MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Capítulo 8 — Fegundel y Gavrell
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18: Capítulo 8 — Fegundel y Gavrell 18: Capítulo 8 — Fegundel y Gavrell La bruma matinal se levantaba lentamente, como si el mundo mismo se desperezara antes de aceptar el peso de un nuevo día.
Sobre los caminos que conducían a los destinos finales de la primera fase del viaje, el aire estaba cargado de promesas silenciosas y responsabilidades que ya no podían posponerse.
En Dravendel, el carruaje de Magnus avanzaba hacia Fegundel con un ritmo constante.
Las ruedas resonaban sobre el camino empedrado mientras el olor del mar comenzaba a colarse por las rendijas, mezclándose con el aroma de la madera húmeda y el hierro de las mercancías.
Magnus observaba el horizonte desde el interior del carruaje, en silencio, repasando mentalmente todo lo aprendido hasta ese momento.
Trevaston le había mostrado la estructura del poder militar; ahora Fegundel le revelaría su pulso económico, el latido que sostenía al reino más allá de las armas.
A su lado, Lira mantenía el cuaderno cerrado por el momento, atenta, esperando.
Aldren, como siempre, vigilaba cada cruce, cada guardia, cada movimiento fuera de lo común.
Cuando finalmente el puerto apareció ante ellos, Magnus supo de inmediato que aquella ciudad no dormía nunca.
Incluso al amanecer, Fegundel vibraba.
Las góndolas se balanceaban suavemente contra los muelles, los mástiles crujían con el viento marino y los comerciantes ya discutían precios con una energía casi feroz.
Redes de pesca eran arrastradas, cajas marcadas con sellos extranjeros se apilaban unas sobre otras, y escribanos portuarios registraban entradas y salidas con manos veloces.
Era riqueza en movimiento, viva, indisciplinada si no se la controlaba con precisión.
Lord Federico Falcon aguardaba en el muelle principal.
Su postura era recta, su expresión calculada, la de un hombre acostumbrado a sostener el peso de una ciudad que generaba tanto oro como conflictos.
— Bienvenido a fegundel Su Alteza real príncipe Magnus Zarvendel —anunció, inclinándose.
Magnus descendió del carruaje y respondió con un gesto sobrio, sin sonrisas innecesarias.
Sus ojos ya recorrían el puerto, leyendo la ciudad como un mapa abierto.
—Gracias por recibirme, Lord Falcon —dijo—.
Hoy no vengo como invitado.
Vengo a observar cómo respira Fegundel cuando nadie cree estar siendo observado.
Falcon asintió, consciente de que aquella visita no sería ceremonial.
Desde el primer paso, Magnus comenzó a caminar entre los muelles, deteniéndose aquí y allá, preguntando directamente a capitanes, supervisores y descargadores.
No alzaba la voz.
No intimidaba.
Simplemente preguntaba… y escuchaba.
Notó retrasos en el registro de ciertas cargas.
Rutas comerciales que dependían de intermediarios innecesarios.
Impuestos que llegaban tarde a los cofres del reino por simples fallas de coordinación.
Nada era un desastre, pero todo podía ser mejor.
Y en economía, la diferencia entre “funciona” y “funciona bien” era la diferencia entre estabilidad y colapso.
—Durante el día de hoy —dijo Magnus en cierto momento, deteniéndose frente a un almacén—, supervisaré cada operación clave.
Falcon, cada decisión pasará primero por mi mirada.
El gobernador aceptó sin discutir.
Entendía que aquello no era una humillación, sino una prueba.
Lira comenzó a escribir sin descanso.
Aldren memorizaba rutas, tiempos, guardias.
Magnus, mientras tanto, pensaba.
No solo en cifras, sino en personas.
En cómo una mala organización podía empujar a un comerciante a la desesperación, o a un marinero al contrabando.
Gobernar no era solo mandar.
Era prever.
Muy lejos de allí, en Silvaris, el amanecer iluminaba un paisaje completamente distinto.
Gavrell no olía a sal ni a madera, sino a vapor, metal pulido y tinta fresca.
Las chimeneas exhalaban columnas finas de humo, los pasillos de los institutos resonaban con pasos rápidos y voces que debatían fórmulas, hipótesis y resultados.
Era una ciudad que pensaba incluso antes de hablar.
Caius avanzaba con paso firme junto a Aryen y Vaen.
Observaba cada edificio como si fuera una pieza de un gran mecanismo.
Nada en Gavrell estaba puesto al azar: todo respondía a una lógica… o al menos, debía hacerlo.
Lady Evelina Rostal los recibió en la entrada del complejo central de investigación.
Su inclinación fue impecable, su sonrisa medida.
—Mi Señor sea bienvenido a Gavrell.
Todo el distrito y yo estámos a su disposición.
—Eso espero —respondió él sin dureza, pero sin suavizar la intención—.
Hoy no vengo a admirar avances.
Vengo a entender procesos.
Desde el primer laboratorio, Caius comenzó a hacer lo que mejor sabía: comparar.
Informes pasados con resultados presentes.
Presupuestos asignados con personal real.
Tiempo estimado con tiempo efectivo.
Mientras Evelina explicaba, él escuchaba… y verificaba.
Aryen desplegaba documentos con rapidez, anotando cada observación.
Vaen se mantenía atento, no por amenaza externa, sino por disciplina interna.
Un distrito como Gavrell podía perderse no por enemigos, sino por exceso de confianza.
—Aquí —dijo Caius deteniéndose frente a un grupo de investigadores—, los recursos humanos superan lo reportado el mes pasado.
Lady Evelina dudó apenas un instante.
—Se reasignaron temporalmente, mi señor.
—Temporal es una palabra peligrosa —respondió Caius—.
Cuando no se mide, se vuelve permanente.
Siguieron avanzando.
En cada laboratorio había talento, sí, pero también pequeños desajustes.
Proyectos duplicados.
Supervisores ausentes.
Resultados inflados para justificar presupuestos.
Nada escandaloso.
Todo preocupante.
Al caer la tarde, ambos príncipes se retiraron a sus alojamientos.
En Fegundel, Magnus extendía mapas sobre la mesa.
Comparaba rutas, tiempos, costos.
Lira leía en voz alta fragmentos de sus propias notas, mientras Aldren señalaba puntos estratégicos del puerto.
—Fegundel puede producir más sin exigir más —dijo Magnus finalmente—.
Solo necesita orden.
Y alguien que no tenga miedo de incomodar.
En Gavrell, Caius cerraba lentamente el último cuaderno.
El sonido del cierre era casi un suspiro, un pequeño golpe seco que marcaba el final de un día que no había sido normal.
No era el final de un simple recorrido; era el cierre de una fase donde todo lo que habían visto ya no podía deshacerse.
Aryen había llenado páginas enteras con observaciones precisas, como si cada línea fuera un puente hacia la verdad.
Cada detalle anotado era una pieza que, sumada a las demás, formaba un mapa de lo real.
Y lo real, en Gavrell, no era siempre bonito.
Vaen permanecía en silencio.
No por falta de opinión, sino por respeto al momento.
El guardia sabía que en esos instantes, las palabras debían pesar lo mismo que los actos.
No había necesidad de hablar cuando la mirada del archiduque ya lo decía todo: estaba cansado, sí, pero también estaba despierto.
Más despierto que antes.
Caius miró las páginas una por una.
Las cifras, los porcentajes, los nombres de proyectos, los recursos asignados.
Cada dato se presentaba como una prueba.
Y en el centro de ese examen estaba la misma idea: nadie había hecho nada con mala intención.
Nadie había robado en sentido estricto.
Nadie había conspirado contra el archiducado.
Pero la negligencia también era un tipo de crimen.
—No hay traición aquí —dijo Caius, con la voz baja y firme—.
Pero sí hay negligencia disfrazada de genialidad.
Y eso también daña a un país.
Las palabras quedaron flotando en el aire, como si la habitación misma necesitara tiempo para aceptarlas.
No era una acusación directa, pero sí era una sentencia.
Porque en un sistema donde la inteligencia se celebra, el error disfrazado de talento era una enfermedad silenciosa.
Aryen levantó la vista.
Sus ojos reflejaban comprensión, pero también un pequeño destello de preocupación.
Era joven, sí, pero no era ingenuo.
Había aprendido que en los gobiernos no siempre se rompe el país con grandes traiciones.
A veces se rompe con pequeñas mentiras, con datos maquillados, con decisiones que se repiten hasta volverse rutina.
Vaen se acercó un poco más a la mesa, pero sin invadir el espacio.
Como si el momento necesitara su propia distancia.
El guardia sabía que el archiduque no solo estaba analizando informes.
Estaba mirando la forma en que su futuro se construiría.
Estaba observando qué clase de líderes serían los que trabajarían con él.
Y eso era más importante que cualquier cifra.
Caius se recostó en la silla por un instante.
Cerró los ojos, no para dormir, sino para que la mente hiciera silencio y dejara que el corazón hablara.
Porque gobernar también era escuchar.
Y él, por primera vez, escuchaba el peso de la responsabilidad sin filtros.
—Si lo reporto sin pensar —murmuró—, podría destruir carreras.
Podría destruir vidas.
Pero si no lo reporto… podría destruir el archiducado.
Las palabras eran una lucha interna, un duelo silencioso entre el deber y la humanidad.
No había una respuesta simple.
No existía una decisión que no dejara una cicatriz.
Eso era lo que nadie le había dicho cuando le entregaron el título: el poder no solo te daba control, también te exigía sacrificios.
Aryen guardó silencio, pero su presencia era un recordatorio constante de que el archiduque no estaba solo.
Vaen, por su parte, parecía sentir que la conversación no necesitaba más palabras.
Su mirada se fijó en el cuaderno cerrado, como si el papel tuviera el mismo peso que un arma.
Caius se levantó de golpe, no con furia, sino con determinación.
Caminó hacia la ventana y observó Gavrell desde lo alto.
La ciudad seguía funcionando.
Los científicos seguían trabajando.
Las máquinas seguían respirando vapor.
La vida seguía su curso, como si el mundo no necesitara ser cuestionado para seguir existiendo.
Pero la vida también podía ser manipulada por la verdad.
—Mañana —dijo Caius en voz baja—, mañana hablaré con mi padre.
No haré ruido.
No daré espectáculo.
Pero lo haré.
Lo reportaré.
Con calma, con precisión, sin herir a nadie innecesariamente.
Se volvió hacia Aryen y Vaen.
—Y cuando lo haga —continuó—, quiero que sepan algo.
No busco castigo.
Busco corrección.
Si esto se repite, el archiducado se vuelve vulnerable.
No a enemigos externos, sino a la propia incompetencia.
El silencio volvió a reinar en la habitación.
Pero ahora el silencio era distinto.
No era vacío.
Era un silencio lleno de propósito.
En otro lugar, en Fegundel, Magnus también estaba terminando su día.
La noche cayó sobre ambas ciudades.
El mar dejó de brillar con el sol, y las luces del puerto comenzaron a aparecer como estrellas artificiales, pequeñas promesas de movimiento constante.
Los barcos seguían anclados, las cajas seguían apiladas, las gaviotas seguían gritando.
Fegundel no dormía.
Fegundel trabajaba.
Y Magnus, en su habitación, se sentía parte de ese ritmo.
En habitaciones distintas, bajo techos distintos, Magnus y Caius permanecieron despiertos más tiempo del necesario.
No por insomnio, sino por claridad.
Algo había cambiado.
Magnus miraba sus notas.
Los mapas.
Las rutas.
Los números.
Las discrepancias.
No eran enormes, pero sí eran suficientes para mostrar que el sistema no era perfecto.
Y esa era la primera verdad que un gobernante debía aceptar: nada era perfecto.
Ni siquiera lo que se consideraba eficiente.
El príncipe se recostó en la silla, apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos.
Por un momento, su rostro mostró una expresión rara en él: no era dureza, ni orgullo.
Era vulnerabilidad.
Porque por primera vez, Magnus entendía algo que había evitado pensar hasta ahora.
Su padre no era un hombre que solo mandaba.
Su padre era un hombre que veía.
Que escuchaba.
Que entendía lo que estaba debajo de la superficie.
Y esa era la verdadera razón por la que podía mantener todo bajo control.
No era por su poder, ni por su autoridad.
Era por su capacidad de observar.
Magnus se quedó en silencio, dejando que esa verdad se asentara en su pecho.
Sentía una mezcla de admiración y miedo.
Admiración por su padre, miedo por la responsabilidad que ahora también era suya.
—No es suficiente con saber mandar —murmuró para sí mismo—.
Hay que saber mirar.
Hay que saber sentir lo que el resto ignora.
Lira, que estaba aún a su lado, escuchó y no dijo nada.
Solo asintió con suavidad.
Sabía que Magnus no hablaba para ella, sino para el propio corazón.
Ella, como escriba, solo podía acompañar el proceso.
Aldren, que estaba cerca de la puerta, se mantuvo firme.
No por formalidad, sino porque el príncipe necesitaba que alguien fuera el ancla de la realidad.
En esos momentos, un guardia no era solo un protector físico.
Era un recordatorio de que el mundo seguía ahí fuera, con su caos y sus consecuencias.
Magnus cerró los ojos un instante.
Pensó en cada persona que había visto ese día.
Los comerciantes que se esforzaban, los trabajadores que agotaban su cuerpo por un sueldo, los capitanes que intentaban cumplir con horarios imposibles.
Pensó en cómo una ciudad podía sostenerse gracias al esfuerzo de miles de manos.
Y entonces comprendió otra verdad: el poder no era algo que se usaba solo para controlar.
El poder también era una obligación de cuidar.
La mente de Magnus se llenó de una imagen clara, casi dolorosa: un puerto sin control, un comercio sin reglas, un reino que se desmoronaba lentamente por la falta de orden.
No era una visión de destrucción, sino de pérdida.
Y la pérdida era algo que él no estaba dispuesto a permitir.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
Observó Fegundel desde lo alto.
Las luces se reflejaban en el agua, y el sonido de las olas era constante, como un recordatorio de que la vida nunca se detiene.
—El poder no comienza cuando se hereda un título —dijo Magnus, en voz baja, como si el mar pudiera escuchar—.
Comienza cuando uno se atreve a ver lo que otros prefieren ocultar.
La frase quedó suspendida en el aire.
Era una frase simple, pero contenía todo lo que había aprendido en este viaje.
Porque, en verdad, ese era el núcleo de la experiencia: no se trataba de demostrar autoridad, sino de asumir responsabilidad.
Y mientras Magnus hablaba, Caius, en su habitación en Gavrell, repetía la misma idea con una calma similar, como si ambos estuvieran conectados por una línea invisible de comprensión.
En ese momento, ninguno de los dos sabía que ya habían cruzado una línea.
Una línea que no se ve, que no se siente físicamente, pero que cambia todo.
Porque cuando alguien deja de ser un heredero para convertirse en gobernante, su vida se transforma.
Ya no se trata de ser preparado.
Se trata de actuar.
La primera fase del viaje había terminado.
Y sin saberlo aún, ambos habían cruzado una línea invisible.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El liderazgo comienza en silencio.
Antes de mandar, hay que mirar.
Antes de cambiar, hay que entender.
Ese día, Magnus y Caius no gobernaron… aprendieron a merecer hacerlo.
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