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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - Capítulo 31: Capítulo 1 — El Pulso de la Ciudad Militar
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Capítulo 31: Capítulo 1 — El Pulso de la Ciudad Militar

El amanecer no llegaba a la Ciudad Militar con suavidad.

Aquí, el sol no despertaba: irrumpía.

Las primeras luces se filtraban entre las torres de vigilancia como cuchillas doradas, encendiendo el acero de las murallas, arrancando destellos rojizos de las placas de entrenamiento y haciendo brillar el sudor seco que cubría el suelo del campo central. No había canto de aves. No había calma. El aire olía a metal caliente, a cuero gastado, a polvo levantado por cientos de botas golpeando la tierra al unísono. Cada respiración era un esfuerzo. Cada latido, una orden silenciosa.

La Ciudad Militar no dormía como el resto del reino.

Dormía a medias, con un ojo abierto.

Allí no se hablaba de horarios: se hablaba de turnos. No se medían los días en amaneceres, sino en relevos, entrenamientos, informes y silencios tensos. Los niños aprendían a reconocer el sonido de una alarma antes que una canción. Los herreros trabajaban con las manos ennegrecidas desde antes de que el sol tocara el horizonte. Los médicos caminaban con paso rápido incluso cuando no había heridos visibles, porque en ese lugar siempre había algo que sanar.

La Ciudad Militar no producía soldados.

Producía supervivientes.

—¡Otra vez! —rugió una voz, grave, desgastada por años de mando.

En el campo central, nuevos reclutas y veteranos entrenaban juntos. No por tradición. No por honor. Por decisión. Las filas no estaban separadas por edad, ni por linaje, ni por rango previo. Allí no importaba cuántas batallas se habían ganado en el pasado ni cuántos estandartes se habían visto caer. Importaba cuánto aire quedaba en los pulmones. Importaba cuánto dolor se podía soportar sin perder la forma.

Aquí, todos sangraban igual.

Los jóvenes oficiales marcaban el ritmo con precisión quirúrgica. Sus órdenes eran claras, cortas, sin adornos. Algunos hablaban con la voz aún intacta, sin la aspereza de los viejos comandantes. Otros ya empezaban a arrastrar un tono más grave, como si el peso del mando hubiera comenzado a asentarse en su garganta.

Y los antiguos generales obedecían.

Algunos lo hacían con disciplina férrea, los músculos tensos pero el gesto controlado. Otros, con los dientes apretados, la mandíbula rígida, los ojos cargados de una furia contenida que no se atrevía a cruzar la línea de la insubordinación.

Las miradas lo decían todo.

Habían sido leyendas.

Hombres — cuyos nombres se enseñaban en las academias, cuyas campañas se estudiaban como ejemplos de estrategia. Comandantes que habían ganado guerras cuando esos muchachos aún no sabían sostener una espada, cuando algunos ni siquiera habían nacido.

Y ahora…

Ahora recibían órdenes de manos más jóvenes que viejas. De voces que aún no cargaban cicatrices visibles, pero sí una convicción peligrosa. Una convicción que no pedía permiso al pasado.

Entre ellos, el general Mattia Brendan apretó los puños por un instante, apenas un gesto imperceptible. Recordó el asedio de Karsthel, veinte inviernos atrás. Recordó el olor de la brea ardiendo, los gritos en la noche, la sensación de haber salvado al reino cuando nadie más pudo hacerlo. Y ahora estaba allí, siguiendo el ritmo que marcaba un capitán que podría haber sido su hijo.

No era humillación lo que sentía.

Era algo peor: irrelevancia.

En lo alto de la plataforma de observación, el príncipe Magnus permanecía en silencio.

No llevaba capa.

No llevaba insignias innecesarias.

No había joyas, ni bordados, ni símbolos que lo separaran del resto.

Solo el uniforme de entrenamiento, gastado en los bordes, con marcas de uso real. Solo los guanteletes ajustados como si fueran una extensión natural de sus brazos. Su cabello estaba recogido sin cuidado ceremonial. Su postura era recta, no por rigidez, sino por costumbre.

Sus ojos recorrían el campo con una precisión que incomodaba. No miraban el conjunto: diseccionaban. Evaluaban posturas, tiempos de reacción, respiraciones mal administradas, errores mínimos que en un combate real se convertirían en muertes sin nombre.

Un recluta cayó al suelo, de rodillas primero, luego de costado, jadeando como si el aire hubiera desaparecido del mundo.

—¡Levántate! —ordenó un joven capitán, avanzando un paso.

El muchacho intentó incorporarse. Sus manos temblaron. El cuerpo no respondió. Volvió a caer, esta vez de espaldas, mirando el cielo con los ojos vidriosos.

Antes de que la voz del capitán volviera a caer sobre él como un martillo, Magnus descendió de la plataforma.

No anunció su presencia.

No necesitó hacerlo.

El ruido del campo no se detuvo, pero cambió. Se tensó. Como un músculo que anticipa el golpe. Las órdenes siguieron, los cuerpos siguieron moviéndose, pero algo en el aire se volvió más denso.

Magnus se detuvo frente al recluta caído. Se agachó a su altura, ignorando el polvo que manchó su uniforme. El muchacho tragó saliva, intentando incorporarse por instinto al reconocerlo, pero una mano firme en el hombro lo detuvo.

—¿Por qué estás en el suelo? —preguntó Magnus.

No había reproche en su voz.

Tampoco consuelo.

El joven respiró con dificultad. Pensó en su madre, en el día que lo despidió en la puerta de la casa. Pensó en la promesa que había hecho: volver más fuerte, volver digno.

—Falta de aire, mi príncipe —respondió, apenas audible.

Magnus negó lentamente.

—No. Falta de control. El aire está ahí.

Le tocó el pecho con dos dedos, justo sobre el esternón.

—Vos decidís cuándo usarlo. No al revés.

Se incorporó con un movimiento fluido.

—Capitán —dijo sin alzar la voz.

El joven oficial dio un paso al frente, rígido, con el sudor corriéndole por la sien.

—Hágalo repetir el ejercicio. Más lento. Mejor. —Los ojos de Magnus se clavaron en los suyos—. Si vuelve a caer, usted cae con él.

Un murmullo recorrió el campo como una onda breve pero intensa.

No era miedo.

Era comprensión.

Los antiguos generales intercambiaron miradas. Algunos fruncieron el ceño. Otros bajaron la vista. Todos entendieron lo mismo: aquí no se entrenaba para impresionar. Se entrenaba para responder.

Magnus avanzó hacia el centro del campo.

—Cambien de formación —ordenó—. Combate real. Sin marcas. Sin ventajas.

Se quitó los guanteletes.

El sonido del metal al caer sobre la madera de la plataforma fue seco, definitivo.

—Yo entro.

Hubo un segundo de silencio absoluto.

Luego, el caos.

Magnus no peleaba como un príncipe.

Peleaba como alguien que había aprendido, muy temprano, que liderar no es dar órdenes desde atrás, sino exponerse al frente. Cada movimiento era económico. No desperdiciaba fuerza. No buscaba exhibirse. Atacaba donde debía, defendía solo lo justo.

Derribó a un recluta con una proyección limpia, lo ayudó a levantarse en el mismo movimiento. Bloqueó el golpe de un veterano, corrigió su guardia con un toque seco en el codo. Recibió un impacto en el costado que le arrancó el aire por un segundo. Cayó.

El campo contuvo el aliento.

Magnus rodó, se incorporó antes de que nadie pudiera reaccionar, escupió polvo y sonrió apenas. No de burla. De reconocimiento.

—Bien —dijo—. Así se golpea cuando se quiere ganar.

No levantó la voz. No hizo falta. El golpe aún vibraba en los brazos del soldado que había quedado de rodillas, respirando con dificultad, con la frente húmeda y los dientes apretados no por dolor, sino por rabia contenida. Magnus no se acercó a ayudarlo ni a humillarlo. Dio un paso atrás, dejando espacio. Siempre dejaba espacio.

El combate continuó.

Sudor.

Polvo.

Respiraciones rotas.

Las espadas de práctica chocaban con un sonido seco, opaco, distinto al del acero real, pero no menos exigente. Cada impacto enseñaba algo. Cada error dolía. Los cuerpos aprendían mientras se movían, mientras caían y se levantaban, mientras entendían —por fin— que no había coreografía posible cuando el objetivo no era impresionar, sino sobrevivir.

No había humillación.

Había presión.

Presión real.

Magnus caminaba entre los duelos como si no temiera nada. A veces corregía una postura con la punta de su propia espada. A veces detenía un combate con un gesto mínimo de la mano. No gritaba órdenes. Observaba. Y cuando hablaba, lo hacía para señalar lo que nadie quería admitir.

—Estás confiando demasiado en tu nombre —le dijo a uno de los capitanes, sin siquiera mirarlo de frente—. En el campo, eso pesa menos que una bota rota.

El capitán asintió, tenso, y volvió al combate sin responder.

Los antiguos generales observaban desde el borde del patio. Algunos con los brazos cruzados. Otros con las manos detrás de la espalda, fingiendo calma. Todos sudaban, aunque no se habían movido. No por el sol. Por la incomodidad.

Nunca habían visto entrenar así.

No era el entrenamiento ceremonial de otros tiempos, diseñado para exhibirse ante nobles o cronistas. No había estandartes ondeando para decorar la escena. No había música. No había aplausos. Había desgaste. Y una verdad incómoda: muchos de los presentes no habrían sobrevivido a una batalla real en años.

Magnus lo sabía.

Ellos también.

Cuando uno de los soldados cayó con un golpe mal recibido en las costillas, nadie corrió a auxiliarlo de inmediato. No por crueldad, sino por regla. El soldado debía intentar levantarse solo. Y lo hizo. Lento. Dolorido. Pero en pie.

Magnus asintió apenas.

Eso era lo que buscaba.

El ejercicio se prolongó más de lo habitual. El sol ascendía, implacable, y el polvo se adhería a la piel como una segunda capa. Algunos empezaron a fallar por cansancio. Otros, por orgullo. Magnus no interrumpía. Tomaba nota mental de cada reacción.

Cuando finalmente levantó el puño, todo se detuvo.

El silencio cayó de golpe, como si alguien hubiera cubierto la Ciudad Militar con una campana invisible.

Nadie aplaudió.

Nadie habló.

No hacía falta.

Magnus volvió a colocarse los guanteletes con un movimiento lento, deliberado. El metal resonó suavemente. Ese sonido, pequeño pero firme, fue más elocuente que cualquier discurso.

—Esto —dijo, recorriendo a todos con la mirada— no es un ejército heredado. Es uno que se construye.

No gritó.

No amenazó.

Su voz no necesitaba volumen.

Necesitaba verdad.

—El rango no los va a salvar. El pasado, tampoco.

Algunos desviaron la mirada. Otros la sostuvieron, tensos. Los más viejos entendieron que no estaba hablando solo de combate. Estaba hablando de poder. De legitimidad. De un mundo que ya no se movía por inercia.

Sus ojos se detuvieron un instante más en los antiguos generales.

No con desprecio.

Con advertencia.

—El que no pueda aceptar eso —continuó— puede retirarse ahora.

El silencio fue largo.

Pesado.

Un silencio que no pedía respuesta, sino decisión.

Durante un momento, pareció que uno de ellos daría un paso atrás. Un leve movimiento del hombro. Una respiración más profunda. Pero no ocurrió. Nadie se movió.

Magnus asintió una vez.

No satisfecho.

Conforme.

El entrenamiento se reanudó, esta vez con ejercicios de formación. No para lucir disciplina, sino para quebrarla y volver a armarla de otra forma. Magnus exigía que cada soldado entendiera no solo su lugar, sino el del otro. Que supieran avanzar cuando el compañero caía. Que supieran cubrir sin preguntar.

La Ciudad Militar seguía latiendo.

Y su pulso…

era de acero.

Cuando el sol ya estaba alto y el calor volvía torpe el pensamiento, Magnus dio por terminado el entrenamiento. Algunos soldados se dejaron caer donde estaban. Otros permanecieron de pie, orgullosos de no haber cedido.

Magnus los observó un momento más. Luego se dio la vuelta y se retiró sin ceremonia.

No necesitaba despedidas.

Horas después, en una sala lateral del castillo, los generales se reunieron en voz baja. Nadie se sentó en la silla principal. Nadie quiso ocuparla. El gesto era involuntario, pero revelador.

—No es como su padre —dijo uno finalmente.

—No —respondió otro—. Es peor.

—¿Peor?

—Más difícil de manipular.

La palabra quedó flotando. Nadie la negó.

Mientras tanto, en Silvaris, Caius cerraba el último informe del día mientras el amanecer comenzaba a insinuarse por la ventana. La tinta aún estaba fresca cuando apoyó la pluma. Había corregido cifras, ajustado rutas comerciales, eliminado privilegios disfrazados de tradición.

No sonrió.

No suspiró.

Solo anotó una corrección más al margen.

Un consejero joven, de pie frente al escritorio, dudó antes de hablar.

—Algunos mercaderes… no están conformes.

Caius levantó la vista lentamente.

—Nunca lo están cuando se les quita una ventaja injusta —respondió—. ¿Algo más?

—Dicen que esto podría generar… resistencia.

Caius cerró el informe con cuidado.

—La resistencia es inevitable cuando el sistema deja de beneficiar siempre a los mismos —dijo—. Lo importante es que funcione incluso cuando protestan.

El consejero asintió, comprendiendo que la conversación había terminado.

Ambos, separados por mares y tierras, compartían el mismo pensamiento sin saberlo:

El cambio había comenzado.

Y no habría marcha atrás.

En los principados, los embajadores comenzaron a escribir cartas más largas y cautelosas. Cada frase era pesada, medida, revisada dos veces antes de sellarse. En cortes lejanas, los consejeros bajaban la voz al mencionar dos nombres que ya no se pronunciaban con condescendencia.

Magnus.

Caius.

No eran amenazas.

Eran precedentes.

Los antiguos generales que habían dudado, los consejeros que habían apostado al desgaste, los banqueros que confiaron en la costumbre, comprendieron al mismo tiempo que el mundo que conocían estaba terminando.

No porque alguien lo destruyera.

Sino porque alguien decidió hacerlo funcionar.

Los estandartes —el león y el unicornio, el ciervo y el pegaso— se alzaban silenciosos sobre torres y murallas. No como promesas, sino como testigos.

El mundo no era aún justo.

Pero ya no era ciego.

Así comenzaba la historia de los dos Soles.

No con una guerra.

No con una coronación.

Sino con dos príncipes que habían aprendido a ejercer el poder sin pedir permiso al pasado.

El Reino y el Archiducado avanzaban hacia una nueva era.

Y aunque la paz parecía posible, ambos sabían —en lo más profundo— que la verdadera prueba aún no había comenzado.

Porque cuando el orden se establece,

el mundo responde.

Y no siempre en silencio.

El mando verdadero no se hereda

ni se recuerda con nostalgia.

Se prueba en el cuerpo,

en el cansancio compartido

y en la capacidad de aceptar

que el pasado no pelea las batallas del presente.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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