MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 110
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Capítulo 110: CAPÍTULO 10: El primer gesto
El vacío de hierro
El viento de la mañana corría libre sobre las colinas de Eridia, un aire limpio que por fin no arrastraba el olor a pólvora ni el ruido del metal. Durante cuarenta años, aquel territorio no había sido tierra, sino una herida abierta; una línea de hierro que separaba dos potencias que se miraban con odio a través de las mirillas de sus fusiles.
Torres de vigilancia de piedra gris se alzaban como gigantes mudos. Campamentos militares que parecían ciudades de lona y estandartes que marcaban, con sangre invisible, hasta dónde llegaba el orgullo de cada reino.
Pero ese día, el paisaje estaba cambiando. Los soldados de Dravendel, bajo las órdenes directas del nuevo Regente, desmontaban sus campamentos con una eficiencia silenciosa. Las tiendas se plegaban, revelando círculos de tierra quemada donde antes había vida militar. Las fogatas, que habían ardido por décadas para calentar a generaciones de centinelas, se apagaban dejando solo ceniza fría.
Uno por uno, los estandartes rojo y blanco, los colores del León y el Unicornio, eran bajados de sus mástiles. El viento continuaba soplando con la misma fuerza de siempre… pero ya no encontraba tela que agitar.
Un vigía del Archiducado, oculto entre los riscos de una colina lejana, observaba la escena a través de su catalejo. Su pulso se aceleró. Frunció el ceño, buscando una explicación lógica. No era una rotación de patrullas. No era una maniobra de distracción para un flanqueo. Era una retirada completa. Una renuncia al terreno ganado con años de tensión.
El hombre no perdió tiempo. Guardó el catalejo, bajó corriendo la pendiente hacia donde su caballo aguardaba inquieto y partió al galope. Horas después, el informe cruzaba las pesadas puertas de hierro del palacio de Silvaris.
El Salón de Guerra de Marcio
El Archiduque Marcio Sylvarion no esperó a la mañana. Convocó una reunión de emergencia de inmediato. Los grandes generales del Archiducado, hombres con cicatrices en el alma y el uniforme, acudieron al salón de guerra.
Mapas inmensos cubrían la mesa central, iluminados por candelabros de plata. Las fronteras estaban marcadas con una tinta roja tan densa que parecía sangre seca. El oficial que había traído el informe, aún cubierto por el polvo del camino, habló primero.
—Mi señor… las tropas de Dravendel están abandonando la frontera. Están desocupando los puestos avanzados de Eridia.
Los generales se miraron entre sí, incrédulos. La desconfianza era un músculo entrenado.
—¿Cuántas? —preguntó uno, con la mano puesta sobre el pomo de su sable.
—Todas, general. No queda un solo hombre en los puestos de avanzada.
Un murmullo de sospecha recorrió el salón como una corriente eléctrica.
—Es una trampa —sentenció otro oficial de alto rango—. Quieren que avancemos, que perdamos nuestras posiciones defensivas para cazarnos en terreno abierto. Es un movimiento clásico de Roderic.
El Archiduque Marcio no respondió. Su mirada permanecía fija en el mapa, justo en el punto donde las dos naciones se tocaban. El espía, sintiendo el peso del silencio de su señor, continuó.
—Hay algo más, mi señor. Las fuentes en la capital informan que el Rey Roderic no está gobernando en este momento. Se dice que su salud ha colapsado.
El silencio se hizo más pesado, casi asfixiante.
—El control del reino —concluyó el informante— está en manos del Príncipe Regente… Magnus Zarvendel.
Varios generales intercambiaron miradas de asombro. Magnus era una variable que no habían calculado con tanta prontitud. El Archiduque apoyó lentamente las manos sobre la mesa de mapas. De pronto, una fuerte tos sacudió su pecho, rompiendo la solemnidad del momento. Tosió una vez, encorvándose. Luego otra, más profunda. Uno de los médicos de la corte dio un paso adelante con un frasco de tónico, pero Marcio levantó la mano, deteniéndolo con un gesto imperioso.
—Estoy bien —dijo con la voz rasposa—. Solo es el aire de la noche.
Respiró profundamente, recuperando su postura señorial antes de volver a hablar. Sus ojos se clavaron en sus generales.
—Magnus no es su padre.
El salón quedó en un silencio absoluto. El nombre de Magnus Zarvendel flotaba en el aire como una promesa o una amenaza. El Archiduque volvió a mirar el mapa, señalando los territorios vacíos.
—Ese muchacho… no habría retirado sus ejércitos si buscara guerra. Magnus busca algo que su padre nunca se atrevió a pedir.
Nadie respondió. Porque todos sabían que Marcio conocía a los Zarvendel mejor que nadie. Tenía razón.
El Sello del Destino
Mientras tanto, al otro lado de la frontera, en la vibrante y dorada capital de Dravendel… El sol se elevaba sobre Aurethia City, bañando de luz el Palacio Real.
En el despacho real, Magnus Zarvendel sostenía un pergamino de hilo fino, aún sin sellar. Había escrito varias líneas, borrado otras, luchando con las palabras que debían ser lo suficientemente fuertes para el Estado y lo suficientemente sinceras para su corazón. Finalmente, tomó el documento y caminó hacia los aposentos de su padre.
El Rey Roderic Zarvendel descansaba en su cama, rodeado por el lujo y la decadencia de la enfermedad. La Reina Seraphine estaba sentada junto a él, manteniendo su vigilia eterna. Magnus entró y hizo una leve reverencia.
—Padre.
Roderic levantó la mirada, sus ojos cansados buscaron los de su hijo.
—¿Qué ocurre, Regente?
Magnus sostuvo el pergamino con manos que ya no temblaban.
—Quiero enviar una carta al Archiduque de Silvaris.
El rey lo observó en silencio, analizando cada rasgo de su hijo.
—¿Una amenaza? ¿Una demanda de rendición ahora que has despejado el camino? —preguntó Roderic con un rastro de su antigua dureza.
—No —Magnus negó con la cabeza—. Una petición. Quiero solicitar una audiencia formal.
El silencio llenó la habitación. Era una propuesta que hace un mes habría sido considerada alta traición. La Reina Seraphine miró primero a su esposo, con una súplica silenciosa, y luego a su hijo, con orgullo. Roderic cerró los ojos un instante, como si estuviera consultando con los fantasmas de sus ancestros. Cuando los abrió, había algo diferente en su mirada: aceptación.
—¿Irás en nombre del reino… o en nombre de tu corazón? —preguntó el viejo Rey.
Magnus no dudó ni un segundo. Su voz sonó clara, resonando en las vigas del techo.
—En ambos, padre. Porque el reino no tendrá paz si mi corazón no la tiene primero.
El rey lo observó durante varios segundos que parecieron siglos. Luego, asintió lentamente.
—Tienes mi permiso. Ve y haz lo que yo no pude.
Magnus inclinó la cabeza con un respeto profundo. Poco después, en el despacho real, el Príncipe Regente dictaba la carta final. Su escriba, Lira Castro, escribía cada palabra con una precisión matemática, consciente de que estaba redactando un documento histórico.
Cuando terminó, Magnus tomó el sello real, el pesado instrumento de oro. El emblema del león y el unicornio se imprimió con firmeza sobre la cera roja. La carta estaba lista. El destino estaba sellado.
Un mensajero de la guardia exterior fue llamado inmediatamente. El hombre tomó el pergamino sellado, lo guardó en su jubón y montó su caballo más veloz. Las puertas del palacio se abrieron de par en par, y el mensajero cabalgó hacia el oeste, hacia las montañas, hacia Silvaris.
Un nuevo horizonte
Muy lejos de allí, en el palacio del Archiducado, Marcio Sylvarion permanecía de pie frente a una gran ventana gótica. El viento movía lentamente las cortinas de terciopelo azul. El Archiduque miraba hacia las montañas escarpadas.
Más allá de esas cumbres estaba la frontera desierta. Y más allá… Dravendel.
Después de cuarenta años de tensión, de hijos que crecieron odiando a vecinos que nunca vieron, algo había cambiado. Por primera vez en décadas, los ejércitos se retiraban. No para afilar las espadas o cargar los cañones, sino para dar un paso diferente. Un paso incierto, frágil como el cristal, pero necesario.
Uno que tal vez podría cambiar la historia de dos naciones y de dos linajes que se habían negado el derecho a la felicidad. Porque por primera vez en cuarenta años… la relación entre Dravendel y Silvaris no avanzaba hacia el campo de batalla.
Avanzaba hacia una conversación. Hacia una verdad.
FIN DE LA SEGUNDA TEMPORADA
La Segunda Temporada cierra con el silencio más ruidoso de la historia de Eridia. No es el ruido de las explosiones lo que asusta a los generales, sino el silencio de una frontera vacía. Magnus ha demostrado que el verdadero poder de un gobernante no reside en la capacidad de mover ejércitos, sino en la valentía de retirarlos para dejar espacio al diálogo. La mesa está servida para una Tercera Temporada donde los secretos de familia y los tratados de paz pesarán más que cualquier espada de acero.
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