MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 134
- Inicio
- MI AMADO PRÍNCIPE
- Capítulo 134 - Capítulo 134: CAPÍTULO 4: La Voluntad del Pueblo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 134: CAPÍTULO 4: La Voluntad del Pueblo
El Desnudo del Estado
El Principado de Cantón Ferrum, una nación construida sobre el orden y la previsibilidad de sus engranajes, había dejado de respirar con normalidad. En cada hogar, en cada taberna de los distritos mineros y en las pantallas gigantes que coronaban los rascacielos de la capital, la realidad se estaba desintegrando para dar paso a una verdad cruda y sangrienta.
No había interrupciones comerciales. No había censura de seguridad nacional. Las pantallas emitían un flujo constante de datos que Emma , Magnus y Caius habían ayudado a desencriptar. Cada documento escaneado, cada firma digital de los consejeros, cada transferencia bancaria enviada a paraísos fiscales mientras el pueblo pasaba hambre… todo estaba allí. Desde la A hasta la Z.
A un lado de las pantallas aparecían los rostros de los acusados. Alexander Baskerville, el Canciller que todos creían un abuelo sabio, se veía ahora como un buitre de cuello blanco. Sus nombres, sus cargos y sus sueldos oficiales contrastaban cruelmente con las cifras de los desvíos. Al otro lado, las pruebas eran irrefutables: registros de comunicaciones donde se burlaban de la “ingenuidad” de la Princesa Lucía y de la “juventud” de Mattia.
En la plaza frente al palacio, el pueblo no gritaba. No hubo el estallido de furia que los guardias temían. Hubo algo mucho más aterrador: un shock colectivo. Miles de personas miraban las pantallas con los ojos desorbitados. Algunos temblaban, otros se cubrían la boca con las manos, y muchos simplemente no podían apartar la vista, como si parpadear significara permitir que la mentira regresara. Por primera vez en la historia de Cantón Ferrum, el muro del palacio era de cristal. Lo estaban viendo todo.
La Fractura en el Santuario
Dentro del palacio, el ambiente era igual de denso. El silencio en la sala privada era tan pesado que el roce de las capas contra el suelo sonaba como un trueno. Solo cuatro personas en esa habitación no mostraban sorpresa: Mattia, Emma, Magnus y Caius. Ellos habían sido los cirujanos de esta operación; conocían cada tumor que estaban extirpando.
Pero para los demás, el mundo se estaba cayendo. Lucía Stonehavan se llevó la mano al pecho, sintiendo que el aire le faltaba. Sus ojos, siempre cargados de una dignidad imperturbable, no se apartaban de las pruebas de cómo sus propios consejeros, hombres a los que había invitado a cenar, habían saqueado su nación a sus espaldas.
—¿Cómo…? —su voz se quebró, perdiendo por un momento su tono de soberana—. ¿Cómo pasó todo esto bajo mi mando?
Miró a su hijo, con una mezcla de dolor y reproche.
—¿Por qué no me lo dijiste, Mattia? ¿Por qué me dejaste vivir en esta mentira?
Mattia no desvió la mirada. Sus ojos eran espejos de acero.
—Porque si lo sabían antes de que yo tuviera la corona, harían cualquier cosa para evitar que esto saliera a la luz. Te habrían manipulado o, peor aún, te habrían eliminado. Ya tenía todo planificado desde el día en que entré en la academia militar.
Sus palabras no tenían rastro de arrogancia; eran la constatación de una estrategia a largo plazo.
—No estuve solo —continuó Mattia, mirando a los tres soberanos que lo rodeaban—. Magnus, Caius, Emma… ellos aportaron las piezas del rompecabezas que me faltaban. Inteligencia exterior, rastreo de fondos y apoyo logístico. Todos sabían.
Los ojos de Lucía se abrieron de par en par. No fue enojo lo que cruzó su rostro, sino una comprensión devastadora. Miró a los jóvenes y vio en ellos una red de poder que ella y Maximiliano nunca se atrevieron a tejer. Eran una nueva especie de gobernantes.
El Pacto de Intervención
Mattia dio un paso al frente, rompiendo el círculo familiar para enfocarse en la geopolítica.
—Ahora… necesito saber algo —miró directamente a Magnus, Caius y Emma—. Recuerdo que me prometieron que me ayudarían a limpiar todas estas ratas. Que Ferrum no caería en el caos durante la transición.
La palabra “ratas” cayó con el peso de una guillotina. Nadie en la habitación la cuestionó; después de ver los documentos, cualquier otro término se quedaba corto.
—Por supuesto —respondió Magnus, cuya voz siempre parecía llevar el peso de un imperio—. Mi palabra es una ley escrita en piedra.
Caius asintió, cruzándose de brazos con elegancia.
—No estás solo en esto, Mattia. Dravendel y Silvaris tienen sus legiones listas para asegurar la frontera si algún aliado de Baskerville intenta reaccionar.
Emma dio un paso al frente, colocando una mano sobre el hombro de su aliado.
—Nunca lo estuviste. Aquilón proporcionará el soporte administrativo para que el comercio no se detenga mientras purgas el sistema.
Mattia sostuvo sus miradas, sintiendo por primera vez que el peso de la corona de hierro era compartido.
—Entonces escuchen —dijo Magnus, tomando la iniciativa estratégica—. Debemos regresar a nuestros territorios mañana. Tenemos que gobernar y mantener el orden tras estos cambios masivos. Pero todo el apoyo que necesites… lo tendrás. Solo necesitamos una cosa.
—Díganlo —respondió Mattia, sin parpadear.
—Una ley —dijo Caius.
—Una autorización formal —añadió Emma.
—Para intervenir —finalizó Magnus.
El aire en la habitación cambió. La propuesta era audaz. Magnus explicó que sin ese documento, cualquier entrada de tropas o investigadores extranjeros sería vista como una invasión por los tratados antiguos. Con la firma de Mattia, sería justicia internacional.
—Te ayudaremos a limpiar todo —añadió Emma con una mirada intensa—. No solo a los que están arriba…
—Sino desde la raíz —remató Magnus—. Hasta el último burócrata que recibió un soborno.
La Voz del Trueno
Un sonido inesperado interrumpió la negociación. Venía del exterior, filtrándose por los pesados ventanales de palacio. No eran gritos de protesta ni el caos de una turba. Era música. Un coro masivo, miles de voces unidas en una armonía que hacía vibrar los cristales.
Mattia caminó hacia el balcón, seguido por los otros tres soberanos. Las puertas se abrieron y lo que vio lo dejó sin palabras. Miles de personas, obreros con sus ropas de trabajo, ancianos con medallas de guerra, familias enteras, estaban de pie bajo la lluvia gris de Ferrum. Estaban cantando el Himno del Principado. No había banderas quemadas, solo una unidad sobrecogedora.
Cuando Mattia salió al balcón, el canto se desvaneció lentamente hasta que un hombre, un trabajador de rostro curtido por el sol y el metal, se adelantó desde la multitud.
—Su Eminentísima… —dijo el hombre, y su voz fue captada por los micrófonos que aún transmitían a toda la nación.
Habló del dolor de su padre, de los despidos injustos y de cómo el pueblo había culpado erronemente a la Princesa Lucía por la opresión que sufrían. Pidió perdón en nombre de todos, una disculpa que hizo que Lucía, oculta tras las sombras del balcón, cerrara los ojos con lágrimas en las mejillas.
Pero el hombre no se detuvo ahí. Miró a Mattia con una seriedad que helaba la sangre.
—Nuestro sistema es una monarquía semiconstitucional… y usted no tiene el poder legal total para limpiar este nido de víboras sin que los jueces corruptos lo detengan. Pero nosotros sí tenemos ese poder.
Un murmullo de asombro recorrió la plaza y el palacio.
—Hoy… todos nosotros le entregamos el poder absoluto. Borramos la Constitución. Entregamos nuestra libertad en sus manos, nuestra esperanza y nuestro destino. Su Excelencia… ¿Aceptaría protegernos? ¿Aceptaría devolverle a Cantón Ferrum la grandeza que tuvo en la era de su abuelo?
El silencio que siguió fue histórico. El mundo esperaba. Los cimientos de la democracia parlamentaria acababan de ser demolidos por los propios ciudadanos. Y entonces, como un trueno que confirmaba el nuevo contrato social, las voces estallaron nuevamente en el himno nacional, una canción que ahora no solo hablaba del pasado, sino del sacrificio presente.
Himno de Cantón Ferrum
(Coro)
¡Salve, Cantón Ferrum, roca y libertad!
Bajo el azul del cielo, tu gloria brillará.
Con el oro del sol y el acero en la piel,
Tu pueblo camina indomable y fiel.
¡Ferrum, Ferrum! Firme en la eternidad.
(Estrofa I – La Tierra y la Bandera)
En tus cumbres de hierro se forja el honor,
Donde el viento relata un pasado de valor.
Ondula el azul de nuestra heredad,
Con el amarillo de la prosperidad.
Montañas de piedra, vigías del mar,
Es este el refugio que vamos a amar.
(Estrofa II – El Animal Nacional)
Como el elefante, con paso de ley,
No existe cadena que venza a este principado.
Memoria de siglos, fuerza natural,
Corazón de metal, espíritu leal.
Si el mundo sacude, Ferrum se alza en pie,
Con paso de trueno y gigante es la fe.
(Estrofa III – La Riqueza y el Futuro)
Vetas de fuego que el minero labró,
El metal de la tierra nuestra voz despertó.
Pueblo de fragua, brazo de unión,
Late en el hierro nuestra nación.
¡Que nunca se apague tu luz de metal,
Cantón Ferrum, cuna de oro vital.
¿Te gusta? ¡Añade a biblioteca!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com