MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 6 – Trevaston y Alhaven
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16: Capítulo 6 – Trevaston y Alhaven 16: Capítulo 6 – Trevaston y Alhaven El amanecer despuntaba con un leve manto dorado sobre Dravendel y Silvaris.
Los primeros rayos acariciaban los tejados de Trevaston y el puerto del distrito de Alhaven, iluminando las calles que empezaban a despertar.
Magnus, sentado en su carruaje escoltado por Aldren, observaba con atención el paisaje que se desplegaba ante él.
El aire de la ciudad militar estaba cargado de disciplina, el murmullo de los soldados entrenando resonaba entre los muros de piedra.
—Lira —dijo Magnus, mientras ajustaba su capa sobre los hombros—, realmente hay mucho por mejorar en estas ciudades que hemos visitado.
Tres distritos ya recorrimos, y cada vez noto detalles que podrían cambiarse.
Me pregunto cómo mi padre logra manejar todo esto al mismo tiempo.
¿Cómo sabe qué está mal y cómo mejorar cada cosa?
Lira asintió, escribiendo cada palabra, cada detalle de las reflexiones del príncipe.
—Mi príncipe, su análisis será fundamental para los informes —respondió con suavidad—.
Cada observación suya cuenta, y nuestros reportes mostrarán la eficiencia de cada sector.
—Aldren, prepara el carruaje para Trevaston —indicó Magnus—.
Debemos revisar cada cuartel, cada entrenamiento, cada procedimiento.
Hoy no solo visitaremos, vamos a entender cómo funcionan las cosas realmente.
Mientras tanto, en Silvaris, Caius se encontraba ajustando los documentos sobre su escritorio, revisando los últimos informes de economía del distrito de Alhaven.
—Aryen —dijo Caius, con la seriedad que lo caracterizaba—, hay mucho que mejorar aquí también.
Cada distrito que visitamos tiene áreas críticas, y la forma en que mi padre maneja todo esto es increíble.
¿Cómo logra mantener todo en orden?
Aryen, con su pluma lista y una mirada tranquila, anotaba cada palabra: —Mi archiduque, sus observaciones nos permitirán preparar recomendaciones precisas.
Nada escapará a nuestro informe.
—Vaen —añadió Caius—, asegúrate de que todo esté seguro mientras inspeccionamos cada sector.
No podemos permitir que ninguna irregularidad pase desapercibida.
Con los preparativos listos, ambos príncipes se pusieron en marcha hacia sus respectivas ciudades y distritos.
Trevaston Magnus llegó a Trevaston, la ciudad militar de Dravendel, bajo un cielo que se tornaba azul intenso.
El carruaje se detuvo frente a las grandes puertas de la ciudad, flanqueadas por guardias que saludaron con firmeza.
Lady Nyara Esten, jefa general de investigación en la ciudad de Calverin, había enviado la noticia de la llegada del príncipe heredero, y la expectación se palpaba en el aire.
—¡Su Alteza Real, el Príncipe Heredero Magnus!
—exclamó un oficial al abrir las puertas, y todos los soldados se pusieron firmes.
Magnus descendió con elegancia y firmeza, y Aldren caminaba a su lado, inspeccionando cada detalle de la seguridad.
—Lira, toma nota de todo —dijo Magnus mientras cruzaban el patio central—.
Desde los ejercicios hasta la logística, nada se nos puede escapar.
El general Tharion Velgard esperaba en el salón principal, con su uniforme impecable y su porte firme.
—Mi príncipe —saludó el general, inclinando ligeramente la cabeza—.
Es un honor recibirlo.
—General Velgard —respondió Magnus—.
Hemos venido a observar, entender y, si es necesario, mejorar los procedimientos.
Espero que todo esté en orden.
Tharion Velgard asintió con respeto, consciente del peso de la autoridad del príncipe heredero, y condujo a Magnus a través de los patios de entrenamiento, los cuarteles y las salas de estrategia.
Cada movimiento de Magnus, cada pregunta, cada mirada, reflejaba el control y la autoridad que tenía sobre la ciudad, y los soldados respondían con disciplina absoluta.
Alhaven A la misma hora, Caius llegaba al distrito de Alhaven, puerto principal y corazón económico de Silvaris.
Las calles estaban llenas de comerciantes, trabajadores portuarios y artesanos, cada uno ocupado en su rutina diaria.
Los muelles brillaban bajo la luz del amanecer, y los barcos comenzaban a zarpar hacia destinos lejanos.
—Mi archiduque, todo está listo para la inspección —informó Aryen—.
Cada sector económico ha preparado los reportes preliminares.
Caius asintió, ajustando la capa que lo distinguía como heredero del archiducado.
—Lady Elena Vaethorn —pronunció—, esperamos que todo esté en orden.
—Su Alteza Real, Archiduque Heredero Caius —respondió Lady Elena, inclinando la cabeza—.
Es un honor recibirlo.
Cada sector ha sido revisado y preparado para su inspección.
Caius caminó junto a su guardia, Vaen, observando con ojo crítico la organización de los almacenes, los registros comerciales y los flujos de producción del distrito.
Cada decisión que tomaba era medida, firme, demostrando que estaba preparado para asumir más responsabilidades.
—Aryen —dijo—, anota cualquier irregularidad, cualquier falla en la organización.
Esto será crucial para nuestro informe.
—Sí, mi archiduque —respondió el joven escriba, tomando nota de cada detalle.
Supervisión y Observación Mientras avanzaba la mañana, tanto Magnus en Trevaston como Caius en Alhaven no solo observaban las operaciones, sino que comenzaban a detectar fallos, pequeñas inconsistencias y áreas de mejora.
Aunque los gobernantes locales mantenían la rutina diaria, la presencia de los príncipes no pasó desapercibida.
Cada acción de Magnus y Caius demostraba autoridad, y los funcionarios locales se esforzaban por demostrar eficiencia, a veces con nerviosismo ante la mirada crítica de los jóvenes herederos.
—Lira, esto está… desorganizado —comentó Magnus mientras revisaba un informe de entrenamiento militar—.
Debemos registrar cada falla para incluirla en nuestro reporte.
—Mi príncipe, cada detalle será útil —respondió Lira, escribiendo con rapidez.
De manera similar, Caius susurraba a Aryen mientras inspeccionaban los muelles: —Aquí hay retrasos en los registros de inventario.
No se ha controlado bien la llegada de mercancías.
—Lo anoto de inmediato, mi archiduque —respondió Aryen, escribiendo con precisión.
La noche cayó con suavidad sobre Trevaston y Alhaven, pero no trajo descanso inmediato.
En Trevaston, las antorchas se encendieron una a una a lo largo de las murallas, delineando la silueta imponente de la ciudad militar contra el cielo oscuro.
El sonido de los entrenamientos había cesado, pero el eco del acero aún parecía vibrar en el aire, como si la ciudad se negara a dormir del todo.
Magnus permanecía de pie en la sala asignada a su residencia temporal.
Sobre la mesa se extendían mapas, registros de entrenamiento y diagramas de rotación de tropas.
No estaba revisando los documentos por primera vez.
Los observaba de nuevo, con una mirada distinta.
No buscaba errores evidentes.
Buscaba patrones.
—Aquí —dijo finalmente, señalando una sección del mapa—.
Las rotaciones son eficientes… pero previsibles.
Lira levantó la vista de inmediato.
—¿Previsibles, mi príncipe?
Magnus asintió lentamente.
—Demasiado orden puede volverse una debilidad.
Si yo puedo anticipar esto en un solo día, alguien más también podría hacerlo con tiempo y malas intenciones.
Lira escribió en silencio, con el ceño levemente fruncido.
No era una crítica menor.
No hablaban de fallas, sino de riesgos futuros.
Magnus apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Trevaston es fuerte —continuó—.
Disciplina, entrenamiento, obediencia.
Pero el verdadero desafío no es mantener la fuerza… es evitar que se vuelva rígida.
Guardó silencio unos segundos.
—Mi padre no solo sostiene este reino —añadió, más bajo—.
Lo mantiene flexible.
Y eso… eso es mucho más difícil de lo que parece.
Lira no respondió de inmediato.
—Mi príncipe —dijo finalmente—, entonces este informe no solo hablará de lo que vimos hoy.
Magnus negó con suavidad.
—Hablará de lo que podría pasar mañana.
En Alhaven, la noche tenía otro rostro.
Las lámparas del puerto seguían encendidas, reflejándose en el agua oscura mientras los últimos barcos cerraban sus operaciones.
El murmullo del comercio nunca desaparecía del todo; simplemente bajaba de intensidad, como una marea contenida.
Caius estaba sentado frente a su escritorio, pero no escribía.
Observaba los documentos de comercio, los registros de entrada y salida, las cifras cuidadosamente ordenadas.
Demasiado cuidadosamente.
—Aryen —dijo sin levantar la voz—.
¿Notas algo extraño?
Aryen se acercó con cautela.
—Los números coinciden, mi archiduque.
Todo está… correcto.
Caius apoyó un dedo sobre una línea específica del informe.
—Exacto.
Demasiado correcto.
Aryen parpadeó, comprendiendo poco a poco.
—¿Cree que están maquillados?
—No —respondió Caius—.
Creo que están optimizados para ser presentados.
Se reclinó en la silla.
—Alhaven funciona.
Produce.
Comercia.
Genera riqueza.
Pero hay algo que no se ve en estos informes.
Aryen tragó saliva.
—¿Qué cosa?
—El margen de error —respondió Caius—.
Ningún sistema real es perfecto.
Cuando todo parece impecable, alguien está decidiendo qué mostrar… y qué no.
Caius se puso de pie y caminó hacia la ventana.
Desde allí, el puerto parecía próspero, vivo, ordenado.
—Un ejército puede fallar y aún así resistir —dijo—.
Pero una economía que oculta sus grietas colapsa sin aviso.
Aryen cerró su cuaderno lentamente.
—Entonces… ¿cómo lo reflejaremos en el informe?
Caius no respondió de inmediato.
—Con cuidado —dijo al fin—.
No para acusar.
Para advertir.
Algo cambia Esa noche, algo fue distinto.
Magnus entendió que la fuerza sin adaptación se vuelve vulnerable.
Caius comprendió que el orden sin transparencia se vuelve peligroso.
Ambos aprendieron algo nuevo.
Algo que no habían aprendido en Valdoria ni en Thanwin.
No se trataba solo de observar sistemas.
Se trataba de entender qué esconden cuando funcionan demasiado bien.
En Dravendel, Magnus cerró su cuaderno con una decisión silenciosa.
En Silvaris, Caius apagó la lámpara y dejó los informes sobre la mesa, sin firmarlos aún.
Mañana continuarían el recorrido.
Pero ya no mirarían igual.
Porque gobernar no era solo corregir errores visibles.
Era anticipar aquello que nadie quería mostrar.
Y ese aprendizaje —incómodo, silencioso, profundo marcó el verdadero inicio de su transformación como herederos.
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