Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 3

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. MI AMADO PRÍNCIPE
  4. Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 – Las Dos Mitades de una Tierra
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

3: Capítulo 3 – Las Dos Mitades de una Tierra 3: Capítulo 3 – Las Dos Mitades de una Tierra El sol se alzaba con solemnidad sobre el horizonte de Eridia, dorando los campos, los valles y los ríos que serpenteaban como venas vivas entre dos mundos.

La luz avanzaba lentamente, como si incluso el día dudara antes de tocar aquella tierra marcada por la historia.

A primera vista, Eridia parecía un paraíso.

El canto distante de las aves, el susurro del viento entre los pastizales altos, el brillo casi sagrado de los cristales que emergían del suelo… todo invitaba a creer que aquel lugar era bendecido por los dioses.

Pero esa belleza escondía una herida abierta.

Una cicatriz que jamás había terminado de cerrar.

Los mapas antiguos la mostraban como una simple franja alargada, un territorio intermedio, casi insignificante comparado con los grandes reinos que la rodeaban.

Sin embargo, ningún trazo de tinta, ningún pergamino ni crónica era capaz de describir la profundidad de su historia ni el peso simbólico que cargaba.

Eridia no era solo tierra.

Era promesa.

Era codicia.

Era miedo.

La tierra dividida.

La joya disputada entre Dravendel y Silvaris.

Eridia del Este – El Reino de Dravendel Magnus llegó al amanecer.

La caravana avanzaba con paso firme pero contenido, como si incluso los soldados percibieran que aquel no era un territorio cualquiera.

Los trigales dorados se extendían hasta donde alcanzaba la vista, balanceándose con el viento y reflejando la luz del sol como lenguas de fuego vivo.

Cada espiga parecía arder con una energía silenciosa, latente.

A medida que se internaban en Eridia del Este, las torres de vigilancia del Reino comenzaban a alzarse en la distancia.

Eran estructuras de piedra oscura, macizas, coronadas por estandartes carmesí que ondeaban con orgullo.

Guardianes de un legado antiguo.

Símbolos de una autoridad que se negaba a desaparecer.

Magnus observaba todo desde su montura sin decir palabra.

Su armadura capturaba la luz del sol con un brillo sobrio, sin adornos innecesarios, reflejo de un príncipe educado para gobernar, no para ostentar.

Sus ojos recorrían el paisaje con atención calculada, memorizando cada colina, cada elevación del terreno, cada punto que pudiera convertirse en ventaja… o en amenaza.

El aire era cálido y estaba cargado del perfume de las flores de solvénia.

Ese aroma particular —dulce, metálico y profundo— emanaba del suelo mismo, recordando a todos los presentes por qué Eridia era tan codiciada.

De la tierra brotaban pequeños cristales translúcidos, incrustados entre las raíces y las piedras, brillando como brasas dormidas a la espera de ser despertadas.

Los sabios de Dravendel afirmaban que bajo aquella tierra yacía el corazón energético de todo el continente.

Que Eridia no solo alimentaba a los reinos… sino que los mantenía en equilibrio.

Y que, si ese equilibrio se rompía, las consecuencias serían imposibles de detener.

Magnus desmontó al llegar a una pequeña elevación desde la cual podía observar gran parte del valle.

Sus botas tocaron el suelo con firmeza, y por un instante sintió una vibración leve, casi imperceptible, bajo sus pies.

No dijo nada, pero lo sintió.

Desde allí, la frontera era visible.

Una línea frágil y artificial: estacas de madera clavadas en la tierra, banderas desgastadas por el viento y el tiempo.

Más allá de ese límite comenzaba Eridia del Oeste.

El territorio enemigo.

Sir Halden, uno de sus generales más experimentados, se acercó con paso respetuoso.

El hombre llevaba el rostro curtido por campañas pasadas y la mirada de quien había visto demasiadas guerras para creer en victorias fáciles.

—Alteza —dijo—, ¿desea que instalemos el campamento?

Magnus no apartó la vista del horizonte.

—Sí —respondió con voz serena—.

Quiero estar cerca del límite… pero no tan cerca como para provocar una flecha imprudente.

Halden asintió.

Sabía leer entre líneas.

Mientras los soldados comenzaban a organizar el campamento, el viento se levantó de repente, arrastrando polvo dorado y espigas cortadas.

Una neblina tenue se formó en la distancia, y por un instante, Magnus creyó distinguir una figura al otro lado de la frontera.

Una silueta inmóvil.

Observándolo.

Su mano se tensó ligeramente sobre el pomo de la espada.

Parpadeó.

La figura ya no estaba.

Eridia del Oeste – El Archiducado de Silvaris En la otra mitad de Eridia, Caius observaba el paisaje desde un risco cubierto de musgo y raíces antiguas.

Desde allí, el territorio del Oeste se desplegaba como una obra indómita de la naturaleza: bosques densos, colinas suaves y ríos ocultos que serpenteaban bajo capas de niebla plateada.

La tierra del Oeste olía a vida.

A humedad.

A libertad.

No había caminos perfectamente trazados ni torres de vigilancia rígidas como las del Reino.

En Silvaris, la naturaleza y la civilización coexistían en un equilibrio frágil pero respetado.

Las estructuras se adaptaban al entorno, no al revés.

Los exploradores trabajaban en silencio, tomando medidas, marcando puntos estratégicos y plantando estandartes verdes y amarillo.

Cada movimiento era preciso, casi ritual.

Sabían que cada decisión tomada en Eridia podía alterar el destino del Archiducado.

Lady Maelis, jefa del distrito de inteligencia de Silvaris, permanecía a pocos pasos de Caius.

Su mirada aguda analizaba tanto el terreno como el comportamiento de los hombres del Este a la distancia.

—El enemigo no da un paso sin un propósito, Alteza —le advirtió en voz baja.

Caius esbozó una sonrisa tranquila, sin apartar la vista del horizonte.

—Tampoco los amigos —respondió—.

La diferencia es que unos lo admiten… y otros no.

Se arrodilló y apoyó una mano en el suelo.

Sus dedos rozaron algo duro y frío.

Con cuidado, extrajo un pequeño fragmento brillante: solvénia pura, cristalizada de forma natural.

El corazón de Eridia.

La sostuvo en la palma de su mano.

La luz del atardecer se reflejó en sus ojos grises, y por un instante sintió una vibración suave, casi un pulso.

La chispa le respondió.

No con palabras, sino con una sensación profunda, antigua.

Como si aquella energía lo reconociera.

Como si Eridia misma supiera que él estaba allí.

Caius cerró lentamente los dedos alrededor del cristal.

Dos mundos, una frontera Al caer la tarde, el cielo se tiñó de rojo y púrpura, como si el sol sangrara antes de desaparecer.

El río que marcaba la frontera reflejaba esa luz intensa, transformándose en un espejo compartido entre dos destinos opuestos.

Desde ambos lados, Magnus y Caius observaban el mismo horizonte.

El mismo río.

El mismo cielo.

Ninguno sabía del otro con certeza, pero ambos sentían el mismo peso en el pecho.

La misma pregunta sin respuesta.

¿Cómo podía algo tan hermoso ser motivo de odio?

El viento sopló con más fuerza, recorriendo el valle como un suspiro antiguo que despertaba memorias olvidadas.

Las espigas se inclinaron al unísono, y el polvo dorado se elevó en remolinos suaves, danzando en el aire antes de volver a posarse sobre la tierra fértil.

Los estandartes de ambos bandos vibraron con intensidad, sus telas tensándose como si respondieran a una llamada invisible, una señal que ninguno de los hombres presentes era capaz de comprender del todo.

En el centro del valle, donde la frontera se desdibujaba y la tierra parecía no reconocer dueño alguno, la solvénia comenzó a reaccionar.

Al principio fue un resplandor leve, apenas perceptible, como una chispa contenida.

Luego, la luz creció.

Los cristales incrustados en el suelo brillaron al unísono, resonando entre sí como si compartieran un mismo latido.

Un remolino de energía se formó lentamente, girando sobre sí mismo.

No era violento ni caótico, sino preciso, casi ceremonial.

La solvénia se elevó en hilos luminosos, entrelazándose en el aire como si tejieran un símbolo que nadie había aprendido a leer aún.

La tierra vibró con suavidad, y durante ese instante suspendido, el mundo pareció contener la respiración.

En el campamento del Este, Magnus sintió una presión extraña en el pecho.

No dolor, sino peso.

Como si algo antiguo hubiera posado su mirada sobre él.

Sus soldados también lo percibieron; algunos se detuvieron sin saber por qué, otros miraron alrededor buscando una amenaza inexistente.

Magnus alzó la vista hacia el valle, consciente de que estaba presenciando algo que escapaba a la lógica de la guerra y la política.

En el Oeste, Caius cerró los ojos por un instante.

La solvénia que aún sostenía en su mano vibró con una calidez creciente, respondiendo al fenómeno del valle como si ambos compartieran un mismo origen.

Sintió una certeza silenciosa, una intuición profunda que no provenía del pensamiento, sino de algo más antiguo: aquel lugar estaba despertando.

Fue entonces cuando el narrador, como un eco del destino que se filtraba entre el viento y la luz, susurró: Eridia no pertenecía ni al este ni al oeste.

Era el puente entre dos almas que aún no se habían encontrado.

El cielo, teñido de rojo y púrpura, pareció oscurecerse levemente alrededor del remolino.

Las nubes se desplazaron con lentitud, formando un arco natural sobre el valle, como si incluso los cielos reconocieran la importancia de aquel momento.

Un rayo de luz descendió entre las nubes y atravesó el remolino de solvénia, haciendo que su brillo se intensificara hasta rozar lo divino.

Durante un breve instante, pareció que el cielo mismo los observaba.

No como un juez.

No como un dios.

Sino como un testigo.

Y cuando el viento finalmente se calmó, la luz comenzó a disiparse, dejando tras de sí un silencio denso, cargado de significado.

La tierra volvió a su quietud aparente, pero Eridia ya no era la misma.

Porque había reconocido a sus herederos.

Así, los herederos del alba llegaron a las dos mitades de un mismo corazón.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Las tierras no se dividen solas.

Son los miedos heredados los que clavan fronteras donde antes solo había camino.

Eridia no pedía dueños… pedía ser entendida.

¿Le gusta leerlo?

Agréguelo en favoritos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo