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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Capítulo 7 — Investigaciones y Estrategias
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17: Capítulo 7 — Investigaciones y Estrategias 17: Capítulo 7 — Investigaciones y Estrategias La noche anterior había caído sobre Dravendel y Silvaris, pero el descanso fue apenas una concesión al cuerpo, no a la mente.

En Trevaston, Magnus permanecía despierto en la habitación asignada dentro de la fortaleza.

El fuego de la chimenea ardía bajo, proyectando sombras irregulares sobre los muros de piedra.

No tenía mapas desplegados ni informes abiertos.

No los necesitaba.

Los recorría de memoria.

Cada cuartel.

Cada ruta de patrulla.

Cada punto ciego que había detectado durante el día.

No estaba repasando lo que había visto.

Estaba anticipando lo que podría fallar.

Comprendía ahora algo esencial: una ciudad militar no se mide por su fuerza visible, sino por la cantidad de errores que aún no han sucedido.

Mientras tanto, en el archiducado de Silvaris, Caius se encontraba en su despacho privado.

A diferencia de Magnus, él sí tenía los documentos extendidos frente a sí.

Dos informes ocupaban el centro del escritorio, colocados uno junto al otro con precisión casi quirúrgica.

Uno llevaba el sello del archiduque Marcio.

El otro, la firma elegante de Lady Elena Vaethorn.

Aeryun permanecía de pie, en silencio, con la pluma preparada.

Vaen custodiaba la puerta, atento, pero sin interferir.

—Mi señor… —dijo Aeryun finalmente—.

He traído exactamente los documentos que solicitó.

Sin alteraciones.

Caius asintió sin apartar la mirada de los números.

—Bien.

Entonces observemos lo que nadie más quiso ver.

Sus dedos recorrieron las columnas con calma.

No había prisa.

El error no estaba en una cifra aislada, sino en la relación entre ellas.

—Brawehy y Aldemor —dijo en voz baja—.

Caída del veinte por ciento en producción agrícola en menos de una semana.

Aeryun frunció el ceño.

—Eso es… inusual.

—No —corrigió Caius—.

Es alarmante.

Señaló otro apartado.

—Disminución del empleo.

Retrasos en pagos.

Reducción de transporte interno.

Luego desplazó el dedo hacia el informe de Alhaven.

—Y aquí… un aumento temporal en cifras agrícolas dentro de la ciudad.

El silencio se volvió más denso.

—No coinciden —continuó Caius—.

No de esta forma.

Los sistemas reales fluctúan.

Estos números… se acomodan.

Vaen inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Desea que se inicie una investigación formal?

Caius negó.

—No todavía.

Si hay manipulación, una investigación abierta solo provocará que escondan mejor las huellas.

Se incorporó lentamente.

—Lo haremos de otra forma.

Sin anuncios.

Sin títulos.

Sin testigos innecesarios.

Así nació la decisión.

Caius, Aeryun y Vaen se moverían por Alhaven como observadores anónimos.

Escucharían a comerciantes, hablarían con supervisores, revisarían almacenes y rutas secundarias.

Brawehy y Aldemor no serían visitados directamente, pero sus efectos sí.

Nadie debía saber que el archiduque heredero estaba mirando.

En Trevaston, el amanecer encontró a Magnus ya en movimiento.

Caminaba junto a Lira y Aldren por los corredores internos de la fortaleza cuando se detuvo frente al despacho del general Tharion Velgard.

—General —dijo Magnus sin rodeos—.

Hoy asumiré el control administrativo y estratégico de Trevaston.

Tharion se quedó inmóvil por un instante.

—¿Mi príncipe…?

—Usted seguirá siendo general —aclaró Magnus—.

Pero cada decisión pasará por mí.

No es una prueba.

Es una simulación real.

El general asintió finalmente, comprendiendo el peso de aquellas palabras.

—Como ordene.

Ese día, Trevaston funcionó bajo una autoridad distinta.

Magnus revisó rotaciones, cambió horarios, alteró protocolos de respuesta y reorganizó equipos completos.

No gritó.

No castigó.

No necesitó imponer miedo.

Su control era absoluto porque era lógico.

—Lira —dijo en varias ocasiones—.

Registra cada decisión.

No solo el qué.

El porqué.

Ella escribía sin descanso.

Los oficiales se adaptaban.

Algunos con admiración.

Otros con tensión.

Todos con atención total.

Tharion observaba en silencio, entendiendo algo que no estaba en ningún manual militar: su futuro comandante no necesitaba demostrar fuerza.

La encarnaba.

En osterval, Caius avanzaba entre los muelles con una capa común, sin insignias visibles.

El puerto estaba vivo: gritos de carga, crujir de madera, olor a sal y mercancías.

—Mi señor —susurró Aeryun mientras revisaban un almacén—.

Los números no concuerdan.

Esto no alcanza ni de cerca lo reportado.

Caius observó los registros manuales, las marcas en las cajas, los rostros cansados de los trabajadores.

—Lo sé —respondió—.

Y no es incompetencia.

Es dirección.

Cada paso confirmaba la sospecha.

Precios inflados.

Retrasos disfrazados.

Producción desviada.

No era un error administrativo.

Era una decisión consciente.

—Esto no saldrá de aquí —dijo Caius—.

Irá directamente a mi padre.

Vaen asintió con gravedad.

Al caer la tarde, ambos príncipes cerraban sus jornadas, aunque ninguno sentía que el día hubiera terminado del todo.

En Trevaston, el cielo se teñía de tonos rojizos cuando Magnus permanecía de pie en la sala de mando.

No intervenía ya con órdenes ni correcciones; observaba.

Los oficiales redactaban los informes bajo su supervisión directa, revisando mapas, anotaciones y registros de patrulla.

Cada palabra escrita tenía un propósito.

No había lugar para adornos ni excusas: solo hechos, decisiones y consecuencias.

Magnus recorrió con la mirada los rostros cansados de los comandantes.

Habían sido puestos a prueba, y lo sabían.

Él también.

Se acercó a la mesa principal, apoyó ambas manos sobre la madera marcada por años de campañas y habló con calma, sin elevar la voz.

—Mi padre confiará en esto —dijo finalmente—.

No porque sea su hijo… sino porque hoy hice el trabajo.

No hubo respuestas.

No las necesitaba.

El respeto estaba allí, silencioso, asentado en la forma en que había dirigido el día, no en su linaje.

Cuando se retiró a sus aposentos, Magnus sintió el peso real del mando.

No como una carga, sino como una responsabilidad que ya no podía delegar.

Trevaston había funcionado bajo su control.

Y eso dejaba una marca.

Muy lejos de allí, en Alhaven, Caius cerró el último cuaderno con un gesto lento y medido.

Las velas iluminaban columnas de cifras, notas al margen y símbolos que solo él y Aeryun comprendían del todo.

Vaen permanecía de pie, atento, mientras el silencio del despacho se volvía denso.

Caius pasó la mano por las páginas, como si confirmara que todo estaba en su lugar.

—Los números hablan —dijo al fin—.

Y esta vez, dicen la verdad.

No había satisfacción en su voz, solo certeza.

Había visto más de lo que esperaba encontrar.

Y ahora entendía que gobernar no era solo administrar recursos, sino proteger a quienes no sabían que estaban siendo perjudicados.

Esa noche, separados por territorios, muros y responsabilidades distintas, Magnus y Caius llegaron a la misma comprensión, cada uno desde su propio camino.

En Trevaston, la fortaleza comenzaba a aquietarse.

El ruido constante del día —órdenes, pasos firmes, metal contra metal— se disolvía lentamente, dejando atrás un silencio pesado, casi reverente.

Magnus permanecía despierto, sentado junto a la ventana de sus aposentos.

Desde allí observaba las antorchas que marcaban el perímetro de la ciudad militar, cada una colocada con precisión, cada guardia en su puesto.

Por primera vez desde su llegada, no había nada inmediato que corregir.

Eso, lejos de tranquilizarlo, lo obligó a pensar.

Repasó mentalmente cada decisión tomada durante la jornada: los cambios en los turnos, la reorganización de patrullas, las correcciones administrativas que nadie había cuestionado.

No porque fueran incuestionables, sino porque eran necesarias.

Había visto el sistema desde dentro, no como heredero, sino como responsable.

Y eso lo inquietaba.

Magnus comprendió que el poder no era el gesto firme ni la voz segura.

No era la espada ni el estandarte.

Era la capacidad de observar una estructura entera… y aceptar que, si fallaba, la culpa sería suya.

No había gloria en eso.

Solo consecuencias.

A lo lejos, un cuerno marcó el cambio de guardia.

Magnus cerró los ojos un instante.

Trevaston no era su reino aún, pero durante ese día había estado bajo su mando.

Y había funcionado.

Esa certeza no lo llenó de orgullo, sino de una gravedad nueva, más profunda.

Gobernar no era mandar.

Era sostener.

En Alhaven, la noche tenía otro ritmo.

El puerto seguía vivo, aunque más lento.

Las luces se reflejaban en el agua oscura mientras Caius permanecía de pie en su despacho, sin sentarse todavía.

Frente a él, los cuadernos cerrados descansaban sobre la mesa como testigos silenciosos de todo lo observado.

No necesitaba volver a abrirlos.

Ya sabía lo que contenían.

Caius caminó lentamente hasta la ventana y observó la ciudad que, en teoría, prosperaba.

Había escuchado a los comerciantes, había visto a los trabajadores, había comparado cifras con rostros.

Y allí estaba la fractura: los números oficiales hablaban de estabilidad; la gente hablaba de cansancio.

Eso era lo más peligroso.

Porque cuando los informes mienten, no siempre lo hacen con ruido.

A veces lo hacen con exactitud aparente.

Caius entendió que su papel no era castigar de inmediato ni acusar sin pruebas.

Su responsabilidad era más compleja: ver con claridad, unir las piezas y actuar sin destruir lo que debía proteger.

El poder económico, comprendió, no se ejercía desde el castigo, sino desde la vigilancia constante.

Desde la pregunta incómoda.

Desde la decisión de no mirar hacia otro lado cuando algo no encajaba.

Se permitió sentarse recién entonces.

No estaba cansado físicamente, pero sí mentalmente.

Gobernar también agotaba el pensamiento.

Ambos príncipes, sin saberlo, estaban atravesando el mismo umbral.

No era un momento ceremonial.

No hubo testigos ni proclamaciones.

Nadie anunció que algo había cambiado.

Y, sin embargo, todo había cambiado.

El poder no empieza cuando se hereda un título.

Empieza cuando uno se atreve a ver lo que otros prefieren ocultar.

Magnus había visto las fallas de un sistema militar que funcionaba por costumbre.

Caius había visto las grietas de una economía que sobrevivía gracias al silencio.

Y ambos habían decidido no ignorarlas.

La primera fase del viaje había terminado, no porque los caminos se hubieran recorrido por completo, sino porque ya no caminaban como aprendices.

Cada decisión tomada durante esos días había tenido peso real, impacto tangible.

No estaban probando ideas: estaban afectando vidas.

Y sin saberlo aún, ambos habían cruzado una línea invisible.

Una línea que no se vuelve a cruzar hacia atrás.

Ya no estaban siendo preparados para gobernar.

Ya estaban gobernando.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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