MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 34
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Capítulo 34: Capítulo 4 — El Precio del Pedido
El Palacio Real de Dravendel no necesitaba testigos para imponer respeto.
No había voces en los corredores.
No había pasos innecesarios.
El silencio no era ausencia de vida, sino una forma de control. Allí no se debatía el poder: se ejercía.
Las paredes de piedra clara absorbían el sonido como si el edificio mismo escuchara, registrara y decidiera qué merecía permanecer. Tapices antiguos colgaban inmóviles, representando conquistas pasadas, tratados rotos, juramentos cumplidos a medias. No estaban allí para decorar. Estaban allí para recordar.
Magnus avanzaba escoltado por dos guardias reales. No llevaban armaduras completas. No lo necesitaban. Sus movimientos eran precisos, contenidos, entrenados para no anunciarse. Cada paso era una afirmación silenciosa de autoridad.
No hubo ceremonia adicional.
No hubo proclamación de títulos.
En ese lugar, los nombres no se gritaban.
Se sabían.
El despacho privado del Rey se abrió sin estruendo. Las puertas, de madera oscura y metal trabajado, cedieron con suavidad controlada, como si incluso ellas entendieran la jerarquía del espacio que protegían.
Magnus entró.
El Rey lo esperaba de pie.
Sin corona.
Sin ornamentos.
Sin símbolos innecesarios.
Solo un uniforme sobrio, perfectamente ajustado, y un escritorio cubierto de documentos abiertos, mapas extendidos, informes sellados con lacres recientes. El poder no estaba en su apariencia, sino en la información que tenía delante.
A su lado, sentada con la espalda recta y la mirada firme, estaba la Reina consorte.
No intervenía.
No observaba con curiosidad.
Evaluaba.
Sus manos descansaban juntas sobre el regazo. Su rostro no revelaba juicio inmediato, pero sus ojos no perdían detalle. No era una figura decorativa. Era parte del equilibrio.
El Rey no perdió tiempo.
—He estudiado tu pedido —dijo, sin invitarlo a hablar—. He revisado los informes, los riesgos y las consecuencias.
Su voz no era dura.
Era exacta.
Caminó unos pasos hacia el costado del escritorio, tomó un documento y lo dejó sobre la mesa con cuidado medido.
—Antes de esta solicitud, la Ciudad Militar ya recibía un cinco por ciento de la producción combinada de tecnología, inteligencia, investigación e industria.
Alzó la vista y sostuvo la mirada de Magnus.
—Eso no cambia.
Magnus permaneció inmóvil.
No por temor.
Por respeto estratégico.
—Lo que has pedido ahora —continuó el Rey— es un quince por ciento adicional.
El silencio se tensó. No porque la cifra fuera inesperada, sino porque todos en esa sala comprendían lo que implicaba. Quince por ciento no era solo recursos. Era desplazamiento de prioridades. Era alterar cadenas de suministro. Era provocar resistencia interna.
—Acepto concedértelo.
Las palabras cayeron con peso controlado.
La Reina no intervino. Su presencia era suficiente para dejar claro que aquello no era una decisión aislada.
—Pero no será permanente —añadió el Rey—. Ese quince por ciento tendrá una vigencia de tres meses.
Magnus frunció apenas el ceño. No fue un gesto teatral. Fue el cálculo inmediato de alguien que entiende procesos largos, tiempos industriales, márgenes logísticos.
—Tres meses, Majestad… —comenzó—. Es un plazo reducido. Los pedidos, la redistribución, los tiempos de entrega—
El Rey alzó la mano.
—Es mi tiempo.
No alzó la voz.
No hizo falta.
—Lo aceptas o lo dejas.
Magnus respiró hondo. No era una señal de duda. Era contención.
—Con respeto —dijo—, tres meses no bastan para demostrar el impacto completo. No todas las mejoras serán visibles en ese plazo. Los beneficios reales requieren tiempo
—Eres el comandante en jefe de la Ciudad Militar —lo interrumpió el Rey—. Si alguien entiende cómo optimizar recursos, eres tú.
Se inclinó ligeramente hacia adelante. No fue una amenaza. Fue un desafío directo.
—Tendrás el veinte por ciento total durante tres meses. Si en ese tiempo no puedo ver resultados claros, medibles y sostenibles, el quince por ciento adicional será retirado sin discusión.
El despacho quedó en silencio.
Magnus sintió el peso real de la condición. No era una trampa, pero tampoco era benevolencia. Era una apuesta. Y el margen de error era mínimo.
—No te estoy poniendo límites —añadió el Rey—. Te estoy dando una oportunidad.
Magnus apretó los puños a los costados. Solo un instante. Luego inclinó la cabeza.
—Acepto las condiciones, Majestad.
El Rey asintió una sola vez.
—Entonces vuelve a tu ciudad —dijo—. Demuéstrame que tu visión no depende del tiempo… sino de tu capacidad.
Se giró hacia la mesa.
—Puedes retirarte.
Magnus dio media vuelta y salió sin añadir una palabra.
Cuando la puerta se cerró, el aire pareció moverse por primera vez.
La Reina consorte habló entonces, con voz baja, pensada para no rebotar en las paredes.
—Tres meses…
El Rey no respondió de inmediato. Observó los documentos, los mapas, los informes marcados con anotaciones propias.
—Si no puede con eso —dijo finalmente—, no está listo para cargar con el resto.
El regreso de Magnus por los corredores del palacio fue distinto a la entrada.
No había cambiado nada en el entorno, pero todo pesaba más.
Los tapices parecían observarlo con una atención renovada. No con desprecio. No con burla. Con expectativa. Como si el pasado mismo quisiera ver si el presente estaba a la altura.
Al cruzar el último arco, Magnus entendió algo con claridad incómoda:
Aquella audiencia no había sido una negociación.
Había sido una prueba.
El viaje de regreso a la Ciudad Militar comenzó antes del anochecer.
El transporte real se deslizó por los rieles elevados que conectaban Dravendel con los territorios estratégicos. Desde la ventanilla, Magnus observó cómo la capital se alejaba lentamente, con sus torres ordenadas, sus distritos equilibrados, su estabilidad sostenida por siglos de administración calculada.
La Ciudad Militar no era así.
Nunca lo había sido.
Era un organismo vivo, en tensión constante, construido para resistir, no para descansar.
Tres meses.
No era poco tiempo.
Pero tampoco era indulgente.
Magnus activó el comunicador interno.
—Convoca al Consejo de Comando —ordenó—. Reunión inmediata al arribo. Todos.
No hubo preguntas.
No hubo confirmaciones innecesarias.
La Ciudad Militar lo recibió con su pulso habitual.
Motores.
Sirenas controladas.
Formaciones en movimiento.
Nada se detenía porque su gobernante regresara. Y eso era exactamente como debía ser.
El Consejo se reunió en la sala central, una estructura circular de metal reforzado y pantallas flotantes. No había asientos elevados. No había jerarquías visibles. Allí el rango se sostenía por competencia, no por título.
Magnus entró sin preámbulos.
—Tenemos tres meses.
Las miradas se alzaron de inmediato.
—Recursos adicionales confirmados —continuó—. Quince por ciento extra sobre nuestra asignación actual. Temporales.
Una pausa breve.
—Si fallamos, se retiran. Sin discusión.
Nadie habló. Nadie sonrió.
—No quiero milagros —dijo Magnus—. Quiero eficiencia brutal. Cada recurso debe justificar su existencia. Cada proyecto que no aporte resultados medibles en noventa días se cancela.
Las pantallas comenzaron a llenarse de datos.
—Reorganización logística inmediata —ordenó—. Prioridad absoluta a mantenimiento, capacitación acelerada y redistribución de cargas. Nada ornamental. Nada simbólico.
Uno de los generales levantó la voz.
—¿Y la expansión prevista para el Oeste?
—Congelada —respondió Magnus—. Hasta nuevo aviso.
Otro intervino.
—¿Y el programa experimental?
Magnus sostuvo la mirada.
—Se queda. Pero bajo auditoría diaria.
El Consejo entendió entonces la magnitud real del desafío.
No era solo demostrar capacidad ante el Rey.
Era demostrar que la Ciudad Militar no dependía de indulgencias.
Las semanas siguientes fueron un pulso constante.
Las fábricas trabajaron con turnos ajustados al límite permitido.
Los ingenieros durmieron poco.
Los instructores comprimieron meses de formación en semanas sin perder precisión.
Magnus recorría la ciudad a pie siempre que podía. No para ser visto. Para ver.
Escuchó reclamos.
Escuchó dudas.
Escuchó silencios que decían más que las palabras.
No prometió alivio inmediato.
Prometió coherencia.
Y la coherencia, en un sistema militar, es una forma de esperanza.
Al finalizar el primer mes, los primeros informes comenzaron a mostrar resultados.
No espectaculares.
Sólidos.
Reducción de fallos logísticos.
Incremento en tiempos de respuesta.
Mejoras en mantenimiento preventivo.
Magnus no celebró.
Todavía no.
El segundo mes trajo algo distinto.
No fue una explosión de resultados ni un cambio visible desde fuera. No hubo anuncios. No hubo celebraciones. Pero algo se alineó en el interior de la Ciudad Militar, como engranajes que por fin encajaban después de años de rozarse sin precisión.
Sincronía.
Las unidades comenzaban a moverse como un solo organismo. No porque alguien gritara órdenes más fuertes, sino porque cada parte entendía su función exacta dentro del todo. Las decisiones fluían sin fricción. Los informes ya no llegaban inflados ni maquillados. Los errores se detectaban antes de escalar, cuando aún podían corregirse sin costo humano ni estructural.
Magnus lo notó primero en los silencios.
En la ausencia de urgencias artificiales.
En la disminución de correcciones repetidas.
En la manera en que los generales ya no pedían permiso para pensar.
La Ciudad no estaba corriendo.
Estaba avanzando.
Las rutas logísticas se ajustaron hasta parecer casi orgánicas. Donde antes había acumulación, ahora había flujo. Donde antes se improvisaba, ahora se preveía. Las fábricas ya no trabajaban al límite caótico, sino al límite eficiente, ese punto preciso donde el desgaste se mantiene bajo control.
Magnus recorría los sectores sin escolta visible. No necesitaba que lo vieran como autoridad. Necesitaba ver con sus propios ojos si aquello era real.
Y lo era.
En los talleres, los ingenieros discutían soluciones en lugar de excusas.
En los patios de entrenamiento, los instructores ya no repetían órdenes: corregían detalles.
En los centros de mando, los oficiales hablaban menos… y decidían mejor.
El segundo mes no trajo gloria.
Trajo coherencia.
Y eso, Magnus lo sabía, era más peligroso para quienes observaban desde lejos. Porque la coherencia no se desgasta rápido. Se acumula.
Pero el tercer mes…
El tercer mes era el que importaba.
No porque fuera el último del plazo concedido, sino porque era el mes donde todo podía romperse. El cansancio acumulado. La presión sostenida. La tentación de forzar resultados visibles a costa de estabilidad.
Magnus no permitió atajos.
Canceló dos proyectos que prometían cifras rápidas pero comprometían mantenimiento futuro. Redirigió recursos que ya estaban aprobados cuando detectó redundancias. No dudó en frenar iniciativas impulsadas por oficiales influyentes si no superaban los nuevos estándares.
No buscaba impresionar.
Buscaba sostener.
La Ciudad Militar comenzó a responder como una entidad madura. No perfecta. Pero consciente de sí misma. Las fallas que surgían no se ocultaban. Se informaban, se analizaban y se corregían sin dramatismo.
Y eso era nuevo.
La noche previa al envío del informe final, Magnus permaneció solo en la sala de mando.
No era una escena solemne. No había música ni luces dramáticas. Solo la quietud profunda de un lugar diseñado para pensar en guerra incluso cuando no la hay.
Las luces estaban bajas. Las pantallas, silenciosas. No porque no hubiera datos, sino porque ya habían sido revisados. Tres veces. Cuatro. Las cifras no mentían. Y si lo hacían, él ya lo habría notado.
Magnus permanecía de pie, con las manos apoyadas sobre la mesa central, observando la proyección inmóvil del territorio bajo su mando.
Pensó en el Rey.
No en el soberano distante, sino en el hombre que había hablado sin alzar la voz. En la mirada que no concedía indulgencia, pero tampoco negaba posibilidad.
Pensó en la Reina.
En su silencio atento. En la manera en que había observado sin intervenir, como si supiera que ese proceso no debía ser suavizado.
Y entonces, como un eco persistente, volvió la frase.
El poder no se implora. Se demuestra.
Magnus no había pedido privilegios.
No había solicitado protección.
Había pedido responsabilidad ampliada.
Y ahora debía probar que podía sostenerla… no solo durante el plazo concedido, sino más allá de él.
Se enderezó, respiró hondo y activó el canal de transmisión cifrado.
El informe final fue enviado sin adornos.
No hubo introducciones emotivas.
No hubo promesas futuras.
Solo datos claros.
Procesos documentados.
Resultados medibles.
Proyecciones sostenibles.
Cuando la transmisión concluyó, la sala volvió al silencio.
Magnus no esperó respuesta inmediata.
Sabía que, del otro lado, el silencio también era una forma de juicio. El Rey no respondía rápido cuando algo le importaba. La rapidez era para lo trivial.
Pasaron horas.
Luego un día.
Luego otro.
La Ciudad Militar siguió funcionando con normalidad. Nadie preguntó. Nadie especuló en voz alta. Magnus no dio señales. No necesitaba hacerlo.
Al tercer día, mientras revisaba un informe menor, el canal real se activó.
No fue una llamada abierta.
Fue un mensaje directo.
La pantalla principal se encendió con el sello del Reino.
Magnus se quedó inmóvil.
La transmisión comenzó sin preámbulos.
La voz del Rey llenó la sala, grave, firme, inconfundible.
—Como monarca absoluto del Reino —dijo—, he revisado personalmente los resultados del periodo concedido.
Una pausa breve.
No para generar tensión.
Para dejar claro el peso de lo que seguía.
—Los informes confirman estabilidad, mejora estructural y proyección sostenible. No se han detectado desequilibrios críticos ni compromisos a largo plazo derivados del aumento de recursos.
Magnus escuchaba sin moverse.
—En consecuencia —continuó el Rey—, he decidido extender por tres meses más la asignación extraordinaria concedida a la Ciudad Militar.
El aire pareció moverse en la sala.
—El pedido se amplía bajo las mismas condiciones de evaluación. La responsabilidad permanece. La exigencia, también.
Hasta allí hablaba el Rey.
El soberano.
El evaluador.
La voz hizo una pausa distinta.
No técnica.
Humana.
—Y ahora —dijo—, hablo como tu padre.
Magnus sintió el peso de esas palabras más que cualquier cifra.
—Has demostrado que no pedías por ambición ni por comodidad. Pedías porque comprendías lo que estaba en juego.
La voz no se suavizó.
Pero se volvió más cercana.
—Buen trabajo, Magnus.
Un silencio breve.
—Estoy orgulloso de ti.
La transmisión se cerró sin despedidas ceremoniales.
La pantalla volvió a apagarse.
Magnus permaneció quieto durante varios segundos.
No cerró los ojos.
No sonrió.
No levantó los puños en victoria.
La emoción no llegó como una ola. Llegó como una presión lenta en el pecho, contenida, pesada. No era alivio. Era reconocimiento.
No había victoria completa.
Pero tampoco había retirada.
El precio del pedido había sido alto.
Y aún se estaba pagando.
Pero ahora sabía algo con certeza:
No estaba pagando solo.
El Reino lo había visto.
Y había decidido seguir apostando.
Todo poder concedido tiene un costo,
pero el verdadero precio
no se paga en recursos,
sino en tiempo, presión
y la obligación de no fallar.
Porque cuando el margen es corto,
la capacidad deja de prometer
y empieza a responder.
No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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