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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 114

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  4. Capítulo 114 - Capítulo 114: CAPÍTULO 4: Tratado de Paz y Concordia Perpetua
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Capítulo 114: CAPÍTULO 4: Tratado de Paz y Concordia Perpetua

El Despertar del Continente

El sonido no nació de un solo lugar; emergió como una marea invisible que barrió las costas, los valles y las montañas. Comenzó justo cuando el primer rayo de sol, de un tono naranja pálido, cortaba el horizonte del continente.

Primero fue una campana solitaria, la de la Catedral de San Lorenzo en Valdren City. Luego, como si fuera un eco contagioso, otra respondió desde la torre del reloj en Aurethia City. Y otra. Y cien más. En cuestión de minutos, las torres de las ciudades más importantes del Reino de Dravendel y del Archiducado de Silvaris estaban repicando al mismo tiempo, en una sincronía que desafiaba décadas de comunicaciones interrumpidas.

El eco metálico, denso y vibrante, cruzó los puertos cubiertos de una niebla salina donde los estibadores se detuvieron con las redes en la mano. Atravesó los distritos industriales de Dravendel, llenos de un humo negro que parecía detenerse ante el sonido. Resonó en las fortalezas fronterizas, donde el acero de las bayonetas brilló bajo la luz del amanecer, y se filtró en los pueblos agrícolas aún dormidos, donde el rocío todavía cubría los campos de trigo.

Las personas salieron de sus casas con el corazón en un puño. Los hombres se ajustaban las chaquetas de trabajo, las mujeres sostenían a sus hijos contra el pecho y los ancianos se apoyaban en sus bastones, alzando la mirada hacia los campanarios que vibraban con una fuerza inusual.

Nadie entendía. En la memoria colectiva del continente, aquella señal —todas las campanas al unísono— solo se utilizaba en dos situaciones extremas: cuando las trompetas de la guerra anunciaban una invasión inminente, o cuando el corazón de un soberano dejaba de latir.

Los rumores nacieron al instante, propagándose como el fuego en la paja seca.

—El Rey Roderic ha muerto —susurraban en las tabernas de los suburbios.

—No… es el Archiducado. Marcio finalmente ha caído —respondían otros.

—Es una invasión de dravendel. Han aprovechado nuestra debilidad —decían los más pesimistas.

En las ciudades militares, el pánico era una orden. Los oficiales, con los uniformes a medio abotonar, corrían hacia los centros de mando mientras los soldados formaban filas por instinto. En los puertos comerciales, los dueños de los depósitos echaban los cerrojos a sus mercancías, temiendo el saqueo. En los campos más remotos, los campesinos se reunían alrededor de las viejas radios de transmisión estatal, esperando que las ondas de radio explicaran el misterio del metal.

Las campanas continuaron durante diez largos minutos, una eternidad de ruido que parecía querer purgar el aire del continente. Luego… se detuvieron.

El silencio que siguió fue aún más inquietante que el estruendo. Fue un vacío absoluto donde solo se escuchaba el viento y la respiración agitada de millones de personas.

La Palabra sobre el Acero

Entonces, en las grandes pantallas de las plazas públicas y a través de los receptores de radio, aparecieron las imágenes que cambiarían el destino de las naciones.

En Aurethia City, el Portavoz Real, un hombre de rostro curtido por la etiqueta palaciega, se encontraba frente a un estandarte rojo y blanco impoluto. Su rostro era solemne, carente de cualquier emoción personal, pero su voz, proyectada por los altavoces, era firme como el granito.

—Por orden directa de Su Majestad Roderic Zarvendel, se transmite el siguiente comunicado de urgencia a todos los ciudadanos del reino.

Al mismo tiempo, a cientos de kilómetros de distancia, en la elegante y fría Valdren City, otro portavoz, vestido con los colores verde y amarillo del Archiducado y con el cuervo blanco y el pegaso bordado en el pecho, comenzaba su propia lectura bajo la mirada atenta de los ciudadanos de Silvaris.

—Por voluntad soberana de Su Alteza Eminentísima y Real Marcio Sylvarion, se anuncia al pueblo y al ejército lo siguiente.

Miles de personas escuchaban. Algunos permanecían de pie, con los hombros tensos; otros se desplomaron de rodillas, con las manos entrelazadas; otros sentían que el corazón les golpeaba las costillas con una fuerza que les impedía respirar.

El documento oficial fue desplegado ante las cámaras. El pergamino era grueso, con los sellos de ambos Estados brillando bajo la iluminación artificial. Y entonces, comenzó la lectura de las palabras que el continente nunca pensó que escucharía.

“TRATADO DE PAZ Y CONCORDIA PERPETUA.”

Las palabras resonaron en las plazas como un trueno silencioso que derrumbaba murallas invisibles. Los portavoces continuaron con una cadencia casi religiosa:

“En el nombre de la paz necesaria y por el bienestar sagrado de nuestros pueblos, tras cuarenta años de sombra y sacrificio…”

Las miradas se cruzaron en las casas de los nobles, en los talleres de los obreros, en los puertos de los pescadores y en los cuarteles de los soldados. Había una mezcla tóxica de incredulidad, una chispa eléctrica de esperanza y un miedo profundo a que todo fuera una ilusión óptica del destino.

Cada artículo del tratado fue leído con una precisión quirúrgica, sin espacio para la interpretación:

El cese inmediato y definitivo de toda hostilidad en tierra, mar y aire.

El reconocimiento mutuo de la soberanía absoluta de ambos Estados.

La liberación incondicional de todos los prisioneros de guerra.

El pacto de no agresión eterno, sellado por los linajes reinantes.

Cuando la lectura terminó, el mundo pareció contener el aliento. El silencio duró varios segundos, un bache en el tiempo donde la historia se detuvo para decidir hacia dónde girar.

Y luego, como una ola gigante imposible de contener, el pueblo celebró. Fue un estallido de energía acumulada durante cuatro décadas. Gritos de alegría que se escuchaban de un barrio a otro. Personas abrazándose en las calles sin importarles el nombre o el rango. Soldados en los puestos fronterizos, hombres que ayer se apuntaban con rifles, dejaron caer sus cascos sobre la tierra de Eridia. Los ancianos lloraban en silencio, recordando a los hijos que perdieron en una guerra que hoy se declaraba terminada. Los niños reían y corrían entre la multitud, sin comprender completamente por qué sus padres lloraban de felicidad, pero sintiendo que el peso sobre sus hogares se había esfumado.

El Nido de los Halcones

Pero no todos celebraban. En la periferia de la alegría, en los lugares donde el poder se nutre del conflicto, el aire era diferente.

En las fortalezas fronterizas del reino, los comandantes de división se reunían en búnkeres de concreto con el rostro endurecido, mirando el tratado como si fuera una declaración de traición. En los distritos industriales que fabricaban los tanques y las municiones, los gobernadores y magnates cerraban las puertas de sus oficinas, calculando las pérdidas económicas de una paz repentina. En los centros de inteligencia de ambos bandos, los estrategas analizaban los mapas con una preocupación fría.

Nadie hablaba abiertamente de rebelión. Pero todos, desde los generales hasta los ministros, pensaban lo mismo: ¿Qué ocurrirá ahora con nuestro poder? ¿Qué es un general sin una guerra? ¿Qué es una fábrica de armas sin un enemigo?

Muchos tomaron una decisión inmediata, impulsada por el miedo al olvido. Viajar a la capital. Exigir respuestas. Detener esta “locura” antes de que el ejército perdiera su razón de ser.

Horas más tarde, el Palacio Real de Aurethia se convirtió en el epicentro de la tormenta. Los altos mandos del reino, hombres con el pecho cubierto de medallas ganadas en el barro, cruzaban las puertas con pasos pesados. Fueron recibidos por la Reina Seraphine, cuya expresión era una máscara de calma real.

Sin ceremonias innecesarias, fueron conducidos por los largos pasillos de mármol hasta la cámara privada del soberano. Allí estaba Roderic Zarvendel. No estaba en el trono, sino sentado sobre un lecho cubierto de terciopelo rojo sangre. Almohadas de seda sostenían su espalda debilitada. Su rostro estaba más delgado que nunca, su piel pálida casi traslúcida, pero sus ojos… sus ojos seguían siendo los de un Rey que no ha terminado de reinar.

—Su Majestad —dijo uno de los generales más veteranos, su voz vibrando de indignación contenida—, exigimos saber qué significa este comunicado. El pueblo está en caos y el ejército se siente traicionado.

—El Príncipe Regente debe regresar inmediatamente de Silvaris. Ha excedido sus funciones —añadió otro consejero.

—El ejército necesita órdenes claras de ataque, no poemas sobre la concordia.

Roderic los observó uno por uno, con una paciencia que los puso nerviosos. No levantó la voz. No necesitó hacerlo. Cuando habló, su voz era un hilo de acero:

—El tratado ha sido firmado por mi propia mano y sellado con mi anillo personal. Magnus no ha actuado solo; ha actuado como mi brazo y mi voluntad.

Las palabras cayeron como una sentencia de muerte sobre las ambiciones de los generales.

—La guerra ha terminado —concluyó Roderic—. Y aquel que busque reabrirla, estará declarando la guerra contra este trono.

Nadie respondió. El silencio en la habitación era tan pesado que se podía escuchar el latido del corazón de los presentes.

El Trueno de Marcio

Mientras tanto, en el palacio archiducal de Silvaris, la escena era radicalmente distinta, mucho más volátil. El gran salón de audiencias estaba lleno hasta el límite. Generales de montaña, gobernadores de las provincias mineras y consejeros de la vieja guardia hablaban todos al mismo tiempo, creando un ruido ensordecedor.

—Es una trampa de los Zarvendel para que bajemos la guardia.

—Dravendel intenta debilitarnos económicamente con esa “administración conjunta”.

—El Príncipe Caius está manipulando la corte para sus propios intereses personales.

—¡Esto es una locura diplomática! ¡Silvaris nunca se rinde!

A la derecha del trono, observando el caos con una mezcla de cansancio y determinación, se encontraban Caius Sylvarion y Magnus Zarvendel. Magnus permanecía imperturbable, aunque sabía que su vida pendía de un hilo en ese salón. A la izquierda, la Archiduquesa Selena observaba a los generales con una mirada gélida, sin revelar su posición.

En el centro, sentado en su trono y aparentando una fragilidad extrema, Marcio Sylvarion escuchaba. Una tos leve y seca escapó de su pecho, un recordatorio de su mortalidad, pero nadie le prestó atención. Las voces continuaron subiendo de tono, las acusaciones volaban de un lado a otro y el caos parecía a punto de estallar en violencia física.

Hasta que el Archiduque se puso de pie.

El movimiento fue lento, casi agónico, pero su sola presencia física pareció succionar el aire de la sala. Marcio respiró profundamente, hinchando el pecho como un halcón antes de lanzarse a la caza. Y entonces, su voz estalló con una potencia que nadie creía que un hombre enfermo pudiera poseer:

—¡CÁLLENSE!

El grito retumbó en las paredes de piedra tallada, vibrando en las armaduras de los guardias y silenciando instantáneamente a los generales más audaces. Se escuchó en los corredores lejanos, en los patios donde los sirvientes se detuvieron en seco, y en todo el recinto palaciego.

El silencio que siguió fue inmediato, total y absoluto. Fue el silencio del miedo y el respeto ancestral. Incluso Magnus sintió un estremecimiento recorrerle la espalda; no era un miedo cobarde, sino el reconocimiento instintivo de una autoridad inmensa, la de un hombre que ha gobernado por la fuerza y el intelecto durante décadas.

Marcio descendió un escalón del estrado, sus ojos brillando con una luz febril y peligrosa, una fuerza inesperada que parecía emanar de su voluntad más que de su cuerpo.

—La guerra ha terminado —dijo Marcio, esta vez con una voz baja pero que llegaba a cada rincón del salón—. No porque Dravendel nos haya vencido, ni porque nosotros hayamos flaqueado. Ha terminado porque yo lo he decidido. Y yo sigo siendo el Archiduque absoluto de Silvaris y autócrata de toda Silvaris.

Nadie volvió a discutir. Los generales bajaron la cabeza, los consejeros retrocedieron y el aire de rebelión se disipó como el humo ante un vendaval. Porque el soberano del Archiducado ya había hablado, y su palabra era la única ley que importaba en el continente.

La paz había nacido, pero ahora comenzaba la lucha para mantenerla viva.

En este capítulo, la paz no se presenta como un idilio, sino como una confrontación. Mientras el pueblo celebra la vida, las estructuras del poder lamentan la pérdida del control. La dualidad entre la fragilidad física de los soberanos (Roderic y Marcio) y su inmensa fuerza de voluntad es lo que mantiene el continente unido en este momento crítico. El ‘Tratado de Paz y Concordia Perpetua’ es el documento más ambicioso jamás redactado, pero como toda gran obra arquitectónica, sus cimientos serán puestos a prueba por la envidia y el tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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