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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 146

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Capítulo 146: CAPÍTULO 6: El Nacimiento de los Emperadores

El Despertar de una Era

El amanecer en el Gran Ducado Palatino de Eridia no fue un fenómeno meteorológico común. Fue un despertar cósmico, un cambio de frecuencia en el aire mismo de la capital. Desde que las primeras luces de un sol ámbar comenzaron a lamer las cúpulas doradas de los palacios, el pulso de la ciudad ya latía con una intensidad ensordecedora. No había una sola calle, un solo callejón o una sola plaza que no estuviera reclamada por el pueblo del nuevo Imperio.

Las avenidas principales, diseñadas para la gloria, estaban cubiertas por una marea de banderas imperiales donde el rojo carmesí y el verde esmeralda se entrelazaban como un solo corazón latiendo bajo el viento. Flores de los mismos tonos —rosas de Dravendel y lirios de Silvaris— caían desde los balcones, alfombrando el mármol blanco en una mezcla de fragancias que embriagaba el espíritu. Nadie en Eridia quería parpadear; existía el temor colectivo de que, al cerrar los ojos, este espejismo de grandeza pudiera desvanecerse. Pero no era un sueño. Era el nacimiento de algo que el continente, tras milenios de guerras fratricidas, jamás se había atrevido a imaginar.

La Procesión de la Doble Gloria

En el interior del Palacio Imperial, el silencio de los pasillos privados fue roto por el golpe rítmico de las puertas de roble abriéndose de par en par. Magnus y Caius avanzaron juntos, marcando un paso que sincronizaba dos destinos en una sola dirección. Aún no portaban las coronas definitivas; sobre sus cabezas descansaban diademas menores de plata y platino, símbolos de su rango actual como soberanos de su imperio, pero que en ese momento parecían pálidas sombras frente al poder que estaban a punto de reclamar.

Lo que realmente imponía no era el oro, sino su esencia. Magnus, a la izquierda, caminaba envuelto en el peso de un manto de terciopelo carmesí tan profundo que parecía absorber la luz, bordeado por el armiño más blanco y puro. Su figura, ancha y marcial, proyectaba un respeto absoluto que hacía que los guardias contuvieran el aliento. Bajo el manto, su túnica de seda blanca resaltaba la Orden del Águila Bicéfala, cuyas alas de diamantes brillaban sobre su pecho como un escudo espiritual.

A su derecha, Caius reflejaba la otra cara de la moneda imperial: la elegancia, el equilibrio y la visión. Su túnica, bordada con hilos de oro que formaban patrones de constelaciones antiguas, brillaba con una sutileza aristocrática. La misma orden del águila descansaba sobre su corazón, sellando la paridad de mando. Eran dos hombres, dos historias distintas, pero en ese pasillo se sentían como un solo organismo de poder indivisible.

Frente a la escalinata principal, aguardaba el Carruaje de la Doble Gloria. Era una obra maestra de la ingeniería y la joyería. Oro puro de ley recubría cada centímetro de su estructura, labrada con relieves que narraban la historia de la unificación. Rubíes y esmeraldas incrustados formaban patrones geométricos que, al contacto con la luz del sol, hacían que el vehículo pareciera estar envuelto en llamas místicas. En la cima, el Águila Bicéfala de bronce dorado extendía sus alas protectoras sobre la cabina. Los ocho caballos, blancos como la nieve recién caída, permanecían inmóviles bajo el peso de sus arneses de gala, adornados con plumas que danzaban con el viento.

Cuando las puertas del carruaje se cerraron y el vehículo comenzó su marcha, el sonido que emergió de las calles fue un rugido primario.

—¡LARGA VIDA A LOS GRANDES EMPERADORES! —el grito de miles de gargantas se convirtió en una onda expansiva que sacudió los cristales de la ciudad.

Las flores volaban como nieve de colores. Las banderas se agitaban con una furia leal. Niños corrían junto a las ruedas doradas, ancianos que habían vivido la guerra lloraban al ver la paz coronada, y los soldados de la guardia golpeaban sus petos de acero con el puño cerrado, un sonido metálico que rítmaba la procesión. Dentro, Magnus y Caius se mantenían erguidos, saludando con una serenidad que ocultaba la tormenta de emociones en sus pechos. Pero sus miradas ya no estaban en la multitud; estaban fijas en las torres góticas que se alzaban al final del camino.

El Altar del Destino

La Catedral de San Francisco apareció en el horizonte como un titán de fe y piedra. Sus torres cortaban el cielo azul con una agresividad gótica, mientras la cúpula renacentista suavizaba la silueta con su perfección circular. Al detenerse el carruaje, el mundo entero pareció entrar en un vacío de silencio expectante.

Cuando Magnus y Caius descendieron y pisaron el umbral de la catedral, toda la congregación se puso de pie en un movimiento unísono que sonó como el batir de alas de un gran pájaro. Allí estaban los pilares del nuevo orden: la Princesa Emma, con una diadema de zafiros y un porte que recordaba a las princesas guerreras; el Príncipe Mattia, firme como una columna de hierro, representando la ley y la purga del pasado. Los padres, antiguos soberanos, observaban desde los primeros bancos con una mezcla de incredulidad y orgullo sagrado.

Más allá de esos muros de piedra caliza, el Imperio entero estaba presente a través de las pantallas imperiales que transmitían cada parpadeo, cada respiración, hasta los confines más remotos del Principado de Aquilón y las minas de Ferrum.

El Arzobispo, revestido con sus galas más pesadas de hilo de oro, los recibió ante el Altar Mayor. El ritual comenzó con la lentitud de los siglos: el aceite sagrado, las oraciones en lengua antigua, las bendiciones que pretendían someter el poder temporal al divino. Pero Magnus y Caius sabían que las palabras de la Iglesia ya no tenían el control.

La Autocoronación: El Oro y la Sangre

Las Coronas Imperiales fueron traídas por los Grandes Mariscales. Reposaban sobre cojines de terciopelo que parecían hundirse bajo el peso del metal. Eran imponentes, sagradas, cargadas de una gravedad histórica que hacía vibrar el aire.

El Arzobispo extendió sus manos, preparándose para realizar el acto tradicional de colocar la corona sobre las cabezas inclinadas. Pero, en un movimiento que congeló la sangre de los tradicionalistas, Magnus avanzó un paso. Caius hizo lo mismo. Sus manos no buscaron la bendición del clérigo, sino que se dirigieron directamente a los cojines.

El silencio en la catedral fue tan absoluto que se podía escuchar el chisporroteo de las velas a cincuenta metros de distancia.

La Coronación

Magnus sostuvo la Corona Imperial de Rubíes. Era una diadema de oro macizo, donde un rubí central de un tamaño antinatural latía con una luz interna, como un corazón de fuego que contenía todas las conquistas y toda la voluntad de Dravendel. A su alrededor, diamantes formaban una constelación que representaba el orden militar. El rojo no era solo un color; era la sangre derramada y el destino manifiesto.

Caius alzó la Corona Imperial de Esmeraldas. Su estructura era más estilizada, reflejando la armonía y la visión de Silvaris. La esmeralda central brillaba con una luz fría y profunda, una joya que parecía contener toda la sabiduría del bosque y la eternidad de las leyes. El verde no era calma; era el control absoluto sobre el caos.

Se miraron. Fue solo un segundo, un intercambio de promesas mudas entre dos hombres que habían reconstruido el mundo. Y entonces, sin inclinar la cabeza ante nadie, se coronaron a sí mismos.

El sonido del oro puro al chocar contra sus sienes retumbó en las bóvedas góticas con una fuerza que ningun grito podría igualar. El Arzobispo bajó la mirada, derrotado por la evidencia: el poder ya no descendía del cielo a través de sus manos; emanaba directamente de los hombres que estaban frente a él.

La Proclamación de los Autócratas

Uno de los heraldos imperiales, vestido con el tabardo del Águila Bicéfala, avanzó hacia el centro del crucero. Se arrodilló, se levantó con una solemnidad que hacía vibrar su armadura y proclamó con una voz que hizo temblar los cimientos de la catedral:

—OS PRESENTO A LOS GRANDES EMPERADORES DEL GRAN SACRO IMPERIO DE DRAVENDEL-SILVARIS—

—Magnus Zarvendel-Sylvarion…

—Caius Sylvarion-Zarvendel…

—Grandes Duques Palatinos de Eridia…

—Príncipes Soberanos del Principado de Ravengal…

—Comandantes Supremos de las Fuerzas Imperiales de Mar, Tierra y Aire…

—Gobernadores de la Iglesia y Protectores de la Unidad Imperial…

—Grandes Señores de los Marquesados Insulares y Continentales…

—Grandes Mariscales Supremos de la Guardia Imperial…

—Grandes Maestros de la Orden del Águila Bicéfala…

—Señores de la Orden de Caballería de las Estrellas de Hielo, la Cruz de la Concordia y la Orden del Umbral Carmesí…

—Autócratas de todo el Gran Sacro Imperio…

—Padres de la Unificación…

—Señores de las Siete Montañas…

El silencio duró dos segundos. Dos segundos en los que el continente contuvo el aliento. Y entonces, el mundo explotó en una sola voz.

—¡LARGA VIDA A LOS Grandes EMPERADORES!

—¡LARGA VIDA!

—¡LARGA VIDA!

Afuera, las campanas de todas las iglesias del imperio comenzaron a repicar al unísono. Los cañones de la fortaleza dispararon salvas que hicieron vibrar la tierra. Los ciudadanos en las calles se abrazaban, sabiendo que ese día no solo habían nacido dos gobernantes. Ese día, bajo el sol de Eridia y el brillo de los rubíes y las esmeraldas, había nacido un Imperio eterno.

La Diarquía ya no era un tratado de paz. Era la Ley del Mundo.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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