MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 113
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Capítulo 113: CAPÍTULO 3: El Salón de la Estrategia
I. El Santuario de la Guerra
El salón era más grande de lo que Magnus Zarvendel había sido capaz de imaginar en sus noches de estudio en la biblioteca de Aurethia. Pero su magnitud no residía en los metros cuadrados de su planta, ni en la altura de sus techos abovedados. Residía en su peso. Un peso invisible, compuesto por décadas de decisiones fatales, que parecía presionar los hombros de cualquiera que cruzara el umbral.
Las paredes, de una piedra oscura que absorbía la escasa luz de los candelabros, estaban cubiertas casi por completo con mapas antiguos de gran formato. Eran pergaminos amarillentos por el tiempo y el humo de las velas, marcados con una caligrafía militar obsesiva en tintas roja, negra y dorada. Magnus los observó con una mezcla de horror y fascinación: líneas de invasión que cortaban valles como cicatrices; fechas de batallas donde la sangre de miles se había convertido en un simple número; nombres de ciudades y aldeas que hoy solo eran ceniza y recuerdo, borradas de la faz de la tierra pero preservadas allí, en el frío registro de los estrategas.
Durante cuarenta inviernos, aquel lugar había sido el corazón silencioso y palpitante de la guerra entre Dravendel y Silvaris. Era el laboratorio donde se habían diseñado las trayectorias de los proyectiles y se habían decidido los suministros de las fortalezas. Un salón donde, con un simple movimiento de una pieza de madera sobre la mesa, se habían decretado miles de muertes.
Ahora Magnus estaba allí. Sentado en una silla de roble tallado que se sentía como un trono de juicio. No estaba allí como un enemigo al que interrogar, ni como un prisionero de alto rango al que usar como moneda de cambio. Estaba allí como un gobernante, el Príncipe Regente de la potencia más temida del continente.
Frente a él, en el extremo opuesto de la mesa de estrategia —una superficie de madera maciza llena de surcos y manchas de tinta— se encontraba Marcio Sylvarion. El Archiduque parecía una extensión de la habitación: antiguo, severo y cargado de secretos. A su derecha, sentado en una posición que lo mantenía ligeramente apartado del eje central pero con una atención que no dejaba escapar ni un parpadeo, estaba Caius Sylvarion.
El silencio inicial fue largo. Un silencio que no era vacío, sino que estaba lleno de las voces de los antepasados que exigían venganza. Era un silencio pesado, pero extrañamente respetuoso. Magnus recorrió con una parsimonia deliberada los mapas de las paredes, reconociendo en ellos la ambición de su abuelo Maximiliano y la rigidez de su padre Roderic. Luego, con un movimiento fluido que atrajo todas las miradas, llevó la mano al tubo de cuero de primera calidad que había traído consigo. Lo abrió con un clic metálico que resonó en la bóveda del salón.
Sacó un pergamino nuevo, cuya blancura contrastaba casi de forma insultante con el color amarillento de los mapas de guerra de Silvaris. Lo desplegó lentamente sobre la mesa, alisando las esquinas con sus manos enguantadas.
Era un mapa de la región de Eridia. Pero no tenía marcas de regimientos. No tenía flechas de ataque de caballería. No tenía territorios coloreados con las fronteras del odio. Solo mostraba la geografía pura: los ríos que fluían sin bandera, las montañas que no entendían de decretos… y la fértil cuenca de Eridia en el centro.
Limpia. Vacía. Una página en blanco para la historia.
II. La Propuesta de Eridia
Marcio observó el mapa nuevo durante varios segundos, sus ojos escaneando cada centímetro en busca de un engaño oculto.
—Interesante elección —dijo finalmente el Archiduque, su voz rasposa rompiendo el hechizo del silencio.
Magnus no retrocedió. Apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante, proyectando la autoridad que el anillo de su padre le confería.
—Es una elección necesaria, Eminentisima. —respondió Magnus con una calma que sorprendió incluso a Caius—. Durante cuarenta años hemos discutido, sangrado y muerto tratando de decidir a quién pertenece esta tierra de nadie.
Hizo una pausa dramática, dejando que el peso de los caídos llenara el espacio entre ellos.
—Hoy propongo algo radicalmente distinto. —Sus ojos, firmes y brillantes, se clavaron en los del Archiduque Marcio —. Que esta tierra deje de pertenecer al pasado. Que pertenezca al futuro.
El silencio volvió a caer, pero esta vez era un silencio de expectación. Marcio apoyó su bastón de mando junto a la silla, un gesto que indicaba que estaba dispuesto a escuchar antes de juzgar.
—Explíquese, Regente —pidió Marcio.
Magnus asintió y señaló el corazón del mapa con su dedo índice.
—Eridia dejará de ser un campo de batalla para convertirse en un Territorio de Administración Conjunta.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una explosión controlada. Caius frunció levemente el ceño, procesando las implicaciones legales; sabía que esto rompía todos los tratados de soberanía conocidos en el continente. Marcio, por su parte, no reaccionó de inmediato. Su rostro era una máscara de piedra.
—¿Compartirla? —preguntó Marcio con incredulidad—. ¿Me está pidiendo que gestione mis propios recursos con mis enemigos?
—Le estoy pidiendo que los administremos juntos para que dejen de ser un botín —corrigió Magnus—. Mi propuesta es absoluta: retiraremos el cien por ciento de las tropas de asalto de ambos bandos. Desmantelaremos las torres de vigilancia que afean el paisaje. No habrá fortalezas, ni trincheras, ni alambre de espino. Solo una guardia civil mixta, con uniformes neutrales, cuyo único propósito sea proteger a los colonos y a la gente que trabaja la tierra. No estarán allí para matar soldados, sino para asegurar la paz de los ciudadanos.
III. El Riesgo de Construir
Marcio respiró lentamente, un sonido sibilante que delataba su cansancio físico pero no mental.
—Eso requeriría una confianza que no ha existido entre nuestras casas desde antes de que usted naciera, joven Zarvendel.
—La confianza no es un fruto que nace solo en la tierra yerma —respondió Magnus con una madurez que desafiaba sus años—. La confianza se construye, ladrillo a ladrillo, decreto a decreto.
Caius intervino por primera vez. Su voz, aunque controlada, denotaba la tensión de quien sabe que está presenciando un milagro o una catástrofe.
—¿Y qué sucede si uno de los dos rompe el acuerdo? Si uno de los Estados decide, en una noche de ambición, volver a ocupar las zonas desmilitarizadas, ¿qué garantía tenemos?
Magnus giró la cabeza hacia Caius, y por un segundo, la máscara de gobernante se suavizó al encontrarse con sus ojos.
—Entonces ambos habremos fracasado como líderes y como hombres —dijo Magnus con sinceridad descarnada—. Pero prefiero arriesgarme a construir algo que pueda caer, que seguir perfeccionando una maquinaria de destrucción que ya sabemos que funciona demasiado bien.
Marcio apoyó sus dedos sarmentosos sobre el mapa blanco. El contraste entre la mano vieja y el mapa nuevo era la imagen perfecta de la transición del reino.
—Continúe —dijo el Archiduque.
—El segundo punto es el fin definitivo de la guerra —declaró Magnus, sacando un segundo documento—. No estoy aquí para proponer un armisticio de cinco años. No quiero una tregua que ambos usemos para rearmarnos en secreto. Propongo la Paz Definitiva.
Su voz se volvió más firme, resonando contra los mapas de las batallas pasadas.
—La tregua es el refugio de los cobardes que esperan una mejor oportunidad para volver a pelear. La paz, la verdadera paz, es el cimiento de los valientes que desean construir algo que los sobreviva.
Caius bajó la mirada, conmovido. Sabía que esa frase no solo era política; era el manifiesto de la nueva generación que él y Magnus representaban. Marcio entrecerró los ojos, analizando el riesgo.
—¿Y cómo garantizar esa paz ante los generales que claman por gloria?
Magnus tomó otro documento con el sello real ya impreso en cera roja.
—Con ley. Una Ley Fundamental que prohíba explícitamente la agresión mutua entre nuestros Estados, bajo pena de ilegitimidad del trono. Un documento que ya ha sido firmado por mí padre y falta su firma su Eminentisima.
IV. La Prosperidad y la Apertura
El Archiducado observó el pergamino. La tinta parecía brillar bajo la luz de las velas. Luego levantó la vista hacia el joven que tenía enfrente.
—Usted es muy joven, Regente. ¿Está seguro de comprender la magnitud de lo que propone? Está entregando el arma más poderosa de Dravendel: su capacidad de intimidación.
Magnus sostuvo la mirada sin pestañear, con la determinación de quien ha visto el costo de la guerra en los ojos de su propio padre enfermo.
—Estoy seguro de comprender lo que ya no quiero repetir. No quiero que mis hijos, ni los hijos de Caius, se sienten en este salón a planear cómo borrar ciudades del mapa.
El silencio que siguió fue distinto. No era el silencio de la estrategia militar, sino un silencio humano, casi sagrado. Magnus aprovechó el momento para desplegar los últimos puntos.
—Tercer punto: Prosperidad compartida. Eridia es rica. Sus minas de hierro son las más puras del continente, sus tierras son el granero de la región y sus rutas comerciales conectan el norte con el sur. En lugar de desangrarnos por ver quién se queda con el diez por ciento más, crearemos una Caja Común. Los beneficios de la explotación de Eridia se repartirán en partes iguales. Si Silvaris crece gracias al comercio, Dravendel crecerá automáticamente. Si Dravendel prospera, Silvaris lo hará con ella. Convertiremos la envidia económica en una sociedad de intereses.
Marcio apoyó el peso de su cuerpo contra la mesa, asombrado por la audacia del plan.
—Está intentando eliminar sistemáticamente todas las causas económicas de la guerra —murmuró el viejo Archiduque.
—Estoy intentando eliminar la necesidad de la guerra —corrigió Magnus.
Caius observaba en un silencio reverencial. Cada palabra de Magnus era una pieza de un rompecabezas que finalmente le daba sentido a su sacrificio de haber dejado su hogar.
—Último punto —concluyó Magnus, abriendo el tercer y más delicado documento—. Apertura total de fronteras civiles. Eliminación de aranceles militares. Caravanas libres de impuestos para productos básicos. Comercio libre. Y lo más importante: Embajadas permanentes.
—¿Embajadas? —preguntó Marcio, sorprendido por la modernidad de la idea.
—Un embajador permanente de Dravendel viviendo en Valdren City. Uno de Silvaris viviendo en el corazón de Aurethia. El diálogo dejará de depender de mensajeros a caballo que llegan días tarde. Hablaremos cara a cara, cada mañana si es necesario. La transparencia será nuestra mejor defensa.
V. La Tinta del Destino
El silencio final fue el más largo de todos. Marcio cerró los ojos, y por un momento pareció que el peso de los cuarenta años de guerra lo iba a aplastar allí mismo. Cuando los abrió, la mirada del estratega frío se había desvanecido, dejando paso a la mirada de un gobernante que vislumbraba, por primera vez, un legado que no estuviera manchado de sangre.
—Ha venido usted a Silvaris no para negociar una frontera, sino para cambiar la forma en que el mundo gira —dijo Marcio con un respeto que no había mostrado a nadie en décadas.
Magnus respondió con humildad, sin un ápice de arrogancia.
—He venido a intentarlo, Eminentisima. El resto depende de nosotros tres.
Caius extendió la mano y tomó el documento de la Paz Definitiva. Lo sostuvo entre sus manos como si fuera un objeto de cristal. En ese momento, no era el heredero rebelde, ni el hijo distanciado. Era el puente entre dos mundos. Entendía que aquel instante, en aquel salón oscuro rodeado de mapas de muerte, podía ser el fin de cuarenta años de odio.
El Archiduque Marcio tomó la pluma de ganso plateada. La apoyó sobre la línea de firma del tratado. Sus dedos temblaron levemente, no por la enfermedad, sino por la magnitud del acto. Dudó solo un segundo, mirando a su hijo y luego al Regente de su enemigo.
Y firmó.
El sonido de la punta de la pluma rascando el pergamino blanco fue casi imperceptible, apenas un susurro en la inmensidad del salón. Pero en ese gesto silencioso, en esa pequeña línea de tinta negra, una guerra de cuatro décadas llegó a su fin.
El Salón de la Estrategia, por primera vez en su historia, dejó de ser un lugar de muerte para convertirse en la cuna de una nueva era.
La paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de una estructura superior que lo contiene. Al proponer la administración conjunta de Eridia, Magnus ha rediseñado el mapa no con fronteras, sino con puentes. Este capítulo marca el clímax político de la serie: la tinta ha vencido al acero.
El Despertar del Continente
El sonido no nació de un solo lugar; emergió como una marea invisible que barrió las costas, los valles y las montañas. Comenzó justo cuando el primer rayo de sol, de un tono naranja pálido, cortaba el horizonte del continente.
Primero fue una campana solitaria, la de la Catedral de San Lorenzo en Valdren City. Luego, como si fuera un eco contagioso, otra respondió desde la torre del reloj en Aurethia City. Y otra. Y cien más. En cuestión de minutos, las torres de las ciudades más importantes del Reino de Dravendel y del Archiducado de Silvaris estaban repicando al mismo tiempo, en una sincronía que desafiaba décadas de comunicaciones interrumpidas.
El eco metálico, denso y vibrante, cruzó los puertos cubiertos de una niebla salina donde los estibadores se detuvieron con las redes en la mano. Atravesó los distritos industriales de Dravendel, llenos de un humo negro que parecía detenerse ante el sonido. Resonó en las fortalezas fronterizas, donde el acero de las bayonetas brilló bajo la luz del amanecer, y se filtró en los pueblos agrícolas aún dormidos, donde el rocío todavía cubría los campos de trigo.
Las personas salieron de sus casas con el corazón en un puño. Los hombres se ajustaban las chaquetas de trabajo, las mujeres sostenían a sus hijos contra el pecho y los ancianos se apoyaban en sus bastones, alzando la mirada hacia los campanarios que vibraban con una fuerza inusual.
Nadie entendía. En la memoria colectiva del continente, aquella señal —todas las campanas al unísono— solo se utilizaba en dos situaciones extremas: cuando las trompetas de la guerra anunciaban una invasión inminente, o cuando el corazón de un soberano dejaba de latir.
Los rumores nacieron al instante, propagándose como el fuego en la paja seca.
—El Rey Roderic ha muerto —susurraban en las tabernas de los suburbios.
—No… es el Archiducado. Marcio finalmente ha caído —respondían otros.
—Es una invasión de dravendel. Han aprovechado nuestra debilidad —decían los más pesimistas.
En las ciudades militares, el pánico era una orden. Los oficiales, con los uniformes a medio abotonar, corrían hacia los centros de mando mientras los soldados formaban filas por instinto. En los puertos comerciales, los dueños de los depósitos echaban los cerrojos a sus mercancías, temiendo el saqueo. En los campos más remotos, los campesinos se reunían alrededor de las viejas radios de transmisión estatal, esperando que las ondas de radio explicaran el misterio del metal.
Las campanas continuaron durante diez largos minutos, una eternidad de ruido que parecía querer purgar el aire del continente. Luego… se detuvieron.
El silencio que siguió fue aún más inquietante que el estruendo. Fue un vacío absoluto donde solo se escuchaba el viento y la respiración agitada de millones de personas.
La Palabra sobre el Acero
Entonces, en las grandes pantallas de las plazas públicas y a través de los receptores de radio, aparecieron las imágenes que cambiarían el destino de las naciones.
En Aurethia City, el Portavoz Real, un hombre de rostro curtido por la etiqueta palaciega, se encontraba frente a un estandarte rojo y blanco impoluto. Su rostro era solemne, carente de cualquier emoción personal, pero su voz, proyectada por los altavoces, era firme como el granito.
—Por orden directa de Su Majestad Roderic Zarvendel, se transmite el siguiente comunicado de urgencia a todos los ciudadanos del reino.
Al mismo tiempo, a cientos de kilómetros de distancia, en la elegante y fría Valdren City, otro portavoz, vestido con los colores verde y amarillo del Archiducado y con el cuervo blanco y el pegaso bordado en el pecho, comenzaba su propia lectura bajo la mirada atenta de los ciudadanos de Silvaris.
—Por voluntad soberana de Su Alteza Eminentísima y Real Marcio Sylvarion, se anuncia al pueblo y al ejército lo siguiente.
Miles de personas escuchaban. Algunos permanecían de pie, con los hombros tensos; otros se desplomaron de rodillas, con las manos entrelazadas; otros sentían que el corazón les golpeaba las costillas con una fuerza que les impedía respirar.
El documento oficial fue desplegado ante las cámaras. El pergamino era grueso, con los sellos de ambos Estados brillando bajo la iluminación artificial. Y entonces, comenzó la lectura de las palabras que el continente nunca pensó que escucharía.
“TRATADO DE PAZ Y CONCORDIA PERPETUA.”
Las palabras resonaron en las plazas como un trueno silencioso que derrumbaba murallas invisibles. Los portavoces continuaron con una cadencia casi religiosa:
“En el nombre de la paz necesaria y por el bienestar sagrado de nuestros pueblos, tras cuarenta años de sombra y sacrificio…”
Las miradas se cruzaron en las casas de los nobles, en los talleres de los obreros, en los puertos de los pescadores y en los cuarteles de los soldados. Había una mezcla tóxica de incredulidad, una chispa eléctrica de esperanza y un miedo profundo a que todo fuera una ilusión óptica del destino.
Cada artículo del tratado fue leído con una precisión quirúrgica, sin espacio para la interpretación:
El cese inmediato y definitivo de toda hostilidad en tierra, mar y aire.
El reconocimiento mutuo de la soberanía absoluta de ambos Estados.
La liberación incondicional de todos los prisioneros de guerra.
El pacto de no agresión eterno, sellado por los linajes reinantes.
Cuando la lectura terminó, el mundo pareció contener el aliento. El silencio duró varios segundos, un bache en el tiempo donde la historia se detuvo para decidir hacia dónde girar.
Y luego, como una ola gigante imposible de contener, el pueblo celebró. Fue un estallido de energía acumulada durante cuatro décadas. Gritos de alegría que se escuchaban de un barrio a otro. Personas abrazándose en las calles sin importarles el nombre o el rango. Soldados en los puestos fronterizos, hombres que ayer se apuntaban con rifles, dejaron caer sus cascos sobre la tierra de Eridia. Los ancianos lloraban en silencio, recordando a los hijos que perdieron en una guerra que hoy se declaraba terminada. Los niños reían y corrían entre la multitud, sin comprender completamente por qué sus padres lloraban de felicidad, pero sintiendo que el peso sobre sus hogares se había esfumado.
El Nido de los Halcones
Pero no todos celebraban. En la periferia de la alegría, en los lugares donde el poder se nutre del conflicto, el aire era diferente.
En las fortalezas fronterizas del reino, los comandantes de división se reunían en búnkeres de concreto con el rostro endurecido, mirando el tratado como si fuera una declaración de traición. En los distritos industriales que fabricaban los tanques y las municiones, los gobernadores y magnates cerraban las puertas de sus oficinas, calculando las pérdidas económicas de una paz repentina. En los centros de inteligencia de ambos bandos, los estrategas analizaban los mapas con una preocupación fría.
Nadie hablaba abiertamente de rebelión. Pero todos, desde los generales hasta los ministros, pensaban lo mismo: ¿Qué ocurrirá ahora con nuestro poder? ¿Qué es un general sin una guerra? ¿Qué es una fábrica de armas sin un enemigo?
Muchos tomaron una decisión inmediata, impulsada por el miedo al olvido. Viajar a la capital. Exigir respuestas. Detener esta “locura” antes de que el ejército perdiera su razón de ser.
Horas más tarde, el Palacio Real de Aurethia se convirtió en el epicentro de la tormenta. Los altos mandos del reino, hombres con el pecho cubierto de medallas ganadas en el barro, cruzaban las puertas con pasos pesados. Fueron recibidos por la Reina Seraphine, cuya expresión era una máscara de calma real.
Sin ceremonias innecesarias, fueron conducidos por los largos pasillos de mármol hasta la cámara privada del soberano. Allí estaba Roderic Zarvendel. No estaba en el trono, sino sentado sobre un lecho cubierto de terciopelo rojo sangre. Almohadas de seda sostenían su espalda debilitada. Su rostro estaba más delgado que nunca, su piel pálida casi traslúcida, pero sus ojos… sus ojos seguían siendo los de un Rey que no ha terminado de reinar.
—Su Majestad —dijo uno de los generales más veteranos, su voz vibrando de indignación contenida—, exigimos saber qué significa este comunicado. El pueblo está en caos y el ejército se siente traicionado.
—El Príncipe Regente debe regresar inmediatamente de Silvaris. Ha excedido sus funciones —añadió otro consejero.
—El ejército necesita órdenes claras de ataque, no poemas sobre la concordia.
Roderic los observó uno por uno, con una paciencia que los puso nerviosos. No levantó la voz. No necesitó hacerlo. Cuando habló, su voz era un hilo de acero:
—El tratado ha sido firmado por mi propia mano y sellado con mi anillo personal. Magnus no ha actuado solo; ha actuado como mi brazo y mi voluntad.
Las palabras cayeron como una sentencia de muerte sobre las ambiciones de los generales.
—La guerra ha terminado —concluyó Roderic—. Y aquel que busque reabrirla, estará declarando la guerra contra este trono.
Nadie respondió. El silencio en la habitación era tan pesado que se podía escuchar el latido del corazón de los presentes.
El Trueno de Marcio
Mientras tanto, en el palacio archiducal de Silvaris, la escena era radicalmente distinta, mucho más volátil. El gran salón de audiencias estaba lleno hasta el límite. Generales de montaña, gobernadores de las provincias mineras y consejeros de la vieja guardia hablaban todos al mismo tiempo, creando un ruido ensordecedor.
—Es una trampa de los Zarvendel para que bajemos la guardia.
—Dravendel intenta debilitarnos económicamente con esa “administración conjunta”.
—El Príncipe Caius está manipulando la corte para sus propios intereses personales.
—¡Esto es una locura diplomática! ¡Silvaris nunca se rinde!
A la derecha del trono, observando el caos con una mezcla de cansancio y determinación, se encontraban Caius Sylvarion y Magnus Zarvendel. Magnus permanecía imperturbable, aunque sabía que su vida pendía de un hilo en ese salón. A la izquierda, la Archiduquesa Selena observaba a los generales con una mirada gélida, sin revelar su posición.
En el centro, sentado en su trono y aparentando una fragilidad extrema, Marcio Sylvarion escuchaba. Una tos leve y seca escapó de su pecho, un recordatorio de su mortalidad, pero nadie le prestó atención. Las voces continuaron subiendo de tono, las acusaciones volaban de un lado a otro y el caos parecía a punto de estallar en violencia física.
Hasta que el Archiduque se puso de pie.
El movimiento fue lento, casi agónico, pero su sola presencia física pareció succionar el aire de la sala. Marcio respiró profundamente, hinchando el pecho como un halcón antes de lanzarse a la caza. Y entonces, su voz estalló con una potencia que nadie creía que un hombre enfermo pudiera poseer:
—¡CÁLLENSE!
El grito retumbó en las paredes de piedra tallada, vibrando en las armaduras de los guardias y silenciando instantáneamente a los generales más audaces. Se escuchó en los corredores lejanos, en los patios donde los sirvientes se detuvieron en seco, y en todo el recinto palaciego.
El silencio que siguió fue inmediato, total y absoluto. Fue el silencio del miedo y el respeto ancestral. Incluso Magnus sintió un estremecimiento recorrerle la espalda; no era un miedo cobarde, sino el reconocimiento instintivo de una autoridad inmensa, la de un hombre que ha gobernado por la fuerza y el intelecto durante décadas.
Marcio descendió un escalón del estrado, sus ojos brillando con una luz febril y peligrosa, una fuerza inesperada que parecía emanar de su voluntad más que de su cuerpo.
—La guerra ha terminado —dijo Marcio, esta vez con una voz baja pero que llegaba a cada rincón del salón—. No porque Dravendel nos haya vencido, ni porque nosotros hayamos flaqueado. Ha terminado porque yo lo he decidido. Y yo sigo siendo el Archiduque absoluto de Silvaris y autócrata de toda Silvaris.
Nadie volvió a discutir. Los generales bajaron la cabeza, los consejeros retrocedieron y el aire de rebelión se disipó como el humo ante un vendaval. Porque el soberano del Archiducado ya había hablado, y su palabra era la única ley que importaba en el continente.
La paz había nacido, pero ahora comenzaba la lucha para mantenerla viva.
En este capítulo, la paz no se presenta como un idilio, sino como una confrontación. Mientras el pueblo celebra la vida, las estructuras del poder lamentan la pérdida del control. La dualidad entre la fragilidad física de los soberanos (Roderic y Marcio) y su inmensa fuerza de voluntad es lo que mantiene el continente unido en este momento crítico. El ‘Tratado de Paz y Concordia Perpetua’ es el documento más ambicioso jamás redactado, pero como toda gran obra arquitectónica, sus cimientos serán puestos a prueba por la envidia y el tiempo.
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