MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 155
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Capítulo 155: CAPÍTULO 5: La Rebelión de los Nobles
Las Sombras se Movilizan
El Gran Sacro Imperio de Dravendel-Silvaris parecía vivir una era de estabilidad sin precedentes. Las nuevas universidades ya recibían a sus primeros alumnos, las leyes habían sido firmadas con el sello de la unidad y las reformas comenzaban a transformar cada rincón del vasto territorio. Pero bajo la superficie, no todos celebraban aquel nuevo orden.
En los salones privados de palacios antiguos, lejos de las miradas de la corte imperial, la conversación era muy distinta. Había miedo, resentimiento y, sobre todo, una ambición que se negaba a morir. Muchos de los antiguos nobles jamás habían aceptado realmente el Imperio. Los privilegios del viejo régimen, donde ellos eran ley y señores, habían desaparecido. Los impuestos ahora eran regulados por la Corona, los ejércitos respondían directamente al trono y las riquezas se destinaban al desarrollo del pueblo. Para ellos, aquello era una amenaza de muerte a su linaje.
Seis marqueses, gobernadores que habían jurado lealtad ante la Diarquía, decidieron rebelarse: Jorwik Athar, Sofia Brennal, Malric Tersan, Dorian Kaelthor, Lyra Veylin y Shara Alhiwyn. Su objetivo era Torres Blancas, la ciudad situada a solo quince minutos de la capital. Si lograban capturarla, el camino hacia el corazón del Imperio quedaría abierto.
El Baño de Sangre en Torres Blancas
La mañana del levantamiento comenzó con un silencio inquietante que se rompió con el estruendo de máquinas de asedio improvisadas. Los rebeldes atacaron la gran puerta de la ciudad, donde la Marquesa Selena resistía con valor. El choque fue brutal; el acero chocaba contra el acero y el aire se llenó de gritos. Cuando la puerta cedió, la carnicería se trasladó a las calles.
Cuarenta y siete soldados imperiales yacían sin vida cuando el polvo comenzó a asentarse. Muchos ciudadanos estaban heridos, atrapados en el fuego cruzado de una traición que no buscaron. Un espía imperial, tras observar la caída de la puerta, cabalgó desesperado hacia la capital.
En Eridia, la noticia llegó como un rayo. Magnus y Caius no dudaron. La Guardia Imperial ya marchaba cuando los soberanos montaron los caballos más rápidos. Solo quince minutos. En el camino que serpenteaba la montaña hacia el palacio de Selena, los rebeldes se creyeron victoriosos, hasta que las filas de armaduras rojas surgieron de ambos lados. Quedaron atrapados.
Magnus y Caius descendieron de sus caballos con una calma gélida. El silencio cayó sobre el campo de batalla.
—Arresten a todos —ordenó Caius con una voz que no admitía réplica. Los rebeldes fueron desarmados, encadenados y arrastrados a los calabozos. La rebelión había fracasado.
La Calma antes de la Tormenta: Los Pastores del Pueblo
Antes de que la sangre de la justicia fuera derramada, Magnus y Caius caminaron por las calles de Torres Blancas. No como conquistadores, sino como soberanos que sufren por su gente. Este es el momento en que el pueblo vio el rostro de sus emperadores.
Magnus se detuvo frente a un soldado joven que agonizaba en una esquina, con el uniforme desgarrado. El Emperador se arrodilló sobre el pavimento manchado, sin importarle que su capa se tiñera de suciedad. Puso su mano sobre el hombro del herido, hablando en voz baja, asegurándole que su sacrificio no sería en vano. Sus ojos, antes feroces, mostraban una compasión que hacía temblar a los presentes.
Caius, por su parte, recorría los puestos de socorro improvisados. Se acercó a una mujer que lloraba abrazada a su hijo herido por una astilla de la puerta. El Emperador no solo dio órdenes; se aseguró personalmente de que los médicos imperiales utilizaran los suministros de su propia caravana.
—Llevad a cada uno de ellos al Hospital Imperial de la capital —ordenó Caius a sus oficiales—. No escatiméis en nada. Si un ciudadano sufre por la traición de otros, el Imperio debe ser su consuelo.
Visitaron las murallas dañadas, tocando las piedras rotas, y se detuvieron ante los cuerpos de los cuarenta y siete soldados caídos. Magnus se quitó el guante y cerró los ojos de un capitán que aún sostenía su espada. El silencio de los emperadores durante ese recorrido por el dolor de la ciudad era una promesa de algo terrible que estaba por venir.
Ese mismo día, mientras las campanas de Torres Blancas doblaban por los muertos, se emitió la orden: banderas a media asta y luto nacional. El Imperio lloraba a sus hijos. Pero la hora de la piedad había terminado.
La Justicia de los Emperadores Rojos
Horas después, la plaza principal estaba tan llena que no cabía un alma más. Los seis nobles rebeldes fueron sacados de los calabozos, encadenados y obligados a hincar las rodillas sobre el estrado de madera. El portavoz leyó los nombres, y el silencio que siguió fue absoluto.
Las puertas del palacio se abrieron. Magnus y Caius emergieron, pero ya no eran los hombres que consolaban heridos. Vestían completamente de rojo, el color exclusivo del nivel más alto de la guardia y de los emperadores. Era el color de la sangre que estaban a punto de reclamar.
Cada uno sostenía una espada imperial. No hubo verdugos. No hubo hachas de oficio. Los soberanos subieron al estrado con paso rítmico y pesado. El sol brilló sobre el acero cuando Magnus se colocó detrás de Jorwik Athar. Sin una palabra, sin un juicio más allá del que ya habían ejecutado en sus mentes, la primera espada cayó.
El sonido del acero cortando hueso y carne resonó en la plaza como un latigazo. Luego la segunda espada. Uno por uno, los traidores perdieron la cabeza bajo las manos de sus propios señores. Magnus ejecutó a tres; Caius ejecutó a tres. Los soldados que se unieron a la traición corrieron la misma suerte. La madera del estrado se volvió negra por la sangre acumulada.
El Mensaje de Acero
Cuando todo terminó, Magnus tomó un paño de seda blanca y, con una parsimonia aterradora, limpió la sangre de su hoja hasta que el paño quedó completamente rojo. Dio un paso al frente, con el rostro salpicado por la esencia de los traidores.
—¡Pueblo del Imperio! ¡Nobles de Dravendel-Silvaris! —su voz golpeó la plaza como un mazo—. Miren bien este suelo. Miren lo que queda de quienes confundieron nuestra paciencia con debilidad.
Sus ojos recorrieron a la nobleza presente, quienes ni siquiera se atrevían a parpadear.
—Nosotros juramos proteger este Imperio. Nuestra mano derecha ofrece prosperidad a quien nos sigue, pero nuestra mano izquierda sostiene el acero que corta la traición de raíz. Si alguien más cree que puede desafiar al trono… que lo intente. Pero recuerden este día. Quien se levante contra la Corona perderá la cabeza antes de poder pedir perdón.
La Sentencia del Olvido
Tras la última ejecución, el silencio en la plaza de Torres Blancas era tan pesado que parecía asfixiar a los presentes. Magnus permanecía inmóvil, una estatua carmesí. Fue entonces cuando Caius dio un paso al frente. No había rastro de la compasión que había mostrado con los heridos minutos antes; sus ojos eran ahora dos abismos de obsidiana, vacíos de cualquier rastro de humanidad.
Muchos en la nobleza lo consideraban el “Emperador dócil”, el administrador, el hombre de las leyes. Ese día, descubrieron que las leyes de Caius eran un cadalso mucho más terrorífico que cualquier espada.
Caius alzó la mano, manchada con el rocío de la sangre de los marqueses, y señaló al Gran Mariscal de la Corona, Aldren Walker, quien aguardaba con la Guardia Imperial en posición de firmes. La voz de Caius no gritó; fue un susurro sibilante que cortó el aire como un látigo de hielo.
—Gran Mariscal Walker —sentenció Caius, y el Mariscal inclinó la cabeza con una rigidez absoluta—. Escuchad bien mis órdenes, pues no las repetiré y no admitiré clemencia.
El Emperador señaló con un gesto gélido los cuerpos decapitados sobre el estrado.
—Estos hombres y mujeres creyeron que su nobleza era un escudo. Olvidaron que en este Imperio, la nobleza es un servicio, no un derecho de sangre. Mariscal, partid ahora mismo. Buscad a cada familiar, a cada pariente de sangre, a cada aliado directo de estos seis traidores. No me importa la edad, no me importa su rango, ni su estado de salud. Quiero a cada uno de ellos bajo custodia imperial.
Un murmullo de terror recorrió la plaza, pero Caius continuó, su mirada fija en el horizonte como si estuviera borrando un error de un mapa.
—No irán a los calabozos de este marquesado. Llevadlos a las Mazmorras de Máxima Seguridad de la Capital Imperial. Quiero que sus nombres sean borrados de todos los registros. Sus tierras vuelven a la Corona. Sus títulos mueren hoy. Sus bienes serán confiscados para reconstruir lo que su ambición destruyó. Borrad su existencia de la historia. Que no quede rastro de que alguna vez caminaron sobre esta tierra. Que sus linajes terminen en el olvido de una celda de piedra.
El mensaje era inhumano. Caius no solo estaba castigando a los culpables; estaba extirpando la raíz de su existencia para que nadie, jamás, volviera a pensar en el pasado feudal. La “mano dócil” del Imperio acababa de condenar a familias enteras a la oscuridad eterna.
Finalmente, Caius giró la cabeza con una lentitud depredadora hacia la Marquesa Selena, que temblaba de forma incontrolable al ver cómo el hombre que hace un momento consolaba a un niño, ahora borraba seis familias de la faz de la tierra.
—Selena —dijo, y su voz fue una orden absoluta que no admitía retorno—. Al Palacio Imperial. Inmediatamente.
La rebelión había terminado en cenizas y sangre. El Imperio ya no solo se basaba en leyes; ahora se basaba en un terror sagrado. Los pastores habían matado a los lobos, y sus manos aún estaban calientes por la matanza.
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El amanecer llegó silencioso sobre la capital imperial.
No hubo música.
No hubo mercados abiertos.
No hubo gritos de vendedores ni pasos apresurados en las calles.
Ese día, toda la ciudad había despertado sabiendo que algo sagrado iba a ocurrir.
Las banderas imperiales colgaban a media asta desde las torres del palacio, desde las murallas y desde los edificios públicos.
El rojo y el verde del Imperio parecían más oscuros bajo la luz gris del cielo.
Era el día en que el Imperio despediría a sus héroes.
Los cuarenta y siete soldados que habían dado su vida defendiendo el orden y la paz del Imperio.
El traslado del honor
A las afueras de la capital, el convoy avanzaba lentamente.
Cuarenta y siete carros de artillería antiguos, restaurados para ceremonias militares, rodaban uno detrás del otro sobre el camino empedrado.
Sobre cada carro reposaba un féretro de ébano negro.
Cada ataúd estaba cubierto con la Bandera Imperial.
Rojo y verde.
En el centro, el símbolo que dominaba todo el continente.
El Águila Bicéfala.
A cada lado de los carros marchaban los soldados del Nivel III de la Guardia Imperial, la élite encargada de proteger a los soberanos.
Sus lanzas estaban inclinadas hacia el suelo.
Era la posición de duelo.
Sus pasos eran lentos, medidos, sincronizados.
Nadie hablaba.
Nadie rompía el silencio.
A lo largo del camino, miles de ciudadanos se habían arrodillado.
Hombres, mujeres, ancianos y niños inclinaban la cabeza mientras el convoy pasaba frente a ellos.
Algunos sostenían flores.
Otros sostenían pequeñas banderas imperiales.
Cuando los carros avanzaban, pétalos caían suavemente sobre los ataúdes.
La ciudad entera guardaba silencio.
Un silencio absoluto.
Un silencio de respeto.
La recepción en la catedral
Las campanas de la gran catedral comenzaron a sonar.
Lentas.
Profundas.
Cada golpe resonaba por toda la capital.
En la escalinata de la Catedral de San Francisco, dos figuras esperaban inmóviles.
Los Grandes Emperadores.
Caius Sylvarion-Zarvendel.
Magnus Zarvendel-Sylvarion.
Los soberanos del Imperio.
Vestían uniformes ceremoniales negros con detalles dorados.
No llevaban corona.
No llevaban capa.
Ese día no estaban allí como gobernantes.
Estaban allí como hombres que despedían a sus soldados.
Cuando el primer carro llegó frente a la catedral, los emperadores inclinaron la cabeza.
Profundamente.
No fue un gesto breve.
Fue una reverencia lenta.
Respetuosa.
El segundo carro pasó.
Los emperadores volvieron a inclinar la cabeza.
El tercero.
El cuarto.
El quinto.
Cuarenta y siete veces.
Cuarenta y siete inclinaciones.
Cuarenta y siete homenajes.
El pueblo observaba en silencio.
Muchos no pudieron contener las lágrimas.
Porque por primera vez veían a los soberanos del Imperio inclinarse ante quienes habían servido bajo su mando.
El ritual en tierra santa
El cementerio imperial se encontraba detrás de la catedral.
Allí se habían preparado cuarenta y siete tumbas alineadas con precisión militar.
Cuando los féretros fueron colocados junto a cada sepultura, los soldados del Nivel III de la Guardia Imperial, conocidos como el Círculo Interior, tomaron sus posiciones.
Sus capas eran de un rojo profundo.
El único color rojo que podía usarse junto al trono.
Uno por uno, retiraron cuidadosamente las banderas imperiales que cubrían los ataúdes.
Las doblaron con precisión perfecta.
Y se las entregaron a las familias de los caídos.
Madres.
Esposas.
Hermanos.
Hijos.
Luego, cada féretro fue cubierto con una bandera secundaria, indicando el rango y la unidad del soldado.
Entonces llegó el momento del último gesto imperial.
Caius y Magnus avanzaron juntos.
Un sirviente trajo dos recipientes.
Uno contenía cera carmesí.
El otro cera verde esmeralda.
Los emperadores derramaron la cera sobre cada bandera.
Luego presionaron sobre ella el Sello Imperial del Águila Bicéfala.
El sello marcó cada féretro.
Era la señal eterna del Imperio.
El símbolo de que esos hombres ya no pertenecían al mundo común.
Eran ahora guardianes eternos de la corona.
Mientras el último sello era colocado, un niño pequeño miraba el féretro de su padre.
Tiró suavemente del vestido de su madre.
—Mamá…
La mujer bajó la mirada.
—¿Sí, hijo?
El niño señaló el sello rojo y verde sobre la bandera.
—¿Por qué el emperador puso eso?
La mujer respiró profundamente.
Las lágrimas corrían por su rostro.
Pero su voz fue firme.
—Porque tu padre ya no pertenece a los hombres.
El niño frunció el ceño.
—¿Entonces a quién pertenece?
La mujer acarició su cabeza.
—Ahora pertenece a la eternidad del Imperio.
El pacto de sangre y oro
Cuando los entierros terminaron, Caius dio un paso adelante.
Su voz se escuchó por todo el cementerio.
—Hoy el Imperio pierde cuarenta y siete hijos.
El silencio era absoluto.
—Pero también gana cuarenta y siete nombres eternos.
Magnus continuó.
—Desde este día, la Corona Imperial se hace responsable de todas las familias de los caídos.
Murmullos de sorpresa recorrieron la multitud.
—Educación.
—Vivienda.
—Protección.
—Sustento.
—Desde hoy… hasta la última generación.
Luego Caius levantó la mano.
—Y este día será recordado para siempre como el Día del Recuerdo de los Héroes del Imperio.
—En esta fecha, todo el Imperio guardará luto.
Nadie habló.
Pero todos entendieron.
Ese día había entrado en la historia
Entonces ocurrió.
El cielo se abrió.
Las nubes se apartaron lentamente.
Un rayo de luz dorada descendió desde el sol.
La multitud levantó la mirada.
Una figura surgió del resplandor.
Un ave gigantesca.
Sus alas eran de fuego dorado y carmesí.
El Fénix.
El ave descendió lentamente.
Voló sobre el cementerio.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Su fuego no quemaba.
Solo transmitía una paz profunda.
Una calma imposible de explicar.
Luego, como si respondiera a una llamada invisible, el ave ascendió nuevamente hacia el sol.
Y desapareció en la luz.
Durante varios segundos, nadie habló.
Nadie se movió.
El tiempo pareció detenerse.
La revelación en el palacio
Esa misma noche, Caius y Magnus regresaron al palacio imperial.
Cruzaron los jardines interiores.
En el patio central, cuatro figuras estaban sentadas.
Marcio.
Selena.
Roderic.
Seraphine.
Los padres de los actuales soberanos.
Cuando vieron a sus hijos acercarse, Marcio habló primero.
—Hijos… perdonen que no hayamos podido acompañarlos hoy.
Selena suspiró.
—Nuestros corazones querían estar allí.
Roderic sonrió con cansancio.
—Pero nuestros cuerpos ya no tienen la fuerza de antes.
Seraphine agregó con calma.
—Pronto tendremos que regresar a nuestros territorios para seguir gobernando… pero incluso eso se vuelve difícil con los años.
Caius y Magnus intercambiaron una mirada.
Luego Caius habló.
—Hoy ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba.
Magnus continuó.
—En el funeral… apareció un ave de fuego.
Los cuatro padres se miraron inmediatamente entre sí.
La misma expresión cruzó sus rostros.
Sorpresa.
Asombro.
Incredulidad.
Caius frunció el ceño.
—¿Por qué reaccionan así?
Magnus miró a cada uno de ellos.
—¿Quién es esa ave?
El silencio cayó sobre el patio.
Marcio respiró profundamente.
Luego llamó a un sirviente.
—Traigan inmediatamente… el Códice del Origen.
Los pasos del sirviente desaparecieron por el corredor del palacio.
Y en ese instante…
El destino del Imperio comenzaba a revelar un secreto mucho más antiguo que el propio trono.
El sirviente regresó varios minutos después.
Caminaba con cuidado.
Entre sus brazos llevaba un libro enorme.
El volumen era tan grande que parecía más una reliquia que un libro común. Su cubierta estaba hecha de cuero oscuro endurecido por el tiempo, con remaches de bronce en las esquinas y un símbolo grabado en el centro.
El fénix Primordial.
El emblema más antiguo del universo.
El sirviente se inclinó profundamente.
—Mi señor… el Códice del Origen.
Marcio asintió lentamente.
—Déjalo aquí.
El libro fue colocado sobre la mesa de piedra del patio imperial.
Cuando el sirviente se retiró, el silencio volvió a cubrir el lugar.
Nadie hablaba.
La brisa nocturna movía suavemente las hojas de los árboles del jardín.
Magnus observó el libro con curiosidad.
—Nunca había visto ese códice.
Caius tampoco apartaba la mirada.
—Ni yo.
Seraphine se acercó lentamente.
Sus manos, ya marcadas por los años, tocaron la cubierta del libro con un respeto casi reverencial.
—Porque este libro… —dijo en voz baja— no es un libro de gobierno.
Roderic añadió con calma:
—Es un libro de origen.
Selena respiró profundamente.
—Solo se consulta cuando el Imperio enfrenta algo que no pertenece al mundo ordinario.
Seraphine abrió lentamente el códice.
El sonido de las páginas antiguas resonó en el silencio del patio.
Las hojas eran gruesas, amarillentas por el paso de los siglos.
Estaban cubiertas de textos escritos en tinta oscura y acompañadas por ilustraciones antiguas.
Seraphine comenzó a pasar las páginas lentamente.
Buscaba algo.
Marcio observaba con atención.
Finalmente, Seraphine se detuvo.
Su mano quedó inmóvil sobre una página.
Allí había una ilustración.
Un ave gigantesca.
Sus alas eran de fuego dorado.
Su cuerpo parecía hecho de luz.
Y sobre su cabeza brillaba un halo solar.
Seraphine levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron con los de sus hijos.
—Díganme algo.
Su voz era seria.
—Lo que vieron hoy…
Señaló la ilustración.
—¿Era exactamente esto?
Caius se inclinó sobre la mesa.
Magnus hizo lo mismo.
Ambos observaron la imagen durante varios segundos.
Luego se miraron entre sí.
Y Caius habló primero.
—Sí.
Magnus asintió lentamente.
—Es exactamente lo que vimos.
Los cuatro padres volvieron a mirarse entre ellos.
El silencio se volvió pesado.
Era el mismo silencio que precede a una verdad antigua.
Seraphine cerró los ojos un instante.
Luego comenzó a leer el texto del códice.
Su voz era baja, pero clara.
—“Cuando la justicia es verdadera…”
—“Cuando el sacrificio es digno…”
—“Cuando los hombres entregan su vida no por gloria, sino por proteger el orden del mundo…”
Seraphine levantó la mirada hacia sus hijos.
—“Entonces el Creador desciende.”
Magnus frunció ligeramente el ceño.
—¿El creador?
Roderic respondió con calma.
—El mismo que dio origen al universo.
Seraphine continuó leyendo.
—“No desciende como dios ni como rey…”
—“Desciende como el Ave del Renacimiento.”
Su dedo tocó la ilustración del libro.
—“El Fénix.”
Selena habló entonces, con voz serena.
—Según este códice… el Fénix no es solo una criatura.
Marcio terminó la frase.
—Es la manifestación del Creador cuando decide descender al mundo.
Caius guardó silencio durante varios segundos.
Luego preguntó:
—¿Entonces… lo que vimos hoy…?
Seraphine cerró el libro lentamente.
—Significa que los cuarenta y siete soldados fueron considerados dignos.
Magnus miró hacia el cielo nocturno.
—¿Dignos… de qué?
Seraphine respondió con suavidad.
—De que el propio Creador descendiera a recibir sus almas.
El viento atravesó el patio imperial.
Las antorchas se movieron ligeramente.
Caius habló en voz baja.
—Entonces… no murieron en vano.
Marcio negó lentamente.
—No.
Roderic apoyó una mano sobre el códice.
—Muy pocos en la historia del mundo han recibido ese honor.
Selena observó a sus hijos con orgullo.
—Hoy no solo enterraron soldados.
Seraphine concluyó con solemnidad:
—Hoy el Imperio vio con sus propios ojos que el sacrificio verdadero… puede tocar incluso al Creador.
El silencio volvió al patio.
Pero esta vez no era un silencio de tristeza.
Era un silencio de reverencia.
Porque aquella noche…
Los gobernantes del Imperio comprendieron algo que cambiaría su forma de ver el mundo.
Que el Imperio podía construir ejércitos.
Podía construir ciudades.
Podía construir poder.
Pero había algo que ni siquiera los emperadores podían ordenar.
La dignidad del sacrificio.
Y cuando esa dignidad aparecía…
Incluso el Creador descendía desde el sol para recibirla.
¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!
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