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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - Capítulo 32: Capítulo 2 — Las Islas del Acero: Miral del Norte y Miral del Sur
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Capítulo 32: Capítulo 2 — Las Islas del Acero: Miral del Norte y Miral del Sur

El mar que rodeaba la Ciudad Militar no conocía la clemencia.

No era un mar de comercio ni de travesías placenteras. Era un cuerpo antiguo, cargado de corrientes imprevisibles y rocas ocultas bajo la superficie, como si la propia naturaleza hubiera decidido custodiar aquel enclave con la misma severidad que los hombres. Las olas golpeaban los acantilados con una cadencia dura, insistente, y el aire estaba siempre impregnado de sal, hierro y una humedad que se metía en los huesos.

Desde la cubierta del navío militar, Magnus observaba el horizonte sin parpadear.

Las Islas de Miral emergían poco a poco entre la bruma matinal, como dos masas de piedra arrancadas del fondo del mundo. No eran bellas. No estaban pensadas para serlo. Su sola presencia imponía respeto, no por grandeza estética, sino por lo que representaban.

Allí nacía el acero del reino.

Allí se forjaba la columna vertebral de su poder armado.

El barco redujo la velocidad. Las velas crujieron. Las cadenas comenzaron a prepararse.

—Mi príncipe —dijo el Capitán de Navío, un hombre de barba gris y espalda rígida, inclinando la cabeza con precisión medida—. Miral nos recibe.

Magnus asintió apenas.

No llevaba capa ni símbolos ostentosos. Su uniforme era funcional, oscuro, reforzado en los puntos clave. No había adornos. No los necesitaba. Su presencia no dependía del brillo, sino del silencio que se generaba a su alrededor.

—Empezamos por el Norte —ordenó.

No fue una decisión improvisada.

Nunca lo era.

Miral del Norte

El sonido llegó antes que la isla.

Un retumbar constante, grave, que parecía subir desde el fondo del mar: martillos golpeando metal, fuelles forzando el aire dentro de los hornos, engranajes girando sin descanso. No era un ruido caótico, sino una cadencia industrial que no se detenía jamás.

Miral del Norte no dormía.

Nunca lo había hecho.

El muelle era estrecho, reforzado con placas de hierro y vigas gruesas ennegrecidas por años de exposición al humo y la sal. Oficiales de puerto esperaban formados. El saludo fue seco, sin ceremonia.

Aquí no había espacio para formalidades inútiles.

Magnus descendió del navío y el suelo vibró ligeramente bajo sus botas, no por su peso, sino por la actividad constante que recorría toda la isla. Los canales internos cortaban la roca como venas abiertas, transportando piezas, carbón y materiales mediante plataformas móviles y sistemas de poleas que chirriaban bajo la carga.

El aire era pesado. Caliente. Cada respiración arrastraba partículas invisibles que raspaban la garganta.

—Producción estable —informó Shara alhwyn Jefa de la Isla , mientras

avanzaban—. Armas cortas, largas, placas estándar y refuerzos especiales. Cumplimos con los pedidos del último trimestre.

Magnus no respondió de inmediato.

Se detuvo frente a una forja abierta. El metal al rojo vivo descansaba sobre el yunque como un corazón expuesto. Un herrero, con el torso cubierto de sudor y cicatrices antiguas, levantó la vista apenas un segundo antes de continuar su trabajo.

—¿Cuántos turnos? —preguntó Magnus.

Shara dudó.

—Tres completos, mi príncipe. En algunos sectores… cuatro.

Magnus observó las manos del herrero. Temblaban apenas al levantar el martillo.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace dos inviernos.

No hubo reproche en su expresión. Tampoco sorpresa.

—¿Reservas de carbón?

—Al límite. Los envíos llegan, pero no alcanzan a crear excedente.

Magnus avanzó unos pasos más. Vio filas exactas de espadas, lanzas, piezas de armadura. Todo estaba ordenado. Todo era eficiente.

Y todo estaba cansado.

Hombres y mujeres se movían con una precisión aprendida a fuerza de repetición. No había conversaciones innecesarias. No había pausas largas. El sistema funcionaba… pero a costa de sí mismo.

—¿Cuánto tiempo pueden sostener este ritmo? —preguntó al fin. Shara respiró hondo.

—Un año. Tal vez menos, si hay conflicto prolongado.

Magnus asintió lentamente.

—La fuerza que no puede sostenerse —dijo— se rompe sola.

Lira, su escriba personal, anotó la frase sin levantar la vista.

Continuaron avanzando.

Miral del Norte era el corazón del acero. El origen. El orgullo industrial del reino. Pero también era una advertencia viva: ningún sistema, por poderoso que sea, sobrevive eternamente si se le exige más de lo que puede dar.

Magnus lo entendió con claridad absoluta.

La transición

El trayecto hacia Miral del Sur fue breve, pero significativo.

El mar que separaba ambas islas no era ancho. Bastaban unos minutos de navegación ligera para cruzarlo. Sin embargo, esa distancia mínima había sido suficiente para crear dos realidades distintas, dos ritmos incompatibles.

Magnus permaneció de pie durante todo el trayecto.

Observó cómo Miral del Norte quedaba atrás, envuelta en humo y ruido, mientras la silueta de Miral del Sur emergía con líneas más limpias, más definidas.

No era un accidente.

Era una decisión mal administrada.

Miral del Sur

El contraste fue inmediato.

Miral del Sur respiraba planificación.

Las calles eran más amplias. Los depósitos estaban elevados para evitar la humedad. Las zonas de ensamblaje se encontraban separadas por función, no por tradición. Aquí no había humo constante, sino ciclos medidos: producción, reposo, revisión.

Los trabajadores no corrían.

Caminaban con propósito.

—Esta isla fue diseñada para crecer —explicó Dorian Kaelth jefe de la isla , con un tono que mezclaba orgullo y frustración—. Pero nunca recibió prioridad suficiente.

Magnus recorrió los almacenes con la mirada. Espacio disponible. Infraestructura sólida. Capacidad sin explotar.

—¿Por qué? —preguntó.

El hombre bajó la mirada.

—Decisiones políticas antiguas. Se consideró que el Norte bastaba.

Magnus se agachó y tomó un fragmento de madera reforzada, parte de una estructura modular sin terminar. La examinó con cuidado.

—No es falta de capacidad —dijo—. Es falta de conexión.

Magnus no elevó la voz. No hizo falta. Sus palabras se asentaron con la misma firmeza que el metal enfriándose tras salir del horno. Durante un instante, nadie respondió. No por confusión, sino porque la verdad, cuando es simple, no deja espacio para la réplica inmediata.

Se incorporó lentamente y avanzó unos pasos hasta el borde de la plataforma de observación. Desde allí, el mar se abría frente a él como una plancha de acero vivo. A la distancia, Miral del Norte se recortaba contra el cielo, oscura, humeante, palpitando con una actividad que nunca cesaba. Incluso desde allí se distinguían las columnas de humo ascendiendo sin pausa, como señales de auxilio que nadie había querido leer durante años.

—Una isla se ahoga trabajando —continuó, sin apartar la vista del horizonte—. La otra espera.

El viento arrastró el olor salino hasta el muelle. Magnus cerró los ojos apenas un segundo, como si ordenara sus pensamientos con la misma precisión con la que organizaba ejércitos.

—Eso no es equilibrio —añadió—. Es desperdicio.

Los oficiales intercambiaron miradas rápidas. No eran hombres inexpertos. Habían administrado arsenales, supervisado rutas marítimas, equilibrado presupuestos bajo presión. Pero ninguno había formulado el problema de manera tan directa, tan imposible de ignorar. Durante años habían aceptado aquella división como algo natural, casi inevitable. Miral del Norte producía. Miral del Sur aguardaba. Así había sido siempre.

Hasta ahora.

Magnus se giró hacia ellos. Su expresión no era severa, pero tampoco indulgente. Era la expresión de alguien que ya había tomado una decisión y solo estaba midiendo la capacidad de los demás para seguirle el paso.

—Quiero un plan conjunto —dijo—. No mañana. No en el próximo ciclo. Ahora.

Señaló con un gesto corto hacia el mar que separaba ambas islas.

—Logística compartida. Canales de transporte unificados. Redistribución inmediata de cargas productivas. Miral del Sur absorberá parte de la presión del Norte. Se ampliarán talleres, se duplicarán turnos solo donde sea sostenible, y se establecerán períodos obligatorios de descanso.

Uno de los comandantes abrió la boca, dudó, y finalmente habló.

—Eso implicará reescribir acuerdos antiguos, mi príncipe. Cambiar rutas. Reasignar personal.

Magnus asintió.

—Exacto.

Dio un paso más hacia ellos.

—La expansión será controlada —continuó—. No quiero repetir los errores del Norte aquí. Crecimiento sin previsión solo crea nuevas grietas. Esta isla no será un parche. Será un soporte.

Hizo una pausa mínima. Apenas un parpadeo más largo de lo habitual.

—Si el acero es el mismo —dijo—, la carga también debe serlo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Nadie discutió. Nadie pidió aclaraciones. Todos entendieron que aquella frase no se refería solo a las islas, ni siquiera al acero. Hablaba del reino entero. De cómo se sostenía el poder. De cómo se distribuía el sacrificio.

No era una sugerencia.

Era una orden envuelta en lógica.

Y la lógica, cuando es clara, es más difícil de desafiar que cualquier amenaza.

Al caer la tarde, Magnus regresó al muelle.

El sol descendía lentamente hacia el horizonte, derramando tonos rojizos y dorados sobre el mar. Las estructuras metálicas de Miral reflejaban esa luz como si el propio acero ardiera en silencio. Por un momento, la actividad parecía ralentizarse, no porque se detuviera, sino porque incluso el trabajo más constante debe ceder ante el ciclo del día.

Magnus se detuvo antes de subir al navío.

Observó una última vez ambas islas.

Miral del Norte, incansable, resistente, agotada.

Miral del Sur, ordenada, expectante, subutilizada.

Dos mitades de una misma fuerza.

No sonreía.

Pero tampoco estaba insatisfecho.

Había visto la verdad completa, sin adornos ni discursos tranquilizadores. La Ciudad Militar era fuerte. Sus soldados eran disciplinados. Su espíritu, indomable. El reino tenía acero, hombres y voluntad.

Pero también había aprendido algo esencial:

La fuerza sin sustento se oxida.

Mientras el navío se alejaba del muelle, Magnus permaneció de pie en cubierta, con las manos apoyadas sobre la baranda. El viento agitaba su uniforme y enfriaba el sudor seco en su piel. El mar rugía bajo la quilla, golpeando el casco con una regularidad casi hipnótica.

No pensaba en batallas.

No pensaba en enemigos visibles.

Pensaba en cifras. En rutas. En decisiones tomadas demasiado tarde durante generaciones enteras.

La guerra no siempre comienza con espadas desenvainadas.

A veces empieza con números mal repartidos.

Y esta vez, Magnus no pensaba permitirlo.

El poder no se mide por cuánto produce,

sino por cuánto puede sostener sin romperse.

Cuando una parte se desangra

y la otra espera en silencio,

no hay fortaleza:

hay un error que aún no ha sido pagado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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