MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 2 — La llegada a Goldemere y Doralyn
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12: Capítulo 2 — La llegada a Goldemere y Doralyn 12: Capítulo 2 — La llegada a Goldemere y Doralyn La noche finalmente se había retirado de Dravendel y Silvaris, dejando al amanecer abrirse paso entre los cielos con una luz suave, dorada, casi tímida.
Ambos príncipes viajaban desde hacía horas, cada uno rumbo a su primera ciudad asignada: Magnus hacia Goldemere y Caius hacia Doralyn.
Era el inicio real de sus caminos como futuros gobernantes.
Ya no eran solo hijos de un rey y de un archiduque; ahora eran jóvenes líderes a quienes se les confiaban responsabilidades reales.
La llegada a Goldemere — Reino de Dravendel Magnus observó por la ventana del carruaje, y poco a poco, la silueta de Goldemere comenzó a definirse en el horizonte.
No era una ciudad común.
No tenía torres antiguas ni molinos, ni calles de piedra perfumadas por pan recién hecho.
Goldemere era el corazón tecnológico de Dravendel, un lugar donde el futuro convivía con la elegancia del reino.
Primero aparecieron estructuras altas, delgadas, construidas con metales pulidos que reflejaban la luz del amanecer como si fueran espejos gigantes.
Era imposible no notar la red de pasarelas aéreas que unían los edificios entre sí, o los cristales que cambiaban de tonalidad según la intensidad de la luz.
Magnus sintió un hormigueo en la espalda.
El solo estar ahí transmitía la sensación de estar en terreno donde las ideas valían más que el oro.
Al llegar a las puertas principales, un grupo de guardias uniformados con placas de metal oscuro abrió paso.
El escudo de Goldemere brillaba en el pecho de cada uno: un engranaje cruzado con un rayo de luz.
Su carruaje se detuvo frente al edificio más emblemático de la ciudad: La Torre Prismática, sede del departamento de tecnología y residencia temporal de la gobernadora.
La puerta se abrió y Magnus descendió.
Esperándolo, con una postura impecable, se encontraba Lady Mariana Alverton, Directora General de Tecnología y gobernadora de la ciudad goldemere.
Era una mujer de unos cuarenta años, mirada aguda, cabello recogido en un moño perfecto y un atuendo compuesto por piezas metálicas ornamentadas con detalles finos.
No era fría, pero sí imponente.
Una persona que había dedicado su vida a convertir Goldemere en uno de los puntos más avanzados del continente.
—Bienvenido a Goldemere, su alteza real Príncipe heredero Magnus —dijo con una reverencia elegante—.
Es un honor recibirlo.
Hemos preparado un programa detallado para su visita.
Magnus devolvió el gesto.
—El honor es mío, Lady Mariana Alverton.
He esperado conocer este lugar desde que era niño.
—Entonces se encontrará satisfecho.
Goldemere guarda más maravillas de las que puede imaginar —respondió ella, invitándolo a caminar.
Lo primero que hizo fue mostrarle la Plaza de los Innovadores, un espacio central rodeado por paneles que proyectaban datos, imágenes y diagramas generados por estudiantes y científicos.
Las personas se movían con rapidez, pero sin caos; cada uno parecía saber exactamente qué hacía y adónde iba.
Robots de asistencia circulaban por las calles trasladando cargas o realizando tareas de mantenimiento.
Magnus no podía dejar de mirar todo con los ojos bien abiertos.
Ese era el mundo que siempre le había intrigado.
El mundo que quería comprender.
Lady Mariana lo observó con una pequeña sonrisa.
—Es bueno ver a alguien joven que mira hacia adelante —dijo—.
La tecnología no es el futuro, príncipe.
Es el presente.
Y usted tendrá que aprender a convivir con ella y a utilizarla para mejorar Dravendel.
Magnus asintió.
Esa primera impresión lo marcaba.
La ciudad latía.
Vibraba.
Vivía en un ritmo propio.
La llegada a Doralyn — Archiducado de Silvaris Mientras tanto, al otro lado del continente, el carruaje de Caius avanzaba por un camino rodeado de estructuras metálicas bajas que conducían hacia Doralyn, el distrito tecnológico del archiducado.
Si Goldemere era una ciudad luminosa y elegante, Doralyn era su contraparte más sobria, más funcional, más técnica.
Donde Goldemere brillaba, Doralyn analizaba; donde Goldemere inspiraba, Doralyn corregía.
Todo estaba construido con líneas geométricas precisas, materiales resistentes y paneles que mostraban información en tiempo real: energía disponible, producción, temperatura del distrito, rutas y estadísticas.
La eficiencia se respiraba en cada paso.
El carruaje finalmente se detuvo frente al Centro Nexus, un edificio masivo cubierto de pantallas y sensores.
Nada decorativo.
Todo útil.
Todo directo.
Caius descendió, acomodándose la capa oscura sobre los hombros.
Allí lo esperaba Lord Kael Rynor, Director General de Tecnología y gobernante del distrito del Doralyn.
Un hombre de rostro serio, cabello corto color ceniza y vestimenta sin adornos, hecha para el trabajo, no para impresionar.
— Su alteza real heredero Príncipe Caius —dijo inclinando la cabeza—.
Doralyn le da la bienvenida.
Es un honor tenerlo entre nosotros.
—El honor es mío, Lord Kael.
He leído mucho sobre este distrito —respondió Caius.
—Entonces sabrá que aquí no perdemos el tiempo con formalidades innecesarias.
Iniciaremos el recorrido de inmediato —dijo Rynor, sin rodeos.
Caius sonrió por dentro.
Ese estilo directo le agradaba.
Era diferente del académico discurso de Silvaris, diferente del ambiente tradicional y elegante del palacio ducal.
Doralyn le hablaba directamente.
Le decía la verdad sin adornos.
Lo primero que visitaron fue la Sala de Desarrollo Estratégico, donde filas de analistas trabajaban frente a pantallas, revisando mapas holográficos, rutas de suministro y reportes de fallos.
Era como observar el cerebro de Silvaris en funcionamiento.
Luego pasaron al Laboratorio de Control Automatizado, donde grandes brazos mecánicos ensamblaban piezas mientras supervisores evaluaban el rendimiento.
—Aquí desarrollamos sistemas que ayudan a mejorar la vida cotidiana en Silvaris —explicó Lord Kael—.
Automatización, eficiencia, precisión.
Nuestro trabajo es que lo complejo sea simple para todos.
Caius absorbía cada palabra.
Cada detalle.
Cada movimiento.
Había crecido escuchando que la tecnología era importante, pero solo ahora entendía su peso real.
Magnus podía estar maravillándose en Goldemere con la innovación… Pero Caius veía el esqueleto, la estructura, la verdad dura del progreso.
Los primeros desafíos Mientras los recorridos avanzaban, tanto Magnus como Caius empezaron a tomar notas mentales de lo que debían informar a sus padres más adelante.
En Goldemere, Magnus detectó: La ciudad era próspera, pero había un exceso de energía consumida por los laboratorios nocturnos.
Las pasarelas aéreas requerían mantenimiento urgente en algunas zonas.
La Torre Prismática trabajaba a un 140% de su capacidad habitual, un dato que le preocupó.
—No queremos frenar la creatividad —explicó Lady Mariana—, pero necesitamos más apoyo del reino para expandir las instalaciones.
Magnus lo anotó para su informe.
En Doralyn, Caius observó: Los sistemas de seguridad estaban muy adelantados, pero algunos aún requerían actualización.
Las fábricas automatizadas dependían demasiado de una sola fuente de energía.
El distrito tenía un proyecto de mejoras para toda Silvaris, pero no habían recibido autorización del archiduque Marcio.
—Su padre es un hombre prudente —dijo Lord Kael—, pero si no avanzamos, Silvaris perderá ventaja tecnológica en dos años.
Caius lo anotó también.
Ambos príncipes estaban entendiendo, por primera vez, el peso de gobernar.
El cierre del día Al caer la tarde, Goldemere brillaba como si el sol se negara a abandonarla del todo.
La luz se descomponía en los cristales de los edificios, multiplicándose en reflejos dorados y azulados que recorrían las pasarelas aéreas como ríos suspendidos.
Desde lo alto, la ciudad parecía un organismo vivo, respirando energía, cálculo y ambición.
Magnus observó ese espectáculo desde una terraza elevada de la Torre Prismática.
Por primera vez en el día, el ritmo frenético de la ciudad parecía bajar apenas un grado, como si incluso el progreso necesitara una pausa para tomar aliento.
Sintió una mezcla extraña de orgullo y responsabilidad.
Aquello no era solo una maravilla arquitectónica: era una promesa… y también un riesgo.
En Doralyn, la tarde no buscaba deslumbrar.
Las luces se encendían una a una con precisión exacta, iluminando calles rectas y estructuras sólidas.
No había colores innecesarios ni juegos visuales; cada luminaria cumplía una función clara, pensada para optimizar energía y visibilidad.
El distrito no intentaba impresionar a nadie.
Simplemente funcionaba.
Caius recorrió uno de los niveles superiores del Centro Nexus antes de retirarse.
Desde allí, observó a los últimos equipos completar turnos, cerrar informes, ajustar parámetros.
Todo seguía un orden casi impecable.
Le resultó tranquilizador… y al mismo tiempo inquietante.
Comprendió que, en un lugar así, un error no se perdonaba fácilmente.
En ambos territorios, los príncipes fueron invitados a un informe final con sus respectivos gobernantes locales, una instancia más íntima, menos ceremonial, donde las palabras tenían un peso real.
En Goldemere, Lady Mariana pidió que los dejaran a solas en una sala lateral, rodeada de paneles apagados y ventanales amplios.
El resplandor del atardecer se filtraba suavemente, dibujando sombras largas sobre el suelo metálico.
—Ha observado con atención —dijo ella, rompiendo el silencio—.
Eso no siempre es común en alguien de su posición.
Magnus no respondió de inmediato.
Sabía que no era un elogio vacío.
—Dravendel necesita mentes jóvenes que comprendan esto, príncipe —continuó Lady Mariana—.
No basta con admirar la innovación.
Hay que sostenerla, regularla y, cuando sea necesario, limitarla.
Se acercó un poco más, sin invadir su espacio, pero con una cercanía que no era política, sino humana.
—Su padre confía en usted.
Y yo también quiero ver de qué es capaz.
Magnus asintió con seriedad.
Aquellas palabras no lo aliviaron; lo anclaron.
Entendió que la confianza era, en sí misma, una carga.
En Doralyn, el encuentro fue distinto.
Lord Kael Rynor no eligió una sala privada, sino una plataforma elevada desde donde se veía el corazón operativo del distrito.
Pantallas, datos en movimiento, maquinaria en reposo momentáneo.
—Ha visto suficiente por hoy —dijo, sin rodeos—.
Ahora debe pensar qué hará con ese conocimiento.
Caius lo miró con atención, esperando algo más.
Lord Kael no tardó en continuar.
—Silvaris no necesita sueños —afirmó—.
Necesita acción.
Decisiones.
Y consecuencias.
Usted deberá decidir qué tipo de líder quiere ser… antes de que otros decidan por usted.
No hubo dureza en su voz, pero tampoco concesiones.
Caius sintió el peso de esas palabras asentarse en su pecho.
No como una amenaza, sino como una verdad inevitable.
Esa noche, Magnus regresó a sus habitaciones con la mente saturada de ideas, números y posibilidades.
Se quitó la capa lentamente y se acercó a la ventana.
Goldemere seguía brillando abajo, incansable.
Pensó en su padre.
En su madre.
En lo que se esperaba de él… y en lo que empezaba a esperar de sí mismo.
Caius, en cambio, permaneció un largo rato sentado en silencio, con las manos apoyadas sobre la mesa de trabajo de su cuarto.
Los sonidos de Doralyn llegaban amortiguados, constantes, previsibles.
Pensó en Marcio.
En Selena.
En la distancia entre obedecer y liderar.
El viaje recién empezaba.
Y ambos lo sabían.
Bajo un mismo cielo, aunque separados por países distintos, los dos príncipes se acercaron a sus ventanas casi al mismo tiempo.
La luna, redonda y clara, se alzaba sobre el continente como un testigo imparcial.
Magnus sostuvo la mirada en ella un segundo más de lo habitual.
Caius hizo lo mismo, sin saber por qué.
Quizás sin saberlo, ambos acababan de dar el primer paso hacia un destino que no se construiría solo con mapas, ciudades o decisiones políticas… sino con elecciones del corazón que aún no comprendían del todo.
Y aunque los reinos seguían separados, algo —muy profundo, muy silencioso— ya había comenzado a unirlos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Gobernar no comienza con coronas ni órdenes, sino con la mirada que se detiene a comprender.
Dos príncipes llegaron a ciudades distintas y descubrieron la misma verdad: el futuro no se hereda, se aprende.
No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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