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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 116

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Capítulo 116: CAPÍTULO 6: La Llegada de los Soberanos

El Despertar de la Nueva Era

La capital del reino no despertó con el sol, sino que lo precedió. Mucho antes de que el primer resplandor rosado cortara el horizonte del continente, el aire ya vibraba con una actividad febril. No fue el canto de los pájaros ni el rumor habitual de los mercados lo que rompió la quietud de la madrugada, sino un concierto de construcción y esperanza: el rítmico golpe de los martillos contra la madera, el restallar de las telas pesadas desplegándose desde los balcones de piedra y el chirrido de las escaleras apoyándose contra los muros de las avenidas principales.

Desde las agujas de las catedrales hasta los callejones más humildes del distrito portuario, los colores ondeaban con una intensidad casi violenta. El rojo carmesí y el blanco inmaculado de Dravendel se entrelazaban con el verde bosque y el amarillo oro de Silvaris. A su lado, el azul cobalto y el blanco puro de Aquilón bailaban junto al azul profundo y el amarillo brillante de Cantón Ferrum.

Las cuatro banderas dominaban el paisaje urbano de una manera que desafiaba la lógica de los últimos cuarenta años. Nunca antes habían convivido así, sin el humo de los incendios de fondo. Los comerciantes abrieron sus persianas solo para cerrarlas poco después; no había negocio, ni moneda, ni mercancía que pudiera competir con la magnitud de lo que estaba a punto de ocurrir.

En las plazas, los ancianos apoyados en bastones de madera tallada salieron a las calles con los ojos humedecidos, temblando de una emoción que les robaba el habla. Muchos no recordaban la última vez que los grandes pilares del continente se habían reunido bajo un mismo techo sin una mesa de rendición de por medio. Los jóvenes, nacidos y criados en la retórica del odio, simplemente caminaban en un estado de estupor reverencial. Las madres levantaban a sus hijos en brazos, señalando los estandartes no como advertencias, sino como lecciones de historia viva.

La Procesión de los Cuatro Estandartes

En el puerto real, el aire tenía un peso diferente, una densidad cargada de salitre y expectación. El mar, usualmente picado, parecía haber sido domado por la importancia de la fecha; las aguas permanecían en calma, conteniendo la respiración junto con los miles de ciudadanos que se agolpaban detrás de las barreras de madera. Formaban dos filas interminables que serpenteaban desde los muelles de mármol hasta las puertas de hierro del palacio.

Cada ciudadano sostenía una bandera. Era un caleidoscopio humano de lealtades que, por primera vez, no buscaban la aniquilación del otro. Entonces, el silencio fue rasgado por el metal: sonaron las trompetas de plata.

Cuatro jinetes de la Guardia de Honor avanzaron primero, abriendo paso a la historia.

El primero, rígido como una lanza, vestía los colores rojo y blanco, alzando el estandarte de Dravendel con el león y el unicornio entrelazados.

El segundo lucía el verde y amarillo de Silvaris, sosteniendo el símbolo místico del ciervo blanco y el pegaso en pleno vuelo.

El tercero, envuelto en el azul y blanco de Aquilón, portaba el águila armada con espada y corona, símbolo de la vigilancia eterna.

El cuarto, con la heráldica azul y amarillo de Cantón Ferrum, sosteniendo el elefante majestuoso, representación de la fuerza inamovible de las montañas.

Detrás de ellos, la caballería de élite marchaba con una sincronía sobrenatural. El sonido de los cascos contra la piedra rítmica era el único pulso del continente. Luego, aparecieron los carruajes soberanos: cápsulas de cristal, oro y madera lacada que transportaban el peso de siglos de gobierno.

Cuando la procesión alcanzó las escalinatas del palacio, una figura aguardaba en el rellano intermedio. El príncipe Magnus Zarvendel descendió los últimos escalones. Su presencia era el puente entre el viejo mundo que se iba y el nuevo que nacía. En lo alto de la plataforma, el Rey Roderic permanecía sentado en su silla de estado, una figura que el tiempo había desgastado por fuera, pero que conservaba una mirada de fuego en el interior.

Entonces ocurrió el milagro. El Rey, viendo acercarse a sus antiguos rivales, apoyó sus manos delgadas en los brazos tallados de su silla. Con un esfuerzo que hizo que las venas de su cuello se tensaran, intentó levantarse. Un murmullo ahogado, una mezcla de horror y respeto, recorrió la plaza y murió instantáneamente cuando los invitados reaccionaron.

El Archiduque Marcio fue el primero en romper el protocolo, seguido por el Príncipe Alaric y la Princesa Lucia. Los tres, que durante décadas habían soñado con ver caer al Rey de Dravendel, extendieron sus manos al mismo tiempo. No para empujarlo, sino para sostenerlo. Viejos enemigos, cuyas heridas de guerra aún dolían con la humedad, formaron un soporte humano para el soberano debilitado. El Rey se puso de pie, y en ese instante, el mundo se detuvo.

La Marcha de la Reconciliación

Sostenido por las manos que antes empuñaban el acero contra su pecho, el soberano dio su primer paso. No fue firme, ni veloz, pero fue el paso más importante dado en el continente en un siglo.

A ambos lados del sendero, los regimientos de las cuatro naciones permanecían inmóviles, como estatuas de metal. Sus armaduras pulidas reflejaban los colores cruzados de las banderas. El Rey avanzaba flanqueado por Marcio, Alaric y Lucia. Ya no caminaban como depredadores acechando un territorio, sino como iguales reconociendo una carga compartida.

Detrás de este bloque de poder, se inició la marcha de las consortes, un despliegue de elegancia que suavizaba la rigidez militar del momento.

La Reina consorte Seraphine Zarvendel avanzaba con una dignidad azulada, su vestido adornado con hilos de oro que imitaban la luz de las estrellas.

Selena Sylvarion la Archiduquesa consorte de Silvaris y princesa consorte del principado de Ravengal, caminaba a su lado envuelta en un dorado solar que parecía irradiar calor propio, un contraste perfecto con la frialdad de su tierra natal.

Josefina Valdemar, princesa consorte del del principado de Aquilón, lucía un azul profundo cuya capa se deslizaba sobre el mármol como un río nocturno, acompañada por Maximiliano Ironthorn principe consorte del principado de Cantón Ferrum, cuya sobriedad en negro resaltaba su porte de guerrero convertido en diplomático.

La Princesa Soberana Lucia Stonhaven de Cantón Ferrum era el foco de todas las miradas. Su vestido amarillo, cargado de bordados en relieve, brillaba con la fuerza de su nación industrial. Sobre su cabeza, la corona de gemas amarillas lanzaba destellos que parecían chispas de una forja real. El Archiduque Marcio Sylvarion, a pesar de su debilidad, lucía imponente en verde y negro, coronado con laureles de oro que hablaban de una sabiduría pagada con sangre. El Príncipe Alaric Valdemar de Aquilón, en su traje negro y oro con la Orden de las Tres Estrellas, completaba el cuadro de la vieja guardia.

La Nueva Generación y el Silencio de los Estandartes

Mientras los viejos leones caminaban juntos, los herederos seguían sus pasos, observando el fin del mundo tal como lo conocían.

Magnus Zarvendel, vestido de verde con bordados dorados, caminaba con la frente en alto, asumiendo su rol como el arquitecto de esta unión. A su lado, el heredero del Archiducado, Caius Sylvarion, vestía un rojo intenso que desafiaba la tradición de su casa, con detalles dorados y una corona ligera que lo marcaba como el futuro soberano de un Silvaris transformado. Sus ojos se cruzaron por un breve instante, un reconocimiento privado de que su sacrificio personal había valido la pena.

Justo detrás de ellos, aportando una nota de gracia y juventud al protocolo, avanzaba la Princesa heredera Emma Valdemar de Aquilón. Su vestido, de un delicado azul celeste, parecía flotar sobre los escalones, evocando la pureza de los glaciares de su tierra. Sobre su cabeza reposaba una corona de plata, fina y elaborada, que brillaba con una luz fría pero intensa, marcándola como la heredera de la sabiduría de su padre.

El Príncipe Mattia de Stonehaven-Ironthorn, en su traje negro y plata, mantenía la seriedad necesaria, mientras su hermano menor, el joven Eduardo Stonehaven-Ironthorn, caminaba a su lado con un atuendo gris pálido. Eduardo, aunque sin corona, observaba todo con una curiosidad que prometía un futuro inteligente para su estirpe.

Cuando el grupo alcanzó el epicentro del pasillo militar, las trompetas guardaron un silencio absoluto. Frente a ellos se alzaban los cuatro grandes estandartes: el león y el unicornio, el ciervo y el pegaso, el águila armada y el elefante. Los cuatro gobernantes se detuvieron. Durante un instante que pareció eterno, se miraron entre sí. Luego, al mismo tiempo… inclinaron la cabeza. No fue una reverencia profunda, sino un gesto de respeto mutuo. Las banderas respondieron al viento como si comprendieran el peso de aquel momento. Los soldados mantuvieron la mirada al frente, pero muchos sintieron cómo la emoción les tensaba el pecho. El continente entero parecía contener la respiración mientras los soberanos retomaban la marcha hacia las puertas del palacio.

Allí, tras los muros de piedra, los esperaba el destino. Pero por primera vez en la historia, no entrarían para decidir quién viviría o moriría, sino para diseñar cómo vivirían todos, juntos, bajo el mismo cielo de Eridia.

La arquitectura de la paz requiere que cada pieza esté en su lugar exacto. La inclusión de la Princesa Emma con su corona de plata añade la nota de esperanza y diplomacia necesaria para equilibrar la rigidez militar de los Zarvendel y los Sylvarion. Al especificar a Eduardo como el hermano menor de Mattia Stonehaven-Ironthorn, el autor ha fortalecido la estructura familiar de Cantón Ferrum, mostrando que la nueva generación está lista para sostener el peso del hierro y el acuerdo. El silencio de las trompetas ante los estandartes cruzados es el sonido más fuerte de este capítulo: es el sonido de la historia cambiando de dirección.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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