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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 124

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Capítulo 124: CAPÍTULO 4: El Paseo de los Honores

El Retorno del León Joven

El anuncio de la abdicación había recorrido el continente como un rayo de energía pura, fragmentando la normalidad de cada aldea y ciudad. Pero el verdadero cambio, el cambio que se siente en la médula de los huesos, comenzaba ahora. En las colinas de Eridia, tras recibir y asimilar el peso de las cartas selladas, los nuevos soberanos no permanecieron más tiempo entre los andamios y el polvo de las obras. El deber los reclamaba con una voz que no admitía demora. Cada uno debía regresar a su patria, cruzando las fronteras que sus antepasados habían defendido con sangre, pero ya no como príncipes herederos en busca de aprobación. Regresaban como la autoridad máxima. Como gobernantes absolutos.

El camino hacia Aurethia City se transformó en un pasillo de acero y devoción. Kilómetros antes de llegar a las puertas de la capital, la ruta estaba flanqueada por regimientos de la Guardia Real, formados en filas tan perfectas que parecían estatuas de mármol y metal. Las campanas de las iglesias rurales y las torres de vigilancia sonaban sin descanso, un tañido rítmico que anunciaba el paso de la soberanía. Las banderas rojas y blancas, el orgullo de Dravendel, ondeaban con una furia renovada desde cada balcón, cada ventana y cada torre de homenaje.

Cuando Magnus cruzó el primer arco ceremonial de la capital, el aire pareció vibrar. El silencio de la multitud era sepulcral, cargado de una tensión eléctrica. De repente, como si una onda invisible los golpeara, un soldado de la primera línea cayó de rodillas, su armadura resonando contra el pavimento. Luego otro. Luego, en una reacción en cadena que erizaba la piel, toda la avenida se postró ante el hombre del caballo negro.

El grito se elevó entonces desde las entrañas de la ciudad, un estruendo oceánico que sacudió los cimientos de los edificios:

—¡LARGA VIDA A SU MAJESTAD EL REY MAGNUS ZARVENDEL, REY ABSOLUTO DEL REINO DE DRAVENDEL , COMANDANTE SUPREMO DE LAS FUERZAS REALES

AUTÓCRATA DE TODA DRAVENDEL

Magnus avanzó lentamente, manteniendo la mirada fija en el horizonte de las torres del palacio. No habló; las palabras habrían sido insuficientes ante tal despliegue de lealtad. Solo levantó su mano derecha en un gesto de reconocimiento soberano, un movimiento contenido, real e irrevocable. Los ciudadanos, desde los ancianos que recordaban las guerras de su padre hasta los niños que apenas comprendían el cambio, repitieron la proclamación una y otra vez, creando un mantra de poder que escoltó al nuevo Rey hasta su hogar. Aquel recorrido no fue un desfile; fue el Paseo de los Honores, el momento en que el pueblo reconoció a su nuevo león.

LA ENTRADA DE SU EMINENTISIMA Y REAL.

En Valdren City, la escena poseía una solemnidad casi mística, propia de la naturaleza espiritual del Archiducado. Las puertas monumentales de Silvaris, talladas con las figuras de los antiguos santos y protectores, se abrieron de par en par cuando Caius entró acompañado por su guardia de élite.

El sol de la tarde se filtraba por las arcadas, haciendo que el suelo de mármol blanco reflejara las antorchas que, por protocolo de sucesión, habían sido encendidas a plena luz del día. El sonido de los cascos de los caballos era lo único que rompía el silencio de las naves arquitectónicas de la ciudad. Uno por uno, los soldados del Archiducado de Silviris se arrodillaron, bajando sus lanzas en un ángulo perfecto. Luego lo hicieron los nobles administrativos, los hombres que manejaban la burocracia del Estado, y finalmente los altos funcionarios.

El clamor en Silvaris no fue un grito de guerra, sino un eco profundo que resonó bajo las bóvedas de la capital:

—¡LARGA VIDA A SU EMINENTÍSIMA Y REAL .EL ARCHIDUQUE ABSOLUTO CAIUS SYLVARION, PRÍNCIPE SOBERANO DEL PRINCIPADO DE RAVENGA . GOBERNADOR DE LA IGLESIA DE SILVARIS , COMANDANTE SUPREMO DE LAS FUERZAS REALES, AUTÓCRATA DE TODA SILVARIS Y RAVENGAL.

Caius avanzó con una elegancia silenciosa, su capa verde esmeralda barriendo el mármol. Levantó su mano en un saludo soberano, pero su rostro no transmitía la alegría de un triunfo personal. Lo que emanaba de él era autoridad pura, una aceptación del destino que bordeaba lo trágico y lo glorioso. En sus ojos se leía la comprensión de que, desde ese instante, su vida ya no le pertenecía a él, sino a la fe y la ley de su pueblo.

El Trono Vacío de Dravendel

En el interior del Palacio Real de Dravendel, el tiempo parecía haberse detenido en el Salón del Trono. El aire era denso, cargado de incienso y del aroma del roble antiguo. Allí, frente al asiento que había ocupado por décadas, esperaba el Rey Roderic Zarvendel.

Cuando Magnus entró en el salón, el silencio fue tan total que se podía oír el roce de su capa contra el suelo. Roderic Zarvendel, el León del Este, se puso de pie con una dificultad evidente. Su cintura, marcada por las secuelas de su reciente crisis de salud, todavía le causaba dolor, pero su orgullo le impedía flaquear. Caminó unos pasos hacia su hijo, examinándolo con una mirada que mezclaba el amor paternal con la evaluación crítica de un monarca.

Finalmente, Roderic se retiró hacia un sillón lateral, una pieza de mobiliario noble pero situada fuera del área de mando. Con un gesto sereno y una mano que ya no empuñaba la espada, indicó el centro de la estancia:

—Adelante, hijo. El Reino te reclama.

Magnus subió los escalones del estrado. Cada peldaño representaba un siglo de historia familiar. Al llegar a la cima, se giró hacia la corte. Solo había un trono; el asiento de la reina consorte ya había sido retirado por orden de Seraphine, dejando el espacio despejado para el mando único.

Magnus se sentó. El crujido del cuero y la madera del trono fue el disparo de salida. En ese instante, la corte entera se desplomó en una reverencia unánime. Magnus Zarvendel ya no estaba en el trono de su padre; estaba en el suyo. La proclamación oficial fue un rugido de lealtad que selló la nueva era de Dravendel.

La Sucesión del Archiduque en Silvaris

En el Archiducado de Silvaris, la escena se repetía con la precisión de un ritual litúrgico. Marcio Sylvarion permanecía de pie frente a su asiento soberano, vistiendo sus ropas más humildes de retiro. Cuando Caius llegó al pie del estrado, su padre inclinó ligeramente la cabeza, un gesto de reconocimiento que un Archiduque Absoluto nunca había concedido a nadie en vida.

Sin mediar palabra, Marcio descendió los escalones, alejándose del centro del poder. Señaló el lugar con la vara de mando que todavía sostenía, antes de depositarla sobre el cojín de terciopelo que esperaba a un lado.

Caius avanzó con paso firme. Al sentarse en el trono de Silvaris, sintió el peso de la corona invisible de la responsabilidad. En ese momento, el poder quedó sellado con el sello de la ley. El antiguo soberano observaba desde la sombra, satisfecho de ver que la arquitectura de su linaje estaba a salvo en las manos de la juventud.

El Temblor del Continente

La noticia de la entronización física de los nuevos soberanos voló más rápido que cualquier mensajero. En los principados de Aquilón y Cantón Ferrum, la atmósfera cambió de la expectativa a la acción inmediata. Emma y Mattia, actuando con la rapidez que requería el momento, enviaron cartas oficiales de felicitación, pero con un subtexto de reconocimiento de iguales.

Al mismo tiempo, la maquinaria del Estado se puso en marcha. Generales de frontera, gobernadores de provincias lejanas y altos funcionarios del tesoro iniciaron viajes urgentes hacia Aurethia y Valdren. No eran visitas de cortesía; eran misiones de supervivencia política.

Cuando llegaron, uno por uno, se presentaron ante los nuevos monarcas. En Dravendel, las espadas se inclinaban hasta rozar el suelo; en Silvaris, las rodillas se doblaban en señal de obediencia absoluta. Se pronunciaron promesas eternas y se juraron lealtades que no conocían el perdón.

El continente comenzaba a reorganizarse bajo una nueva lógica. El mapa no había cambiado sus líneas, pero sí su corazón. Una nueva generación estaba sentada en los tronos de mando, y mientras Magnus y Caius sostenían el timón de sus respectivas naciones, el mundo comprendía que nada, absolutamente nada, volvería a ser como antes. La arquitectura de la paz estaba ahora en manos de los arquitectos del mañana.

En el Capítulo 4, la narrativa explora la ‘Liturgia de la Sucesión’. No basta con heredar; hay que ocupar el espacio físico del poder. La diferencia entre el regreso de Magnus (militar, masivo, ruidoso) y el de Caius (solemne, elegante, silencioso) subraya las identidades opuestas de sus naciones, que ahora deben converger. Al retirar el asiento de la reina consorte en Dravendel, el autor simboliza el inicio del mando único y absoluto de Magnus. El ‘Paseo de los Honores’ es el clímax de la legitimación popular. El Libro 5 ha establecido ya las bases de la soberanía; ahora, el escenario está listo para que Eridia se convierta en el altar donde estas dos soberanías se fundan en una sola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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