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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 25

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  3. Capítulo 25 - 25 CAPÍTULO 5 – Las Partidas que Cambian el Destino
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25: CAPÍTULO 5 – Las Partidas que Cambian el Destino 25: CAPÍTULO 5 – Las Partidas que Cambian el Destino El amanecer sobre la capital parecía distinto.

No era una diferencia visible para los distraídos: el sol salía igual, las campanas marcaban la hora con la misma cadencia, y los guardias cumplían sus turnos como cada mañana.

Sin embargo, había algo en el aire que no pertenecía a la rutina.

Una tensión suave, contenida.

Como si la ciudad entera hubiera contenido el aliento durante la noche y ahora despertara sabiendo que algo irreversible estaba a punto de ocurrir.

La bruma plateada ascendía desde los jardines reales, deslizándose por los senderos de piedra, trepando por los muros y colándose entre las columnas del palacio.

No parecía niebla común: era lenta, casi respetuosa, como si acompañara el paso del tiempo con una intención silenciosa.

Aquella mañana no era solo el inicio de un día.

Era el inicio de una era.

Por primera vez, los herederos de Dravendel y Silvaris abandonarían la seguridad de la capital no como aprendices, no como observadores… sino como gobernantes en nombre de sus padres.

Magnus En la torre norte del palacio de Dravendel, Magnus permanecía de pie frente a su escritorio.

No llevaba armadura.

Tampoco espada.

Solo una túnica oscura, sobria, y el peso invisible de una responsabilidad recién adquirida.

Sus manos, grandes y marcadas por el entrenamiento, descansaban ahora sobre mapas desplegados, informes militares y registros logísticos.

Durante años había aprendido a leer el campo de batalla.

Ahora debía aprender a leer una ciudad.

En silencio, repasaba los nombres de las fortalezas, las academias, las guarniciones que quedaban bajo su supervisión directa.

Cada nombre traía consigo hombres, recursos, errores pasados y decisiones futuras.

No había gloria en esa lista.

Solo deber.

Sin embargo, en el borde del mapa, allí donde las líneas se volvían irregulares y el terreno parecía más áspero, más salvaje, su mirada se detenía siempre en el mismo punto.

La porción de tierra compartida.

Eridia.

Magnus no se movía cuando la observaba.

No fruncía el ceño.

No apretaba los puños.

Pero algo en su respiración cambiaba apenas, lo suficiente para que, si alguien lo conociera lo bastante bien, notara que ese nombre no era uno más.

Nadie lo sabía.

Nadie entendía por qué la simple mención de Eridia bastaba para tensar algo dentro de él.

Ni siquiera él estaba seguro de querer entenderlo todavía.

Un golpe suave en la puerta rompió el silencio.

—Adelante —dijo sin girarse.

Ladren entró primero, firme como siempre, su postura recta, su presencia sólida como un muro.

A su lado, Lira avanzó con pasos medidos, sosteniendo pergaminos y un estuche de tinta.

Sus ojos oscuros recorrían el lugar con atención; absorbía cada detalle como si supiera que, a partir de ese día, todo lo que ocurriera allí tendría valor histórico.

—Mi príncipe —dijo Ladren inclinando la cabeza—.

Esperamos sus órdenes.

Magnus los miró a ambos.

No como subordinados.

No como herramientas del poder.

Los miró como personas que estaban a punto de cambiar su vida junto a la suya.

—Ha llegado el momento —dijo con calma—.

Partimos hoy, antes del ocaso.

Nos trasladamos oficialmente a la Ciudad Militar.

Ladren enderezó aún más los hombros, si eso era posible.

—Un honor servirle donde sea.

Lira asintió, tragando saliva.

—Prepararé el registro de viaje y los primeros informes, mi señor.

Magnus los observó un segundo más antes de añadir: —Avisen a sus familias.

Tienen derecho a una despedida como corresponde.

Ambos se sorprendieron.

No era una orden habitual.

No era una consideración que muchos príncipes tendrían en un día así.

—Gracias, mi príncipe —dijo Lira con la voz apenas quebrada.

Cuando salieron, Magnus volvió a quedar solo.

Esta vez no miró el mapa.

Miró la ventana.

La capital despertaba sin saber que, para él, ese lugar ya comenzaba a quedar atrás.

Caius Muy lejos de allí, en Silvaris, el amanecer encontraba a Caius inclinado sobre una mesa cubierta de planos.

Rutas comerciales.

Canales fluviales.

Registros de exportación.

Zonas agrícolas marcadas con tinta azul.

Islas pesqueras señaladas en rojo.

Todo estaba dispuesto con un orden casi obsesivo.

Caius no necesitaba releer los documentos para entenderlos.

Los conocía de memoria.

Pero revisarlos era su manera de despedirse.

Aeryn escribía en silencio, su pluma moviéndose con precisión elegante.

Cada tanto levantaba la vista para observar a su señor.

No había nervios en Caius.

No había dudas visibles.

Pero sí había una profundidad nueva en su mirada.

Vaen custodiaba la puerta, relajado solo en apariencia.

Sabía que ese día no era como los demás.

—Nos vamos hoy —dijo Caius sin apartar la vista del mapa extendido sobre la mesa de roble—.

El Distrito Económico no puede esperar más.

El pergamino estaba cubierto de marcas precisas: rutas comerciales, ríos navegables, puertos en expansión, zonas donde el crecimiento aún dormía bajo el peso de la desorganización.

No era un mapa de guerra.

Era un mapa de futuro.

Vaen, de pie a su lado, inclinó levemente la cabeza.

—Será un honor acompañarlo —respondió—.

He recorrido esos caminos antes, pero nunca con un propósito tan claro.

Aeryn cerró el cuaderno que llevaba entre las manos.

Sus dedos estaban manchados de tinta fresca.

—Mi pluma irá donde vaya su gobierno —añadió—.

Si vamos a construir algo duradero, alguien debe dejar constancia de cómo nació.

Caius dejó escapar un suspiro leve, casi imperceptible.

No era cansancio.

Era conciencia.

—Avisen a sus familias —dijo finalmente—.

Yo empacaré solo lo necesario.

El resto… se construirá con el tiempo.

No era desapego.

Era visión.

Sabía que los cimientos más sólidos no se cargan en cofres, sino en decisiones.

Las despedidas Las horas siguientes se llenaron de movimientos silenciosos.

No hubo carreras ni órdenes alzadas.

El palacio parecía contener la respiración, como si incluso las piedras comprendieran que algo estaba por cambiar.

Cada uno tomó un camino distinto.

Ladren regresó a la casa donde había crecido, una construcción sencilla, firme, levantada por manos que conocían el trabajo duro.

Su madre lo recibió en el umbral.

No dijo nada al principio.

Lo abrazó con fuerza, como si quisiera memorizar su forma.

Cuando finalmente habló, su voz fue serena.

—Siempre supe que te irías lejos —dijo—.

Pero no imaginé que sería así.

Ladren apoyó la frente contra la de ella.

—No me voy —respondió—.

Camino hacia lo que debo ser.

Ella sonrió, con una mezcla de orgullo y temor que solo las madres conocen.

—Entonces camina derecho —dijo—.

Y recuerda quién sos, incluso cuando otros te nombren con títulos nuevos.

En otra parte de la ciudad, Lira se despedía entre lágrimas.

Su padre la escuchó en silencio, sin interrumpirla, dejando que cada emoción encontrara su cauce.

—Tengo miedo —admitió ella—.

No por irme… sino por no volver a ser la misma.

Él le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Eso significa que estás creciendo —le dijo—.

Tus palabras cambiarán más cosas de las que imaginás.

Usalas bien.

No para brillar… sino para iluminar.

Lira asintió, respirando hondo, guardando esa frase como un talismán.

En Silvaris, Vaen recibió la bendición de su madre anciana.

Ella colocó ambas manos sobre su cabeza y murmuró palabras antiguas, casi olvidadas, que hablaban de caminos largos y retornos distintos.

Aeryn, por su parte, se despidió de su abuelo en una habitación llena de libros.

El anciano le regaló uno encuadernado en cuero oscuro.

—No lo leas todavía —le dijo—.

Algún día sabrás cuándo abrirlo.

Aeryn sonrió, sin preguntar más.

Cada despedida era distinta.

Pero todas tenían algo en común: Nadie regresaba siendo el mismo.

El otro camino Mientras tanto, en otra ala del palacio, Magnus se preparaba para partir hacia la ciudad militar.

No había mapas comerciales en su mesa.

Había planos de fortalezas, registros de guarniciones, listas de suministros y rutas de entrenamiento.

La ciudad que lo esperaba no era una frontera en disputa, sino el corazón defensivo del reino.

Magnus no iba a reclamar tierras.

Iba a prepararlas.

Roderic observaba en silencio mientras su hijo cerraba el último cofre.

—No es un destino fácil —dijo finalmente—.

La ciudad militar no obedece a nombres.

Obedece a resultados.

—Lo sé —respondió Magnus—.

Por eso debo ir.

No había desafío en su voz.

Tampoco duda.

Solo determinación.

—No vas a gobernar soldados —continuó Roderic—.

Vas a gobernar disciplina, cansancio y miedo.

Tendrás que aprender a escuchar incluso cuando nadie hable.

Magnus asintió.

—Si fallo, fallaré aprendiendo —dijo—.

Pero no me quedaré esperando a ser digno.

Roderic sonrió apenas.

El ritual del poder Cuando todos regresaron al palacio, el Salón del Trono ya estaba preparado.

Los sellos reposaban sobre pedestales oscuros, tallados con símbolos antiguos.

Brillaban con una luz que no provenía solo de los candelabros.

Era un resplandor profundo, como si reconocieran a quienes estaban destinados a portarlos.

El de Dravendel.

El de Silvaris.

El aire estaba cargado de solemnidad.

No había público.

No había corte.

Solo los necesarios.

Roderic avanzó hacia Magnus con pasos medidos.

—A partir de hoy —dijo—, gobiernas en mi nombre.

No como heredero.

Como responsable.

Magnus se arrodilló.

El sello tocó su mano.

No hubo estruendo.

No hubo magia visible.

Pero algo se selló en su interior: la certeza de que ya no había marcha atrás.

Al mismo tiempo, del otro lado de la frontera, Marcio hizo lo propio con Caius.

—Lo que construyas sostendrá a todos —dijo—.

No habrá gloria inmediata.

Pero habrá consecuencias duraderas.

Caius recibió el sello sin temblar.

Sus dedos se cerraron alrededor de él con firmeza.

No sonrió.

Pensó.

El inicio Cuando las puertas se abrieron y los príncipes partieron, la historia dio un giro silencioso.

No hubo aplausos.

No hubo celebraciones.

Solo caminos abiertos.

Sellos brillando bajo capas discretas.

Y destinos que comenzaban a entrelazarse, no por conflicto… sino por responsabilidad compartida.

Magnus cabalgó hacia la ciudad militar, donde el acero no perdona errores.

Caius se dirigió al Distrito Económico, donde una mala decisión puede arruinar generaciones.

Ambos llevaban el peso de sus padres.

Ambos eligieron cargarlo.

Los príncipes ya no eran solo príncipes.

Eran gobernantes.

Y el viaje… recién comenzaba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Hay viajes que no se miden en distancia, sino en lo que se deja atrás.

Cuando un heredero cruza ese umbral, ya no regresa como hijo… avanza como destino en movimiento.¿Le gusta leerlo?

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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