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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 148

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Capítulo 148: CAPÍTULO 8: El Primer Decreto

Las Sombras de la Lealtad

El Palacio Imperial de las Mil Torres había recuperado, con una velocidad asombrosa, su ritmo habitual de colmena de poder. Sin embargo, ya no era el mismo lugar. Las banderas rojo y verde, con el águila bicéfala bordada en hilos de oro y plata, se agitaban con una autoridad nueva en cada torre, balcón y muralla. El símbolo de la unión entre Dravendel y Silvaris no solo decoraba las piedras; parecía haberlas impregnado con una voluntad de hierro.

La coronación había sido un clímax de seda y oro, pero para los soberanos, aquello solo fue el prólogo. Gobernar era una tarea mucho más sucia, silenciosa y constante.

En el ala oriental del palacio, donde los pasillos se volvían estrechos y el eco de los banquetes no llegaba, dos mujeres aguardaban en una pequeña cámara privada. La Condesa Lira Castro permanecía de pie, con la espalda tan recta como la hoja de una espada recién forjada, mientras que a su lado, la Baronesa Aryen Valcrest observaba la habitación con ojos analíticos. El lugar era austero por diseño: una mesa de roble oscuro, cuatro sillas de respaldo alto y una ventana estrecha que ofrecía una vista vertiginosa de los techos rojizos de la capital. No había guardias, ni sirvientes, ni tapices que pudieran ocultar un oído indiscreto. Solo estaban ellas y el silencio absoluto del ala más resguardada del palacio.

Ambas sabían que no estaban allí para recibir honores decorativos. Estaban allí porque eran las piezas clave de una red que apenas comenzaba a tejerse.

La puerta se abrió con un chasquido seco. Magnus y Caius entraron al unísono, moviéndose con una coordinación que ya era legendaria. No vestían las pesadas capas de armiño ni las coronas de gemas; llevaban túnicas de viaje de colores oscuros, pero su autoridad no necesitaba insignias para ser absoluta. Lira y Aryen se inclinaron hasta que sus rodillas rozaron el suelo.

—Majestades.

—Levántense —ordenó Magnus con una voz que no admitía réplicas.

Caius se acercó a la mesa, apoyando las yemas de sus dedos sobre la madera pulida mientras escrutaba a las dos mujeres. Su mirada, siempre serena pero profundamente penetrante, parecía leer las intenciones antes de que se formaran.

—Las hemos convocado aquí —comenzó Caius— porque el Imperio necesita algo más que administradores de impuestos. Necesita ojos que no parpadeen y oídos que no olviden.

Magnus caminó lentamente alrededor de ellas, como un depredador evaluando su territorio.

—Ustedes han sido nombradas gobernadoras por una razón. No por su linaje, sino por su capacidad de ver lo que otros ignoran. Los otros nobles, los marqueses y condes que ayer juraron lealtad, se reunirán cada semana en sus distritos. Planearán, se quejarán del costo de la unificación y, inevitablemente, algunos intentarán convertir su administración en un feudo personal.

La Baronesa Aryen frunció el ceño, captando la gravedad del encargo. Lira, por su parte, asintió levemente.

—Majestad… ¿Desean que actuemos como sus ojos en la sombra? ¿Que informemos sobre cada susurro de disidencia? —preguntó Lira.

Caius asintió, su rostro era una máscara de determinación.

—Exactamente. Ustedes serán nuestras sombras en los territorios. Cada alianza secreta, cada ambición que crezca más de lo debido, cada moneda que se desvíe del tesoro… queremos saberlo todo antes de que el primer traidor se atreva a pronunciar su nombre en voz alta.

El Peso del Edicto

Tras despedir a las dos nobles con una advertencia de discreción absoluta, Magnus y Caius llamaron al Secretario Imperial. Vaen Theral entró con la solemnidad de un sacerdote, portando un pergamino sellado con la cera bicolor del Imperio.

—Es hora —dijo Caius, tomando el documento—. Que todo el Imperio escuche que la era de los privilegios se ha terminado. Hoy comenzamos a gobernar de verdad.

Horas después, la Gran Sala del Trono estaba a reventar. No cabía un alfiler entre las columnas corintias. Los nobles que apenas ayer celebraban sus nuevos títulos ahora sentían una extraña inquietud en el estómago. El Secretario Imperial subió al estrado de mármol y, tras un golpe de bastón que impuso un silencio sepulcral, comenzó a leer el documento que cambiaría la economía de 200 millones de personas.

EDICTO IMPERIAL DE REFORMA TRIBUTARIA Y BIENESTAR PÚBLICO

NOS, LOS EMPERADORES ABSOLUTOS Y SOBERANOS POR DERECHO DIVINO, en nuestra infinita sabiduría y cuidado por la prosperidad de nuestros súbditos, decretamos la presente Ley de Cargas.

El Secretario continuó con una voz monótona pero implacable, detallando la distribución sagrada del tesoro: el 50% para el bienestar local y el 50% para la gloria de la corona. Pero fue al llegar al Artículo Segundo cuando el murmullo de los nobles comenzó a crecer.

Los impuestos a la “vida civil” eran exhaustivos:

La Tasa del Espíritu (10%): Un golpe directo a las bodegas de los grandes terratenientes.

El Capitativo Imperial (15%): El precio por el honor de respirar bajo el cielo de Eridia.

El Portazgo de Rutas (9%): El control total sobre el comercio interno.

La Sisa de Alimentos Básicos: El arroz, el aceite, el azúcar y demás víveres esenciales tendrán un gravamen del 5 % en cada transacción.

Impuesto a la Energía (18%): El gravamen más alto, asegurando que el desarrollo industrial alimentara las arcas centrales.

Pero el verdadero golpe de gracia llegó con el Artículo Tercero. Cuando Vaen leyó que todo noble que asumiera un cargo debía entregar el 47% de la riqueza generada en su primer año, varios marqueses palidecieron. Era una medida diseñada para evitar que la nobleza creara fortunas capaces de financiar una rebelión. Magnus y Caius estaban cortando las garras de sus vasallos antes de que estos pudieran siquiera afilarlas.

El Nacimiento del Orden

Al finalizar la lectura, el silencio que reinó en la sala no fue de respeto, sino de conmoción. Los nobles se miraban entre sí, buscando una grieta en la ley, pero las guardias imperiales apostadas en cada salida recordaban que el edicto no era una propuesta, sino una orden divina.

Cualquier desvío de los fondos locales sería considerado Alta Traición, una palabra que en el nuevo código penal imperial solo tenía un castigo: el cadalso.

Magnus y Caius observaban desde la altura de sus tronos de oro. No necesitaban hablar. El mensaje estaba claro: el bienestar del pueblo se pagaría con la ambición de los poderosos. El Imperio ya no era solo una idea geográfica; ahora era una maquinaria fiscal y social que llegaba hasta la última moneda de cobre de la aldea más remota.

El Gran Sacro Imperio de Dravendel–Silvaris había comenzado a gobernar, y lo hacía con un puño de hierro envuelto en seda roja y verde.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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