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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Capítulo 3 –Calvrein y Mireval
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13: Capítulo 3 –Calvrein y Mireval 13: Capítulo 3 –Calvrein y Mireval El amanecer apenas empezaba a teñir el cielo cuando Magnus llegó a Calverin, la ciudad de investigación del Reino de Dravendel.

Desde lo alto del carruaje que lo llevaba, pudo notar los edificios de piedra clara mezclados con estructuras más modernas donde laboratorios de cristal y metal reflejaban los primeros rayos del sol.

Un aroma leve a aceite de máquina y madera recién pulida flotaba en el aire, mezclándose con el frescor de la mañana.

A su lado, Lira revisaba los pergaminos y mapas preparados la noche anterior.

—Mi príncipe —dijo con suavidad—, la ciudad está lista para su inspección.

Lady Nyara Esten lo espera en el Salón Principal del Consejo de Investigación.

Magnus asintió, ajustando su capa.

—Perfecto.

Necesito ver todo.

Cada laboratorio, cada archivo, cada proceso que llevan a cabo.

Nada pasará sin que lo analicemos.

El carruaje se detuvo frente a la entrada principal, donde Lady Nyara Esten, la jefa general de investigación, esperaba con una reverencia medida.

Sus ojos, agudos y atentos, evaluaban a Magnus desde el primer instante.

—Su Alteza Real, Príncipe Heredero Magnus de Dravendel, le doy la bienvenida a Calverin —dijo con voz firme pero respetuosa.

—Gracias, Lady Nyara —respondió Magnus con serenidad—.

Estoy aquí para conocer cómo se están llevando los procesos de investigación y cómo puedo apoyar desde mi posición.

Lira comenzó a tomar nota de cada palabra, cada gesto, mientras Aldren permanecía discretamente a la distancia, vigilando con calma.

Lady Nyara asintió y los condujo por los pasillos de los laboratorios.

Magnus observaba con atención cada detalle: equipos de medición precisos, protocolos estrictos, pero también algunos retrasos en la comunicación interna y falta de coordinación entre departamentos.

No era un error grave, pero sí algo que merecía atención.

—Lira, toma nota de esto —indicó Magnus—.

La eficiencia es buena, pero la coordinación podría mejorar.

—Sí, mi príncipe —respondió Lira mientras escribía rápidamente.

Mientras tanto, en Silvaris, Caius arribó al Distrito Mireval, el centro de inteligencia del archiducado.

Los edificios eran altos y sobrios, de piedra gris y vidrio reflectante, con torres de vigilancia tecnológica donde se veían antenas y sensores que detectaban cualquier movimiento externo.

La ciudad parecía viva, casi respirando a su propio ritmo tecnológico.

A su lado, Aryen verificaba las credenciales y cartas de autorización para acceder a los archivos más sensibles.

—Mi príncipe —susurró—, Lady Maelis Arven lo espera en la sede central.

Ha preparado toda la documentación necesaria para su inspección.

Caius asintió, ajustando su chaqueta.

—Bien.

Necesito conocer cada departamento, cada estrategia y cada informe pendiente.

Nada escapa a nuestra revisión.

Lady Maelis apareció, elegante y segura, con una sonrisa respetuosa.

—Su Alteza Real, Príncipe Heredero Caius de Silvaris, es un honor recibirlo en Mireval.

—Gracias, Lady Maelis —dijo Caius—.

Estoy aquí para supervisar y aprender.

Espero que podamos analizar juntos los puntos fuertes y áreas de mejora.

Aryen comenzó a tomar nota de cada conversación, cada gesto, cada indicio de organización y liderazgo.

Vaen permanecía a su lado, evaluando silenciosamente la seguridad y la disciplina de la ciudad.

En Calverin, Magnus y Lady Nyara caminaron por un laboratorio de experimentación avanzada.

Microscopios, pantallas holográficas y robots auxiliares realizaban tareas que parecían complejas, pero Magnus observaba también cómo los investigadores interactuaban entre ellos.

—Aquí es donde procesamos los proyectos más innovadores —explicó Lady Nyara—.

Pero a veces los equipos se sobrecargan y los informes tardan en llegar a las oficinas centrales.

Magnus asintió.

—Entiendo.

Un líder no solo debe supervisar, sino también garantizar que su equipo tenga los recursos y la coordinación necesaria.

Esto lo anotaremos para mi informe a mi padre.

Lira anotó con rapidez, su caligrafía precisa capturando cada detalle.

En Mireval, Caius recorría las torres de vigilancia y salas de análisis de información.

Lady Maelis mostraba las operaciones de recopilación de datos, los métodos de cifrado y los informes de seguridad.

—Algunas unidades tardan en transmitir la información crítica —comentó Caius con calma—.

La comunicación entre departamentos podría ser más directa.

Lady Maelis asintió con respeto.

—Su Alteza Real tiene razón.

Tomaremos nota y ajustaremos los protocolos.

Aryen anotó cada palabra.

Caius miraba los paneles de control, las gráficas y la estructura de mando, evaluando cada detalle sin interrumpir el trabajo diario de los oficiales.

Mientras avanzaba la mañana, Magnus reunió a algunos jefes de departamento en Calverin.

Su voz era firme, pero respetuosa: —Como príncipe heredero, les solicito que revisen la coordinación de los equipos y optimicen la transmisión de información.

No es una crítica, sino una forma de asegurar que los resultados de investigación beneficien a todo el reino.

Los jefes asintieron, reconociendo la autoridad y claridad de Magnus.

—Entendido, Su Alteza Real.

Implementaremos las medidas de inmediato —dijo Lady Nyara, asentando con respeto.

En Mireval, Caius se detuvo frente a un grupo de oficiales y analistas: — necesitamos garantizar que cada informe llegue sin retrasos.

Cada información debe ser precisa y oportuna.

Es nuestra responsabilidad —dijo con firmeza, señalando los puntos débiles que había observado.

—Lo implementaremos, mi príncipe —respondió Lady Maelis—.

Su evaluación es justa y constructiva.

Aryen escribía cada detalle, capturando no solo hechos, sino la forma en que Caius ejercía su liderazgo: firme, respetuoso y analítico.

Al caer la tarde, ambos príncipes regresaron a sus residencias temporales.

Magnus y Lira repasaban los apuntes del día, comparando lo observado, analizando errores y fortalezas.

—Mi príncipe —dijo Lira—, ha sido un recorrido excelente.

La ciudad tiene mucho potencial y usted ha logrado que los responsables se comprometan aún más.

—Sí —respondió Magnus—.

El informe será completo.

Nada se omite, pero también hay que destacar lo que hicieron bien.

Mientras tanto, Caius y Aryen hacían lo mismo en Mireval.

—Todo está anotado, mi príncipe —comentó Aryen—.

Su evaluación ha sido precisa y clara.

Los responsables respetan su autoridad y tomarán acción inmediata.

—Perfecto —dijo Caius—.

Así se construye un liderazgo que entiende la importancia de cada detalle.

La noche cayó lentamente sobre Calverin y Mireval, no como un corte abrupto, sino como una marea paciente que fue apagando los colores del día y encendiendo otros distintos.

En Calverin, el cielo se tiñó de un azul profundo atravesado por el reflejo constante de luces blancas y ámbar que emergían de los laboratorios.

En Mireval, la oscuridad llegó acompañada de un silencio ordenado, interrumpido solo por el pulso rítmico de los sistemas de vigilancia y el murmullo lejano de maquinaria que nunca dormía del todo.

En ambas ciudades, el trabajo continuaba.

Las luces de los centros de investigación y de control seguían encendidas, reflejando la constancia de mentes que no se detenían cuando el sol se ocultaba.

Ingenieros, analistas, investigadores y técnicos permanecían en sus puestos, afinando cálculos, revisando informes, ajustando protocolos.

No trabajaban para impresionar a los príncipes —ya se habían ido—, sino porque así funcionaban esos lugares: como corazones que latían incluso en la quietud de la noche.

Magnus observaba ese panorama desde la residencia asignada en Calverin.

Su habitación no era lujosa; había sido diseñada para alojar a visitantes oficiales, con muebles sobrios, líneas limpias y una gran ventana que daba hacia el complejo principal de laboratorios.

Apoyó una mano en el marco y se quedó allí, en silencio, dejando que la escena se grabara en su memoria.

Había pasado el día entero escuchando, preguntando, observando.

Ahora, con la mente en calma, todo comenzaba a ordenarse.

Vio a lo lejos un grupo de investigadores cruzar una pasarela iluminada, sus siluetas recortadas contra el cristal.

Pensó en la coordinación que faltaba, en los equipos sobrecargados, en el potencial inmenso que aún no estaba siendo aprovechado del todo.

Pero también pensó en algo más: en el compromiso genuino que había percibido en cada sala, en la pasión silenciosa de quienes trabajaban allí no por gloria, sino por avance.

—Esto es gobernar —pensó—.

No mandar desde un trono, sino entender lo que late debajo.

Se sentó en el escritorio y desplegó los pergaminos del día.

Lira ya había ordenado las notas con precisión impecable, pero Magnus las volvió a leer una por una.

No buscaba errores; buscaba conexiones.

Entendía ahora que un reino no se sostenía solo con ejércitos o alianzas, sino con sistemas que funcionaran incluso cuando nadie miraba.

Mientras tanto, a cientos de kilómetros de distancia, Caius se encontraba en una situación muy distinta, aunque la sensación interior era sorprendentemente similar.

La residencia en Mireval era austera, casi espartana.

Las paredes de piedra lisa y metal no estaban pensadas para el descanso, sino para la concentración.

Desde la ventana, Caius observaba las torres de vigilancia recortadas contra la noche.

Sensores parpadeaban con luz tenue; pantallas exteriores mostraban datos en constante actualización.

Mireval no dormía.

Simplemente cambiaba de ritmo.

Caius apoyó ambas manos en el alféizar y dejó escapar un suspiro lento.

El día había sido intenso, no físicamente, sino mentalmente.

Cada conversación, cada recorrido, cada gráfico había exigido atención absoluta.

Había detectado fallas pequeñas, sí, pero también había visto una estructura sólida, una disciplina que sostenía a Silvaris desde sus cimientos invisibles.

Pensó en Lady Maelis, en su eficiencia, en la rapidez con la que había aceptado observaciones sin sentirse atacada.

Pensó en los analistas que no levantaban la vista de sus pantallas, no por desdén, sino porque entendían la urgencia de su labor.

Mireval no buscaba ser admirada.

Buscaba funcionar.

—Aquí no hay espacio para el error —reflexionó Caius—.

Y eso tiene un precio.

Se giró hacia la mesa y abrió su cuaderno personal, el mismo que había acompañado desde la adolescencia.

Allí no escribía informes oficiales, sino pensamientos que no podían ser compartidos en documentos formales.

Anotó una sola frase: “Control sin humanidad se vuelve rigidez.

Humanidad sin control se vuelve caos.” Cerró el cuaderno con cuidado.

Ambos príncipes, sin saberlo, estaban llegando a la misma conclusión desde caminos distintos.

En Calverin, Magnus se recostó en la silla, cerró los ojos un instante y dejó que el cansancio lo alcanzara.

No era agotamiento físico, sino esa fatiga profunda que llega cuando se ha pensado demasiado.

Sin embargo, debajo de ella, había algo más fuerte: una claridad nueva.

Ya no sentía que estuviera “aprendiendo a gobernar”; sentía que estaba comenzando a hacerlo.

Recordó las palabras de Lady Nyara, la forma en que había hablado de los investigadores como si fueran piezas vivas de un organismo mayor.

Recordó la manera en que los jefes de departamento habían asentido, no por obligación, sino porque habían reconocido en él algo distinto: atención real.

—Mi padre tenía razón —pensó—.

Buscar verdad es más difícil que buscar gloria.

En Mireval, Caius se permitió algo poco habitual: sentarse en el borde de la cama sin encender ninguna luz.

Permaneció allí, en penumbra, escuchando el sonido lejano de la ciudad.

Pensó en Marcio, en su advertencia sobre el peso de cada decisión.

Por primera vez, no lo sintió como una carga heredada, sino como una responsabilidad elegida.

Sabía que sus informes generarían debate.

Sabía que algunas recomendaciones no serían bien recibidas.

Pero también sabía que callar por prudencia excesiva era una forma de traición silenciosa.

—Ser digno no es complacer —se dijo—.

Es sostener lo correcto incluso cuando incomoda.

La noche avanzó.

En Calverin, algunos laboratorios comenzaron a cerrar sectores secundarios; en Mireval, los turnos cambiaron con precisión milimétrica.

La vida seguía su curso, ajena a las reflexiones de los herederos que la observaban desde la distancia.

Magnus se levantó y se acercó una vez más a la ventana.

En el reflejo del cristal vio su propio rostro: más serio, más atento.

No endurecido, pero sí transformado.

Pensó en las próximas ciudades, en los desafíos que vendrían, en las decisiones que ya no podrían ser aplazadas.

Caius, en su residencia, hizo exactamente lo mismo.

Se acercó a la ventana y observó la luna suspendida sobre Mireval, clara y distante.

La misma luna que, en ese instante, iluminaba Calverin.

Ninguno lo sabía.

Ninguno lo pensó de forma consciente.

Pero ambos respiraron al mismo tiempo.

Ambos sintieron ese extraño silencio interior que aparece cuando algo importante se ha puesto en marcha y ya no puede detenerse.

El primer paso había sido dado.

No había discursos.

No había ceremonias.

Solo trabajo, observación y una comprensión silenciosa de lo que significaba avanzar.

Y aunque separados por reinos, estructuras y caminos distintos, la misma sensación de responsabilidad unía sus experiencias, preparándolos para los desafíos que los esperaban en las próximas ciudades y distritos.

Porque gobernar no era llegar a un destino.

Era aprender a caminar sin perderse.

Y entonces, en algún punto invisible entre Calverin y Mireval, como un eco que no necesitaba voz, surgió el mismo pensamiento en ambos, claro y perturbador: “¿Por qué siento que este camino, aunque me aleja de casa… me está llevando hacia alguien?” REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El verdadero poder no se impone: se observa, se comprende y se ordena.

En Calverin y Mireval, dos príncipes aprendieron que gobernar no es vigilar desde lo alto, sino caminar entre quienes sostienen el reino con su trabajo diario.

Ese día no tomaron decisiones grandiosas… pero dieron el paso más importante: aprender a escuchar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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