chocando y las rodillas golpeando el suelo resonó como un trueno. Uno por uno, los hombres más poderosos del reino comenzaron a inclinarse. Gobernadores que controlaban el comercio mundial y generales que habían conquistado territorios imposibles; todos hicieron una reverencia profunda ante el nuevo regente.
Solo una persona permaneció de pie entre la multitud postrada. Su madre. Porque ella seguía siendo la reina consorte, y su lealtad no era hacia un cargo, sino hacia la sangre.
La reunión que siguió fue un maratón de tensión. Durante horas, el salón se convirtió en un centro de mando. Se discutieron informes de inteligencia que hablaban de disturbios menores; se analizó la situación económica, con las tasas de cambio y los precios de los granos; se revisaron las fronteras y los movimientos militares de los clanes que acechaban como lobos ante la debilidad del rey.
Cuando el sol comenzó a ponerse, tiñendo los vitrales de un rojo sangre, el salón comenzó a vaciarse. Los gobernadores y generales abandonaron el palacio con murmullos bajos, procesando la nueva realidad política.
Más tarde, el silencio regresó a los pasillos, interrumpido solo por las botas de Magnus mientras caminaba hacia el despacho de su padre. El pasillo estaba flanqueado por estatuas de antiguos reyes que parecían juzgarlo con sus ojos de piedra. Detrás de él, como sombras fieles, lo seguían las dos personas que habían sido su ancla durante años: su guardia personal, Aldren Walker, cuya mano nunca se alejaba demasiado de la empuñadura de su espada, y su escriba personal, Lira Castro, que cargaba con los libros de actas como si fueran tesoros sagrados.
Cuando llegaron a la imponente puerta del despacho, Aldren se detuvo en seco. Lira también, bajando la mirada. Magnus, sintiendo la falta de pasos tras él, giró ligeramente.
—¿Qué ocurre? —preguntó, con una nota de extrañeza en su voz.
Aldren fue el primero en hablar. Sus ojos, siempre vigilantes, mostraban una mezcla de orgullo y melancolía.
—Hasta aquí llegamos, Alteza.
Magnus frunció el ceño, confundido por la formalidad repentina.
—¿A qué te refieres?
Lira respondió con un respeto que rayaba en la distancia protocolaria.
—Nosotros servimos al príncipe heredero. —Hizo una pequeña pausa, tragando saliva—. Ahora usted es el príncipe regente.
El aire en el pasillo pareció enfriarse. Para ellos, Magnus ya no era solo el joven al que cuidaban; era la personificación del Estado. Magnus los miró en silencio, dándose cuenta de que la corona, incluso la de un regente, era una pared invisible que lo separaba de sus amigos.
Entonces apareció Seraphine detrás de ellos, emergiendo de las sombras del corredor con la elegancia que la caracterizaba.
—Es la tradición, Magnus —dijo con suavidad—. El regente debe tener una guardia de élite y un consejo de escribas del Estado. Los lazos personales a menudo nublan el juicio de un gobernante.
Magnus la miró fijamente. En ese momento, no veía a la reina, sino a la mujer que había navegado las tormentas políticas de Dravendel durante años.
—¿Debo cambiar a mi guardia y a mi escriba? —preguntó, con una voz que empezaba a recuperar su filo.
La reina respondió con calma, sabiendo que la respuesta definiría qué tipo de líder sería su hijo.
—Puedes pedirlo si lo deseas. Pero recuerda que el poder requiere lealtad a la institución, no a las personas.
Magnus guardó silencio unos segundos. Sus ojos viajaron de Aldren a Lira. Vio en ellos no solo a subordinados, sino a los únicos pilares de confianza que le quedaban en un palacio lleno de traidores y oportunistas.
Luego habló con una firmeza que hizo que las antorchas de la pared oscilaran.
—Entonces lo ordeno.
Miró a Aldren, clavando sus ojos en los de él con una intensidad que no admitía réplica.
—Seguirás siendo mi guardia. —Luego se dirigió a Lira—. Y tú seguirás siendo mi escriba.
Ambos se miraron sorprendidos. La rigidez de Aldren se quebró por un instante en una media sonrisa de alivio, y Lira apretó sus libros contra el pecho, asintiendo con determinación. Magnus abrió la pesada puerta del despacho del rey, el lugar donde se decidía el curso de la historia.
—Entren.
Pero esa no fue la decisión que más resonaría en las crónicas de Eridia. Horas antes, cuando el salón del trono estaba en su máximo esplendor de uniformes y títulos, Magnus había hecho algo que nadie esperaba.
Frente a todos los gobernadores y generales del reino, en su primer acto oficial, se había levantado frente al consejo. El silencio que se produjo fue tan absoluto que podía oírse el crujir de las velas. Magnus había hablado con una voz firme, una voz que no pertenecía a un joven, sino a un hombre que aceptaba el peso de la historia.
—A partir de este momento… —Hizo una breve pausa, dejando que la tensión creciera hasta volverse insoportable—. Todas las tropas del reino desplegadas en la frontera con el archiducado deberán retirarse inmediatamente.
El salón quedó en un silencio de tumba. Fue un vacío de sonido que duró una eternidad. Los generales se miraron entre sí, algunos con las manos temblando de incredulidad, otros con los ojos encendidos de furia contenida. ¿Retirarse? ¿Después de años de patrullas y escaramuzas?
Magnus continuó, impasible.
—Las fuerzas regresarán a la ciudad militar para reabastecimiento y reorganización. La frontera quedará desocupada hasta nueva orden.
No hubo espacio para la réplica. La decisión había sido clara, directa y ejecutada con la frialdad de un verdugo. Al vaciar la frontera, Magnus no solo estaba moviendo soldados; estaba enviando un mensaje al Archiducado y a sus propios aliados. El tablero de juego acababa de ser barrido, y una nueva estrategia, una que solo él conocía, estaba comenzando.
Ese día, bajo el cielo de Aurethia City, el equilibrio de poder en toda la región de Eridia no solo cambió; se rompió para siempre.
Eridia es un tablero de ajedrez donde cada movimiento en la frontera de las Cinco Territorios altera el destino de las ciudades industriales del norte. Al escribir el retiro de las tropas hacia Trevaston, quise mostrar que el poder no siempre se ejerce avanzando, sino a veces retrocediendo para observar quién se atreve a llenar el vacío. La entrada de Magnus al despacho de su padre marca el fin de su etapa como heredero y el inicio de su era como estratega. La corona descansa en el trono, pero el pulso del reino ahora late en el anillo que Magnus aprieta en su mano.
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