MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 152
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Capítulo 152: CAPÍTULO 2: La Llegada de los Soberanos
Las Velas de la Diplomacia
Dos días después de que los mensajeros imperiales partieran desde el Gran Ducado Palatino de Eridia, las invitaciones grabadas en oro llegaron a sus destinos. En el norte, donde el aire es frío y el cristal es ley, la Princesa Emma Valdemar recibió el llamado con una sonrisa enigmática. En el oeste, entre el vapor de las forjas y el estruendo del martilleo constante, el Príncipe Mattia Stonehaven-Ironthorn leyó el pergamino con la seriedad de quien analiza un plano de ingeniería.
Ambos comprendieron que el joven Imperio no estaba pidiendo una visita de cortesía; estaba estableciendo el eje del mundo. La respuesta fue inmediata. En los puertos de Aquilón y Canton Ferrum, la actividad se volvió frenética. Se seleccionaron los mejores barcos, se pulieron las armaduras de las guardias de honor y se cargaron los baúles con los tesoros de cada nación.
Poco después, las embarcaciones reales abandonaron sus costas. Durante la travesía hacia el sur, los soberanos navegaron frente a las costas de Silvaris. Desde la cubierta, observaban las montañas majestuosas y los bosques impenetrables que ahora formaban parte del cuerpo del Imperio. El mar, como si reconociera la importancia de los pasajeros, se mantuvo en una calma cristalina, permitiendo que el viento soplara con la suavidad justa para hinchar las velas reales.
El barco de Emma era una obra de arte flotante, adornado con dos banderas: la azul y blanca de Aquilón con su águila simbólica, y su estandarte personal de un azul profundo como el océano. A una distancia de respeto, el barco de Mattia cortaba el agua con firmeza, portando los colores azul y amarillo, y el estandarte del Elefante Dorado, símbolo de la fuerza inquebrantable de Ferrum.
El Protocolo del Puerto Imperial
Cuando las torres de Eridia aparecieron en el horizonte, alzándose sobre el mar como una corona de piedra blanca, la capital imperial se preparó para el estruendo. El gran puerto de la ciudad bullía de orden. Al frente de la delegación de recepción se encontraba Vaen Theral, el Secretario Imperial, cuya túnica oscura contrastaba con el brillo plateado de las dos filas de guardias que formaban un pasillo de honor.
Los uniformes eran de un azul oscuro impecable. Los estandartes de las tres naciones —el rojo y verde imperial, el azuly blanco de Aquilón y el azul y amarillo de Ferrum— ondeaban en perfecta sincronía. Quince jinetes imperiales, montados en sementales negros perfectamente entrenados, completaban la formación de seguridad.
En cuanto la quilla del barco de Aquilón tocó el muelle, la torre de vigilancia dio la señal. Veintiún salvas de cañón retumbaron sobre la bahía, un trueno de pólvora y honor que hizo vibrar los cristales de la ciudad. Era el saludo máximo, reservado solo para los iguales.
La Majestad de los Invitados
La primera en descender fue la Princesa Emma. Su presencia fue un impacto de color y elegancia. Vestía un vestido de gala en terciopelo verde esmeralda que parecía capturar la esencia de los bosques de Silvaris. El corpiño entallado y las mangas largas bordadas con filigranas de oro resaltaban su porte soberano. La falda, de un volumen imponente, brillaba con cristales que recordaban las estrellas del norte. Sobre su frente, la corona de oro de veinticuatro quilates y el diamante central en corte de pera proclamaban su linaje.
Vaen Theral se inclinó profundamente.
—Su Alteza Serenísima, bienvenida al Imperio.
—Es un honor estar aquí, Secretario —respondió ella con una voz que era seda y mando.
Poco después, el barco de Ferrum atracó y descendió el Príncipe Mattia. Su corona, adornada con perlas blancas y un orbe rematado por una cruz enjoyada, brillaba bajo el sol del mediodía. Vestía una levita militar en terciopelo azul zafiro, cubierta de bordados dorados que narraban historias de vides y hojas. Su sable ceremonial, con empuñadura de oro y marfil, golpeaba rítmicamente contra su bota mientras caminaba. En su pecho, la estrella de la Orden del Elefante Real relucía entre docenas de condecoraciones militares.
Los guardias imperiales golpearon sus lanzas contra el suelo, un sonido metálico que resonó en todo el puerto como un latido de respeto. Los soberanos subieron a sus respectivos carruajes de gala y la procesión comenzó su ascenso hacia el corazón de la capital.
El Encuentro en las Mil Torres
Las calles de Eridia estaban inundadas de ciudadanos. La gente gritaba vítores y agitaba banderines de los tres colores unidos. Al llegar al Palacio de las Mil Torres, frente a las monumentales puertas de bronce y oro, aguardaban los Grandes Emperadores.
Magnus y Caius eran la viva imagen del poder absoluto. Sus coronas de oro blanco, cargadas de rubíes y diamantes, destellaban ante la llegada de sus invitados. Sus uniformes carmesí, con la banda imperial roja y verde cruzando sus torsos, simbolizaban la sangre y la tierra unidas. La Gran Orden del Águila Bicéfala brillaba en sus pechos como el sol central de aquel sistema político.
El saludo fue una danza de cortesía y solemnidad. Sin embargo, una vez cruzadas las puertas, la tensión del protocolo se suavizó. Emma, observando la magnificencia de los frescos y los techos abovedados, rompió el hielo con una sonrisa.
—Dejemos un poco el protocolo —propuso ella con humor—. He escuchado tantas historias sobre estas mil torres que quiero verlo todo… pero no digan que soy chismosa, solo soy una entusiasta de la arquitectura.
Magnus rió, un sonido franco y cálido.
—Tenemos tiempo, Princesa. El Imperio es suyo para explorar.
Dedicaron la tarde a recorrer los jardines, donde los lagos ornamentales reflejaban las esculturas de los antiguos héroes. Visitaron las nuevas embajadas y la Catedral de San Francisco, donde el incienso y la luz filtrada por los vitrales creaban una atmósfera de paz divina. Incluso visitaron los hospitales imperiales, un gesto que mostró a los invitados que este Imperio no solo se construía con espadas, sino con cuidado hacia sus ciudadanos.
El Salón Azul: El Pacto del Futuro
Cuando el crepúsculo tiñó de violeta el cielo de Eridia, regresaron al Salón Azul. Bajo la mirada de los grandes mapas, la atmósfera volvió a ser seria. Las negociaciones fueron intensas. Mattia defendió la industria de Ferrum, Emma la apertura de rutas , los impuestos fronterizos y diplomática de Aquilón, y los Emperadores la estabilidad del mercado central.
Tras horas de debate firme pero respetuoso, la pluma corrió sobre el pergamino. Se firmó el Tratado de Concordia, un acuerdo de libre comercio que reducía aranceles y facilitaba el flujo de recursos. Era el nacimiento de una prosperidad compartida.
La noche concluyó con una gala en el Gran Comedor Imperial. Entre manteles de lino y vajilla de plata, los discursos celebraron la amistad. Magnus y Caius brindaron por un continente sin guerras comerciales, y los soberanos invitados respondieron con votos de lealtad a la alianza.
Al amanecer del día siguiente, mientras los barcos se preparaban para partir, el sentimiento era unánime: el mundo había cambiado. Las delegaciones regresaban a sus tierras no solo con papeles firmados, sino con la certeza de que el Gran Sacro Imperio era el pilar que sostendría la paz de las próximas generaciones.
¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!
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