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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 109

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  4. Capítulo 109 - Capítulo 109: CAPÍTULO 9: LA SOMBRA DE MAXIMILIANO
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Capítulo 109: CAPÍTULO 9: LA SOMBRA DE MAXIMILIANO

La Consulta al Trono

Magnus entró en los aposentos reales con el peso del primer día de gobierno sobre los hombros. El eco de sus propias palabras en el salón del trono aún resonaba en sus oídos. A pesar del Edicto y de la autoridad que ahora emanaba de su anillo, no quería actuar solo en la penumbra del despacho. Necesitaba la mirada del hombre que le había enseñado, aunque fuera a través del rigor, lo que significaba llevar una nación a cuestas.

—Padre —dijo Magnus, acercándose a la cama donde el dosel de terciopelo parecía absorber la escasa luz de las velas. Llevaba un informe en la mano, apretándolo con una mezcla de respeto y urgencia—. He dado la orden de retirar las tropas de la frontera en disputa. He decidido que Dravendel no necesita más muros de acero con el Archiducado.

Roderic lo miró desde su reposo. Su rostro estaba marcado por el cansancio, pero sus ojos, que habían visto 45 años de historia, brillaron con una luz nueva, una chispa de claridad que la enfermedad no había podido extinguir.

—Hijo… ahora tienes el control. Sabes lo que significa este paso, y el pueblo ya nos dio su respuesta en la plaza. Ellos no ven enemigos donde nosotros pusimos cañones. Puedes hacer lo que desees. El poder, Magnus, no es solo mandar; es tener el valor de dejar de hacerlo sobre los hombros de los inocentes.

El Secreto de los Zarvendel

El Rey hizo un gesto débil pero imperativo para que Magnus se sentara cerca, casi al borde de la colcha bordada en oro. La Reina Seraphine, que permanecía como una guardiana silenciosa al otro lado del lecho, apretó la mano de su esposo. Sus ojos estaban empañados por una emoción que Magnus rara vez veía en la fría etiqueta del palacio.

—Pero dejemos de hablar del Estado —suspiró Roderic, y su voz se volvió más íntima, más humana—. Quiero hablarte como tu padre. Nunca te conté esto, pero naciste apenas dos días después de que yo subiera a este trono. Tu abuelo, el Rey Maximiliano, era un hombre de piedra. Un hombre hecho de la misma sustancia que las murallas de la capital: inamovible y frío.

Magnus escuchaba en un silencio absoluto. El nombre de su abuelo siempre había sido un mito de terror y eficiencia en las crónicas reales.

—Él no quería que me casara con tu madre —continuó el Rey, desviando la mirada hacia Seraphine con un amor que los años, las guerras y las conspiraciones no pudieron borrar—. A pesar de que su padre era un General leal, mi padre quería obligarme a casar con la Princesa Lucía de Cantón Ferrum. Una unión de intereses, Magnus. Sangre y hierro. Pero yo estaba perdidamente enamorado.

El Perdón del León

Roderic tosió levemente, un sonido seco que pareció vibrar en las paredes, pero no apartó la mirada de su hijo.

—Luché por ese amor, tal como tú lo haces ahora. Lo que más temía en esta vida era volverme como mi padre… y sin embargo, me volví igual a él. En mi afán de protegerte, en mi miedo de que el mundo te destruyera, terminé siendo tu carcelero. Te encerré, te castigué y traté de apagar tu fuego con el agua fría de la responsabilidad. Por eso, hijo… te pido perdón. ¿Puedes perdonar a este viejo que confundió el deber con la tiranía?

Magnus sintió que el nudo en su garganta le impedía hablar. El orgullo del Príncipe se desmoronaba ante la vulnerabilidad del Rey.

—Te lo pregunto de hombre a hombre, Magnus: ¿Estás seguro? ¿Estás completamente enamorado del príncipe de Silvaris? —Roderic tomó aire, solemne, como si estuviera dictando una ley divina—. Porque si es así, si tu corazón no duda ante el abismo, entonces tienes mi bendición. Nuestra bendición. No solo la mía, sino la de todos tus ancestros que, a través de ti, hoy por fin eligen el amor sobre la corona.

Magnus guardó silencio, procesando el peso de las palabras de su padre. El aire en la habitación se sentía cargado, denso, como si las paredes del palacio estuvieran liberando secretos guardados por casi medio siglo.

—Padre… —la voz de Magnus tembló por primera vez, perdiendo toda la autoridad de regente—. ¿De verdad? ¿Me estás dando tu bendición? ¿Después de todo lo que ha pasado? ¿Después de las discusiones y los muros que levantamos entre nosotros?

Roderic asintió con una sonrisa triste, mientras la Reina Seraphine le apretaba la mano con fuerza, como si ella también estuviera recibiendo una redención largamente esperada.

—Te doy mi bendición, hijo. Pero no lo hago solo por tu felicidad, sino por justicia. No quiero que cargues con el mismo arrepentimiento que yo cargué durante décadas, ese veneno que te dice que pudiste ser feliz y elegiste el protocolo. El amor es el único cimiento que no se agrieta con el tiempo… y tú has logrado lo que yo solo pude soñar: convertir un arma en un lazo.

Magnus bajó la mirada, tocando el anillo en su mano. De pronto, un nombre mencionado por su padre hizo un “clic” violento en su mente. Levantó la cabeza de golpe, con los ojos entrecerrados por la sorpresa.

—Un segundo, padre… —dijo Magnus, cambiando el tono a uno de pura intriga—. Dijiste la Princesa Lucía. ¿Te referís a la actual gobernante soberana del Cantón Ferrum? ¿La misma que hoy es nuestra aliada más fría? ¿La mujer que siempre parece despreciarnos en las cumbres diplomáticas?

Roderic soltó un suspiro pesado, abriendo ese cofre de sombras que había permanecido cerrado con siete llaves.

—La misma, Magnus. Maximiliano, tu abuelo, no solo quería el hierro de Lucía para enriquecernos. Él tenía una ambición mucho más oscura: quería una unión política total para aplastar al Archiducado de Silvaris de una vez por todas. En aquel entonces, el padre de Marcio, el viejo Federico Sylvarion, era el que sostenía el mando allí. Un hombre orgulloso que no se arrodillaba ante nadie.

Magnus sintió un escalofrío al escuchar el nombre del abuelo de Caius. Las piezas del tablero de ajedrez histórico empezaron a encajar con una precisión aterradora.

—Tu abuelo Maximiliano quería usar mi matrimonio con Lucía para aislar a Federico —continuó Roderic con voz grave, mientras las sombras de la habitación parecían alargarse—. Quería que el hierro de Ferrum se convirtiera en las espadas que atravesarían el corazón de Silvaris. Si yo me hubiera casado con ella, hoy el país de Caius no existiría; lo habríamos borrado del mapa bajo el peso de una alianza de acero y despecho.

El Rey sostuvo la mirada de su hijo con una intensidad que cortaba el aire.

—Entiéndelo, Magnus: Al elegir a tu madre, no solo elegí el amor. También detuve una masacre que tu abuelo ya tenía planeada contra la familia Sylvarion. Mi “desobediencia” salvó la sangre de los ancestros de Caius sin que ellos lo supieran. Por eso, cuando te veo a ti amando al nieto de Federico… siento que el destino nos está dando una segunda oportunidad para cerrar esa herida. Lo que mi padre quiso destruir con la guerra, tú lo estás uniendo con tu verdad. Mi bendición es para ti, pero también es una deuda saldada con la historia de este continente.

En el Universo de Solaris, el pasado es una fuerza gravitatoria. El amor entre Magnus y Caius no es solo un sentimiento joven; es el escudo que, décadas atrás, Roderic levantó sin saberlo para proteger el futuro de ambos. Este capítulo revela que la mayor rebeldía de un príncipe no es ganar una guerra, sino negarse a iniciar una.

El vacío de hierro

El viento de la mañana corría libre sobre las colinas de Eridia, un aire limpio que por fin no arrastraba el olor a pólvora ni el ruido del metal. Durante cuarenta años, aquel territorio no había sido tierra, sino una herida abierta; una línea de hierro que separaba dos potencias que se miraban con odio a través de las mirillas de sus fusiles.

Torres de vigilancia de piedra gris se alzaban como gigantes mudos. Campamentos militares que parecían ciudades de lona y estandartes que marcaban, con sangre invisible, hasta dónde llegaba el orgullo de cada reino.

Pero ese día, el paisaje estaba cambiando. Los soldados de Dravendel, bajo las órdenes directas del nuevo Regente, desmontaban sus campamentos con una eficiencia silenciosa. Las tiendas se plegaban, revelando círculos de tierra quemada donde antes había vida militar. Las fogatas, que habían ardido por décadas para calentar a generaciones de centinelas, se apagaban dejando solo ceniza fría.

Uno por uno, los estandartes rojo y blanco, los colores del León y el Unicornio, eran bajados de sus mástiles. El viento continuaba soplando con la misma fuerza de siempre… pero ya no encontraba tela que agitar.

Un vigía del Archiducado, oculto entre los riscos de una colina lejana, observaba la escena a través de su catalejo. Su pulso se aceleró. Frunció el ceño, buscando una explicación lógica. No era una rotación de patrullas. No era una maniobra de distracción para un flanqueo. Era una retirada completa. Una renuncia al terreno ganado con años de tensión.

El hombre no perdió tiempo. Guardó el catalejo, bajó corriendo la pendiente hacia donde su caballo aguardaba inquieto y partió al galope. Horas después, el informe cruzaba las pesadas puertas de hierro del palacio de Silvaris.

El Salón de Guerra de Marcio

El Archiduque Marcio Sylvarion no esperó a la mañana. Convocó una reunión de emergencia de inmediato. Los grandes generales del Archiducado, hombres con cicatrices en el alma y el uniforme, acudieron al salón de guerra.

Mapas inmensos cubrían la mesa central, iluminados por candelabros de plata. Las fronteras estaban marcadas con una tinta roja tan densa que parecía sangre seca. El oficial que había traído el informe, aún cubierto por el polvo del camino, habló primero.

—Mi señor… las tropas de Dravendel están abandonando la frontera. Están desocupando los puestos avanzados de Eridia.

Los generales se miraron entre sí, incrédulos. La desconfianza era un músculo entrenado.

—¿Cuántas? —preguntó uno, con la mano puesta sobre el pomo de su sable.

—Todas, general. No queda un solo hombre en los puestos de avanzada.

Un murmullo de sospecha recorrió el salón como una corriente eléctrica.

—Es una trampa —sentenció otro oficial de alto rango—. Quieren que avancemos, que perdamos nuestras posiciones defensivas para cazarnos en terreno abierto. Es un movimiento clásico de Roderic.

El Archiduque Marcio no respondió. Su mirada permanecía fija en el mapa, justo en el punto donde las dos naciones se tocaban. El espía, sintiendo el peso del silencio de su señor, continuó.

—Hay algo más, mi señor. Las fuentes en la capital informan que el Rey Roderic no está gobernando en este momento. Se dice que su salud ha colapsado.

El silencio se hizo más pesado, casi asfixiante.

—El control del reino —concluyó el informante— está en manos del Príncipe Regente… Magnus Zarvendel.

Varios generales intercambiaron miradas de asombro. Magnus era una variable que no habían calculado con tanta prontitud. El Archiduque apoyó lentamente las manos sobre la mesa de mapas. De pronto, una fuerte tos sacudió su pecho, rompiendo la solemnidad del momento. Tosió una vez, encorvándose. Luego otra, más profunda. Uno de los médicos de la corte dio un paso adelante con un frasco de tónico, pero Marcio levantó la mano, deteniéndolo con un gesto imperioso.

—Estoy bien —dijo con la voz rasposa—. Solo es el aire de la noche.

Respiró profundamente, recuperando su postura señorial antes de volver a hablar. Sus ojos se clavaron en sus generales.

—Magnus no es su padre.

El salón quedó en un silencio absoluto. El nombre de Magnus Zarvendel flotaba en el aire como una promesa o una amenaza. El Archiduque volvió a mirar el mapa, señalando los territorios vacíos.

—Ese muchacho… no habría retirado sus ejércitos si buscara guerra. Magnus busca algo que su padre nunca se atrevió a pedir.

Nadie respondió. Porque todos sabían que Marcio conocía a los Zarvendel mejor que nadie. Tenía razón.

El Sello del Destino

Mientras tanto, al otro lado de la frontera, en la vibrante y dorada capital de Dravendel… El sol se elevaba sobre Aurethia City, bañando de luz el Palacio Real.

En el despacho real, Magnus Zarvendel sostenía un pergamino de hilo fino, aún sin sellar. Había escrito varias líneas, borrado otras, luchando con las palabras que debían ser lo suficientemente fuertes para el Estado y lo suficientemente sinceras para su corazón. Finalmente, tomó el documento y caminó hacia los aposentos de su padre.

El Rey Roderic Zarvendel descansaba en su cama, rodeado por el lujo y la decadencia de la enfermedad. La Reina Seraphine estaba sentada junto a él, manteniendo su vigilia eterna. Magnus entró y hizo una leve reverencia.

—Padre.

Roderic levantó la mirada, sus ojos cansados buscaron los de su hijo.

—¿Qué ocurre, Regente?

Magnus sostuvo el pergamino con manos que ya no temblaban.

—Quiero enviar una carta al Archiduque de Silvaris.

El rey lo observó en silencio, analizando cada rasgo de su hijo.

—¿Una amenaza? ¿Una demanda de rendición ahora que has despejado el camino? —preguntó Roderic con un rastro de su antigua dureza.

—No —Magnus negó con la cabeza—. Una petición. Quiero solicitar una audiencia formal.

El silencio llenó la habitación. Era una propuesta que hace un mes habría sido considerada alta traición. La Reina Seraphine miró primero a su esposo, con una súplica silenciosa, y luego a su hijo, con orgullo. Roderic cerró los ojos un instante, como si estuviera consultando con los fantasmas de sus ancestros. Cuando los abrió, había algo diferente en su mirada: aceptación.

—¿Irás en nombre del reino… o en nombre de tu corazón? —preguntó el viejo Rey.

Magnus no dudó ni un segundo. Su voz sonó clara, resonando en las vigas del techo.

—En ambos, padre. Porque el reino no tendrá paz si mi corazón no la tiene primero.

El rey lo observó durante varios segundos que parecieron siglos. Luego, asintió lentamente.

—Tienes mi permiso. Ve y haz lo que yo no pude.

Magnus inclinó la cabeza con un respeto profundo. Poco después, en el despacho real, el Príncipe Regente dictaba la carta final. Su escriba, Lira Castro, escribía cada palabra con una precisión matemática, consciente de que estaba redactando un documento histórico.

Cuando terminó, Magnus tomó el sello real, el pesado instrumento de oro. El emblema del león y el unicornio se imprimió con firmeza sobre la cera roja. La carta estaba lista. El destino estaba sellado.

Un mensajero de la guardia exterior fue llamado inmediatamente. El hombre tomó el pergamino sellado, lo guardó en su jubón y montó su caballo más veloz. Las puertas del palacio se abrieron de par en par, y el mensajero cabalgó hacia el oeste, hacia las montañas, hacia Silvaris.

Un nuevo horizonte

Muy lejos de allí, en el palacio del Archiducado, Marcio Sylvarion permanecía de pie frente a una gran ventana gótica. El viento movía lentamente las cortinas de terciopelo azul. El Archiduque miraba hacia las montañas escarpadas.

Más allá de esas cumbres estaba la frontera desierta. Y más allá… Dravendel.

Después de cuarenta años de tensión, de hijos que crecieron odiando a vecinos que nunca vieron, algo había cambiado. Por primera vez en décadas, los ejércitos se retiraban. No para afilar las espadas o cargar los cañones, sino para dar un paso diferente. Un paso incierto, frágil como el cristal, pero necesario.

Uno que tal vez podría cambiar la historia de dos naciones y de dos linajes que se habían negado el derecho a la felicidad. Porque por primera vez en cuarenta años… la relación entre Dravendel y Silvaris no avanzaba hacia el campo de batalla.

Avanzaba hacia una conversación. Hacia una verdad.

FIN DE LA SEGUNDA TEMPORADA

La Segunda Temporada cierra con el silencio más ruidoso de la historia de Eridia. No es el ruido de las explosiones lo que asusta a los generales, sino el silencio de una frontera vacía. Magnus ha demostrado que el verdadero poder de un gobernante no reside en la capacidad de mover ejércitos, sino en la valentía de retirarlos para dejar espacio al diálogo. La mesa está servida para una Tercera Temporada donde los secretos de familia y los tratados de paz pesarán más que cualquier espada de acero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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