MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Capítulo 9 — La preparación final
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19: Capítulo 9 — La preparación final 19: Capítulo 9 — La preparación final El sol comenzaba a descender lentamente sobre Fegundel y Gavrell, como si incluso el cielo comprendiera que aquel día no debía terminar con ligereza.
Las nubes se teñían de anaranjados profundos y violetas apagados, y la luz del atardecer se filtraba entre torres, cúpulas y ventanales altos, alargando las sombras sobre las piedras antiguas de ambas lugares.
En lo alto de los palacios reales, lejos del bullicio de las calles y del murmullo de los mercados, los despachos permanecían sumidos en un silencio casi reverencial.
No había música, ni visitas ceremoniales, ni consejos ampliados.
Solo el sonido constante de plumas raspando el pergamino, el leve crujido de la madera bajo pasos medidos y el peso invisible de decisiones que aún no se habían pronunciado en voz alta.
Para los príncipes Magnus de Dravendel y Caius de Silvaris, aquella tarde y la noche que se avecinaba tenían un único propósito: preparar el cierre de sus misiones.
No solo ordenar informes, sino dar forma al conocimiento adquirido, separar lo evidente de lo oculto, y asegurarse de que, al regresar a sus capitales, nada quedara librado al azar.
Fegundel — Puerto de cifras y silencios Magnus se encontraba en el despacho principal del palacio de Fegundel, la ciudad portuaria y corazón económico de Dravendel.
El amplio ventanal frente a su escritorio ofrecía una vista privilegiada del puerto: embarcaciones mercantes balanceándose suavemente sobre aguas tranquilas, grúas inmóviles como centinelas cansados y largas filas de almacenes alineados junto a los muelles.
Todo parecía en calma.
Demasiada calma.
Magnus apoyó una mano sobre el marco de la ventana, observando sin parpadear.
Sabía, por experiencia y por herencia, que las ciudades rara vez mostraban sus problemas a simple vista.
El verdadero desorden no gritaba; se escondía en los detalles, en pequeñas ineficiencias, en decisiones mal coordinadas que, con el tiempo, podían erosionar incluso al reino más sólido.
Detrás de él, Lira, su escriba personal, acomodaba cuidadosamente varios pergaminos sobre la mesa principal.
Los clasificaba por ciudad y alisando cada hoja antes de comenzar a transcribir los apuntes tomados durante el día.
Su letra era firme, clara, entrenada para no dejar espacio a ambigüedades.
A unos pasos de distancia, Aldren, el guardia personal de Magnus, permanecía en silencio.
No era un hombre de palabras innecesarias.
Su función no se limitaba a la protección física; también observaba, memorizaba y, cuando era necesario, señalaba con discreción cualquier dato que pudiera resultar sensible.
—Lira —dijo Magnus sin apartar la vista del puerto—.
Comencemos con Fegundel.
La escriba asintió y tomó el primer pergamino.
—Los ingresos portuarios se mantienen estables —leyó—.
Sin embargo, la distribución de recursos entre los almacenes del norte y del sur presenta un desbalance del doce por ciento.
Magnus giró lentamente.
—Ese desbalance no es un error menor —respondió—.
Anótalo como una falla administrativa, no como una variación circunstancial.
Si no se corrige, afectará el flujo comercial en menos de un año.
Lira escribió sin detenerse.
Magnus volvió a sentarse, apoyando los antebrazos sobre la mesa.
Su mente repasaba mentalmente cada recorrido, cada conversación con administradores portuarios, cada gesto evasivo que había notado durante las inspecciones.
—Cada sección debe incluir no solo los errores —continuó—, sino las oportunidades de mejora.
No quiero un informe que se limite a describir cifras.
Quiero que explique cómo optimizar la administración, cómo corregir los fallos antes de que se conviertan en problemas estructurales.
Aldren dio un paso al frente.
—Mi señor, algunos jefes de sector podrían sentirse expuestos si estos puntos se presentan sin contexto.
Magnus lo miró con calma.
—No estamos aquí para proteger egos, Aldren.
Estamos aquí para proteger el reino.
El guardia inclinó la cabeza, aceptando la respuesta sin réplica.
A medida que avanzaban, los pergaminos se acumulaban: Trevaston, Calverin, Voldoria, Goldenere.
Cada ciudad revelaba un patrón distinto, pero todas compartían un punto en común: la necesidad de una administración más consciente, más integrada, menos complaciente.
Magnus sentía el cansancio acumulado en los hombros, pero no se permitía aflojar.
Sabía que su padre leería cada línea con atención.
Sabía también que cualquier omisión, por mínima que fuera, podría traducirse en una decisión errada en el futuro.
Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir.
Mientras tanto Caius en Gavrell Mientras tanto, en Gavrell, distrito de investigación y conocimiento del Archiducado de Silvaris, la atmósfera era distinta, aunque igual de tensa.
El despacho de Caius no ofrecía vistas al comercio ni al movimiento constante.
Desde su ventana solo se divisaban torres de estudio, jardines silenciosos y caminos de piedra recorridos por eruditos que regresaban a sus aposentos con libros bajo el brazo.
Era un lugar de pensamiento.
Y esa noche, pensar era precisamente el problema.
Caius estaba inclinado sobre su escritorio, rodeado de pergaminos abiertos.
A su izquierda, el informe que su padre, el archiduque Marcio Sylvarion, le había entregado al inicio del viaje.
A su derecha, el documento más reciente proporcionado por Lady Elena, Gobernadora general de la mancomunidad de los cincos territorio.
Las cifras no coincidían.
No de forma sutil.
No de forma explicable.
Aeryun, su escriba personal, observaba en silencio, pluma en mano, esperando instrucciones.
Vaen, el guardia personal de Caius, permanecía junto a la pared, atento pero discreto.
—Aeryun —dijo Caius finalmente, rompiendo el silencio—.
Mira estos números.
Señaló ambos pergaminos.
—Según el informe de mi padre, Brawehy y Aldemor mantienen ingresos estables, con una producción agrícola en crecimiento moderado.
Pero aquí… —tocó el documento de Lady Elena— se registra una caída significativa, junto con una redistribución de recursos que no tiene respaldo logístico.
Aeryun frunció ligeramente el ceño mientras tomaba nota.
—¿Podría tratarse de un error de cálculo, mi señor?
Caius negó despacio.
—Un error no se repite en múltiples sectores.
Mira los precios del pescado, del arroz, de las telas.
Algunos aparecen inflados, otros reducidos sin justificación clara.
Cinco días no bastan para generar este nivel de variación.
Guardó silencio por un instante.
—Esto puede indicar una mala gestión… o algo más.
Vaen cambió apenas su postura, alerta.
—¿Sospecha de manipulación?
Caius no respondió de inmediato.
Sus dedos recorrieron el borde del pergamino, como si buscara una respuesta en la textura misma del papel.
—No sospecho —dijo finalmente—.
Analizo.
Y antes de hablar con mi padre, necesito pruebas, no intuiciones.
Aeryun comenzó a organizar los informes en categorías, siguiendo las indicaciones de Caius: Producción Agrícola, Comercio y Servicios, Logística, Supervisión.
Cada sección se llenaba de anotaciones precisas, comparaciones detalladas y observaciones que, en conjunto, dibujaban un panorama inquietante.
Caius anotó incluso las inconsistencias más pequeñas: cálculos erróneos de empleos generados, cifras redondeadas sin justificación, discrepancias mínimas que, sumadas, revelaban un patrón de descuido… o de manipulación deliberada.
—Mi señor —intervino Aeryun—, sugiero que documentemos también los efectos colaterales en los mercados urbanos.
Si el flujo de productos se altera, los servicios y los empleos se verán afectados.
Caius asintió.
—Exacto.
No basta con señalar los errores.
Debemos mostrar el impacto real en la población.
Este informe no es para castigar; es para corregir.
Pero no se puede corregir lo que no se entiende por completo.
En su interior, Caius sentía el peso de una responsabilidad distinta a la de Magnus.
No se trataba solo de administrar bien, sino de decidir cuándo hablar y cuándo callar.
Un informe mal presentado podía desatar conflictos innecesarios.
Uno incompleto, permitir que un problema creciera en la sombra.
Y él no estaba dispuesto a cometer ninguno de los dos errores.
La noche y la certeza A medida que la noche avanzaba, la luz de las velas reemplazó al sol en ambos despachos.
En Fegundel y Gavrell, los príncipes revisaban por última vez sus borradores.
Magnus repasaba cifras, ajustaba interpretaciones, verificaba que cada observación tuviera un propósito claro.
Caius releía comparaciones, afinaba conclusiones, asegurándose de que cada discrepancia estuviera respaldada por datos irrefutables.
No había orgullo en su labor.
No había satisfacción.
Solo una certeza compartida: la misión había sido cumplida con disciplina, detalle y discreción absoluta.
—Muy bien —dijo Magnus al fin, dejando la pluma sobre la mesa—.
Los informes están listos.
Esta noche iniciaremos el viaje de regreso a Aurethia City.
Pero quiero copias selladas y revisadas una última vez.
—Así se hará, mi señor —respondió Lira.
En Gavrell, Caius cerró cuidadosamente los pergaminos uno por uno.
No lo hizo con prisa, ni con alivio.
Cada hoja fue alineada con exactitud, como si al ordenarlas también intentara poner en equilibrio todo lo que había descubierto.
El sonido seco del papel al acomodarse resonó brevemente en el despacho silencioso, marcando el final de una etapa que no se sentía como un cierre, sino como un umbral.
Ató el conjunto con una cinta oscura, firme, sin adornos.
No eligió el color por casualidad.
Aquella noche no era de celebración, ni de orgullo.
Era una noche de claridad incómoda.
—La precisión es lo más importante —dijo finalmente, con la voz baja, casi contenida—.
No podemos dejar cabos sueltos.
No hablaba solo para Vaen.
Tampoco para Aeryun, que aguardaba a unos pasos, respetando el silencio.
Caius hablaba para sí mismo.
Para el joven que había partido semanas atrás creyendo que gobernar consistía en comprender sistemas… y que ahora entendía que también significaba soportar verdades que nadie quería sostener.
Vaen asintió en silencio.
No era un gesto solemne ni exagerado, sino uno cargado de comprensión.
Había acompañado a Caius en cada recorrido, había observado los pueblos, escuchado a los administradores, visto cómo ciertos números no coincidían con la realidad de los caminos, los graneros y los rostros cansados de la gente.
Él también sabía que aquello que llevaban de regreso no era liviano.
Caius se apoyó brevemente contra el respaldo de la silla y cerró los ojos por un instante.
No estaba exhausto físicamente, aunque las noches cortas y los días largos pesaban en el cuerpo.
Lo que sentía era otro tipo de cansancio: el que aparece cuando ya no se puede fingir ignorancia.
Pensó en su padre, el archiduque Marcio.
En su mirada firme, en su manera directa de hablar, en la confianza que había depositado en él al enviarlo a recorrer los distritos.
Sabía que aquel informe no sería cómodo de leer.
Sabía que abriría preguntas, tensiones, decisiones difíciles.
Pero también sabía algo más importante: ocultar aquello habría sido una traición mucho más grave que cualquier error administrativo.
Se levantó lentamente y caminó hasta la ventana.
Gavrell dormía.
Las luces dispersas de las torres de estudio permanecían encendidas aquí y allá, como si algunos eruditos, al igual que él, se resistieran al descanso.
Los jardines estaban quietos, y los caminos de piedra brillaban tenuemente bajo la luz lunar.
La luna.
Alta, clara, indiferente.
La misma luna que, al mismo tiempo, iluminaba los puertos de Fegundel, las murallas de Trevaston, los mercados de Calverin y los caminos que Magnus había recorrido.
Separados por territorios, culturas y responsabilidades distintas, ambos príncipes compartían esa noche una comprensión silenciosa que ninguno había anticipado al inicio del viaje.
No habían encontrado conspiraciones grandiosas ni traiciones evidentes.
No era eso lo que hacía peligroso lo que llevaban consigo.
Lo verdaderamente inquietante era la normalización del error, la comodidad instalada en la negligencia, la costumbre de maquillar cifras para evitar preguntas incómodas.
Caius apoyó una mano contra el cristal frío.
Gobernar —comprendió— no era imponer autoridad ni repetir decretos heredados.
Gobernar era mirar de frente aquello que otros preferían suavizar.
Era sostener la verdad incluso cuando no traía reconocimiento inmediato.
Incluso cuando traía conflicto.
Detrás de él, Aeryun rompió el silencio con cautela.
—Mi señor… los documentos están listos para ser sellados cuando lo ordene.
Caius asintió sin volverse.
—Hazlo.
Y prepara copias.
Quiero que nada dependa de una sola versión.
No era desconfianza.
Era responsabilidad.
Cuando los sellos estuvieron colocados y los pergaminos asegurados, Caius sintió, por primera vez desde hacía días, una calma extraña.
No alivio.
No satisfacción.
Aceptación.
Habían hecho su parte.
No sabían aún qué consecuencias traerían esos informes.
No sabían qué decisiones tomarían sus padres ni cómo reaccionarían los gobernantes señalados en aquellas páginas.
Pero algo era seguro: el regreso a las capitales no sería simplemente el final de un viaje.
Sería el inicio de otra cosa.
Y mientras la luna se alzaba sobre los techos de ambas ciudades, iluminando por igual puertos activos y torres de estudio silenciosas, Magnus y Caius se preparaban para emprender el camino de regreso.
No llevaban consigo solo escribas, guardias y equipajes cuidadosamente organizados.
Llevaban observaciones que no podían desoírse.
Llevaban preguntas que exigirían respuestas.
Llevaban decisiones que, tarde o temprano, deberían tomarse.
Llevaban algo mucho más pesado que cualquier carga material: La verdad.
Incompleta aún.
Incómoda.
Imposible de ignorar.
Y sin saberlo del todo, ambos príncipes ya no caminaban como herederos en formación, sino como gobernantes que habían aprendido la lección más difícil: Que ver con claridad cambia para siempre la forma de avanzar.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Prepararse para gobernar no es reunir certezas, sino aprender a cargar con verdades incompletas.
Porque antes del regreso, el deber no es hablar… es entender.
No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com