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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Capítulo 8 — El Cambio
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28: Capítulo 8 — El Cambio 28: Capítulo 8 — El Cambio El amanecer cayó sobre el Reino de Dravendel con un brillo distinto.

No era solo la luz del sol filtrándose entre las murallas antiguas, ni el reflejo dorado que despertaba los tejados de piedra y los estandartes dormidos.

Era algo más profundo, casi imperceptible, como si el propio reino hubiese contenido la respiración durante la noche… y ahora, al fin, la soltara.

Desde los mercados aún cerrados hasta los cuarteles que despertaban con disciplina mecánica; desde los templos silenciosos hasta los corredores internos del palacio, el aire se sentía diferente.

No había júbilo.

Tampoco temor abierto.

Era una sensación más peligrosa: expectativa.

En el corazón del reino, sobre el gran estandarte que dominaba la plaza central, brillaban los dos símbolos sagrados de Dravendel.

El león, antiguo y fiero, representación de la fuerza, la guerra y la protección del territorio.

El unicornio, esbelto y solemne, emblema de la pureza, la sabiduría y la ley que debía gobernar incluso a la espada.

Juntos, como desde hacía siglos, recordaban el pacto original del reino: poder sin sabiduría era tiranía; sabiduría sin fuerza, ruina.

Aquel día, sin que nadie pudiera aún explicarlo del todo, ese pacto estaba siendo reinterpretado.

Aquel día sería recordado como el día en que todo cambió.

La llegada de los nuevos elegidos Por primera vez en la historia documentada del Reino de Dravendel, los nueve generales no serían solo hombres.

La decisión no había sido anunciada previamente.

No hubo debates públicos, ni rumores filtrados, ni concesiones a la tradición.

El príncipe heredero había hablado en privado, había escuchado informes, había observado silencios… y luego había decidido.

El reino debía abrirse.

Crecer.

Renovarse.

Y esa renovación no comenzaría en los salones civiles, sino en el corazón más rígido del poder: el ejército.

En la explanada de piedra frente al Palacio del León y el Unicornio, los nuevos elegidos fueron llamados uno por uno.

La piedra clara del suelo conservaba el frío de la noche, y el eco de cada paso parecía multiplicarse bajo el cielo abierto.

Algunos eran veteranos marcados por campañas largas, con cicatrices visibles y otras que no se mostraban jamás.

Otros eran jóvenes, endurecidos no por los años, sino por decisiones tomadas demasiado pronto.

Entre ellos había mujeres cuya reputación se había forjado lejos de los salones nobles: en islas azotadas por tormentas, en bosques donde la estrategia valía más que el número, en pasos montañosos donde un error costaba cien vidas.

Estrategas.

Espadachinas.

Maestras de la lanza.

Guardianas de fronteras olvidadas.

Junto a ellos avanzaban los dos jefes de las Islas Gemelas: la Isla Miral del Norte y la Isla Miral del Sur.

Sus capas, impregnadas de sal y viento, ondeaban con un movimiento distinto al del continente.

No caminaban como invitados.

Caminaban como iguales.

La mezcla sorprendía.

La unión emocionaba.

El reino, por primera vez en generaciones, se reconocía distinto.

No todos sonreían.

Pero nadie podía negar lo evidente.

El Gran Salón del Palacio Militar El Gran Salón estaba envuelto en un silencio denso, casi físico.

Solo el suave ondear de las banderas rompía la quietud: la del Reino de Dravendel, roja y blanca, con el león y el unicornio entrelazados; la de la Ciudad Militar, de rojo intenso, con el león empuñando la espada; y la del Príncipe Heredero, roja solemne, con el escudo dorado y la corona real.

Once asientos, dispuestos en semicircunferencia, aguardaban a los nueve generales de base y a los dos jefes de las islas.

Cada uno ocupó su lugar con movimientos medidos, conscientes de que aquel no era un nombramiento más.

Era una fractura histórica.

En el centro, elevado sobre todos, se encontraba el príncipe Magnus.

No se reclinaba.

No se apoyaba.

No mostraba impaciencia.

Su espalda recta y su mirada firme no pertenecían a un heredero que aguardaba el futuro, sino a alguien que ya lo estaba reclamando.

El silencio se prolongó unos instantes más de lo necesario, y nadie se atrevió a romperlo.

Cuando Magnus habló, su voz no se alzó.

No lo necesitaba.

—Hoy no se trata de tradiciones ni de costumbres —dijo—.

Hoy se trata del futuro del Reino de Dravendel.

Las palabras cayeron con peso exacto.

No eran una invitación al cambio.

Eran una declaración.

—He decidido nombrar oficialmente a los nuevos líderes de nuestras fuerzas.

Ellos serán la columna vertebral de nuestro ejército y el escudo del reino.

Que todos los presentes reconozcan y respeten estos cargos, sin excepción.

Los nombres fueron llamados uno a uno.

Cada designación era una pieza que encajaba en un diseño mayor.

Cuando los nombres de Lyra Veylin y Kaida Arvel resonaron en la sala, un murmullo apenas contenido atravesó a los presentes.

No era desaprobación abierta.

Era algo más peligroso: desconcierto.

El pasado acababa de quedar atrás sin pedir permiso.

Uno de los antiguos generales, incapaz de contenerse, dio un paso al frente.

Su rostro estaba enrojecido, los puños tensos.

—¿Usted es solo un príncipe… quién le da derecho a quitar o nombrar generales?

Solo el Rey puede hacer esto.

Magnus no se movió de inmediato.

Observó al hombre con una calma que resultó más intimidante que cualquier amenaza.

—Yo soy el futuro Rey de Dravendel —respondió—.

Mi padre me ha otorgado autoridad absoluta sobre este ejército.

Cada decisión que tomo hoy es ley.

Ninguno de ustedes puede cuestionarla.

No hubo respuesta.

No porque todos estuvieran de acuerdo.

Sino porque nadie dudó.

Magnus se levantó del trono, recorriendo con la mirada a cada uno de los elegidos.

El mensaje era claro: el reino no estaba perdiendo estabilidad.

Estaba cambiando de eje.

El otro extremo del continente Mientras Dravendel reorganizaba su columna vertebral militar, al otro lado del continente, en el Archiducado de Silvaris, otro tipo de poder se preparaba para manifestarse.

El salón de prensa del Palacio de Gobernación estaba impecable.

No por vanidad, sino por necesidad: cada detalle debía transmitir orden, control y legitimidad.

Cuatro banderas se alzaban detrás del escritorio de Caius, cada una representando un pilar distinto del territorio.

Sobre el mueble, los retratos de sus padres observaban en silencio.

Caius respiró hondo.

No había nervios.

Había conciencia.

Cuando habló, lo hizo con una voz firme, clara, sin adornos innecesarios.

La Declaración del Estado de Restauración de la Corona no fue un discurso inflamado.

Fue algo mucho más inquietante: un diagnóstico.

Palabra por palabra, el príncipe desmanteló la fachada de prosperidad falsa que había cubierto al archiducado durante años.

Nombró la corrupción sin elevar el tono.

Señaló las consecuencias sin dramatismo.

Y luego, ejecutó.

Parálisis administrativa.

Congelación financiera.

Control directo de recursos vitales.

Cada medida estaba pensada no para castigar a la población, sino para aislar a los culpables.

Cuando la transmisión terminó, el silencio que se extendió por la mancomunidad no fue el de la censura, sino el del impacto.

La élite comprendió antes que nadie lo que significaba.

Y el miedo, por primera vez, fue real.

Después del silencio En los salones privados del Consejo Económico, nadie se atrevió a hablar durante largos segundos.

—Estamos atrapados —dijo finalmente uno de ellos.

Y lo estaban.

Mientras los poderosos planeaban huir hacia la capital para suplicar al padre y frenar al hijo, algo más profundo ocurría en silencio: la población, por primera vez, no miraba hacia ellos buscando respuestas.

Miraba hacia el príncipe.

Dos príncipes.

Un mismo tiempo.

Magnus y Caius, separados por fronteras, métodos y territorios, habían activado la misma fuerza.

No con espadas.

No con arengas.

No con promesas.

Sino con decisiones irreversibles.

El cambio no había llegado pidiendo permiso.

Había llegado para quedarse.

Y el mundo, quisiera o no, tendría que adaptarse.

Los y las generales y jefes General Kael Varyn.

Base 1.

—General Thoren Drelmar.

Base 2.

—General Jorvik Althar.

Base 3.

—General Roderic Brennal.

Base 4.

—General Edran Valmir.

Base 5.

—General Malric Tersan.

Base 6.

—La General Lyra Veylin.

Base 7.

—La General Selene Draveth.

Base 8.

— La General Kaida Arvel.

Base 9.

— La Jefa de la Isla Miral del Norte: Shara Althwyn.

—Jefe de la Isla Miral del Sur: Dorian Kaelthor.

DECLARACIÓN DEL ESTADO DE RESTAURACIÓN DE LA CORONA —Pueblos de Alhaven, Brawenhay, Aldemor, y Lunareth.

Os habla Caius, hijo del Archiduque Marcio Sylvarion de Silvaris.

Fui enviado aquí para examinar el corazón de esta provincia, y lo que he encontrado no es un corazón sano.

He encontrado una gangrena de deshonestidad, oculta por informes falsos y estadísticas de mentira.

Los impuestos que ustedes pagaron, el agua que necesitaban para sus campos, y los peces que sustentaban a sus familias, han sido desviados por un pequeño círculo de individuos que negociaron su riqueza a costa de la pobreza de la Corona.

Por lo tanto, y respaldado por la autoridad absoluta de mi Padre, declaro solemnemente el ESTADO DE RESTAURACIÓN DE LA CORONA en todo este territorio.

Este estado tendrá una duración indefinida.

—¿Qué implica esta Restauración?

—continuó Caius, con voz firme pero medida—.

PARÁLISIS ADMINISTRATIVA TOTAL: Todas las funciones de todos los jefes de departamento, secretarios, consejeros, y alcaldes mayores, desde Briemont hasta Gilmreth, quedan SUSPENDIDAS.

Ninguno podrá acceder a sus oficinas.

CONGELACIÓN FINANCIERA REGIONAL: Todas las cuentas bancarias corporativas y privadas de los miembros de los Gremios Mayores y sus asociados en Alhaven y Osterval quedan CONGELADAS a partir de este momento.

Ningún dinero puede entrar o salir.

CONTROL DE RECURSOS: El uso del agua en Brawenhay y Aldemor, así como las cuotas de pesca en Lunareth, pasan a estar bajo la vigilancia directa de la Guardia del Archiduque.

—Mi mandato es simple: encontrar la verdad.

Aquellos que sean hallados inocentes de esta traición podrán respirar tranquilos y pronto volverán a sus vidas.

Aquellos que mintieron, robaron y engañaron a la Corona y a su gente serán juzgados, y no habrá refugio en sus fortunas, pues ya están confiscadas.

—He llegado no para gobernar con viejas leyes, sino para imponer la Justicia Regia desde cero.

El tiempo de la corrupción ha terminado.

El Archiducado ha retomado su control.

Que comience la Restauración.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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