MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 33
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Capítulo 33: Capítulo 3 — Audiencia bajo la Corona
La capital de Dravendel se alzaba inmóvil bajo un cielo gris acero, como si incluso las nubes comprendieran que aquel no era un día común. No había lluvia. No había sol. Solo una bóveda opaca que pesaba sobre torres, plazas y murallas como una advertencia silenciosa.
Dravendel no necesitaba imponerse con ruido.
Su sola presencia bastaba.
Las murallas que rodeaban la capital no estaban diseñadas únicamente para proteger. Eran altas, angulosas, implacables. No invitaban. Advertían. Cada bloque de piedra parecía decir lo mismo: aquí el poder no se discute, se acata.
Cuando el carruaje del príncipe Magnus se detuvo frente a las puertas del Palacio Real, no hubo trompetas. No hubo anuncio anticipado. Solo el sonido grave de los cerrojos liberándose y el lento crujir de las hojas de oro al abrirse.
Magnus descendió sin prisa.
No llevaba capa ceremonial.
No llevaba joyas.
No llevaba símbolos que no fueran necesarios.
Vestía el uniforme sobrio de comandante, limpio, funcional, sin ornamentos superfluos. Su autoridad no dependía del brillo, sino del peso real de su cargo. Los guardias reales inclinaron la cabeza al verlo pasar, no por obligación… sino por reconocimiento.
Cada paso que dio dentro del palacio resonó con claridad en los corredores de piedra pulida. El eco no amplificaba el sonido: lo exponía. Allí, nada quedaba oculto. Cada visitante caminaba acompañado por su propia presencia.
Los pasillos estaban flanqueados por estandartes antiguos, algunos tan viejos que los colores apenas sobrevivían. No representaban casas vivas. Representaban casas que habían caído. Linajes que alguna vez discutieron con la Corona… y perdieron.
Era un mensaje claro para cualquiera que supiera leer historia.
El Salón del Trono se abrió ante él.
Era vasto, pero no ostentoso. El poder verdadero no necesitaba exageración. Los muros estaban cubiertos por escudos antiguos, dispuestos sin nombres ni fechas. No celebraban glorias individuales. Celebraban dominación continua.
En lo alto, sobre la plataforma central, se alzaba el trono.
Allí estaba sentado el Rey.
Su Majestad Absoluta, Roderic Zarvendel,
Rey de Dravendel,
Señor Supremo de las Tierras Altas,
Árbitro Único de la Aristocracia del Este.
Su postura era recta. No rígida. No relajada. Exacta. Era un hombre que había aprendido a no desperdiciar energía ni gestos. Su mirada, gris como el cielo exterior, no expresaba curiosidad ni afecto.
Solo evaluación.
A su izquierda, de pie, se encontraba la Reina Consorte, Seraphine.
No hablaba. No necesitaba hacerlo. Su presencia equilibraba la sala como una hoja afilada colocada con precisión. Había forjado el reino junto a su esposo no desde la sombra, sino desde la inteligencia. Sus ojos no se fijaban en Magnus como madre.
Lo observaban como estratega.
El silencio era total.
Entonces, la voz del Portavoz Real se elevó con solemnidad, cortando el aire con precisión ritual:
—¡Que se anuncie la presencia de Su Alteza Real!
—¡El Príncipe Magnus Zarvendel!
—¡Príncipe Heredero al Trono de Dravendel!
—¡Y Comandante en Jefe de la Ciudad Militar de Trevaston!
Magnus avanzó hasta el punto marcado en el mármol negro del suelo. Allí se detuvo y realizó la reverencia protocolar.
Exacta.
Medida.
Sin sumisión innecesaria.
No era un súbdito común.
Era un gobernante dentro del reino.
—Habla —ordenó el Rey.
No hubo saludo afectuoso.
No hubo gesto paternal.
Solo autoridad desnuda.
La Petición
—Majestad —comenzó Magnus—. Comparezco ante el Trono en mi calidad de Comandante en Jefe de la Ciudad Militar de Trevaston.
Su voz no tembló. No se aceleró. No buscaba impresionar. Buscaba ser comprendida.
—Tras inspeccionar la ciudad, sus fortalezas y las Islas Miral del Norte y del Sur, he confirmado avances significativos en disciplina, estructura operativa y lealtad interna.
Hizo una pausa breve. Calculada.
—Sin embargo —continuó—, dichos avances enfrentan un límite claro.
El Rey no interrumpió.
Seraphine tampoco.
—La fuerza militar del reino no puede sostenerse únicamente con voluntad y entrenamiento. La historia lo demuestra una y otra vez. Requiere respaldo constante: industria, tecnología, investigación e inteligencia coordinada.
Magnus alzó la vista. No como desafío. Como afirmación.
—Por ello, solicito que el quince por ciento de la producción industrial, tecnológica, investigativa y de inteligencia del reino sea destinado de manera directa y permanente a la Ciudad Militar de Trevaston.
El silencio se volvió más denso.
No hubo exclamaciones.
No hubo murmullos.
El pedido había sido lanzado como un golpe limpio.
—No como concesión —continuó Magnus—, sino como una medida estratégica estructural. No busco ventaja personal ni fortalecimiento simbólico. Busco asegurar que la espada del reino no falle cuando sea requerida.
El Juicio del Trono
Roderic Zarvendel apoyó un brazo sobre el trono. El gesto fue mínimo. Pero en aquella sala, cada gesto importaba.
—No solicitas recursos menores —dijo—. Solicitas una porción del pulso productivo del reino.
—Solicito lo necesario para que ese pulso no se detenga cuando llegue la presión real —respondió Magnus—.
La frase no fue pronunciada con desafío.
Tampoco con súplica.
Fue una constatación.
Durante un largo instante, nadie habló.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Pesado. De esos que no se llenan con palabras, porque cualquier palabra sería un error. El Salón del Trono, vasto y solemne, parecía haber reducido su tamaño, como si las paredes se hubieran acercado apenas lo suficiente para recordar que allí dentro no existía el azar.
El Rey observó a Magnus sin moverse.
No como padre.
No como soberano indulgente.
Sino como un gobernante que mide a otro gobernante… y decide si es digno de sostener peso real.
Sus ojos recorrían a su hijo con precisión clínica. No evaluaban postura ni voz: evaluaban coherencia. Convicción. Capacidad de sostener consecuencias. Roderic Zarvendel había visto demasiados hombres pedir poder sin entender lo que costaba ejercerlo.
Magnus no bajó la mirada.
No la sostuvo como un desafío.
Simplemente no la retiró.
Sabía que ese instante definía más que la petición. Definía la manera en que sería visto de allí en adelante.
—¿Eres consciente… —dijo finalmente el Rey, rompiendo el silencio con una voz medida— de que tu pedido altera equilibrios internos?
Hizo una pausa mínima, pero intencional.
—Gremios. Consejos. Cadenas de influencia que llevan décadas funcionando bajo acuerdos tácitos.
Magnus respiró hondo una sola vez antes de responder.
—Sí, Majestad.
No agregó nada más. No justificó. No explicó.
El Rey ladeó apenas la cabeza.
—¿Y aun así lo sostienes?
Era una pregunta simple en apariencia.
En realidad, era una trampa.
No preguntaba por la petición.
Preguntaba si Magnus estaba dispuesto a cargar con el conflicto que esa decisión generaría.
—Sí —respondió Magnus.
Su voz no se endureció. No se suavizó.
Se mantuvo igual.
Ese detalle no pasó desapercibido.
Por primera vez desde el inicio de la audiencia, algo se movió en la sala que no provenía del Rey.
La Reina Seraphine inclinó apenas el mentón.
El gesto fue tan sutil que habría pasado inadvertido para cualquiera que no supiera mirar. No era aprobación abierta. No era respaldo político. Era algo más peligroso y más valioso.
Reconocimiento.
Había visto a muchos hombres quebrarse en ese punto.
Magnus no lo hizo.
Roderic apoyó ahora ambos brazos en el trono. El sonido del metal bajo sus manos resonó levemente, como un recordatorio físico de dónde se encontraban.
—No tomaré una decisión inmediata —declaró.
No era una negativa.
Tampoco una concesión.
Era una suspensión deliberada del tiempo.
Magnus no reaccionó. No inclinó la cabeza. No mostró alivio ni tensión. Permaneció exactamente igual. Esa quietud, en sí misma, era una respuesta.
—Exigiré informes —continuó el Rey—. Proyecciones. Resultados verificables.
Se incorporó apenas hacia adelante.
—No evaluaré solo la petición…
La voz cambió. No se elevó. Se volvió más densa.
—Evaluaré la capacidad del hombre que la presenta.
El aire del salón pareció comprimirse.
Magnus sintió el peso exacto de esas palabras. No como amenaza. Como sentencia condicional. El Rey no estaba decidiendo si concedía recursos.
Estaba decidiendo si su heredero estaba listo para operar como poder autónomo dentro del reino.
—Porque en este reino —prosiguió Roderic Zarvendel— el poder no se implora.
Una pausa.
No dramática.
Final.
—Se demuestra.
La frase cayó como una losa sobre mármol.
Magnus inclinó la cabeza.
No fue una reverencia profunda.
No fue un gesto teatral.
Fue aceptación.
—Así será, Majestad.
No prometía éxito.
Prometía intento sostenido.
El Rey no respondió.
La audiencia había terminado.
Cuando Magnus se dio la vuelta y comenzó a retirarse del Salón del Trono, el sonido de sus pasos volvió a llenar el espacio. Cada uno resonaba distinto al de su entrada. Más pesado. Más consciente.
Los escudos antiguos que cubrían las paredes parecían observarlo en silencio.
No con desprecio.
No con burla.
Con expectativa.
Magnus avanzó entre ellos, sintiendo el peso simbólico de generaciones enteras que habían sido juzgadas en ese mismo espacio. Algunos habían salido fortalecidos. Otros, destruidos. Todos habían creído estar preparados.
Él no se permitía ese lujo.
Al cruzar el umbral del salón, el sonido de las puertas cerrándose a su espalda no fue abrupto. Fue firme. Definitivo.
Los pasillos del palacio se extendían ante él como una red de piedra y memoria. Antorchas encendidas proyectaban sombras largas que se estiraban y se encogían con cada paso, deformando las formas talladas en los muros.
Magnus caminó sin escolta inmediata.
No porque no la tuviera.
Sino porque la había rechazado para ese trayecto.
Necesitaba pensar.
La Corona no había cedido.
Pero tampoco había negado.
Eso era lo peligroso.
Un rechazo habría sido simple. Habría marcado un límite claro. Un permiso, también.
Esto no.
Esto era una prueba abierta, sin reglas escritas, sin plazos explícitos, sin margen para errores visibles.
El Rey no había pedido resultados militares inmediatos. Había pedido algo más complejo: prueba de capacidad estructural. De visión. De control político.
Magnus entendía perfectamente lo que eso implicaba.
Cada informe que enviara sería analizado.
Cada decisión tomada en Trevaston sería leída en clave política.
Cada falla, amplificada.
Cada acierto, cuestionado.
No estaba siendo observado como príncipe.
Estaba siendo observado como futuro soberano.
Al girar por uno de los corredores laterales, Magnus se detuvo un instante frente a una ventana alta. Desde allí se veía parte de la ciudad. Dravendel seguía su ritmo habitual. Comerciantes, soldados, funcionarios. Nadie sabía lo que acababa de ocurrir dentro del palacio.
Y, sin embargo, todo cambiaría a partir de ello.
Magnus apoyó una mano sobre la piedra fría del marco.
La prueba había comenzado.
No en el campo de batalla.
No en el entrenamiento.
En algo más cruel y más silencioso.
En la demostración de que podía sostener poder… sin romper el reino en el intento.
Se enderezó.
Reanudó la marcha.
El príncipe heredero había salido del Salón del Trono sin una victoria clara.
Pero tampoco había salido derrotado.
Había salido con algo mucho más peligroso.
Una oportunidad vigilada.
Y en Dravendel, las oportunidades así…
no se ofrecían dos veces.
Ante el trono no se pide permiso para cambiar el mundo.
Se expone la verdad
y se acepta el peso de probarla.
Porque el poder que merece existir
no se suplica:
se sostiene bajo examen
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El Palacio Real de Dravendel no necesitaba testigos para imponer respeto.
No había voces en los corredores.
No había pasos innecesarios.
El silencio no era ausencia de vida, sino una forma de control. Allí no se debatía el poder: se ejercía.
Las paredes de piedra clara absorbían el sonido como si el edificio mismo escuchara, registrara y decidiera qué merecía permanecer. Tapices antiguos colgaban inmóviles, representando conquistas pasadas, tratados rotos, juramentos cumplidos a medias. No estaban allí para decorar. Estaban allí para recordar.
Magnus avanzaba escoltado por dos guardias reales. No llevaban armaduras completas. No lo necesitaban. Sus movimientos eran precisos, contenidos, entrenados para no anunciarse. Cada paso era una afirmación silenciosa de autoridad.
No hubo ceremonia adicional.
No hubo proclamación de títulos.
En ese lugar, los nombres no se gritaban.
Se sabían.
El despacho privado del Rey se abrió sin estruendo. Las puertas, de madera oscura y metal trabajado, cedieron con suavidad controlada, como si incluso ellas entendieran la jerarquía del espacio que protegían.
Magnus entró.
El Rey lo esperaba de pie.
Sin corona.
Sin ornamentos.
Sin símbolos innecesarios.
Solo un uniforme sobrio, perfectamente ajustado, y un escritorio cubierto de documentos abiertos, mapas extendidos, informes sellados con lacres recientes. El poder no estaba en su apariencia, sino en la información que tenía delante.
A su lado, sentada con la espalda recta y la mirada firme, estaba la Reina consorte.
No intervenía.
No observaba con curiosidad.
Evaluaba.
Sus manos descansaban juntas sobre el regazo. Su rostro no revelaba juicio inmediato, pero sus ojos no perdían detalle. No era una figura decorativa. Era parte del equilibrio.
El Rey no perdió tiempo.
—He estudiado tu pedido —dijo, sin invitarlo a hablar—. He revisado los informes, los riesgos y las consecuencias.
Su voz no era dura.
Era exacta.
Caminó unos pasos hacia el costado del escritorio, tomó un documento y lo dejó sobre la mesa con cuidado medido.
—Antes de esta solicitud, la Ciudad Militar ya recibía un cinco por ciento de la producción combinada de tecnología, inteligencia, investigación e industria.
Alzó la vista y sostuvo la mirada de Magnus.
—Eso no cambia.
Magnus permaneció inmóvil.
No por temor.
Por respeto estratégico.
—Lo que has pedido ahora —continuó el Rey— es un quince por ciento adicional.
El silencio se tensó. No porque la cifra fuera inesperada, sino porque todos en esa sala comprendían lo que implicaba. Quince por ciento no era solo recursos. Era desplazamiento de prioridades. Era alterar cadenas de suministro. Era provocar resistencia interna.
—Acepto concedértelo.
Las palabras cayeron con peso controlado.
La Reina no intervino. Su presencia era suficiente para dejar claro que aquello no era una decisión aislada.
—Pero no será permanente —añadió el Rey—. Ese quince por ciento tendrá una vigencia de tres meses.
Magnus frunció apenas el ceño. No fue un gesto teatral. Fue el cálculo inmediato de alguien que entiende procesos largos, tiempos industriales, márgenes logísticos.
—Tres meses, Majestad… —comenzó—. Es un plazo reducido. Los pedidos, la redistribución, los tiempos de entrega—
El Rey alzó la mano.
—Es mi tiempo.
No alzó la voz.
No hizo falta.
—Lo aceptas o lo dejas.
Magnus respiró hondo. No era una señal de duda. Era contención.
—Con respeto —dijo—, tres meses no bastan para demostrar el impacto completo. No todas las mejoras serán visibles en ese plazo. Los beneficios reales requieren tiempo
—Eres el comandante en jefe de la Ciudad Militar —lo interrumpió el Rey—. Si alguien entiende cómo optimizar recursos, eres tú.
Se inclinó ligeramente hacia adelante. No fue una amenaza. Fue un desafío directo.
—Tendrás el veinte por ciento total durante tres meses. Si en ese tiempo no puedo ver resultados claros, medibles y sostenibles, el quince por ciento adicional será retirado sin discusión.
El despacho quedó en silencio.
Magnus sintió el peso real de la condición. No era una trampa, pero tampoco era benevolencia. Era una apuesta. Y el margen de error era mínimo.
—No te estoy poniendo límites —añadió el Rey—. Te estoy dando una oportunidad.
Magnus apretó los puños a los costados. Solo un instante. Luego inclinó la cabeza.
—Acepto las condiciones, Majestad.
El Rey asintió una sola vez.
—Entonces vuelve a tu ciudad —dijo—. Demuéstrame que tu visión no depende del tiempo… sino de tu capacidad.
Se giró hacia la mesa.
—Puedes retirarte.
Magnus dio media vuelta y salió sin añadir una palabra.
Cuando la puerta se cerró, el aire pareció moverse por primera vez.
La Reina consorte habló entonces, con voz baja, pensada para no rebotar en las paredes.
—Tres meses…
El Rey no respondió de inmediato. Observó los documentos, los mapas, los informes marcados con anotaciones propias.
—Si no puede con eso —dijo finalmente—, no está listo para cargar con el resto.
El regreso de Magnus por los corredores del palacio fue distinto a la entrada.
No había cambiado nada en el entorno, pero todo pesaba más.
Los tapices parecían observarlo con una atención renovada. No con desprecio. No con burla. Con expectativa. Como si el pasado mismo quisiera ver si el presente estaba a la altura.
Al cruzar el último arco, Magnus entendió algo con claridad incómoda:
Aquella audiencia no había sido una negociación.
Había sido una prueba.
El viaje de regreso a la Ciudad Militar comenzó antes del anochecer.
El transporte real se deslizó por los rieles elevados que conectaban Dravendel con los territorios estratégicos. Desde la ventanilla, Magnus observó cómo la capital se alejaba lentamente, con sus torres ordenadas, sus distritos equilibrados, su estabilidad sostenida por siglos de administración calculada.
La Ciudad Militar no era así.
Nunca lo había sido.
Era un organismo vivo, en tensión constante, construido para resistir, no para descansar.
Tres meses.
No era poco tiempo.
Pero tampoco era indulgente.
Magnus activó el comunicador interno.
—Convoca al Consejo de Comando —ordenó—. Reunión inmediata al arribo. Todos.
No hubo preguntas.
No hubo confirmaciones innecesarias.
La Ciudad Militar lo recibió con su pulso habitual.
Motores.
Sirenas controladas.
Formaciones en movimiento.
Nada se detenía porque su gobernante regresara. Y eso era exactamente como debía ser.
El Consejo se reunió en la sala central, una estructura circular de metal reforzado y pantallas flotantes. No había asientos elevados. No había jerarquías visibles. Allí el rango se sostenía por competencia, no por título.
Magnus entró sin preámbulos.
—Tenemos tres meses.
Las miradas se alzaron de inmediato.
—Recursos adicionales confirmados —continuó—. Quince por ciento extra sobre nuestra asignación actual. Temporales.
Una pausa breve.
—Si fallamos, se retiran. Sin discusión.
Nadie habló. Nadie sonrió.
—No quiero milagros —dijo Magnus—. Quiero eficiencia brutal. Cada recurso debe justificar su existencia. Cada proyecto que no aporte resultados medibles en noventa días se cancela.
Las pantallas comenzaron a llenarse de datos.
—Reorganización logística inmediata —ordenó—. Prioridad absoluta a mantenimiento, capacitación acelerada y redistribución de cargas. Nada ornamental. Nada simbólico.
Uno de los generales levantó la voz.
—¿Y la expansión prevista para el Oeste?
—Congelada —respondió Magnus—. Hasta nuevo aviso.
Otro intervino.
—¿Y el programa experimental?
Magnus sostuvo la mirada.
—Se queda. Pero bajo auditoría diaria.
El Consejo entendió entonces la magnitud real del desafío.
No era solo demostrar capacidad ante el Rey.
Era demostrar que la Ciudad Militar no dependía de indulgencias.
Las semanas siguientes fueron un pulso constante.
Las fábricas trabajaron con turnos ajustados al límite permitido.
Los ingenieros durmieron poco.
Los instructores comprimieron meses de formación en semanas sin perder precisión.
Magnus recorría la ciudad a pie siempre que podía. No para ser visto. Para ver.
Escuchó reclamos.
Escuchó dudas.
Escuchó silencios que decían más que las palabras.
No prometió alivio inmediato.
Prometió coherencia.
Y la coherencia, en un sistema militar, es una forma de esperanza.
Al finalizar el primer mes, los primeros informes comenzaron a mostrar resultados.
No espectaculares.
Sólidos.
Reducción de fallos logísticos.
Incremento en tiempos de respuesta.
Mejoras en mantenimiento preventivo.
Magnus no celebró.
Todavía no.
El segundo mes trajo algo distinto.
No fue una explosión de resultados ni un cambio visible desde fuera. No hubo anuncios. No hubo celebraciones. Pero algo se alineó en el interior de la Ciudad Militar, como engranajes que por fin encajaban después de años de rozarse sin precisión.
Sincronía.
Las unidades comenzaban a moverse como un solo organismo. No porque alguien gritara órdenes más fuertes, sino porque cada parte entendía su función exacta dentro del todo. Las decisiones fluían sin fricción. Los informes ya no llegaban inflados ni maquillados. Los errores se detectaban antes de escalar, cuando aún podían corregirse sin costo humano ni estructural.
Magnus lo notó primero en los silencios.
En la ausencia de urgencias artificiales.
En la disminución de correcciones repetidas.
En la manera en que los generales ya no pedían permiso para pensar.
La Ciudad no estaba corriendo.
Estaba avanzando.
Las rutas logísticas se ajustaron hasta parecer casi orgánicas. Donde antes había acumulación, ahora había flujo. Donde antes se improvisaba, ahora se preveía. Las fábricas ya no trabajaban al límite caótico, sino al límite eficiente, ese punto preciso donde el desgaste se mantiene bajo control.
Magnus recorría los sectores sin escolta visible. No necesitaba que lo vieran como autoridad. Necesitaba ver con sus propios ojos si aquello era real.
Y lo era.
En los talleres, los ingenieros discutían soluciones en lugar de excusas.
En los patios de entrenamiento, los instructores ya no repetían órdenes: corregían detalles.
En los centros de mando, los oficiales hablaban menos… y decidían mejor.
El segundo mes no trajo gloria.
Trajo coherencia.
Y eso, Magnus lo sabía, era más peligroso para quienes observaban desde lejos. Porque la coherencia no se desgasta rápido. Se acumula.
Pero el tercer mes…
El tercer mes era el que importaba.
No porque fuera el último del plazo concedido, sino porque era el mes donde todo podía romperse. El cansancio acumulado. La presión sostenida. La tentación de forzar resultados visibles a costa de estabilidad.
Magnus no permitió atajos.
Canceló dos proyectos que prometían cifras rápidas pero comprometían mantenimiento futuro. Redirigió recursos que ya estaban aprobados cuando detectó redundancias. No dudó en frenar iniciativas impulsadas por oficiales influyentes si no superaban los nuevos estándares.
No buscaba impresionar.
Buscaba sostener.
La Ciudad Militar comenzó a responder como una entidad madura. No perfecta. Pero consciente de sí misma. Las fallas que surgían no se ocultaban. Se informaban, se analizaban y se corregían sin dramatismo.
Y eso era nuevo.
La noche previa al envío del informe final, Magnus permaneció solo en la sala de mando.
No era una escena solemne. No había música ni luces dramáticas. Solo la quietud profunda de un lugar diseñado para pensar en guerra incluso cuando no la hay.
Las luces estaban bajas. Las pantallas, silenciosas. No porque no hubiera datos, sino porque ya habían sido revisados. Tres veces. Cuatro. Las cifras no mentían. Y si lo hacían, él ya lo habría notado.
Magnus permanecía de pie, con las manos apoyadas sobre la mesa central, observando la proyección inmóvil del territorio bajo su mando.
Pensó en el Rey.
No en el soberano distante, sino en el hombre que había hablado sin alzar la voz. En la mirada que no concedía indulgencia, pero tampoco negaba posibilidad.
Pensó en la Reina.
En su silencio atento. En la manera en que había observado sin intervenir, como si supiera que ese proceso no debía ser suavizado.
Y entonces, como un eco persistente, volvió la frase.
El poder no se implora. Se demuestra.
Magnus no había pedido privilegios.
No había solicitado protección.
Había pedido responsabilidad ampliada.
Y ahora debía probar que podía sostenerla… no solo durante el plazo concedido, sino más allá de él.
Se enderezó, respiró hondo y activó el canal de transmisión cifrado.
El informe final fue enviado sin adornos.
No hubo introducciones emotivas.
No hubo promesas futuras.
Solo datos claros.
Procesos documentados.
Resultados medibles.
Proyecciones sostenibles.
Cuando la transmisión concluyó, la sala volvió al silencio.
Magnus no esperó respuesta inmediata.
Sabía que, del otro lado, el silencio también era una forma de juicio. El Rey no respondía rápido cuando algo le importaba. La rapidez era para lo trivial.
Pasaron horas.
Luego un día.
Luego otro.
La Ciudad Militar siguió funcionando con normalidad. Nadie preguntó. Nadie especuló en voz alta. Magnus no dio señales. No necesitaba hacerlo.
Al tercer día, mientras revisaba un informe menor, el canal real se activó.
No fue una llamada abierta.
Fue un mensaje directo.
La pantalla principal se encendió con el sello del Reino.
Magnus se quedó inmóvil.
La transmisión comenzó sin preámbulos.
La voz del Rey llenó la sala, grave, firme, inconfundible.
—Como monarca absoluto del Reino —dijo—, he revisado personalmente los resultados del periodo concedido.
Una pausa breve.
No para generar tensión.
Para dejar claro el peso de lo que seguía.
—Los informes confirman estabilidad, mejora estructural y proyección sostenible. No se han detectado desequilibrios críticos ni compromisos a largo plazo derivados del aumento de recursos.
Magnus escuchaba sin moverse.
—En consecuencia —continuó el Rey—, he decidido extender por tres meses más la asignación extraordinaria concedida a la Ciudad Militar.
El aire pareció moverse en la sala.
—El pedido se amplía bajo las mismas condiciones de evaluación. La responsabilidad permanece. La exigencia, también.
Hasta allí hablaba el Rey.
El soberano.
El evaluador.
La voz hizo una pausa distinta.
No técnica.
Humana.
—Y ahora —dijo—, hablo como tu padre.
Magnus sintió el peso de esas palabras más que cualquier cifra.
—Has demostrado que no pedías por ambición ni por comodidad. Pedías porque comprendías lo que estaba en juego.
La voz no se suavizó.
Pero se volvió más cercana.
—Buen trabajo, Magnus.
Un silencio breve.
—Estoy orgulloso de ti.
La transmisión se cerró sin despedidas ceremoniales.
La pantalla volvió a apagarse.
Magnus permaneció quieto durante varios segundos.
No cerró los ojos.
No sonrió.
No levantó los puños en victoria.
La emoción no llegó como una ola. Llegó como una presión lenta en el pecho, contenida, pesada. No era alivio. Era reconocimiento.
No había victoria completa.
Pero tampoco había retirada.
El precio del pedido había sido alto.
Y aún se estaba pagando.
Pero ahora sabía algo con certeza:
No estaba pagando solo.
El Reino lo había visto.
Y había decidido seguir apostando.
Todo poder concedido tiene un costo,
pero el verdadero precio
no se paga en recursos,
sino en tiempo, presión
y la obligación de no fallar.
Porque cuando el margen es corto,
la capacidad deja de prometer
y empieza a responder.
No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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