MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 150
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Capítulo 150: CAPÍTULO 10: La Llegada de los Embajadores
El Alba de la Diplomacia
El amanecer sobre el Gran Ducado Palatino de Eridia no fue un despertar ordinario; fue una revelación. Las primeras luces del sol, de un dorado pálido y purísimo, caían sobre las torres blancas de la capital imperial como si el firmamento mismo deseara ungir el suelo que Magnus y Caius habían unificado. Desde las colinas que rodeaban la ciudad, cubiertas de un rocío que brillaba como diamantes esparcidos, hasta las amplias avenidas de mármol, todo en el Gran ducado palatino de Eridia respiraba una preparación meticulosa.
Eridia ya no era simplemente una ciudad estado; era el corazón palpitante del Gran Sacro Imperio de Dravendel-Silvaris. Sus murallas de piedra clara, pulidas hasta que reflejaban el cielo, se alzaban con un orgullo renovado. Cientos de banderas imperiales —el rojo de la conquista y el verde de la visión— ondeaban en lo alto de cada pináculo, plaza y edificio público. La bandera, bordados con hilos de oro que formaban el Águila Bicéfala, capturaban la brisa de la mañana en un baile de soberanía que recordaba a cada ciudadano que el mundo, finalmente, estaba mirando.
Las calles eran un hervidero de humanidad. Comerciantes de telas, artesanos del metal, soldados en uniformes de gala y familias enteras se agolpaban en los balcones y a lo largo de las avenidas. Había un fervor eléctrico en el aire. Todos esperaban el desfile de las delegaciones extranjeras, el momento en que el Imperio dejaría de ser una proclamación interna para ser una realidad continental.
La Procesión de las Naciones
Las campanas de las catedrales y los palacios comenzaron a repicar con un ritmo solemne. Desde el extremo oriental de la Avenida Imperial, apareció la primera caravana. Caballos de pelaje blanco inmaculado, cuyos arneses de plata tintineaban con cada paso, abrían el camino. Tras ellos, la bandera azul y blanco del Principado de Aquilón ondeaban con una elegancia líquida.
—Son los de Aquilón… —murmuraba la multitud con una mezcla de asombro y respeto—. El primer principado en reconocer a nuestros Grandes Emperadores y nuestro Grandioso imperio.
Las carrozas de Aquilón, hechas de madera lacada y cristal, avanzaron hacia el colosal Palacio de las Mil Torres. La estructura del palacio dominaba el horizonte, una maravilla arquitectónica donde las torres de mármol y oro puro parecían perforar las nubes. En las escalinatas principales, la Guardia de la Corona permanecía inmóvil, como estatuas de acero, custodiando las Puertas Imperiales.
El Salón del Trono: El Espejo del Mundo
En el interior, el Salón del Trono se abría como una catedral de poder. Columnas talladas con los relieves de la historia de la unificación sostenían un techo abovedado de donde colgaban candelabros de cristal que multiplicaban la luz. Los suelos de mármol estaban tan pulidos que reflejaban las siluetas de los nobles y consejeros como si caminaran sobre un lago de luz.
En el centro, elevados sobre la plataforma de siete niveles, se encontraban los Grandes Emperadores. Magnus, a la izquierda, proyectaba una serenidad firme, una autoridad que no necesitaba palabras para imponerse. A su lado, Caius mantenía una postura de vigilancia majestuosa, sus ojos escrutando cada movimiento con la precisión de un estratega que sabe que la diplomacia es otra forma de guerra.
Aquel no era un acto vacío. Era la confirmación de que el Imperio había sido aceptado en el concierto de las naciones. Las cámaras de transmisión, ubicadas estratégicamente, llevaban esta imagen a cada rincón del continente, desde las minas de Ferrum hasta las costas de Ravengal.
El Reconocimiento de Aquilón
El heraldo imperial avanzó y golpeó el suelo tres veces con su bastón.
—¡Delegación diplomática del Principado de Aquilón!
Las puertas se abrieron y la delegación entró con una elegancia que silenciaba el salón. El embajador de Aquilón, vestido con sedas azul y blanco , se detuvo ante el trono.
—Sus Majestades Imperiales y Reales —dijo, con una voz que portaba el peso de una corona aliada—. Traigo el saludo de Su Alteza Serenísima, la Princesa Soberana Emma Valdemar.
Magnus y Caius, en un gesto que rompió el protocolo tradicional para demostrar respeto mutuo, se levantaron al unísono. No permitieron que un sirviente tomara el documento; lo recibieron ellos mismos.
—El Gran Sacro Imperio recibe con honor la amistad de Aquilón —declaró Magnus con gravedad—. Que nuestras coronas caminen juntas.
Entonces, el regalo fue revelado: la Corona de Cristal de Aquilón. Una pieza de una delicadeza extrema, cuyos reflejos azules bañaron el mármol, simbolizando una transparencia y confianza total entre ambos países
El Pacto de Hierro: Cantón Ferrum
—¡Delegación diplomática del Principado de Cantón Ferrum! —anunció el heraldo.
Los representantes de Ferrum entraron con la marcialidad de un ejército. Vestían armaduras ceremoniales de un hierro oscuro y pulido que absorbía la luz. El embajador presentó el decreto del Príncipe Soberano Mattia Stonehaven-Ironthorn, sellado con el imponente elefante de su casa.
Caius recibió el documento con un respeto evidente por la fuerza industrial que representaba. Ferrum no regalaba cristales; regalaba poder. Al abrir la caja de madera oscura, apareció la Espada del Pacto de Hierro. Una hoja grabada con los nombres de las naciones aliadas.
—Que esta espada no sea símbolo de guerra —sentenció Caius, sosteniendo el metal con ambas manos—, sino de la fuerza que protege la paz del continente.
El Orbe de Ravengal: El Cierre de la Triada
Finalmente, llegó el momento más esperado.
—¡La Embajadora del Principado de Ravengal!
Elena Castillo avanzó por la nave central. Su presencia era el puente final entre el pasado de Caius y el presente imperial. Se detuvo ante los soberanos y entregó la misión diplomática permanente de Ravengal. El regalo de esta nación fue el más místico de todos: el Orbe de Ravengal. Una esfera de cristal oscuro con vetas plateadas que parecían palpitar con una vida propia, representando la sabiduría y el equilibrio necesarios para gobernar un territorio tan vasto.
Los Emperadores observaron el orbe con una atención casi reverente. Magnus finalmente habló, su voz resonando con una autoridad que cerraba oficialmente el capítulo de la incertidumbre.
—Hoy, el Gran Sacro Imperio de Dravendel-Silvaris abre sus puertas al mundo.
Caius concluyó la declaración, su mirada fija en las cámaras que llevaban su voz a millones de personas:
—Hoy, ante los ojos del continente, el Imperio ha tomado su lugar entre las naciones. Que este día quede grabado en la historia como el inicio de nuestra era eterna.
En lo alto de las Mil Torres, bajo el cielo infinito de Eridia, las banderas continuaron ondeando. El mundo había reconocido al Imperio, y el Imperio, firme y glorioso, estaba listo para enfrentar los desafíos de la nueva temporada que aguardaba en el horizonte.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com