Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 26

  1. Inicio
  2. MI AMADO PRÍNCIPE
  3. Capítulo 26 - 26 Capítulo 6 – La Llegada de los Príncipes Autoridad en Silencio
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

26: Capítulo 6 – La Llegada de los Príncipes: Autoridad en Silencio 26: Capítulo 6 – La Llegada de los Príncipes: Autoridad en Silencio La Fortaleza de Cendralis Capital de Trevaston — Ciudad Militar Reino de Dravendel El sol apenas comenzaba a elevarse cuando las puertas exteriores de Cendralis se abrieron.

No hubo trompetas.

No hubo anuncio previo.

Aun así, toda la ciudad estaba lista.

Las calles de piedra, rectas y severas, se encontraban flanqueadas por filas interminables de soldados perfectamente alineados.

Armaduras pulidas, lanzas erguidas, miradas al frente.

Ninguno respiraba más fuerte de lo necesario.

Cada movimiento había sido ensayado durante días.

Los mandos locales habían ordenado que las banderas rojo y blanco del Reino de Dravendel ondearan en cada torre, en cada muralla, en cada balcón visible desde la entrada principal.

Querían demostrar disciplina.

Querían demostrar lealtad.

Querían, sobre todo, no parecer débiles.

Entonces apareció Magnus.

No montaba un corcel ceremonial ni avanzaba escoltado por heraldos.

Caminaba.

Paso firme.

Ritmo constante.

La capa oscura se mecía con gravedad, pesada no por el tejido, sino por lo que representaba.

Su figura imponía incluso antes de acercarse.

Los aplausos comenzaron de forma insegura.

Algunos oficiales inclinaron la cabeza.

Otros se llevaron el puño al pecho en saludo marcial.

Magnus no respondió.

Su mirada permaneció fija en la fortaleza, en las murallas que durante generaciones habían definido el poder militar del reino.

No observó las filas.

No evaluó las banderas.

No reconoció rangos.

A su lado, Aldren, su guardia personal, avanzaba con precisión absoluta.

Alto, musculoso, atento a cada ángulo, cada ventana, cada sombra.

No era ceremonial.

Era funcional.

Letal si hacía falta.

Un paso detrás, Lira escribía sin detenerse.

Su pluma se movía con velocidad contenida, registrando cada detalle: la disposición de las tropas, la rigidez forzada de los mandos, el silencio incómodo que crecía con cada segundo que Magnus avanzaba sin hablar.

Cuando cruzó el umbral de la fortaleza, el eco de sus botas resonó como un veredicto.

El heredero había llegado.

Y no venía a ser recibido.

Briemont Capital del Distrito Económico de Alhaven Archiducado de Silvaris Al mismo tiempo, al otro extremo del continente, Briemont vivía una escena completamente distinta… al menos en apariencia.

La ciudad había sido transformada en un espectáculo.

Alfombras carmesí cubrían las avenidas principales.

Músicos entonaban himnos solemnes desde plataformas elevadas.

Las campanas repicaban con entusiasmo calculado.

Los comerciantes más influyentes se mezclaban con los dignatarios locales, midiendo cada gesto, cada palabra, buscando el ángulo correcto para ser vistos.

Para ser recordados.

El carruaje abierto avanzó entre la multitud.

Caius iba erguido, inmóvil, como una estatua tallada en hielo.

Su mirada no se desviaba.

No observaba rostros.

No respondía a los saludos exagerados ni a las sonrisas tensas.

El ruido del festejo parecía no alcanzarlo.

Vaen, a su lado, vigilaba con una calma peligrosa.

Cada movimiento de la multitud era evaluado.

Cada posible amenaza, registrada.

Aeryn escribía.

No solo describía la llegada.

Anotaba reacciones.

El temblor en ciertas manos.

El entusiasmo fingido.

El miedo real.

Cuando el carruaje se detuvo frente al Palacio de Gobernación, el silencio comenzó a imponerse, uno incómodo, antinatural.

Caius descendió sin ayuda.

Sus botas tocaron la alfombra roja… y siguieron adelante.

La atravesó como si no existiera.

No saludó.

No agradeció.

No miró atrás.

Cada paso resonó con una certeza brutal: no estaba allí para negociar, ni para integrarse al juego local.

Había venido a terminarlo.

Preparación del Comunicado Una vez dentro de sus respectivos centros de poder, ambos príncipes se retiraron a salas privadas.

Puertas cerradas.

Guardias apostados.

Ninguna interrupción permitida.

El verdadero trabajo comenzaba ahora.

Magnus en Cendralis La sala era austera.

Paredes de piedra.

Mesa larga.

Mapas militares colgados con precisión milimétrica.

Magnus extendió los pergaminos.

No dudó.

Dictado —Dictado —ordenó.

La palabra no fue elevada ni acompañada de gesto alguno.

No lo necesitaba.

Bastó para que el aire de la sala cambiara.

Lira se irguió de inmediato, dejando de lado cualquier rastro de cansancio del viaje.

Ajustó la pluma entre los dedos, alisó el pergamino y esperó.

No preguntó nada.

Sabía que no debía hacerlo.

En ese instante no era una persona, era un conducto.

Una extensión de la voluntad del heredero.

Magnus permaneció de pie, frente a la mesa de piedra.

No se sentó.

No apoyó las manos.

Su figura proyectaba una sombra recta y severa sobre los mapas desplegados.

Durante un segundo, recorrió con la mirada los límites marcados en tinta: fortalezas, guarniciones, bases costeras, islas fortificadas.

No como quien estudia, sino como quien reclama.

Las palabras comenzaron a caer.

No rápidas.

No pausadas.

Exactas.

Todos los generales y jefes de guarnición del territorio de Trevaston debían presentarse en la fortaleza central de Cendralis antes del anochecer.

Sin escolta.

Sin comunicación previa con sus tropas.

La pluma de Lira se movía sin vacilar.

Cada frase quedaba fijada con una caligrafía limpia, firme, imposible de malinterpretar.

Sabía que ese documento sería copiado, sellado y distribuido con urgencia.

Sabía también que algunos de los hombres que leerían esas líneas no volverían a pisar sus despachos.

Magnus continuó.

La desobediencia, el retraso injustificado o cualquier intento de evasión sería considerado traición directa al Reino de Dravendel y juzgado como tal.

No hubo énfasis.

No hubo amenaza explícita.

No hacía falta.

En Trevaston, todos sabían lo que significaba la palabra traición.

Se nombrarían nueve nuevos Generales de bases militares y dos nuevos Jefes de Isla, designados por lealtad comprobada al Rey Roderic y a su heredero legítimo.

Lira sintió el peso real de esa frase.

No se trataba solo de reemplazos.

Era un desmantelamiento completo del viejo mando.

Una reconstrucción desde los cimientos.

Los nombres aún no estaban escritos, pero el mensaje era claro: el poder ya no residía en la antigüedad ni en los méritos pasados, sino en la obediencia absoluta a la Corona.

Aldren se movía en silencio por los pasillos contiguos.

Revisaba puertas, escaleras, corredores secundarios.

Ordenó a la guardia que despejara zonas completas de la fortaleza.

Nadie debía circular sin autorización.

Nadie debía escuchar fragmentos sueltos.

Nadie debía tener tiempo de reaccionar antes de recibir la orden completa.

La purga no podía empezar con rumores.

Lira terminó el último trazo y levantó la mirada apenas un segundo.

Sus ojos se cruzaron con los de Magnus.

No había orgullo.

No había duda.

Solo una certeza fría y estable.

No era una reforma.

Era una purga.

Magnus observó el documento terminado.

No lo tocó de inmediato.

Dejó que el silencio se asentara, como si incluso las paredes debieran comprender lo que estaba a punto de ocurrir.

—Que nadie pueda decir que no fue advertido —dijo al final.

La frase selló el destino de Trevaston.

Caius en Briemont La sala del palacio de gobernación era un exceso cuidadosamente calculado.

Columnas de mármol pulido.

Cortinados pesados bordados con hilos de oro.

Candelabros altos, brillando incluso a plena luz del día.

Todo estaba pensado para impresionar, para recordar a quien entrara que el poder económico siempre había sido sinónimo de ostentación.

Caius la observó apenas un instante.

No con desprecio.

Con indiferencia.

Luego desvió la mirada.

—Comencemos —dijo.

Aeryn ya tenía los documentos preparados.

Varias hojas, organizadas por secciones, con espacios previstos para correcciones.

Sabía que ninguna palabra quedaría como estaba en el primer borrador.

Caius no dejaba nada librado al azar.

Las órdenes fueron claras.

Inmediatas.

Irreversibles.

Todas las transmisiones de radio, televisión y medios oficiales del Distrito Económico de Alhaven se suspenderían en un plazo máximo de quince minutos.

No habría excepciones.

No habría retrasos técnicos aceptables.

No habría excusas administrativas.

El príncipe hablaría personalmente a toda la población del distrito económico, la isla de pesca y el distrito portuario.

No delegaría.

No enviaría voceros.

La voz de la autoridad debía ser reconocida sin intermediarios.

Se declararía el Estado de Restauración de la Corona.

Aeryn anotó con cuidado ese término.

No emergencia.

No intervención.

Restauración.

Una palabra con peso histórico, diseñada para dejar claro que el problema no era el presente, sino todo lo que se había permitido antes.

La corrupción había sido detectada.

No se mencionaron nombres aún.

No se describieron delitos.

Esa información vendría después.

El objetivo inmediato no era castigar, sino paralizar.

Que cada culpable se reconociera a sí mismo en esa frase.

Las medidas serían inmediatas.

No progresivas.

No graduales.

Inmediatas.

No habría excepciones.

Vaen permanecía en silencio, apoyado cerca de una de las columnas.

Sus ojos recorrían la sala como si ya estuviera anticipando movimientos futuros.

Sabía que los verdaderos enemigos de Caius no se encontraban en las calles ni entre la multitud que había aplaudido su llegada.

Estaban en oficinas privadas, en balances maquillados, en acuerdos firmados lejos de la luz pública.

Caius revisó cada palabra.

Ajustó términos.

Eliminó ambigüedades.

Cambió verbos suaves por otros definitivos.

El mensaje debía transmitir justicia.

Que el pueblo entendiera que no se trataba de una caza indiscriminada.

Pero, sobre todo, debía transmitir inevitabilidad.

Que nadie pensara en huir.

Que nadie creyera poder esconderse detrás de su fortuna.

Que nadie confiara en viejos contactos.

Cuando terminó, Caius dejó la pluma sobre la mesa.

—Así está bien —dijo.

No era aprobación.

Era sentencia.

Silencio y Poder En Cendralis, las filas ceremoniales seguían en pie.

Los soldados permanecían inmóviles bajo el sol que ya comenzaba a elevarse con más fuerza.

El sudor corría por algunas frentes, pero nadie se atrevía a moverse.

Nadie rompía la formación.

Los oficiales intercambiaban miradas tensas, conscientes de que algo estaba ocurriendo dentro de la fortaleza… y de que pronto serían llamados.

El silencio pesaba más que cualquier orden gritada.

En Briemont, la música había cesado por completo.

Los músicos aguardaban sin saber si volverían a tocar.

Las alfombras seguían extendidas, inútiles, como un decorado abandonado tras una obra que había terminado abruptamente.

La élite comprendía, finalmente, que el espectáculo había acabado.

En ambos lugares, el mismo sentimiento se extendía como una sombra lenta e inevitable: El poder había llegado.

Y no pedía permiso.

Magnus y Caius, en extremos opuestos del continente, escribían las primeras órdenes de un nuevo tiempo.

No con espadas.

No con discursos grandilocuentes.

Sino con silencio.

Y autoridad absoluta.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Muchas gracias por apoyarme hasta aquí espero que lo están disfrutando ¿Le gusta leerlo?

Agréguelo en favoritos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo