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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 120

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Capítulo 120: CAPÍTULO 10: El Anuncio de la Unión

El Amanecer de los Tiempos

El palacio de Dravendel no despertó simplemente; emergió de la noche como un monumento a la esperanza. El aire de la capital estaba cargado de una electricidad estática, un susurro colectivo que corría por las tabernas y los mercados antes de que el primer rayo de sol golpeara las agujas de la catedral. Se sabía que aquel día sería el punto de inflexión, la página final de un libro de guerra y el prólogo de una era desconocida.

Los corredores del palacio, usualmente fríos y austeros, lucían hoy una calidez artificial producida por miles de metros de seda y terciopelo. Las banderas de los cuatro países no solo colgaban de los mástiles, sino que se entrelazaban en los marcos de las ventanas: el rojo y blanco de Dravendel, el verde y amarillo de Silvaris, el azul y blanco de Aquilón y el azul y amarillo de Cantón Ferrum. Cada pliegue de tela estaba colocado con una precisión milimétrica, como si un solo hilo fuera de lugar pudiera desmoronar la frágil paz que se respiraba.

Desde los muelles hasta las puertas de la ciudadela, los rumores circulaban como el viento. Se hablaba de tratados, de barcos y de acero, pero nadie estaba preparado para lo que la arquitectura del destino tenía reservado.

La Despedida de los Viejos Leones

En la antesala del Gran Salón, el aire era espeso, impregnado del aroma a incienso, cera de abejas y la fragancia del cuero de los uniformes de gala. Los gobernantes, aquellos que habían pasado décadas mirándose a través de la mira de un cañón, ultimaban los preparativos para su regreso.

El Archiduque Marcio Sylvarion, una figura que parecía tallada en la roca de las montañas del norte, se ajustaba el uniforme verde. Los bordados dorados en sus hombros brillaban con cada respiración profunda. A su lado, la Archiduquesa Selena acomodaba su capa con una elegancia que solo la paz puede otorgar. No había rastro de la frialdad defensiva de años anteriores; solo una serenidad que parecía contagiosa.

Frente a ellos, el Príncipe Soberano Alaric Valdemar repasaba los documentos finales con Josefina. Sus dedos recorrían los sellos de lacre rojo, confirmando las rutas comerciales que unirían los puertos de Aquilón con el corazón del Reino. Mientras tanto, la Princesa Soberana Lucía de Cantón Ferrum, junto a su esposo Maximiliano, supervisaba que los heraldos y la guardia de honor estuvieran en perfecta armonía. No permitía un solo error; para Lucía, la estética era la cara visible del poder.

—Hemos cumplido nuestra misión —dijo el Rey Roderic, y su voz, aunque fatigada, poseía un timbre de autoridad que resonó en las vigas de madera tallada—. Hemos puesto los cimientos. Hemos detenido el desangramiento. Ahora… —hizo una pausa, mirando hacia la puerta por donde Magnus y Caius aparecerían en cualquier momento— les toca a los jóvenes enfrentar el futuro que hemos comenzado a construir. La paz es un edificio que necesita mantenimiento diario.

—Y lo harán con honor, Roderic —añadió Selena, acercándose al Rey con una calidez que habría sido impensable semanas atrás—. Estos príncipes han demostrado una madurez que nosotros tardamos cuarenta años en alcanzar. Este anuncio no es solo una boda; es la señal de que Eridia ha dejado de ser una colección de fortalezas para convertirse en un hogar.

Los gobernantes se despidieron no con la rigidez del protocolo, sino con abrazos que rompían siglos de distancia. Sabían que su tiempo como protagonistas del conflicto había terminado y que su legado quedaba depositado en manos más jóvenes, más valientes y, sobre todo, más capaces de amar.

El Camino hacia el Balcón del Destino

Mientras los carruajes de las delegaciones se preparaban en el patio inferior, Magnus Zarvendel y Caius Sylvarion caminaban por el pasillo que conducía al balcón del Gran Salón. Cada paso que daban hacía que sus espuelas de oro resonaran rítmicamente contra el suelo de mármol.

Magnus, vestido con su traje verde oscuro decorado con hilos dorados —un homenaje visual al reino de su amado—, sentía el pulso en las sienes. Caius, a su lado, portaba su corona roja con una dignidad que recordaba a los antiguos reyes de Darvendel pero sus ojos buscaban constantemente la seguridad en Magnus. Sus amigos, Emma y Mattia, caminaban unos pasos por detrás, actuando como una guardia de honor privada, compartiendo sonrisas de complicidad que servían de ancla para los nervios de los príncipes.

El Gran Salón estaba a reventar. La luz de los candelabros de cristal se multiplicaba en las joyas de los nobles y en las armaduras pulidas de las delegaciones diplomáticas. El estrado estaba adornado con una cascada de flores blancas y guirnaldas que unían los cuatro estandartes.

Magnus tomó la mano de Caius. No fue un roce tímido, sino un apretón firme, protector y absoluto. Un gesto que decía: Ya no hay vuelta atrás.

—Hoy todo cambia —susurró Magnus, sintiendo el calor de la mano de Caius.

—Sí —respondió el príncipe de Silvaris, con una sonrisa que iluminó su rostro—. Hoy demostramos que el amor no es una debilidad del Estado, sino su mayor fortaleza.

El Grito de Eridia

El portavoz del palacio, un hombre cuya voz había sido entrenada para alcanzar los rincones más lejanos de las plazas, dio un paso al frente. El silencio que cayó sobre el Gran Salón fue tan absoluto que se podía oír el flamear de las banderas en el exterior.

Con un pergamino de vitela en las manos y el sello real de ambas potencias rompiéndose en vivo, comenzó la lectura:

“Sus Majestades los Reyes de Dravendel y Sus Eminentísimas y Reales los Archiduques de Silvaris tienen el gran honor de anunciar el compromiso matrimonial de sus hijos: Su Alteza Real el Príncipe Magnus Zarvendel y Su Alteza Real el Príncipe Caius Sylvarion.”

Un murmullo como el de una marea creciente comenzó a subir desde el fondo del salón. El portavoz continuó, elevando la voz:

“Sus Altezas, tras un tiempo de estrecho y sincero afecto personal, han decidido formalizar su unión con la alegría y el pleno consentimiento de sus familias. Este matrimonio, nacido de su voluntad mutua y amor, representa una nueva etapa de felicidad para los príncipes y un motivo de celebración perpetua para el Reino de Dravendel y el Archiducado de Silvaris.”

El salón estalló. No fue un aplauso educado; fue una explosión de asombro, júbilo y alivio. Nobles de Dravendel se abrazaban con oficiales de Silvaris. Las damas de la corte lloraban de emoción al ver a los dos príncipes en el balcón, iluminados por la luz de la mañana. Los vítores se oían desde el exterior, donde el pueblo, al recibir la noticia de los heraldos, comenzó a lanzar pétalos de flores al aire.

El Archiduque Marcio, desde su posición de honor, asintió con una seriedad que no ocultaba su orgullo. Selena sonreía con una ternura que parecía envolver a los jóvenes. El Rey Roderic, desde su silla, levantó la mano en un saludo solemne que fue respondido por un grito unánime de lealtad.

—Mi hijo ha encontrado a alguien digno de su alma —dijo Marcio, su voz firme pero vibrando con una emoción contenida—. Magnus, ya no eres un príncipe de un reino vecino; eres parte de mi sangre.

—Y yo lo siento igual, Su Eminentisima y Real —respondió Magnus, mirando a Caius con una devoción que no necesitaba palabras—. Por él, y por la paz, daría mi vida.

El Brindis por el Futuro

Tras el anuncio, los herederos descendieron al salón. El protocolo se desmoronó bajo el peso de la alegría. Magnus y Caius fueron rodeados por una multitud que buscaba tocar sus manos, ofrecer bendiciones y compartir la risa.

La música de los violines y las flautas llenó el espacio con una melodía que parecía haber sido compuesta por la misma naturaleza. Emma Valdemar levantó su copa de cristal, su vestido azul pálido brillando como una joya.

—Por Magnus y Caius —exclamó con voz clara—, que nos han recordado que las coronas son de metal frío, pero que son los corazones los que les dan calor. ¡Por la unión de Eridia!

Mattia Ferrum, con su habitual arrogancia ahora transformada en una satisfacción amistad, alzó también su copa, sellando el momento con un guiño hacia sus amigos. Todos los presentes, desde el soldado más humilde de la guardia hasta el embajador más veterano, alzaron sus copas. El sonido del cristal chocando resonó como una campana que anunciaba el fin de una era de sombras.

La gala continuó, pero algo había cambiado para siempre. El amor y la política, esos dos enemigos históricos, habían firmado su propia alianza. Mientras Magnus y Caius caminaban entre sus súbditos, con sus manos entrelazadas y sus miradas perdidas el uno en el otro, el continente entero suspiró con alivio.

El Libro 4 terminaba aquí, no con el ruido de las espadas, sino con el sonido de un brindis por la vida. La historia de Eridia estaba escrita en oro, y el próximo capítulo, el de los soberanos que amaron antes que gobernaron, estaba a punto de comenzar.

En este Capítulo 10, la narrativa alcanza su plenitud. El anuncio del compromiso entre Magnus y Caius no es solo el clímax romántico, sino la resolución de un conflicto arquitectónico que ha durado cuatro libros. La unión de los dos herederos de las potencias más enfrentadas es la ‘piedra angular’ que sostiene todo el nuevo sistema continental. Al elevar el amor a la categoría de ‘Acto de Estado’, el autor ha redefinido lo que significa ser un soberano. El final del Libro 4 deja una sensación de ‘Gloria Absoluta’ porque no hay victoria más grande que la de la verdad sobre el miedo. El escenario está despejado, los actores han crecido y el mundo, por fin, está en calma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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