MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Capítulo 9 – La Audiencia del Archiduque
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29: Capítulo 9 – La Audiencia del Archiduque 29: Capítulo 9 – La Audiencia del Archiduque El viaje hacia Valdren City no tuvo música, ni brindis, ni conversaciones elevadas.
Solo el traqueteo constante de las ruedas sobre la piedra y el crujir de los ejes bajo un peso que no era solo físico.
Los carruajes avanzaban separados, como si incluso entre ellos ya no se atrevieran a compartir demasiado.
No había escoltas ostentosas ni banderas visibles: apenas la guardia mínima, suficiente para abrir paso, insuficiente para transmitir seguridad.
Dentro del primero, un banquero de Briemont secaba el sudor de su frente con un pañuelo de lino demasiado fino para la estación.
Sus dedos temblaban.
No por el frío.
—Esto se nos fue de las manos… —murmuró, más para sí mismo que para los demás.
En el carruaje contiguo, el jefe del Puerto Osterval miraba fijamente por la ventanilla, observando cómo los campos se deslizaban lentamente hacia atrás.
Durante años había controlado flujos de mercancías, rutas ocultas, porcentajes que nunca figuraban en ningún registro oficial.
Todo eso, congelado.
Inmovilizado.
Expuesto.
—Nunca debimos permitir que llegara tan lejos —dijo alguien desde el fondo—.
Un príncipe no debería tener este margen.
—No es un príncipe cualquiera —respondió otro, en voz baja—.
No actúa como uno.
El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes.
Sabían que iban a Valdren City buscando protección.
Y sabían, en el fondo, que lo que en realidad buscaban era un freno.
Una orden que dijera: “Hasta aquí”.
Una voz más alta que la de Caius.
Pero ninguno se atrevía a formular la pregunta que los carcomía por dentro: ¿Y si no existe ese freno?
Valdren City apareció ante ellos como siempre: imponente, ordenada, distante.
Las murallas blancas reflejaban el sol de la mañana con una serenidad casi insultante.
Nada en la capital parecía alterado.
Ningún indicio de crisis.
Ningún temblor.
Eso los inquietó más que cualquier señal de caos.
Los carruajes se detuvieron frente al Palacio del Archiduque.
Las puertas se abrieron con una precisión mecánica, y los guardias, vestidos con los colores de Silvaris, los observaron con expresiones neutras.
No había desprecio.
Tampoco deferencia.
Solo evaluación.
El grupo descendió en silencio.
Algunos ajustaron sus capas.
Otros se aclararon la garganta.
Uno de ellos respiró hondo, como si se preparara para entrar en una sala de juicio.
Porque eso era.
El vestíbulo interior amplificaba cada paso.
El mármol devolvía el sonido de sus botas con un eco seco, implacable.
Nadie hablaba.
Nadie se atrevía.
Los condujeron hasta el gran salón de audiencias.
Y allí estaba.
El Archiduque Marcio Sylvarion no se levantó al verlos entrar.
No era descortesía.
Era algo peor: naturalidad.
Como si su presencia allí fuera tan obvia que no mereciera gestos.
Estaba sentado detrás de su escritorio de madera oscura, las manos apoyadas con calma, la espalda recta, el rostro sereno.
Sus ojos recorrieron al grupo lentamente, uno por uno, sin prisa.
Los dejó acomodarse.
Los dejó sentir el peso del lugar.
Los dejó hablar primero.
—Mi señor… —comenzó uno de los consejeros, dando un paso al frente—.
Agradecemos que nos reciba con tan poca antelación.
Marcio asintió apenas, invitándolo a continuar.
—Venimos profundamente preocupados por las acciones de Su alteza real El Príncipe Caius en la mancomunidad de los cinco territorios.
La suspensión masiva de funciones, la congelación de cuentas, el control de recursos… —tragó saliva—.
Creemos que estas medidas están llevando a la región a una situación extremadamente delicada.
Otro tomó la palabra de inmediato, como si temiera perder la oportunidad.
—Los mercados están paralizados, mi señor.
Los gremios no pueden operar.
Las rutas comerciales están detenidas.
Si esto continúa, el daño será irreversible.
—No hablamos solo de pérdidas privadas —añadió un tercero—.
Hablamos de la estabilidad del Archiducado.
Las palabras comenzaron a fluir con mayor seguridad.
Cifras.
Porcentajes.
Proyecciones.
Riesgos.
Protocolos violados.
Procedimientos ignorados.
Cada uno aportaba su parte, convencido de que estaba construyendo un argumento sólido.
Marcio escuchaba.
No tomaba notas.
No interrumpía.
No asentía ni negaba.
Solo escuchaba.
Sus ojos, atentos, captaban lo que decían… y lo que evitaban decir.
La rigidez de los hombros.
Las miradas esquivas.
La ansiedad mal disimulada.
Cuando el último terminó de hablar, el salón quedó en silencio.
Un silencio largo.
Incómodo.
El Archiduque entrelazó los dedos con calma, apoyándolos sobre la superficie pulida del escritorio.
El sonido de la madera bajo sus manos fue casi imperceptible, pero en el silencio absoluto del salón pareció amplificarse.
No había apuro en su gesto.
No había incomodidad.
Era la postura de alguien que sabía exactamente dónde estaba parado… y quiénes estaban frente a él.
Alzó la vista lentamente, recorriendo los rostros uno por uno.
—Díganme algo —dijo al fin, con voz tranquila, casi cordial—.
Si todo lo que han hecho durante estos años fue correcto… ¿por qué están aquí?
La pregunta no fue pronunciada como un ataque.
No hubo dureza en el tono.
Precisamente por eso resultó devastadora.
Cayó en la sala como una piedra lanzada a un lago quieto: no hizo ruido inmediato, pero todos sintieron las ondas expandirse bajo la superficie.
Ninguno de los presentes respondió de inmediato.
Algunos abrieron la boca y la cerraron.
Otros desviaron la mirada.
Un par tragaron saliva con dificultad.
El silencio se estiró.
El Archiduque no lo interrumpió.
Dejó que creciera, que se volviera incómodo, que obligara a cada uno a escucharse a sí mismo.
Finalmente, uno de los consejeros —el más joven, el que aún creía que las palabras podían enderezar el rumbo— dio un paso adelante.
—Porque… —empezó, y su voz se quebró apenas—.
Porque creemos que el príncipe está actuando con exceso de rigor.
El eco de sus palabras rebotó contra las columnas del salón.
“Exceso de rigor”.
Habían ensayado esa frase durante todo el viaje.
Sonaba técnica.
Prudente.
Razonable.
Marcio inclinó levemente la cabeza, como si considerara la idea.
—El rigor no es un crimen —respondió—.
La deshonestidad, sí.
No alzó la voz.
No golpeó la mesa.
No necesitó hacerlo.
Un murmullo nervioso recorrió al grupo, como un viento bajo que agitó capas, mangas y respiraciones.
Algunos intercambiaron miradas rápidas.
Otros permanecieron rígidos, con los ojos fijos en el suelo.
—Mi hijo fue enviado a examinar el corazón de ese distrito —continuó el Archiduque—.
No a embellecerlo.
No a tranquilizar conciencias.
A examinarlo.
Hizo una breve pausa.
—Y lo que encontró justificó cada una de sus acciones.
El aire pareció volverse más espeso.
—Tiene mi autoridad plena para actuar en Alhaven, en los Dos Pueblos, en la Isla Pesquera y en el Puerto —añadió—.
Cada orden que ha dado, cada suspensión, cada congelamiento… cuenta con mi respaldo.
Las palabras “mi respaldo” se asentaron como una sentencia definitiva.
Un banquero de edad avanzada, con el rostro enrojecido por la tensión, dio un paso al frente.
Sus manos temblaban, pero su voz salió más firme de lo que él mismo esperaba.
—Mi señor —dijo—, le he servido al Archiducado toda mi vida.
He financiado puertos, rutas, flotas.
Jamás he traicionado a la Corona.
Algunos asintieron detrás de él, como buscando cobijarse en su trayectoria.
—Pero si esto continúa —prosiguió—, la economía colapsará.
Miles sufrirán.
Comerciantes, pescadores, obreros… no solo nosotros.
Marcio levantó una mano.
El gesto fue mínimo.
El efecto, absoluto.
El banquero se quedó inmóvil, con la boca entreabierta, como si el aire hubiera abandonado sus pulmones.
—Aquellos que han servido con honestidad no tienen nada que temer —dijo el Archiduque, con una calma que resultaba casi cruel—.
Las medidas de mi hijo no buscan destruir la economía.
Buscan revelar su verdadero estado.
Algunos fruncieron el ceño.
—Una economía sana no colapsa ante una auditoría —continuó—.
Un sistema justo no se paraliza cuando se le pide rendir cuentas.
El silencio volvió a apoderarse del salón.
Esta vez no era expectante.
Era pesado.
Opresivo.
—Y ustedes —añadió, recorriéndolos con la mirada—, han venido aquí no para proteger al pueblo… sino para protegerse a sí mismos.
La acusación no fue lanzada como un grito.
Fue expuesta como una conclusión lógica.
Algunos bajaron la mirada de inmediato.
Otros se quedaron rígidos, incapaces de disimular más.
Un consejero apretó los dientes.
Otro se llevó la mano al pecho, como si le faltara el aire.
—Mi señor… —dijo uno de los jefes portuarios, con voz casi suplicante—.
¿Qué espera que hagamos?
Marcio se reclinó ligeramente en su asiento.
El respaldo de la silla crujió suavemente.
Parecía un hombre que finalmente llegaba al punto que había estado esperando desde el inicio.
—Regresen a sus territorios —respondió—.
Cumplan con cada orden.
Cooperen con cada auditoría.
Respondan cada pregunta.
Levantó un dedo, sin perder la serenidad.
—Y recuerden esto: la autoridad de mi hijo no se discute.
Él actúa en mi nombre.
Algunos sintieron un vacío en el estómago.
Otros comprendieron, por primera vez, que no existía instancia superior a la cual apelar.
El golpe final llegó sin alzar la voz.
—Y una cosa más —añadió—.
Su visita aquí no ha pasado desapercibida.
El grupo contuvo la respiración.
—El hecho de que hayan venido a protestar sin pruebas claras de inocencia… será tenido en cuenta.
No explicó cómo.
No explicó cuándo.
No hizo falta.
El silencio que siguió no fue de respeto.
Fue de miedo.
Nadie habló.
Nadie preguntó nada más.
No había preguntas posibles.
Cada uno entendió que cualquier palabra adicional solo empeoraría su situación.
Uno a uno, comenzaron a retirarse.
Sus pasos ya no resonaban con seguridad, sino con pesadez.
Como si cada baldosa marcara una pérdida: de influencia, de control, de certeza.
Las puertas del salón se cerraron detrás de ellos con un sonido seco.
Afuera, el sol de Valdren City los recibió con una luz demasiado brillante.
Demasiado indiferente.
La ciudad seguía su curso normal.
Gente caminando.
Mercaderes discutiendo precios.
Guardias conversando.
Nada había cambiado.
Y, sin embargo, todo había cambiado.
Se miraron entre sí.
Ya no como aliados.
Sino como sospechosos.
—Estamos solos —susurró alguien, casi sin voz.
Y nadie lo contradijo.
Mientras tanto, en Briemont, Caius permanecía de pie frente a la ventana del Palacio de Gobernación.
La ciudad se extendía ante él con una quietud inquietante.
No había disturbios.
No había protestas.
Solo orden.
Un silencio ordenado.
Controlado.
Vaen entró sin anunciarse.
No hizo falta.
—Han partido hacia Valdren City —informó—.
Todos.
Caius asintió apenas.
—Bien.
No había satisfacción en su voz.
Tampoco duda.
Solo la certeza de alguien que sabía que las piezas estaban moviéndose exactamente como debían.
Muy lejos de allí, el Archiduque Marcio Sylvarion cerraba un documento con calma y alzaba la vista hacia el estandarte del Archiducado, ondeando suavemente.
Padre e hijo, separados por kilómetros, unidos por voluntad.
La Restauración había comenzado.
Y esta vez… no habría refugio posible.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El poder verdadero no grita ni necesita defenderse.
Se revela cuando quienes siempre mandaron viajan en silencio para pedir permiso.
Ese día, comprendieron la verdad: no estaban siendo castigados… estaban siendo reemplazados por el orden.
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