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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capítulo 1 El inicio del camino
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11: Capítulo 1 El inicio del camino 11: Capítulo 1 El inicio del camino El amanecer llegó sin pedir permiso; la mañana se abrió en dos extremos del continente con la misma insistencia.

En Dravendel la luz cálida atravesó los vitrales y tiñó de carmesí las paredes del Palacio Real.

En Silvaris el resplandor frio se deslizó sobre mármoles azulados.

Dos palacios distintos; dos destinos que empezaban la misma jornada.

Magnus despertó con la primera campanada de la mañana.

Había dormido mal por la mezcla de nervio y determinación: no era un viaje cualquiera.

Aquello no era una simple gira de inspección; era su primer paso visible hacia el deber.

Se vistió solo, con la necesidad de sentir que el día —y su decisión— eran suyos.

Eligió ropa de viaje práctica y sobria: abrigo de cuero, capa con el emblema del país , botas altas.

Al ajustarse la capa notó, por primera vez, la extraña sensación de ser algo más que el heredero; era un hombre con tareas que no podía delegar.

A miles de kilómetros, Caius también se levantó antes de que nadie lo llamara.

Había pasado horas repasando notas y pequeñas listas que llevaba en un cuaderno privado, llenas de observaciones y preguntas que había ido guardando en silencio.

Desde niño había aprendido a observar más que a participar: escuchar a la servidumbre, memorizar nombres, anotar frases de los guardias que hablaban sobre rutas y provisiones.

Hoy, esa reserva se transformaba en decisión.

Ambos príncipes hicieron la misma pausa antes de salir: un respiro profundo, dejar que el silencio del palacio les llenara los oídos y luego dar el primer paso.

Magnus cruzó los pasillos aún semivacíos.

Los guardias lo reconocieron al instante; su figura recortada contra la luz del corredor impuso un respeto silencioso.

No había un consejo que discutir estrategias; en Dravendel la autoridad era de Roderic y de su palabra.

Magnus sintió el peso y la responsabilidad de esa simple verdad.

Caius caminó por el despacho ducal con la misma sensación de solemnidad.

En Silvaris no existían ministros que compartieran la voz: Marcio era la ley .

Esto limpiaba la sombra de la política en un sentido brutal: no había intermedios.

La carga era directa, y por eso la calma de Caius ocultaba algo fuerte y decidido.

Ambos llegaron a los salones principales para la última despedida breve.

Roderic esperaba a Magnus con la mirada grave de quien sabe que su hijo da un paso que le acercará, irremediablemente, al centro del deber.

A su lado, Seraphine, la reina, tocó la capa de Magnus con una mano rápida y cálida.

—Magnus —dijo Roderic con voz grave—.

Caminarás por tierras que conozco por historia y por mapas.

Recuerda: ser sereno y justo.

No busques gloria.

Busca verdad.

—Lo haré, padre —respondió Magnus, con la inclinación de quien acepta no solo la orden sino la lección.

En Silvaris, Marcio repasó un mapa final sin hablar demasiado.

Selena, la archiduquesa consorte, se acercó para retocar el cuello de la capa de Caius, con esa ternura que solo una madre sabe dar a su hijo que va a enfrentar algo grande.

—Caius —dijo Marcio al fin, sin apartar la vista del mapa—.

No dudo de tu juicio.

Actúa con tacto; recuerda que cada decisión será pesada para la gente del ducado.

—Lo sé, padre —contestó Caius—.

No lo olvidaré.

Ni en Dravendel ni en Silvaris hubo discursos largos; la monarquía absoluta no necesitaba de ceremonias extendidas.

Las órdenes eran directas, y la confianza, aunque prudente, estaba allí.

Los acompañantes esperaban fuera.

En Dravendel, Lira juntó los estuches con los permisos sellados, las cartas de presentación y las listas de preguntas; Aldren afiló la mirada sobre la ruta y la escolta.

En Silvaris, Aryen repasó los pergaminos, y Vaen ajustó la cota ligera de los escoltas.

Ninguno quiso añadir palabras que no fueran necesarias: su deber era guardar, asistir y anotar.

Los caballos relinchaban, el carruaje aguardaba.

Magnus se detuvo un instante en la puerta del palacio para mirar la ciudad que dejaba atrás; era su hogar, el lugar en donde se había nacido.

No cerraba una etapa, sino que abría la siguiente: era un primer viaje con intención.

Caius hizo lo propio, deslizando la mirada por las torres del palacio ducal, esas que guardaban recuerdos de una infancia en soledad.

Ambos respiraron, subieron a sus carros y partieron.

El camino apartó las capitales como si fueran hojas en una corriente.

Magnus observó los bosques y llanos de Dravendel; la tierra se presentaba generosa pero exigente.

Pensó en la primera ciudad que vería: la tecnología que mostraban los informes no era sólo ingenio, era el tejido del futuro del reino.

Debía entenderlo.

Caius, con la mirada fija en las montañas del horizonte, pensó exactamente lo mismo: la tecnología de su propio ducado, la visión, el control de recursos, la forma de protegerlos sin sacrificar la libertad de su gente.

Ambos sentían la misma mezcla de responsabilidad y curiosidad.

Las rutas no eran fáciles.

Había posadas, pueblos pequeños donde los viajeros los observaron con respeto —y cierta intriga—; había tramos donde las rocas se cerraban y el carruaje temblaba.

Pero más allá del esfuerzo físico, lo que dominaba era un estado interno nuevo: el de quienes empiezan a entender que sus actos repercutirán en vidas.

En el carruaje de Magnus, Lira tomaba nota de cada detalle: condiciones del camino, duración de la travesía, reacciones de los lugareños, incluso los olores de los mercados.

Aldren, en silencio, calculaba tiempos, caminos alternativos y colocaba su confianza en la discreción más que en la fuerza.

Magnus escuchaba y asimilaba.

No era ya un entrenamiento en espada; era entrenamiento para decidir.

En el carruaje de Caius, Aryen escribía con la calma de quien piensa en informes que deben ser perfectos.

Vaen, siempre alerta, leía en los ojos de los hombres que se acercaban si había algo más que curiosidad.

Caius miraba por la ventana, absorbiendo la faz de su archiducado, sintiendo cada piedra, cada árbol como si fuese una palabra de un libro que empezaba a entender.

Durante el trayecto no hubo grandes sucesos, porque todavía no era el momento de grandes pruebas.

La narrativa necesitaba calma: entrenar en la escucha, en el aprendizaje práctico, en la humildad de hacerlo bien.

Los dos heredaron eso en silencio.

A cada pueblo por el que pasaban se unía un rumor de partida: el heredero de Dravendel marcha hacia el oeste; el heredero de Silvaris se ha ido al este.

Los mercados comentaban, los niños miraban con ojos enormes, la gente susurraba, y los curiosos enviaban mensajes de buena suerte.

No era ostentación: era reconocimiento de que algo cambiaba en las sendas del poder.

Al caer la tarde, cuando las sombras alargadas se convirtieron en un cobijo para las ruedas, ambos carruajes siguieron su curso.

Magnus sintió la fatiga, pero también una claridad nueva.

Caius notó la misma mezcla: cansancio en los músculos y una certeza en la mente.

Eran cosas distintas a la emoción de la victoria: nacían de la responsabilidad.

Esa primera noche la pasaron en posadas distintas, separadas por leguas de caminos de tierra y ríos silenciosos, pero unidas por una misma vibración interior.

Ninguno de los dos lo habría dicho en voz alta, pero ambos sentían lo mismo: estaban de pie en el umbral de algo que no habían buscado conscientemente, y que aun así los había convocado con una fuerza imposible de ignorar.

No era solo un viaje de formación ni una ruta trazada por deber; era un llamado antiguo, profundo, casi personal.

Las habitaciones eran simples.

Madera envejecida, paredes que habían escuchado secretos de otros viajeros, ventanas pequeñas abiertas a la noche.

El mundo exterior parecía contener la respiración.

En algún punto del continente, la solvénia latía bajo la tierra, paciente, como si reconociera que dos piezas largamente separadas habían comenzado a moverse al fin.

Durmieron poco.

No por miedo, sino por lucidez.

Ambos sabían que al amanecer las ciudades tecnológicas abrirían para ellos puertas que no solo ofrecían conocimiento, sino poder práctico: estrategias, sistemas, estructuras que definirían el futuro de reinos enteros.

Sin embargo, esa certeza no traía alivio.

Traía peso.

El peso de saber que aprender a gobernar significaba también aprender a cargar consecuencias.

Antes de cerrar los ojos, cada uno encendió una vela y desplegó su mapa sobre la mesa.

El pergamino crujió suavemente bajo sus dedos.

Magnus recordó la voz firme de su padre hablándole de responsabilidad, de decisiones irreversibles.

Pero fue la mirada de su madre la que regresó con más fuerza: silenciosa, profunda, como si supiera que este camino lo llevaría lejos de lo que aún creía ser.

Caius, en cambio, pensó en la advertencia de Marcio, en ese tono que mezclaba experiencia y temor, y en el gesto suave de Selena, cargado de una confianza que dolía sostener.

Ninguno podía imaginar todavía hasta qué punto ese viaje no solo puliría sus habilidades, sino que encendería un hilo invisible entre dos almas destinadas a encontrarse.

Un lazo que no nacería del acuerdo ni de la sangre, sino del reconocimiento mutuo en medio del conflicto y la elección.

El amanecer prometía pruebas menores y preguntas mayores.

La primera ciudad y su distrito serían apenas el inicio de una comprensión más vasta: qué significaba gobernar de verdad, y qué precio exigía hacerlo sin perderse a uno mismo.

Pero en ese instante suspendido, cuando el ruido del mundo se apagaba y la noche reclamaba su último dominio, los dos príncipes respiraron al unísono, sin saberlo.

Y en lo más hondo de su ser, ambos sintieron la misma certeza, desnuda y definitiva.

No había vuelta atrás.

El camino, por fin, había comenzado.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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