MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 144
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Capítulo 144: CAPÍTULO 4: Bienvenido al Gran Ducado Palatino de Eridia
La Frontera del Mañana
El viaje desde las antiguas capitales había sido largo, pero no por los kilómetros de caminos empedrados ni por las jornadas de cabalgata. Lo que pesaba era el significado de cada legua recorrida. La comitiva imperial era un río de gloria que serpenteaba por el continente: caravanas de suministros, carruajes dorados que transportaban la historia de dos linajes y una marea de estandartes rojos y verdes que ondeaban con una furia orgullosa bajo el sol de la tarde.
En el centro de ese despliegue de poder, Magnus y Caius compartían un carruaje que era, en sí mismo, una obra de arte. El silencio entre ellos era denso, cargado de una electricidad que no necesitaba palabras. No era el silencio de la duda, sino el de la culminación. Cada giro de las ruedas sobre la grava era un paso más hacia un destino que ya no pertenecía al ámbito de los sueños, sino al de la piedra eterna.
De pronto, el horizonte se transformó.
Apareció ante ellos el Gran Arco de Eridia. Era una estructura gigantesca, tallada en un bloque monolítico de piedra blanca tan pura que parecía emitir su propia luz. Parecía haber estado allí desde el amanecer de los tiempos, esperando este preciso instante. En su centro, con surcos profundos que el tiempo no osaría borrar, rezaba la inscripción:
“BIENVENIDO AL GRAN DUCADO PALATINO DE ERIDIA”
Un silencio absoluto, casi religioso, cayó sobre toda la comitiva. Los caballos, como si entendieran que estaban pisando suelo sagrado, disminuyeron el paso de forma instintiva. Nadie dio la orden, pero el ritmo del Imperio se acompasó al latido de su nueva capital. Cruzar aquel arco no fue solo atravesar un monumento; fue cruzar la frontera invisible entre un pasado de conflictos y un futuro de orden absoluto.
La Geometría de la Grandeza
Y entonces, lo vieron.
No era un palacio. Eran Los Palacios. Una visión de majestuosidad que dominaba todo el horizonte, alzándose como si la tierra misma hubiera decidido ofrecer su mejor cima para sostener el centro del mundo.
El primero en imponerse, brutal y hermoso a la vez, fue el Palacio Diplomático. Una mole de piedra blanca y mármol de Carrara que parecía haber sido esculpida por los mismos dioses del orden. Su estructura piramidal ascendía con una autoridad que cortaba el aliento; cada nivel, cada cornisa, parecía un escalón jerárquico hacia la divinidad política. En la cúspide, una cúpula central de oro bruñido capturaba los últimos rayos del sol, devolviéndolos en un resplandor cegador que actuaba como un faro de soberanía visible a decenas de kilómetros.
A su alrededor, una constelación de torres menores y cúpulas secundarias formaba una silueta perfecta. La base estaba abrazada por galerías infinitas de arcos de medio punto, espacios diseñados para que el poder caminara sin prisas, para que los embajadores del mundo sintieran su propia pequeñez antes de ser recibidos. Los patios de honor, rectangulares y simétricos, albergaban fuentes que lanzaban agua cristalina al aire en un patrón que imitaba la perfección de los astros.
Pero más allá… al final de una avenida que parecía estirarse hasta el infinito… se alzaba el verdadero corazón: la Residencia Imperial.
El Santuario de los Emperadores
La Residencia era el polo opuesto al Palacio Diplomático. Si el primero era una exhibición de fuerza, la segunda era una declaración de misterio y exclusividad. Ubicada al final del eje central, obligaba al visitante a recorrer una distancia sagrada para merecer su presencia.
Era más silenciosa, más cerrada, protegida por una vegetación densa de árboles centenarios que no estaban allí por simple decoración, sino para actuar como un muro vivo de privacidad. Sus cúpulas doradas eran más estilizadas, reflejando el cielo con una calma que resultaba casi peligrosa. Era un santuario donde el poder no se mostraba a las masas; se guardaba, se refinaba y se ejercía en la sombra protectora de la arquitectura.
Entre ambos palacios, la Avenida Central se extendía como una herida de luz. Flanqueada por canales de agua que funcionaban como espejos infinitos, la vía estaba marcada por fuentes en forma de estrella que emergían del suelo como latidos de cristal. Cada paso por esa avenida era un paso hacia la esencia misma de la Diarquía. A los lados, los jardines reales eran laberintos de geometría viva, patrones exactos de flores que parecían haber sido plantadas por matemáticos.
Incluso la geografía de Drakoria parecía haberse rendido ante la obra. Un río serpenteante abrazaba el complejo palatino por la izquierda, mientras que al fondo, las montañas escarpadas se alzaban como guardianes de piedra eterna. A sus pies, la ciudad de Eridia, con sus techos rojizos y su vida efervescente, se extendía como un tapiz de vasallaje, pero nada podía competir con el blanco inmaculado e imperial del Palacio.
Los Dueños del Nuevo Mundo
Roderic, el antiguo soberano de Dravendel, fue el primero en romper el silencio de la familia.
—Chicos… —murmuró, negando suavemente con la cabeza mientras una sonrisa de asombro y orgullo iluminaba su rostro—. Habéis superado mi legado. Esto es… inconcebible.
Seraphine, cuya mirada siempre buscaba la solidez, no pudo apartar los ojos de las cúpulas de oro.
—Esto no es solo un palacio —dijo con voz entrecortada por la emoción.
Selena, con la intuición de Silvaris, susurró al oído de Marcio:
—Es un símbolo. Es la prueba de que el mundo ha cambiado de dueño para siempre.
Caius no respondió. Magnus tampoco. No era por arrogancia, sino porque la verdad era tan vasta que no cabía en las palabras. No era solo un símbolo; era el centro de gravedad de una nueva era.
La comitiva avanzó con una solemnidad triunfal. Atravesaron los jardines que olían a jazmín y a tierra nueva. Cruzaron la avenida central, sintiendo el frescor de los canales. Finalmente, llegaron al Palacio Diplomático. Las puertas, altas y pesadas, se abrieron con un sonido que recordó al trueno, permitiendo que el eco de sus pasos resonara en salones de mármol que aún olían a cera y a victoria.
Pero no se detuvieron allí. Aquello era para el mundo, para los invitados, para la burocracia. Ellos continuaron. Atravesaron el eje sagrado, recorrieron el camino que unía lo público con lo privado, hasta llegar al último umbral: la Residencia Imperial.
Cuando las puertas de la Residencia se abrieron lentamente, el aire cambió. Era más fresco, más íntimo. Por primera vez en la historia de sus vidas, Magnus y Caius no entraban como visitantes de honor o como príncipes herederos. Entraban como Dueños. Como Soberanos. Como los Grandes Emperadores del Gran Sacro Imperio de Dravendel-Silvaris.
Eridia los recibía en su seno. El Imperio, por fin, tenía un trono a la altura de su ambición.
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