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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 – Herederos del Alba
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2: Capítulo 2 – Herederos del Alba 2: Capítulo 2 – Herederos del Alba El amanecer se alzaba sobre el continente como un espejo dividido.

En el este, la luz del sol teñía las murallas de Dravendel con tonos de rojo y oro, encendiendo el acero de las torres como brasas vivas.

En el oeste, ese mismo sol despertaba los bosques de Silvaris, filtrándose entre hojas de esmeralda y niebla suave, como un susurro antiguo.

Dos luces distintas.

Dos mundos opuestos.

Pero nacidas del mismo cielo.

Magnus Zarvendel, heredero de Dravendel Magnus se colocó la capa escarlata frente al espejo de piedra pulida del salón de armas.

El escudo real —el león y el unicornio entrelazados— brillaba bordado en oro, pesado no solo por su material, sino por el significado que cargaba.

Había llevado ese símbolo desde niño.

Primero como orgullo.

Luego como deber.

Ahora, como destino.

Su mirada firme no conocía el temblor.

Había sido entrenado desde que pudo sostener una espada: disciplina al amanecer, estrategia al anochecer, silencio cuando el corazón pedía respuestas.

En Dravendel, un heredero no aprendía a dudar; aprendía a resistir.

Desde el balcón del salón del trono, el rey Roderic Zarvendel lo observaba con una expresión contenida.

No había lágrimas en sus ojos, solo la gravedad de un hombre que había visto demasiadas guerras nacer por decisiones mal tomadas.

—Recuerda, hijo mío —dijo con voz grave—: la fuerza sin sabiduría es solo destrucción.

Magnus inclinó la cabeza, respetuoso.

—Lo sé, padre.

No voy a fallarte.

Pero dentro de él, una pregunta no formulada golpeó con fuerza: ¿Y si proteger no significa luchar?

La reina consorte Seraphine se acercó entonces, rompiendo el silencio con un gesto suave.

Colocó entre las manos de su hijo un colgante de cristal dorado.

En su interior, una chispa de Solvenia pulsaba con luz propia.

—Que la luz de Dravendel te acompañe —susurró—, incluso cuando el camino no sea claro.

Magnus la besó en la frente.

Ese fue el único momento en que permitió que el peso del adiós lo alcanzara.

Montó sobre Aldren, su corcel negro de mirada indomable.

Al avanzar con su escolta, las puertas de la ciudad se abrieron con un estruendo solemne.

El pueblo lo observaba en silencio, algunos con esperanza, otros con temor.

Mientras cruzaban las praderas orientales, el viento trajo recuerdos que Magnus creía enterrados: derrotas de entrenamiento, la primera vez que vio caer a un soldado, la noche en que comprendió que no todos los conflictos se resolvían con acero.

—Eridia… —pensó, mirando el horizonte—.

La tierra que ha dividido generaciones.

Y, por primera vez, se permitió otra idea: Tal vez también pueda unirlas.

Caius Sylvarion, heredero de Silvaris Muy lejos de allí, el lago Lirion permanecía inmóvil, como si aguardara una confesión.

Caius Sylvarion contemplaba su reflejo en las aguas cristalinas.

No llevaba armadura, sino una túnica clara bordada con símbolos antiguos.

En Silvaris, la fuerza no se mostraba: se comprendía.

El aire del bosque lo envolvía con aromas de tierra húmeda y hojas vivas.

Cada sonido parecía medido, como si la naturaleza misma participara de su despedida.

La archiduquesa consorte Selena acarició su mejilla con ternura.

—Tu inteligencia será tu espada, hijo mío —dijo—.

Pero no olvides escuchar a tu corazón cuando el mundo te exija elegir.

El archiduque Marcio Sylvarion dio un paso al frente, apoyando una mano firme en el hombro de Caius.

—Silvaris confía en ti.

Dravendel debe comprender que la paz no se impone… se construye.

Caius sonrió apenas, con esa serenidad que ocultaba pensamientos profundos.

—Entonces construiré algo que dure más que la guerra.

Antes de partir, tomó un pequeño libro de cubiertas verdes: un texto antiguo sobre la Solvenia y sus ciclos.

No lo había terminado de leer, pero sentía que Eridia guardaba las respuestas que faltaban en esas páginas.

Montó sobre Lyrian, su caballo blanco, y avanzó con su guardia personal entre senderos cubiertos de hojas y bruma.

El canto de los pájaros lo acompañó como un presagio suave, casi ceremonial.

—Eridia… —pensó—.

Tal vez allí no encuentre certezas, pero sí la verdad que necesito.

Dos caminos, un mismo amanecer Magnus avanzaba por llanuras bañadas de sol, donde el viento corría libre y levantaba el polvo dorado del camino.

Cada paso de su corcel marcaba un ritmo firme, constante, casi marcial.

A su alrededor, el paisaje se abría amplio, sin escondites ni sombras profundas, como si la tierra misma exigiera avanzar de frente, sin rodeos ni evasiones.

Caius, en cambio, cruzaba bosques envueltos en verde y niebla, donde la luz del alba se filtraba en haces suaves entre las ramas antiguas.

Sus pasos eran más silenciosos, acompasados al susurro de las hojas y al murmullo lejano del agua.

Allí, el camino no se imponía: se descubría poco a poco, invitando a la observación y a la escucha.

Dos trayectos distintos.

Dos maneras de habitar el mundo.

Magnus avanzaba con la certeza del deber aprendido, sosteniendo el peso de una herencia que nunca había pedido, pero que jamás había rechazado.

Desde niño le habían enseñado que un Zarvendel no cuestiona el camino: lo recorre.

Que la duda es un lujo para quienes no cargan reinos sobre los hombros.

Cada amanecer para él era un llamado a resistir, a mantenerse firme, a sostener en pie aquello que otros habían construido con sacrificio, sangre y renuncias silenciosas.

El sol naciente iluminaba su armadura y el polvo del camino, pero también despertaba recuerdos que Magnus prefería mantener dormidos.

Pensó en las historias de guerra escuchadas junto al fuego, en los nombres grabados en monumentos de piedra, en los rostros que jamás conoció pero que definieron su destino.

Comprendió, con una claridad incómoda, que siempre había vivido mirando hacia adelante, sin preguntarse si existía otra forma de avanzar.

Caius, por su parte, caminaba con la inquietud constante del pensamiento, con la sensación persistente de que el mundo no podía reducirse a órdenes ni fronteras dibujadas por manos humanas.

Para él, cada alba era una pregunta abierta, una invitación silenciosa a comprender aquello que se oculta entre los gestos no dichos, entre los silencios que pesan más que las palabras.

Mientras avanzaba bajo la sombra de los árboles antiguos, Caius sentía que cada paso lo alejaba no solo de Silvaris, sino también de las respuestas fáciles.

Los bosques no ofrecían caminos rectos; exigían atención, paciencia y escucha.

Allí aprendió que perderse no siempre es un error, y que a veces solo quien duda puede encontrar algo verdadero.

Distintos pasos.

Distintos ritmos.

Magnus seguía el compás firme del deber, medido y constante, como un tambor de guerra contenido.

Caius avanzaba siguiendo la respiración del mundo, adaptándose al terreno, permitiéndose detenerse, observar, sentir.

Uno llevaba la historia de su pueblo como una armadura; el otro, como un libro aún abierto.

Y sin embargo, ambos alzaron la vista casi al mismo tiempo cuando el alba alcanzó su punto más alto.

El cielo, vasto e inabarcable, se encendía sobre sus cabezas con un fulgor idéntico, indiferente a fronteras, títulos o juramentos.

El oro del sol naciente se mezclaba con un azul profundo que recordaba a la Solvenia, como si el firmamento quisiera reflejar el vínculo invisible que ya comenzaba a tejerse entre ellos, más allá del tiempo y la distancia.

Magnus sintió el calor sobre el rostro y, por primera vez en mucho tiempo, no pensó en estrategias ni en responsabilidades.

Sintió algo distinto: una inquietud suave, casi imperceptible, como el preludio de un cambio que no sabía nombrar.

Aquel amanecer no traía solo claridad; traía expectativa.

Una sensación que no provenía del campo de batalla ni del deber real, sino de un lugar más profundo, más humano.

Caius se detuvo bajo los árboles, observando cómo la luz atravesaba la niebla y transformaba el bosque en un mosaico de sombras y resplandores.

Sintió que ese amanecer no exigía respuestas inmediatas, ni definiciones claras.

Pedía apertura.

Como si algo, en algún lugar del mundo, estuviera avanzando hacia él con la misma intensidad con la que él caminaba hacia lo desconocido.

Fue entonces cuando el propio destino pareció susurrar.

No con palabras pronunciadas, sino con una certeza antigua que recorrió la tierra, el aire y la sangre de quienes se dirigían hacia Eridia.

Una vibración sutil, profunda, que no anunciaba amenaza ni promesa, sino posibilidad.

Como si los dioses antiguos, testigos de incontables guerras, pactos rotos y reinos caídos, detuvieran el tiempo por un solo latido para observar lo que estaba por venir.

No para intervenir.

Solo para mirar.

“Cuando dos herederos caminan bajo un mismo alba, el mundo contiene el aliento para observar lo que está por venir.” Cada paso los acercaba al corazón de Eridia, donde la tierra latía con una energía viva y expectante.

Allí donde la Solvenia vibraba con mayor fuerza, no como un arma, sino como un eco del origen del mundo, recordándole a todos que el poder sin equilibrio siempre termina por destruir aquello que pretende proteger.

Cada decisión, incluso las más pequeñas —un desvío del camino, una orden no dada, una palabra guardada— comenzaba a alejarlos de lo que creían ser.

El príncipe forjado en el fuego empezaba a intuir que la verdadera fuerza no siempre se manifiesta en el golpe, sino en la contención.

Que sostener puede ser tan valiente como atacar.

El heredero del viento, por su parte, comenzaba a comprender que la armonía no es pasividad.

Que a veces, preservar el equilibrio exige enfrentarse al miedo, al conflicto y a la incomprensión.

Que elegir también implica renunciar, y que no toda paz se alcanza sin sacrificio.

Ambos avanzaban hacia un punto donde ya no bastaría con representar a sus pueblos, ni esconderse tras los títulos heredados.

Allí tendrían que enfrentarse a sí mismos: a las historias transmitidas como verdades absolutas, a los relatos incompletos que les habían enseñado desde la cuna, a los prejuicios disfrazados de tradición.

En ese lugar, donde el fuego y el viento estaban destinados a encontrarse, el mundo dejaría de ser blanco o negro.

Las viejas certezas se desdibujarían como tinta bajo la lluvia, y en su lugar surgirían matices imposibles de ignorar.

Oro y plata.

Luz y sombra.

Fuerza y comprensión.

Colores nuevos para una era que aún no tenía nombre, pero que ya comenzaba a gestarse en cada paso, en cada pensamiento, en cada latido que los acercaba sin que lo supieran.

El alba los llamó por separado, desde horizontes opuestos, marcando el inicio de caminos distintos, cargados de historia, deber y preguntas sin respuesta.

Pero el destino, antiguo y paciente, que no conoce prisas ni errores, ya había decidido unirlos.

Y cuando ese encuentro ocurriera, nada volvería a ser igual.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Antes de ser reyes, fueron hijos.

Antes de ser símbolos, fueron preguntas.

Y bajo un mismo amanecer, el destino comenzó a pedirles algo más difícil que gobernar: elegir quiénes querían ser.¿Cuál es su idea sobre mi cuento?

Deje sus comentarios y los leeré detenidamente

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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