MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 108
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Capítulo 108: CAPÍTULO 8: El Regente
El decreto real no había sido una simple hoja de papel; era un trueno silencioso que había viajado por cada arteria del reino. Desde las chimeneas humeantes de las ciudades industriales, donde el hollín manchaba el cielo, hasta los puertos del norte azotados por el salitre y los vientos gélidos. Desde los silenciosos pasillos de los centros de investigación, donde se gestaba el futuro, hasta las fortalezas de piedra negra en la frontera, donde los soldados vigilaban el horizonte con la mano en la espada.
Todos, sin excepción, habían recibido el mismo pergamino sellado con cera escarlata. La orden era absoluta: presentarse en la capital. En la mítica Aurethia City, la ciudad de las agujas de oro y los puentes de mármol.
Días después, el gran salón del trono del palacio bullía con una energía eléctrica. El aire era pesado, saturado por el aroma a incienso, madera antigua y el sudor frío de los hombres que saben que el mundo está a punto de cambiar.
Gobernadores de provincias lejanas, con sus túnicas de seda bordada, y generales de alto rango, con sus corazas pulidas al espejo y medallas que tintineaban a cada paso, habían acudido tras la convocatoria del palacio. Los murmullos eran como un enjambre de abejas; se especulaba sobre la salud del monarca y el destino de la corona.
Pero cuando las pesadas puertas de roble y bronce se abrieron y la comitiva entró al salón del trono… algo detuvo sus corazones de inmediato.
El trono real estaba allí, imponente, elevado sobre siete escalones de mármol blanco que parecían brillar con luz propia. Sobre el respaldo de oro tallado, descansaba la corona del rey Roderic, un círculo de diamantes y rubíes que capturaba la luz de los vitrales.
Pero el trono estaba vacío. Una ausencia que gritaba más fuerte que cualquier discurso.
Un escalón más abajo, justo frente a la presencia fantasmal del trono, se había colocado una silla formal de respaldo alto y terciopelo azul oscuro. No tenía la altura del asiento del rey, ni sus adornos divinos. Era el asiento del regente; un recordatorio de que quien se sentara allí no era el dueño del poder, sino su guardián.
Las puertas laterales se abrieron con un estruendo ceremonial. Entró Magnus Zarvendel. Su porte era rígido, su rostro una máscara de determinación que ocultaba el peso que sentía sobre sus hombros. Su capa ondeaba ligeramente con cada paso firme. Detrás de él, con la elegancia de una pantera de nieve, caminaba su madre, la Reina Seraphine. Su vestido negro con detalles en plata arrastraba por el suelo, produciendo un siseo que cortaba el silencio sepulcral.
Magnus avanzó sin desviar la mirada, ignorando las filas de nobles y militares, hasta llegar a la silla situada frente al trono. Se detuvo. El trono de su padre quedaba a su espalda. Visible. Intocable. Un mensaje claro grabado en la retina de todos los presentes: el rey seguía siendo el rey. Solo estaba descansando, y su sombra seguía proyectándose sobre la nación.
Seraphine dio un paso al frente, situándose al lado de su hijo. En sus manos, enguantadas en encaje fino, sostenía una almohadilla de terciopelo que portaba dos objetos que definían el destino de millones.
El primero era el sello real, una pieza de jade y oro con la que se legalizaba la vida y la muerte. El segundo… el anillo del poder. Un anillo pesado de oro macizo, cuya superficie mostraba el desgaste de siglos de uso. En su sello estaban grabadas con precisión milimétrica dos figuras heráldicas: un león rampante y un unicornio indómito. Los símbolos de la casa Dravendel, la fuerza y la pureza unidas en un solo linaje.
La reina habló. Su voz no era fuerte, pero poseía esa calma gélida que demandaba una obediencia absoluta.
—Por orden de Su Majestad, el rey Roderic Zarvendel, entrego estos símbolos de autoridad a su hijo.
Seraphine tomó el anillo y, con una solemnidad casi religiosa, lo colocó en la mano de Magnus. Sus dedos se rozaron por un instante, un paso de antorcha de una generación a otra. Luego le entregó el sello real, cuyas aristas frías Magnus apretó con fuerza.
—Desde este momento gobernarás en su nombre —sentenció ella.
Magnus inclinó la cabeza, un gesto de respeto hacia la corona que tenía a sus espaldas antes de sentarse en la silla del regente.
Entonces ocurrió algo que no se veía desde hacía décadas. El sonido de las armaduras chocando y las rodillas golpeando el suelo resonó como un trueno. Uno por uno, los hombres más poderosos del reino comenzaron a inclinarse. Gobernadores que controlaban el comercio mundial y generales que habían conquistado territorios imposibles; todos hicieron una reverencia profunda ante el nuevo regente.
Solo una persona permaneció de pie entre la multitud postrada. Su madre. Porque ella seguía siendo la reina consorte, y su lealtad no era hacia un cargo, sino hacia la sangre.
La reunión que siguió fue un maratón de tensión. Durante horas, el salón se convirtió en un centro de mando. Se discutieron informes de inteligencia que hablaban de disturbios menores; se analizó la situación económica, con las tasas de cambio y los precios de los granos; se revisaron las fronteras y los movimientos militares de los clanes que acechaban como lobos ante la debilidad del rey.
Cuando el sol comenzó a ponerse, tiñendo los vitrales de un rojo sangre, el salón comenzó a vaciarse. Los gobernadores y generales abandonaron el palacio con murmullos bajos, procesando la nueva realidad política.
Más tarde, el silencio regresó a los pasillos, interrumpido solo por las botas de Magnus mientras caminaba hacia el despacho de su padre. El pasillo estaba flanqueado por estatuas de antiguos reyes que parecían juzgarlo con sus ojos de piedra. Detrás de él, como sombras fieles, lo seguían las dos personas que habían sido su ancla durante años: su guardia personal, Aldren Walker, cuya mano nunca se alejaba demasiado de la empuñadura de su espada, y su escriba personal, Lira Castro, que cargaba con los libros de actas como si fueran tesoros sagrados.
Cuando llegaron a la imponente puerta del despacho, Aldren se detuvo en seco. Lira también, bajando la mirada. Magnus, sintiendo la falta de pasos tras él, giró ligeramente.
—¿Qué ocurre? —preguntó, con una nota de extrañeza en su voz.
Aldren fue el primero en hablar. Sus ojos, siempre vigilantes, mostraban una mezcla de orgullo y melancolía.
—Hasta aquí llegamos, Alteza.
Magnus frunció el ceño, confundido por la formalidad repentina.
—¿A qué te refieres?
Lira respondió con un respeto que rayaba en la distancia protocolaria.
—Nosotros servimos al príncipe heredero. —Hizo una pequeña pausa, tragando saliva—. Ahora usted es el príncipe regente.
El aire en el pasillo pareció enfriarse. Para ellos, Magnus ya no era solo el joven al que cuidaban; era la personificación del Estado. Magnus los miró en silencio, dándose cuenta de que la corona, incluso la de un regente, era una pared invisible que lo separaba de sus amigos.
Entonces apareció Seraphine detrás de ellos, emergiendo de las sombras del corredor con la elegancia que la caracterizaba.
—Es la tradición, Magnus —dijo con suavidad—. El regente debe tener una guardia de élite y un consejo de escribas del Estado. Los lazos personales a menudo nublan el juicio de un gobernante.
Magnus la miró fijamente. En ese momento, no veía a la reina, sino a la mujer que había navegado las tormentas políticas de Dravendel durante años.
—¿Debo cambiar a mi guardia y a mi escriba? —preguntó, con una voz que empezaba a recuperar su filo.
La reina respondió con calma, sabiendo que la respuesta definiría qué tipo de líder sería su hijo.
—Puedes pedirlo si lo deseas. Pero recuerda que el poder requiere lealtad a la institución, no a las personas.
Magnus guardó silencio unos segundos. Sus ojos viajaron de Aldren a Lira. Vio en ellos no solo a subordinados, sino a los únicos pilares de confianza que le quedaban en un palacio lleno de traidores y oportunistas.
Luego habló con una firmeza que hizo que las antorchas de la pared oscilaran.
—Entonces lo ordeno.
Miró a Aldren, clavando sus ojos en los de él con una intensidad que no admitía réplica.
—Seguirás siendo mi guardia. —Luego se dirigió a Lira—. Y tú seguirás siendo mi escriba.
Ambos se miraron sorprendidos. La rigidez de Aldren se quebró por un instante en una media sonrisa de alivio, y Lira apretó sus libros contra el pecho, asintiendo con determinación. Magnus abrió la pesada puerta del despacho del rey, el lugar donde se decidía el curso de la historia.
—Entren.
Pero esa no fue la decisión que más resonaría en las crónicas de Eridia. Horas antes, cuando el salón del trono estaba en su máximo esplendor de uniformes y títulos, Magnus había hecho algo que nadie esperaba.
Frente a todos los gobernadores y generales del reino, en su primer acto oficial, se había levantado frente al consejo. El silencio que se produjo fue tan absoluto que podía oírse el crujir de las velas. Magnus había hablado con una voz firme, una voz que no pertenecía a un joven, sino a un hombre que aceptaba el peso de la historia.
—A partir de este momento… —Hizo una breve pausa, dejando que la tensión creciera hasta volverse insoportable—. Todas las tropas del reino desplegadas en la frontera con el archiducado deberán retirarse inmediatamente.
El salón quedó en un silencio de tumba. Fue un vacío de sonido que duró una eternidad. Los generales se miraron entre sí, algunos con las manos temblando de incredulidad, otros con los ojos encendidos de furia contenida. ¿Retirarse? ¿Después de años de patrullas y escaramuzas?
Magnus continuó, impasible.
—Las fuerzas regresarán a la ciudad militar para reabastecimiento y reorganización. La frontera quedará desocupada hasta nueva orden.
No hubo espacio para la réplica. La decisión había sido clara, directa y ejecutada con la frialdad de un verdugo. Al vaciar la frontera, Magnus no solo estaba moviendo soldados; estaba enviando un mensaje al Archiducado y a sus propios aliados. El tablero de juego acababa de ser barrido, y una nueva estrategia, una que solo él conocía, estaba comenzando.
Ese día, bajo el cielo de Aurethia City, el equilibrio de poder en toda la región de Eridia no solo cambió; se rompió para siempre.
Eridia es un tablero de ajedrez donde cada movimiento en la frontera de las Cinco Territorios altera el destino de las ciudades industriales del norte. Al escribir el retiro de las tropas hacia Trevaston, quise mostrar que el poder no siempre se ejerce avanzando, sino a veces retrocediendo para observar quién se atreve a llenar el vacío. La entrada de Magnus al despacho de su padre marca el fin de su etapa como heredero y el inicio de su era como estratega. La corona descansa en el trono, pero el pulso del reino ahora late en el anillo que Magnus aprieta en su mano.
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